Viaje a Arizona, tras las huellas vascas en el Oeste americano.

En el pasado post os hablé de la visita de mi amiga texana a Euskadi y hoy os voy a contar cuando fuimos a conocer su ciudad a Estados Unidos. Primero os tengo que confesar que tuve que repasar las lecciones de geografía. Sabía dónde estaba (más o menos) este famoso estado dentro del país, pero ni me imaginaba que podía ser tan inmenso. Esta región sureña alcanza casi los 700.000 km2, es más grande que Francia, el país más extenso de la Unión Europea. Mi amiga vive en El Paso, está al oeste del estado de Texas, junto a Nuevo México. Para que os hagáis una idea de lo fronterizo que es este lugar, una tarde decidimos ir a cenar a un casino de Nuevo México ya que en el estado vecino el juego está permitido, y tardamos aproximadamente veinte minutos desde su casa. Además, eres consciente a cada paso que te encuentras a escasos metros de México, al otro lado del río se divisa Ciudad Juárez. En ocasiones estas dos famosas ciudades están más próximas incluso de lo que están Portugalete y Getxo. El viaje es larguísimo, solo el vuelo Madrid – Dallas dura alrededor de diez horas. Así que pensamos, ya que nos vamos a cruzar todo el Atlántico y medio Estado Unidos, ¿por qué no aprovechar y conocer más rincones además de esta legendaria ciudad fronteriza del Oeste americano? Nos pusimos a investigar y nos encontramos con la grata sorpresa de que íbamos a estar relativamente cerca, por lo menos según los baremos estadounidenses, de una de las grandes maravillas del mundo, el Gran Cañon. ¡Ni lo dudamos! Una vez aterrizados en Dallas, pusimos rumbo a Phoenix, capital de Arizona, estado que alberga el cañon más famoso del mundo.

En el “Downtown” de Phoenix en pleno agosto, estábamos a casi 40 grados de temperatura.

Phoenix es como todas las ciudades de este enorme país, grande y muy dispersa, a veces costaba cruzarse con gente, incluso por el mismísimo centro. Las viviendas están muy alejadas unas de otras y tiene muchos centros comerciales y tiendas repartidas por toda la ciudad. A los europeos nos cuesta al principio entender esta forma de organizar una urbe, todo nos parece igual y caótico. Al llegar intentamos movernos en transporte público, pero verdaderamente es casi imposible, las líneas son cortas e incluso subirse a un autobús según a qué horas puede llegar a ser peligroso. Lo mejor es coger taxis que dan muy bien servicio. Y para los viajes largos, la mejor opción es alquilar coche, cosa que hicimos. Puedes coger uno en Phoenix y dejarlo en Dallas por ejemplo, sin ningún problema.

Y ya con los deberes hechos, pusimos rumbo al Gran Cañon. ¡Nos encantó la experiencia por carretera! Así como moverse en coche por las ciudades puede ser una auténtica locura, las autopistas del interior son muy sencillas y fáciles de encontrar. Y es que no hay muchas, por lo menos en la zona que nos movimos. No sé si es por lo largas que son o porque estamos en un país con poca inversión pública, pero lo cierto es que cuesta ver más de dos carriles fuera de las ciudades y la iluminación o señalizaciones de tráfico, es en muchos lugares, inexistente.

Sin duda, si quieres conocer el interior de este país de America del Norte es muy recomendable viajar en coche. Nos encontramos con otra agradable sorpresa, para llegar a nuestro destino podíamos recorrer parte de la ruta de moteros más famosa del mundo, la ruta 66, os suena ¿verdad? ¡Fue muy divertido! Nos cruzamos con un montón de motos. En ocasiones parecía que estuviésemos en el plató de una película.

Esta famosa ruta fue el principal trayecto de los emigrantes que iban al famoso Oeste, sobre todo durante las tormentas de polvo que asolaron muchas regiones de Estados Unidos en los años 30. Ayudó a todos los pueblos que la atraviesan a ser más prósperos.

Por eso cuando fue retirada de la Red de Carreteras de Estados Unidos, fueron estas localidades las que lucharon con convertirla en Ruta Histórica.

Nos detuvimos en Flagstaff, es uno de los puntos más altos de la famosa ruta 66. La altitud de esta pequeña ciudad cambia de alrededor de 2.100 metros a casi 3.700 metros en sus picos más altos. Pero aún no hemos llegado a la zona desértica. Esta agradable ciudad de Arizona está rodeada de bosques y lagos, es muy agradable para vivir. Además, nos encontramos en el centro del bosque de pino ponderosa ¡más grande del mundo! Se trata de una especie de conífera originaria de esta región.

Y es que Arizona aunque a muchos os pueda sorprender, tiene mucha zonas boscosas y muy bonitas. Aquí viene el dato que seguro a muchos os sorprenderá como me sucedió a mi. ¿Sabíais que la teoría más popular respecto al origen del nombre de este famoso estado tiene que ver con los vascos? Parece ser, y es la teoría que más peso tiene actualmente y la favorita para el historiador Marshall Trimble, Donald T. Garate y para muchos otros historiadores de Arizona, es que el nombre proviene de Aritz Ona, lugar de robles en euskera. Algunos dicen que se lo pusieron los pastores vascos que arribaron aquí debido a sus ricos pastos. Pero para Garate el nombre es anterior, nos cuenta que proviene de mineros y comerciantes vascos que llegaron a estas tierras a hacer fortuna. En concreto dice que deriva de la propiedad donde se asentaban los ranchos del guipuzcoano, Bernardo Urrea, que se encontraba repleto de robles.

Os confieso que este dato tan interesante lo conocí cuando volví ya a casa. Aprovecho la ocasión para dejaros la reseña de este libro de Martin Etchart, un descendiente de aquellos vascos que se instalaron en el lejano Oeste. “Aritzona es la novela de iniciación de Etchart, es una historia de aventuras con un toque de realismo mágico que deleitará al lector de cualquier edad. Este libro, publicado en USA en 2005, es uno de los mejores exponentes de la narrativa norteamericana escrita por narradores de origen vasco, como el mismo Martin Etchart o Monique Urza, o por escritores que han mostrado gran interés por la comunidad vasca asentada en Estados Unidos, como Gregory Martín o Frank Bergon.”

Casco histórico de Flagstaff

La presencia vasca aún se ve en el antiguo frontón de Flagtaff del que se recaudó fondos para su restauración en 2008. Jesús García fue el primer propietario de la casa donde se encuentra el histórico frontón. Allí construyó un hotel en el que se alojaban los pastores euskaldunes que antaño trabajaban en la zona. Flagstaff contaba entonces con otros hoteles vascos. Hoy en día el hotel y el frontón se encuentran en mal estado.

Esta cancha es una de los pocas de más de una docena que quedan en pie en todo el Oeste americano y la única de Arizona. Se intentó recaudar un millón de dólares para su restauración. No he llegado a averiguar si finalmente se ha podido restaurar, si he encontrado esta foto.

Además, la relación con esta zona tan emblemática, en mi caso, va incluso más allá. Y es que una de las pocas armas que aún existen de mi bisabuelo, Benito Guisasola, armero de Eibar, se encuentra aquí. Perteneció al sheriff de Flagstaff de principios del siglo XX. Una pena no haber tenido más tiempo para investigar un poco más al respecto. Uno de los mercados más importante de los armeros eibarreses fue esencialmente el Oeste americano. De hecho, son ellos los que más piezas tienen de esta época dorada del hierro vasco.

Una foto de uno de los talleres de Eibar en el año 1915.

Eibar estuvo produciendo un cuarto de millón de armas allá por el año 1.909, ¡ahí es nada! Pero también Zumarraga, Elgoibar, Ermua, Gernika o Durango. La industria vasca se interesó en las pistolas semiautomáticas con la introducción comercial de la Browning F.N. 1900 y sus cartuchos .32 ACP a principios de siglo. Poco a poco las restricciones en este país para la venta de armas fue haciendo que decayera la demanda estadounidense.

Y poco a poco nos vamos acercando. El próximo post, ¡el Gran Cañon del Colorado! Uno de los lugares más bonitos del planeta.

 

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