21
ago 14

75 Años de la llegada de Exiliados a México

Jueves 21 de agosto de 2014

933.14La acogida de México a los exiliados españoles hace 75 años cobra toda su dimensión si se piensa que eran perseguidos en España y maltratados en Francia

El lexicógrafo catalán [Enlace roto.] señala en su impagable diccionario etimológico que la palabra exilio, presente en el castellano desde el siglo XIII, apenas se usó hasta 1939. Antes se hablaba de destierro. Ha de ser especial para un filólogo certificar en vivo cómo se consagra una palabra —en este caso, por influencia francesa—, pero más aún protagonizar esa consagración: Coromines fue uno de los 400.000 refugiados que en tan solo unos meses se lanzaron a la frontera con Francia cuando [Enlace roto.] empezó a ser algo más que un temor. Ya forma parte de la historia universal de la infamia el acoso al que la aviación alemana enviada por Franco sometió a los que huían camino de Le Boulou, Prats de Molló o Port Bou. Entre ellos estaba [Enlace roto.] que con 64 años llegaba, maltrecho, al límite. “Yo no debía salir de España”, decía. “Sería mejor que me quedara a morir en una cuneta”. No murió en una cuneta sino, días después, en el Hotel Bougnol-Quintana de Collioure, a unos pasos del cementerio en el que sigue enterrado junto a su madre, aquella mujer consumida a la que el escritor Corpus Barga llevó en brazos desde la estación de trenes hasta el pueblo. Fue en ese trayecto cuando la anciana le preguntó al oído: “¿Llegamos pronto a Sevilla?”.

Más de la mitad de aquellos refugiados de la primera hora cruzaría de vuelta a España cediendo a la persuasión del Gobierno francés, que, ya en la primavera de 1938 y en previsión del desastre que se cernía sobre su vecino del sur, había endurecido las leyes de extranjería. El resto se dispersó por los países que tuvieron a bien acogerlos: la URSS, Chile, Argentina, la República Dominicana, Cuba, Colombia y, sobre todo, México. Este verano la ciudad de Veracruz recuerda que hace justo 75 años llegó allí el Sinaia, el primer buque cargado de exiliados republicanos, 1599 concretamente. Uno de ellos era, y en estado de shock, el pintor Ramón Gaya, de 29 años: su esposa había muerto en el bombardeo franquista de Figueras y él había dejado a su hija Alicia, nacida en plena guerra, al cuidado de unos amigos. El exilio era un viaje a lo desconocido y la niña acababa de pasar una enfermedad que la dejó en los huesos. “Era todo ojos”, contaría luego Gaya a Elena Aub, hija de otro exiliado ilustre. Se lo contó en 1981, durante una entrevista que permaneció inédita hasta que la incluyeron, una vez muerto el artista, en un volumen titulado, muy a lo Juan Ramón, Ramón Gaya de viva voz (Pre-Textos, 2007). La larga conversación —100 páginas en un libro de 400— es toda una rareza en alguien que habló poco de las penurias pasadas, un relato descarnado del final de la guerra española.

Para los que no tenían a nadie que respondiera por ellos, la estampida hacia la frontera desembocaba en campos de concentración improvisados en las playas donde los adultos aguantaban lo inaguantable y los niños morían como chinches: el índice de mortalidad infantil llegó al 97%. A Gaya le tocó Saint Cyprien. La gente sobrevivía tirada en la arena, sucia, hambrienta, en condiciones insalubres y con el viento de los Pirineos soplando sobre vivos y muertos. Era el mes de febrero. “Llegamos a tener que cavar hoyos para no sufrir el viento”, le cuenta a Elena Aub. “Esos hoyos eran una especie de tumbas que se llenaban de agua; había que salir y hacer otro hoyo un poco más adentro”. A veces, él y sus amigos usaban como aislante un lienzo que le había encargado el Estado Mayor republicano meses atrás, el primero de un díptico: La guerra y La paz. Solo pintó la guerra. En una escena de pavorosa actualidad, Gaya relata cómo algunos se tiraban al agua para intentar salir del campo a nado. “Entonces los guardias desde unas barcas les disparaban y los dejaban allí”.

Esta era, agravada más tarde por el hostigamiento del gobierno de Vichy, la situación de los refugiados cuando México se convirtió en la tabla de salvación de muchos. Por un lado, dio asilo a los que se marchaban. Por otro, protegió a los que se quedaban. Dio incluso dignidad a los muertos: fue la bandera del águila y la serpiente la que cubrió el ataúd del presidente Azaña cuando las autoridades francesas prohibieron que lo cubriera la republicana. La moderna proliferación de muros fronterizos está a punto de llevar al terreno de la literatura fantástica la actitud de los mexicanos, que no se limitaron a cuidar de los suyos —nadie les hubiera pedido más— en una Europa nuevamente dispuesta a la masacre.

Hasta hace unas semanas pudo verse en el Instituto de México en España —frente al Congreso de los Diputados, precisamente— una exposición con las fotografías que los desterrados españoles regalaron a su protector, el cónsul Gilberto Bosques. Fue él el encargado de alquilar dos castillos en las afueras de Marsella para alojar allí a los espectrales habitantes de los campos de concentración. Higiene, comida y trabajo fue la receta para resucitarlos. Los refugiados —agricultores, médicos, maestros, lo que fueran— cobraban por sus labores en los castillos a cambio de donar a la comunidad la paga de un día. Bosques, al que llaman el Schindler mexicano, terminaría firmando 40.000 visados a europeos perseguidos: republicanos, judíos… Cuando quisieron agradecerle un arrojo que le costó ser confinado por los nazis bajo arresto domiciliario, respondió: “No fui yo, fue México”. Murió en el verano de 1995. Estaba a punto de cumplir los 103 años pero no alcanzó a ver cómo en 2003 una rincón del distrito 22 de Viena recibía el nombre de Paseo Gilberto Bosques (a un paso del Danubio y de la Leonard Berstein Strasse). No se tiene noticia de que en España suceda algo parecido.  Javier Rodríguez Marcos


16
ago 14

Lauren Bacall y una ETB sin memoria histórica

Sábado 16 de agosto de 2014

939.3

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pasado viernes, 15 de agosto, día de la Virgen, celebré con mi mujer María Esther el 33 aniversario de nuestra boda que fue en Caracas. Nieta del alcalde nacionalista de Ondarroa y nieta del primer Consejero de Industria del Gobierno Vasco, las dos familias habían recalado en Venezuela tras mil peripecias. Sus aitas habían sido “niños de la guerra” y los míos ya vivían en Venezuela ya que mi aita llegó al puerto de La Guaira en 1939. Le había conocido en Donibane Lohitzun, San Juan de Luz, a mi ama en las fiestas de San lgnacio y se pasaron cinco años esperando acabara la guerra mundial para poder casarse con la esperanza que lo harían en Euzkadi, pero aquel final no fue para los vascos y para los republicanos señal de democracia sino todo lo contrario, lo fue de persecución y resistencia. Y aquella joven que en 1936 le habían cortado el pelo en Zarautz por nacionalista y que había sido expulsada del pueblo con su familia como en las películas de judíos, llegó a Puerto Cabello en el Cabo de Buena Esperanza en 1945.

Este no es más que un relato de los muchos venidos por las miles de familias que tuvieron que rehacer su vida en el exterior, en esta caso en una hospitalaria Venezuela que les acogió con los brazos abiertos.

Y como estas fechas son para recordarlas hicimos una comida familiar y entre otros, vino mi hermano Koldo con su familia. Y hablando detodo le pregunté si había conocido a Lauren Bacall ya que había sido él, director del festival de Cine de San Sebastián. Previamente había sido director de ETB.

Nos contó que tuvo que viajar a París y contactar con Román Polanski varias veces y en una de ellas estando en su casa, éste le preguntó si le gustaría acompañarle a una recepción dada por el Ministerio de Cultura para celebrar el Día del Cine en Francia. Le dijo que sí y allí se fueron, recordando Koldo que lo hicieron en un Mercedes marrón y conduciendo Polanski.

Llegaron y saludaron a mucha gente y en una de esas Koldo le pidió al director  que le presentara a Lauren Bacall que estaba allí como invitada especial. Éste le dijo que sí y se la presentó y estuvieron hablando bastante tiempo y con tal confianza que Koldo le planteó si estaría dispuesta a recibir el Premio Donostia del Festival de Cine. Ella inmediatamente le dijo que sí y acordaron su viaje a Donosti en Setiembre.

Tras ésto nos contó su llegada, su presencia en el Festival, la manera de ser de la diva, lo que le pareció la ciudad y algunas anécdotas.

Y yo como le había visto a Odón Elorza hablando sobre Lauren Bacall en ETB le preguntési como ex director de ETB y ex director del festival del cine no le habían llamado para que contase todas esas cosas que nos estaba narrando y que eran curiosas y llamativas. Me dijo que no, pero que sí le habían llamado de Radio Nacional de España y que allí sí estuvo hablando de la artista desaparecida.

A mí me parece muy bien que le entrevisten a Elorza que fue quien le entregó el premio pero que no le hayan llamado a Koldo habiendo sido director de ETB, y del Festival y quien le propuso a Lauren Bacall venir a Donosti me ilustra sobre la nula memoria histórica que existe en ETB y que solamente se trabaja al día. Una pena, porque  la historia, era muy bonita.

 


13
ago 14

Presentamos el libro de Lombana en Bakio

Miércoles 13 de agosto de 2014

???????????????????????????????Este martes 12 de agosto Josu Erkoreka y quien esto escribe, presentamos en el Batzoki de Bakio el libro que nos ha editado Xabier Irujo en  el Centro de Estudios Vascos  de la Universidad de Nevada sobre José Luis de la Lombana, un vitoriano que fue encargado en 1938 de ir a Nueva York a la II Conferencia Internacional de la Paz. Lo titulamos “Un Jelkide en Nueva York” que en inglés queda en “A basque patriot in New York”. Su hija Mirentxu, que vive en Bogotá nos facilitó las fotografías que abarcan desde su estancia en la cárcel, al citado congreso y a su actividad en Colombia donde se exilió y allí murió.

El libro rescata a este “malgeniado” alavés y lo incorpora al elenco de los Landaburu, los Galindez, los Ibarrondo, los Unzueta, los Umandi (Urrestarazu), los Aguirre y tantos abertzales alaveses hoy desconocidos.

Analiza el ambiente norteamericano en relación con la guerra civil española y su impacto en el catolicismo norteamericano.

Pone en público conocimiento las relaciones entre republicanos, vascos, gallegos y catalanes en Nueva York aquel año 1938, año en el que se hizo famoso Orson Welles por radiar una supuesta invasión marciana a la ciudad de la manzana, originando un pánico indescriptible.

Lombana no contento con aquel viaje e intervención en el Madison Square Garden contrató los servicios de un intérprete y se recorrió diez universidades explicando la causa del pueblo vasco.

El público llenaba la sala con sus bronceados veraniegos y allí vimos a miembros de la Junta, a concejales, a Fede Bergaretxe y su esposa Maite, a José Antonio Asensio, a Karmelo Zamalloa, a María Luisa Barreiro, a la viuda del senador Aspuru, a Unai Artetxe y a gente joven que pasa sus vacaciones en este bonito pueblo playero y txakolinero. Nos dijeron que les interesó el relato y esperan que se reedite o en euskera o en castellano.