Cómo acabar con el Ajedrez, de Woody Allen

El ajedrez es un juego muy sexy, con todo eso de las aperturas, el beso de la muerte, los peones que se convierten en Dama...por no citar la imagen fálica de los alfiles. Creo que es un buen juego para ligar.

Todavía recuerdo las carcajadas que me eché leyendo este divertidísimo capítulo que se halla inserto en una genial obra toda ella, de Woody Allen, titulada “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura” Ni me molesto en comentarla, porque dada su brevedad y destornillante lectura, sin que sirva de precedente paso a reproducirla por entero valiéndome para ello de la traducción de Marcelo Covian hecha para la editorial Tusquets Barcelona q974 y ediciones siguientes, cuyo ejemplar, paradójicamente, no puede faltar en su biblioteca.
Sólo diré que, quienes alguna vez intentamos introducirnos en el paciente mundo del Ajedrez por correspondencia, disfrutamos la obra más que aquellos que hayan nacido cuando ya dejó de tener sentido tan curiosa modalidad por entrar en liza las computadoras y sobre todo el internet.

Correspondencia
Mi querido Vardebedian:

Hoy tuve el gran disgusto, al revisar mi correspondencia de esta mañana, de comprobar que mi carta del 16 de septiembre, que contenía mi vigésimo segundo movimiento (caballo cuatro rey), me había sido devuelta debido a un pequeño error en el sobre —precisamente, la omisión de su nombre y residencia (¿cuán freudiano puede uno llegar a ser?), amén de olvidar el sello. Nadie ignora que últimamente he estado un tanto desconcertado debido a una irregularidad en la Bolsa y, pese a que ese día, el 16 de septiembre, la culminación de una prolongada caída en espiral hizo volar las acciones de Antimateria Amalgamada de la tabla de cotizaciones y redujo de un solo golpe a mi agente de seguros a una auténtica piltrafa, no tengo excusas para mi negligencia y monumental ineptitud. Metí la pata. Perdóneme. El hecho que usted no se percatara de que faltaba una carta indica igualmente cierto despiste por su parte, que yo, por la mía, atribuyo a su impaciencia, pero Dios sabe que todos cometemos errores. Así es la vida. Y el ajedrez.
Pues bien, aclarado el error, debo hacer una pequeña rectifica¬ción. Si usted tuviera la amabilidad de transferir mi caballo al cuarto escaque de su rey, pienso que podremos seguir adelante con nuestro pequeño juego de modo más exacto. El anuncio de jaque mate que usted me hiciera en su carta de hoy, creo que es, con toda honestidad, una falsa alarma, y, si usted vuelve a examinar las posiciones a la luz del descubrimiento de esta mañana, se dará cuenta de que su rey es el que está próximo al mate, expuesto y sin defensas, un blanco inmóvil para mis alfiles depredadores. ¡Irónicas son las vicisitudes de esta pequeña guerra! El destino, oculto en alguna oficina de correos extraviada, crece omnipotente y —voilà— la suerte ha dado una voltereta. Una vez más, le ruego que acepte mis más sinceras excusas por este infortunado descuido y quedo, ansioso, a la espera de su próximo movimiento.
Le adjunto mi cuadragésimo quinto movimiento: mi caballo se come a su reina.

Atentamente,
Gossage

Gossage:

He recibido esta mañana su carta relativa al movimiento cua¬renta y cinco (¿su caballo se come a mi reina?) y asimismo su prolongada explicación acerca de la elipsis de mediados de septiem¬bre que sufriera su correspondencia. Veamos si le comprendo correctamente: su caballo, al que yo retiré del tablero hace ya unas semanas, debiera estar, según ahora afirma usted, en el cuarto escaque del rey a consecuencia de una carta perdida en correos hace veintitrés movimientos. No estaba al tanto de que hubiera ocurrido semejante percance y recuerdo perfectamente, cuando usted llevó a cabo el vigésimo segundo movimiento, que fue su torre seis reina la que luego quedó fuera de combate durante un gambito suyo que fracasó trágicamente.
En este momento, el cuarto escaque del rey está ocupado por mi torre y, como usted no tiene alfiles, pese a la carta perdida en correos, no alcanzo a comprender qué pieza piensa utilizar para comerse a mi reina. A lo que, creo, usted se refiere, dado que la mayoría de sus piezas están bloqueadas, es a solicitar que mueva su rey cuatro alfil (su única posibilidad), arreglo que me he tomado la libertad de hacer, por lo que contraataco en el movimiento de hoy, mi cuadragésimo sexto. Me como a su reina y dejo a su rey en jaque. Ahora su carta queda aclarada.
Pienso que los últimos movimientos del juego podrán llevarse a cabo con sobriedad y presteza.

Suyo,
Vardebedian

Vardebedian:

Acabo de leer su última nota, en la que me comunica un estrambótico movimiento cuarenta y seis por el cual usted saca a mi reina de un escaque por el que desde hace once días no ha pasado. Por medio de un cálculo paciente, pienso que he encontrado la causa de su confusión y falta de comprensión de los hechos, sin embargo, evidentes. Que su torre esté en el cuarto escaque del rey es algo tan imposible como dos copos de nieve idénticos; si usted se remite al movimiento noveno del juego, comprobará que hace ya mucho tiempo que perdió la torre. Fue evidentemente aquella arriesgada operación suicida la que deshizo su frente de ataque y le costó ambas torres. ¿Qué hacen, pues, en el tablero en este mo¬mento?
Para su consideración, le ofrezco mi versión de lo sucedido: la intensidad de los intercambios salvajes y precipitados del vigésimo segundo movimiento le dejaron en un estado de leve distracción, y, en la ansiedad que sintió por mantenerse en sus cabales en ese momento, no se percató de que llegaba mi carta y, en cambio, movió sus piezas dos veces otorgándose de ese modo una ventaja injusta, ¿no le parece? Este incidente ya pertenece al pasado, y deshacer nuestros pasos sería tediosamente dificultoso, por no decir impo¬sible. En consecuencia, considero que la mejor manera de rectificar todo este asunto es permitirme la oportunidad de hacer ahora dos movimientos consecutivos. Lo justo es lo justo.
Por tanto, en primer lugar, como su alfil con mi peón. Luego, como este movimiento deja a su reina sin protección, también se la como. Pienso que ahora podemos proceder con los últimos movimientos sin dificultades.

Atentamente,
Gossage

P.D.: Le adjunto un diagrama que muestra de forma exacta cómo está el tablero en este momento después de la última jugada. Como puede ver, su rey está atrapado, sin protección y solitario en el centro. Saludos.
G.

Gossage:

Ayer recibí su última carta y, pese a que era levemente inco¬herente, creo comprender el motivo de su devaneo. Después de haber estudiado el diagrama que adjunta, me resultó obvio que, en las últimas seis semanas, hemos estado jugando dos partidas de ajedrez absolutamente distintas (yo, de acuerdo con nuestra corres¬pondencia; usted, según unas normas muy sui generis en lugar de hacerlo según el sistema racional adoptado por todos). El movi¬miento del rey, que supuestamente se extravió en correos, hubiera sido imposible en el vigésimo segundo movimiento, porque, en aquel momento, la pieza estaba en la esquina de la última fila, y el movimiento que usted describe lo hubiera enviado sobre la mesa del café, al lado del tablero.
En cuanto a permitirle llevar a cabo dos movimientos conse¬cutivos para recuperar el que supuestamente se extravió en correos, sin duda es una broma por su parte, amigo mío. Aceptaré el primer movimiento (usted come mi alfil), pero no puedo permitir el segundo y, como es mi turno, contraataco comiéndome su reina con mi torre. El hecho de que usted me comunique que no tengo torres significa muy poco en la realidad, porque sólo necesito echar un vistazo al tablero para verlas vivas en plena batalla, rebosantes de astucia y vigor.
Por último, el diagrama que usted fantasea que es igual al tablero pone en evidencia que ha recibido mayor influencia de los Her-manos Marx que de Bobby Fisher y que, si bien es astuto, poco dice en su favor después de la lectura de El ajedrez según Nin¬zowitsch que usted se llevó de mi biblioteca el invierno pasado oculto debajo de su abrigo de alpaca. Le sugiero que estudie el diagrama que le adjunto y que reajuste su tablero según esas indicaciones; así, quizá, podamos terminar el juego con cierto grado de precisión.

Confío en usted,
Vardebedian

Vardebedian:

Sin intención de prolongar un asunto, ya de por sí confuso (sé que su reciente enfermedad ha dejado su estado de salud, por lo general robusto, un tanto debilitado provocando a veces la pérdida de todo contacto con la realidad), debo aprovechar esta oportunidad para deshacer el sórdido laberinto de circunstancias antes de que progrese de forma irrevocable hacia una conclusión kafkiana.
De haber sabido que usted no era lo suficientemente caballero como para permitirme recuperar el segundo movimiento, no ha¬bría, en mi movimiento cuarenta y seis, permitido que mi peón se apoderara de su alfil. De hecho, según su propio diagrama, estas dos piezas están ubicadas de tal forma que lo hace imposible, obligados como estamos a las normas establecidas por la Federación Mundial de Ajedrez y no por la Comisión de Boxeo del Estado de Nueva York. Sin poner en duda que su intención fue constructiva al tomar a mi reina, ahora afirmo que sólo se puede llegar al desastre cuando usted se arroga el poder arbitrario de la decisión y empieza a actuar como un dictador, enmascarando los errores tácticos con equívocos y agresiones (una costumbre que usted mismo condenó en nuestros líderes mundiales en su monografía “De Sade y la no-violencia”).
Por desgracia, ya que el juego se ha detenido, no me ha sido posible calcular con exactitud dónde debería colocar el alfil tomado por error; sugiero que lo dejemos en manos de los dioses: cierro los ojos y lo coloco sobre el tablero, si ambos aceptamos el lugar fortuito en que pueda aterrizar. Debo agregar un elemento vital a nuestro encuentro. Mi movimiento cuarenta y siete; mi caballo se come a su alfil.

Atentamente,
Gossage

Gossage:

¡Qué extraña su última carta! Bien intencionada, concisa, y, sin embargo, con todos esos elementos que podrían pasar, en ciertos cenáculos intelectuales, por lo que Jean-Paul Sartre describió tan brillantemente como la “nada”. A uno le embarga de inmediato una profunda sensación de desesperanza, algo así como los diarios de los exploradores moribundos y perdidos en el Polo, o las car¬tas de los soldados alemanes en Stalingrado. ¡Es fascinante com¬probar hasta qué punto puede desintegrarse la razón cuando se enfrenta a una siniestra verdad ocasional y huye en desordenada retirada para mejor materializar un espejismo y construir defensas precarias contra el asalto de una realidad demasiado terrible!
Tal como están las cosas, amigo mío, acabo de pasar casi toda la semana intentando aclarar el ovillo de pretextos lunáticos que conforman su correspondencia en un esfuerzo por ajustar el asunto y lograr que nuestra partida finalice simplemente de una vez por todas. Su reina no existe. Dígale adiós. Lo mismo sucede con sus torres. Olvídese por completo de uno de los alfiles porque yo ya me lo comí. El otro está situado en una posición tan desoladora, lejano y ajeno a la acción principal, que no cuente con él, o se llevará un disgusto que le partirá el corazón.
En cuanto al caballo, que usted perdió sin solución pero que se niega a ceder, lo he colocado otra vez en la única posición concebible, permitiéndole de ese modo la más increíble de las heterodoxias desde que, hace ya tanto tiempo, los persas se sacaran de la manga este pequeño pasatiempo. Está en el séptimo esca¬que de mi alfil y si usted, durante el tiempo suficiente, puede mantener en orden sus alteradas facultades, se percatará de que esta pieza codiciada bloquea ahora el único camino que tiene su rey para escapar a mi irresistible movimiento en forma de tenaza. ¡Qué ironía! ¡Su conspiración egoísta se ha resuelto en ventaja para mí! ¡El caballo, fascinado, regresa al campo de batalla y torpedea su final de partida!
Mi movimiento es alfil cinco caballo, y predigo jaque mate en un solo movimiento.

Cordialmente,
Vardebedian

Vardebedian:

Es obvio que la constante tensión nerviosa, además de su desgaste de energía en defender una serie de torpes y desesperan¬zadas posiciones de ajedrez, ha terminado por desbarajustar la delicada maquinaria de su aparato psíquico y ha hecho que su com-prensión de los fenómenos externos sea en este momento un tanto lamentable. No queda otra alternativa para remover la tensión antes de que usted termine con una lesión permanente:
Caballo —¡sí, caballo!— seis reina. Jaque.
Gossage

Gossage:

Alfil cinco reina. Jaque mate.
Lamento que la competición haya sido demasiado difícil para usted, pero, si puede servirle de consuelo, le diré que, después de haber observado mi técnica, varios maestros locales de ajedrez han desistido de presentarme batalla. Si usted quiere una revancha, le sugiero que hagamos un intento con el scrabble, un juego en el que me intereso desde hace poco y que, espero, no suscite tantas protestas.
Vardebedian

Vardebedian:

Torre ocho caballo. Jaque mate.
En vez de atormentarle con nuevos detalles acerca de mi jaque mate, como creo que es usted esencialmente un hombre honrado (algún día, alguna forma de terapia me dará la razón), acepto muy complacido su invitación para el scrabble. Tenga listo su tablero. Ya que usted jugó blancas en ajedrez, y por lo tanto tuvo la ventaja del primer movimiento (de haber conocido sus limitaciones, le hubiera dado más satisfacciones), creo tener derecho al primer movimiento. Las siete letras que acabo de descubrir son O, A, E, J, N, R y Z (una mezcla sin futuro que debe garantizar, hasta al más suspicaz, la integridad de mi elección). Sin embargo, afortu¬nadamente, un extenso vocabulario, unido a una cierta afición por lo esotérico, me han permitido poner un orden etimológico a lo que, a una persona menos culta, hubiera parecido un absurdo. Mi primera palabra es “ZANJERO”. Búsquela en el diccionario. Ahora colóquela, horizontalmente, con la E en el cuadro del centro. Cuente con cuidado, sin olvidar la doble puntuación por ser el primer movimiento y del bono de cincuenta puntos que me corresponde por el uso de las siete letras. El marcador ahora está 116 a 0.

Su turno.
Gossage