Cómo ganar a tu papá al Ajedrez, de Murray Chandler

Como su otra obra ya comentada AJEDREZ PARA NIÑOS de idénticas características en formato y disposición de los conocimientos, es el complemento perfecto para introducir al alumnado en la tipología de mates propios del medio juego.
Cuando el principiante ya sabe dar los mates básicos propios del final de partida como el “Mate de escalera” con dos torres o el “Mate del cochinillo” con Rey y Torre, o los elementales de la apertura como el “del loco”, “Pastor”, o “del tonto”, es hora de impartir otros mates un poco más elaborados que se presentan en el Medio Juego como el de “Anastasia” “Damiano” “Boden” “Árabe” “de la coz” etc, cuyo conocimiento para buscarlos y evitarlos durante la partida es fundamental en la formación del ajedrecista.
Pues bien, para esta labor, el presente texto, es lo mejor que he encontrado hasta la fecha y sus lecciones bien seleccionadas y filtradas son muy útiles al objeto que el alumnado los tenga presentes y pueda consultarlos por si mismo una vez han sido impartidos y explicados en clase. Porque las enseñanzas de ajedrez, son como los chistes: gustan escucharlas, se entienden cuando se cuentan bien, pero se olvidan fácilmente si no se repasan de cuando en cuando.

El uso de marionetas en la enseñanza de Ajedrez

La mente infantil que puede ser diminuta e inexperta, pero no tonta, agradece que los conocimientos no se le entreguen crudos tal cual aparecen en la realidad, estratagema de la que ya se sirviera Esopo para confeccionar las primeras fábulas donde por medio de animales se retratan los comportamientos humanos para criticarlos, corregirlos o ensalzarlos, sin que la audiencia se diera por aludida más de lo necesario o autores que como Swift ardiendo en deseos de denunciar los errores de su época situaran la acción en lugares perdidos en la fantasía de un personaje como Gulliver, para no ofender la sensibilidad de sus contemporáneos. Y si esto funciona con los adultos, qué no será entre los más pequeños de la casa.
Así, si a través de los cuentos los niños aprenden lecciones tan importantes para ellos como a no confiar en extraños, a asimilar que los padres pueden en ocasiones herirlos, que el mal se castiga, etc y jugando, interioriza las normas sociales, el rol que le corresponde en el grupo, a trabajar en equipo y mil cosas más que no están en los libros ni se imparten en asignatura alguna, las marionetas en el aula, ayudan al educador a desarrollar distintos planos de su docencia que paso a comentar:
En primer lugar, la marioneta puede servir como contraejemplo pillo al que corregir por mentir, por hacer trampas, por no saberse la lección y cuantas cosas deseemos evitar en nuestros pupilos. De este modo la marioneta absorbe nuestras regañinas desenfadadas ahorrándose las a nuestros alumnos.
En segundo lugar, la marioneta puede ser también un magnífico rival contra el grupo-clase que permite al monitor perder, empatar y ganar con sus alumnos sin poner en riesgo su prestigio y a la vez sin amedrentar al infantil oponente que sabe que puede ganar a la marioneta, pero no al monitor.
Y en tercer lugar, la marioneta puede ser parte de una mecánica pedagógica: Los nuevos conocimientos son presentados por la marioneta, luego el enseñante los desarrolla y cuando la clase lo domina, vuelve la marioneta a hacer el repaso, convirtiéndose en un estímulo motivante su próxima venida.
Yo he trabajado una década con mis alumnos del Colegio Umedi de entre 4 y 6 añitos de edad, y puedo asegurar que, gracias a la incorporación al curso de Triki, “El Monstruo de las galletas” conseguí que un alumnado de tan corta edad prestara atención a conceptos tan sofisticados como “Clavadas”, “Descubiertas”, o “Mate del pozo”, que seguramente sin sus intrépidas visitas me hubiera sido muy difícil transmitir.

En busca de Bobby Fischer

http://www.youtube.com/watch?v=3DhXOYCdBns

Película muy recomendable para que la vean sobre todo padres, monitores, federativos y ajedrecistas de más de 13 años, pues con las debidas exageraciones de los tópicos habituales que rodean la dramatización del entorno del ajedrez, retrata magistralmente las diversas actitudes de los personajes que pululamos en torno al mundo de la competición escolar, a saber:

En primer plano, aparecen las distintas disposiciones de los niños hacia la práctica del juego que pueden venir por mero azar tras fijarse en gente que está jugando al aire libre en el parque, porque otros amigos juegan y quieren hacer lo mismo, porque sencillamente les atrae practicar un juego de mayores, porque buscan imitar a su padre al que ve jugar con sus amigos en el salón, o porque sus padres les apuntan a clases de ajedrez cuando ellos desearían hacer, por ejemplo ballet.

Una vez el niño aprende a jugar, disfruta del juego y descubre la competición, surgen las diferencias entre los jugadores según son sus resultados deportivos, los que ganan siempre, los que ganan muchas veces y los que pierden; La película sabe recoger los distintos recorridos psicológicos que cada cual establece para afrontar la situación: los hay que aun ganando lo pasan fatal por el estrés que les genera la presión de hacer lo que todos, incluidos los rivales, esperan de ellos, y otros que pese al disgusto de perder continúan disfrutando del juego; Entre ambos extremos hay de todo, los que se dan cuenta que como experiencia ha estado bien pero lo dejan y pasan a dedicarse a la apicultura, los que se conforman con ser segundones, quienes perseveran y terminan mejorando a base de esfuerzo, los que siendo de los mejores acaban por aborrecer el juego y quienes nunca tienen bastante con ganar.

Por este afán desmedido de victoria y debido a la obsesión que puede generar un juego tan exigente como es el ajedrez, la película trata el problema del Ajedrezómano, ese niño que vive por y sólo para el ajedrez incapaz de hacer o pensar en otra cosa que no sea el ajedrez, obtusa perspectiva que en ocasiones lejos de ser evitada, es potenciada por la actitud de unos padres que desean triunfar a través de sus hijos y se implican más que ellos mismos en la competición. Así, asistimos a escenas donde los padres discuten por la relevancia que el ajedrez tiene en la familia hasta el punto de hacer girar todo en torno al mundo del ajedrez, fiestas, vacaciones, viajes en función de las fechas de los torneos, e incluso su práctica puede robar tiempo de estudio al escolar, o esa otra donde se puede apreciar a los padres discutir entre si a las puertas de la sala de juego delante de unos niños avergonzados por el comportamiento de los mayores.

Los monitores también aparecemos caricaturizados bajo dos perfiles que al final se reconcilian: el ajedrecista puro que instruye conocimiento, cálculo, variantes, aperturas y finales exigiendo del alumno concentración, esfuerzo y dedicación científica al juego con disciplina deportiva, y esa otra manera de enseñar a través de la práctica menos rigurosa pero más satisfactoria propia del jugador de café. Al final el niño, personaje principal, fusiona ambos modos de entender el ajedrez en una escena que no me gusta absolutamente nada porque da tablas en un final ganado, pero que hace palpitar al profano en la materia, concesión propia del “Happy End” hollywoodiense que le perdonamos por lo bien llevada que está llevada el resto de la trama.