¿DÓNDE ESTÁN LOS JUANCARLISTAS?

Domingo 9 de julio de 2017

La transición de la dictadura a la democracia en España fue un apaño, un pacto entre dos debilidades, para ir desmontando un tinglado que había sojuzgado el país por espacio de cuarenta años. Y, para ponerlo en marcha, hubo un minuto cero que empezó en agosto de 1976 cuando el recién nombrado a dedo presidente del gobierno, Adolfo Suarez se entrevistó con el líder del partido socialista recién elegido en Suresnes. En esa reunión le planteó a Felipe González iniciar el camino de la reforma política pero aprobando una cuestión previa y sin la cual, no se iba a mover nada. Esa premisa era “no tocar al rey”. Juan Carlos había sido designado por Franco y esto para los generales y para el franquismo era palabra de Dios.

Y, me imagino, que González hablaría con los suyos y debieron pensar que era más importante ir desmontando el tinglado y convocar elecciones democráticas pensando que el republicanismo socialista, podía esperar. De hecho Carrillo pasó por eso, por la bandera, la marcha real y por todo lo que un comunista de los de puño en alto y pasado en Paracuellos más adversaban y que jamás hubiera pensado en pasar. Pero pasaron.

Y como no era muy presentable que dos partidos republicanos saltaran con armas y bagajes al monarquismo militante inventaron lo del “juancarlismo”, eufemismo que quería decir que eran partidarios de la figura del Borbón, campechano y medio tonto, que de la dinastía y, si a eso, se le cubría de silencio y censura, para que nadie supiera lo que hacía el tal señor con su vida privada, mejor para ellos y sus apaños. Así todo sería mejor que mejor.

Repito pues, que la Transición fue una compostura de urgencia: la derecha cedió algo para no perder nada y la izquierda aceptó algo para no perderlo todo, lo que se llama una soldadura de ocasión. No había un proyecto de futuro solvente y las cosas salieron medio bien por casualidad, aunque a Juan Carlos le salieron super bien. Ley de Amnistía prohibió juzgar los crímenes del franquismo y ahí empezó el ciclo de impunidad. Tuvimos una larga cola de franquistas que amañaron sus biografías: resultó que todos eran demócratas y siguieron en el poder, más o menos los de siempre, y encima de ellos, el autollamado “motor del cambio”.

Y así ha funcionado el invento hasta que por mor de una vida privada de holganza y dispendio y tras las últimas elecciones europeas, cuatro señores, entre ellos el jefe del CNI y el propio González, le invitaron a Juan Carlos a irse a casa. Bueno, a quedarse en el Palacio. Y se fue, quedándose, a regañadientes aunque, cambiar tediosas sesiones académicas, por visitas a restaurantes de siete estrellas, palcos de fútbol, tomas de posesión con guayabera, alguna que otra regala, garbeo por Beverly Hills, pellizcos de monja a sus amantes, y cosas así la cosa no pintaba tan mal, hasta que, tontamente, y por ese afán de creer seguir siendo el rey, como cantan los charros mexicanos, ha ocurrido algo que nos ha demostrado que eso del Juancarlismo, como otras muchas cosas, era una auténtica milonga. Por lo menos el Papa Emérito es más discreto y más barato.

Todo ésto para decir que el jubilado real se ha molestado  porque no le invitaron al acto formal en el Congreso que recordaba el cuadragésimo aniversario de aquellas elecciones generales del 15 de junio de 1977.

El hombre tiene su corazoncito y lo ha considerado una injusticia para su figura histórica. Responsable del 23F, responsable de una relación nada respetuosa con su mujer Sofía, responsable de amantes y cacerías, responsable de cobrar comisiones y sin que nadie sepa su fortuna, responsable  de haber sido puesto ahí por el dedo de un dictador, se considera ultrajado porque fue él, como  ha dicho, quien estaba a los mandos del camión (podía haber puesto otro ejemplo) y que no le invitaran a semejante revival, no está nada bien y es una ofensa, porque, lo habrá pensado, esos aplaudidores actuales, no estarían sentados ahí, si yo no hubiera movido el arbolito.

Raúl del Pozo Séptico, ese columnista pelota de la Corte le preguntó versallescamente en el Mundo  si no creía que no invitarle a la conmemoración de cuarenta años de Democracia sería como no invitarle a Napoleón a la conmemoración de la Batalla de Austerlitz. Y el tipo, creyéndose Napoleón le contestó que sí. En la pregunta y en la respuesta hay trabajo a tiempo completo para dos siquiatras. Yo, en lugar de Austerlitz, hubiera cambiado la batalla y puesto Waterloo y  su Majestad, como es un inculto de tomo y lomo, también hubiera dicho que sí porque lo del acto del Congreso fue su Waterloo. El día de su derrota.

Ya saben ustedes que París tiene su estación Austerlitz y Londres Waterloo. La historia es de según quien la cuenta.

Se vio que eso del Juancarlismo es ya historia, y que ahora, siguen, según creen, sin ser monárquicos, aunque sí Felipistas, que además el nuevo rey, el “Preparao” tuvo el detalle, que jamás tuvo el padre, de llamarle dictadura a los que fue una dictadura, pero el alboroto que montó el cazador de elefantes fue tal, que el dato pasó desapercibido.

Juan Carlos el Campechano es  un trasto que molesta por su conducta, por su trayectoria, por sus carcajadas sin sentido, por su borbonismo de garrafa  y ya nadie le tiene en cuenta, porque España es así, señora baronesa. Ahora solo es Borbónico y Juancarlista, Luis M. Anson.

Bien es verdad que de la pifia del Congreso, tiene responsabilidad su hijo que busca que el piélago que ensucia el manto de su padre no le toque a él y por supuesto a su inmaculada  mujer.

Bonita foto para conmemorar la transición. Un Juancarlismo sin Juancarlos. Ni en la tribuna, ni en los sellos conmemorativos.

Lo malo es y será la pléyade  de pelotas que tratarán de desagraviarle y nos lo meterán nuevamente y en breve hasta en la sopa. De hecho le mandaron a las exequias de Helmund Khol y le pusieron a dos metros de la inmensa caja mortuoria del finado ex canciller. Ya me gustaría saber en que estaría pensando ante aquel espectáculo necrológico.

Pero el mal para su delicada figura cuartelera está ya hecho.

¡Que Dios guarde al rey!. Pero bajo siete llaves.

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