La maldición de Lezeaga

No es extraño encontrarnos con leyendas que atribuyan a seres mágicos la edificación de puentes de piedra. Probablemente el solo hecho de que lo realizase una cuadrilla gremial venida de otro lugar desconocido, el que fuese una obra con un detallado proyecto reflejado en unos planos, algo extraordinario de lo que trataba gente que hablaba en una lengua extraña o vete a saber qué, hacía que se recurriese a la imaginación popular, a la leyenda, para justificar su obra.

Así, por toda Europa encontramos relatos que nos cuentan cómo alguien vendió su alma al diablo o a los seres oscuros del más allá, al Mal al fin y al cabo,  a cambio de su codiciada construcción. Pero, en todos ellos, en cierto momento se interrumpe la lógica del relato, rematándolo con un final más o menos feliz.

No fue precisamente venturoso el final de una muchacha de Laudio, convertida en bruja para toda la eternidad, castigada por haber usado malas tretas con tal de garantizar la construcción de aquel puente que tanto deseaba.

Son en realidad referencias de una leyenda que recogiese José Miguel Barandiaran allá por 1935 y que, quizá por su falta de interés o por su similitud con otras historias similares como las del no lejano Puente del Diablo (Kastrexana, Bizkaia), no publicó en sus conocidas obras sobre mitos y leyendas populares vascas.

Nuestra fabulosa historia se localiza en el entorno de Lezeaga (Laudio), paraje bien cargado de leyendas de brujas y cuya relato se desarrolla en un antiguo puente de piedra hoy no existente, eliminado y sustituido por el hormigón, como hizo la modernidad con los relatos de brujas locales que pasaban horas peinándose al sol.

Asimismo desapareció aquella legendaria cueva de Sorginzulo, sepultada en 1983,  la misma que colmaba nuestras aspiraciones exploradoras de la infancia, una cavidad que hemos conocido como “la cueva de Lezeaga” o, sin más, “la cueva de Lázaro” en referencia a su propietario, del cercano caserío Gorostitza.

Caserío Lusurbei, el más próximo a Lezeaga

Así es que sacamos ahora a la luz aquella leyenda de la joven hechizada, esperando que con ello rompamos aquel maleficio y que pueda correr libre para juntarse con nosotros, sus parientes ya lejanos. Para que nos cuente con más detalle cosas sobre brujas y sobre el cómo es el antro en el que tantos años vivió. Porque eso es lo que apetece ahora que ha llegado el invierno: sentarnos en torno al fuego y dejar que se deslicen sin prisa todas estas bellas leyendas que tanto nos deleitan. Porque sin ellas no somos y sin nosotros no son.

Lo transcribimos sin cambiar nada tal y como lo hemos recogido de las notas manuscritas del sacerdote de Ataun.

«Próximo a la cueva de “Sorginzulo” hay un puente llamado Puente de Leziaga al cual, por una esquina, le falta una piedra.

Cuentan que, como una muchacha tuviese que pasar por aquel lugar por agua y tuviese que dar una gran vuelta por alrededor del río pues no había puente antes, dijo un día malhumorada: “¿No habría algunas brujas que siquiera construyesen un puente aunque yo me juntare con ellas?”

En aquella misma noche un gran ruido tenía alarmados a los caseros vecinos. Eran las brujas que estaban construyendo el puente.

A la mañana temprano, cantó un gallo pinto de un caserío cercano y ellos decían con gran apuro: “canto y ni pío”. Más tarde pero antes de amanecer, cantó otro gallo blanco y volvieron a gritar muy apurados: “cal y canto”. Y finalmente, al amanecer cantó un gallo negro de un tercer caserío y, al oír el canto del gallo negro, todas se metieron a la cueva, juntamente con la chica que dijo que construyeran el puente, convertida ya en bruja.

Al puente, cuando cantó el gallo negro, le faltaba una piedra pero como despavoridas huyeron, el puente existe aún hoy con falta de una piedra.

A la cueva donde se metieron, la teme la gente, pues dicen que suele presentarse en ella la chica convertida en bruja».

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