¿Cuál es el pañuelo tradicional de nuestras fiestas?

Esa es la pregunta que el otro día me hacía una amiga. Y la respuesta es contundente: ninguno. Ninguno porque dentro del término “tradicional” puede englobarse tal amplitud que carece de sentido siquiera el plantearlo. Por ello, ahí os van estas breves notas.

EL PAÑUELO AZUL DE CUADROS
Para la mayoría de nosotros el pañuelo azul de cuadros es ahora “el pañuelo de toda la vida”. Nada más lejos de la realidad. Recuerdo a mi abuelo materno, de nombre Florencio (1909-2002), achacándome cómo se nos ocurría llevar en fiestas el pañuelo de cuadros que ellos habían relegado a las fábricas o como mucho la trilla del cereal. Pero jamás para lucir en las fiestas por lo burdos de los mismos. Se enfadaba con mi tozudez, esforzándose en hacer ver a aquel cabezón que tenía enfrente que ir con aquellos pañuelos era como ir a una fiesta o una boda con un buzo de trabajo: no tenía sentido alguno. Y estaba en lo cierto: cualquier persona de cierta edad os lo puede corroborar.

La identificación de “lo vasco y lo popular” con el mahón o azul Bergara es muy moderno. O con el dichoso pañuelito de cuadros. En realidad, su existencia es menor que un siglo y como hemos adelantado es el símbolo de lo moderno, lo fabril. Se introdujo masivamente para la industria y minería y, dado que era resistente, lo adoptó rápidamente la gente del campo y el mundo pesquero para las labores cotidianas.

Por ello, esta vestimenta en origen “para las fábricas” es la que luego identificábamos nosotros con las villas pesqueras (nosotros la llamábamos incluso ropa de “arrantzale” o “arrantzal”) y la copiamos y reprodujimos masivamente en los 70-80, como un acto casi reivindicativo popular frente al franquismo que ya desaparecía y como renacimiento de lo más puramente vasco y vasquista. Era nuestra manera de hacer país. Lo más de lo más en tradición vasca… pero que en nuestro entorno nadie había utilizado jamás.

Además, siendo sensatos, nada tenía de vasco porque se usaba y usa en otras comunidades: por ejemplo, en Valencia es el “pañuelo fallero” por excelencia.

Pero daba igual lo que tuviésemos delante de los ojos: nuestro eterno complejo de ser vascos de tercera nos permitía sin rubor alguno renegar de lo nuestro y adoptar lo extraño, abrazándolo como si fuese el oráculo que nos iba a inyectar aquello que nos faltaba. Visto con la perspectiva sosegada que da el tiempo, me ruborizo al comprobar cómo nos pasamos de frenada y cómo adelantamos incluso al Papa en aquello de ser papistas.

EL PAÑUELO DE MIL COLORES
Volviendo a la retahíla de mi abuelo, insistía malhumorado contra nuestra palpable necedad: no era de recibo “bajar a los sanroques” con la ropa de la fábrica.

Recordaba él que, en su juventud, de ponerse algún pañuelo, siempre había sido el más vistoso, sedoso y colorido que les era posible, fuera de cánones estandarizados y con unos altibajos en la moda que tan sólo dependían de la escasa oferta comercial existente. El pañuelo de colores era, según decía, ostentoso, bonito, el ideal “para fardar”. Aquel que todo joven baserritarra codiciaba para exhibirlo en las romerías como un pavo real despliega sus plumas. Todo con el único objetivo final de que alguna muchacha le dedicase una furtiva mirada.

Yo no le hacía mucho caso y seguía en mis trece, defendiendo y enfundando aquella ropa festiva azul, la más vasca de las vascas. Afortunadamente, gente con más conocimientos y sensibilidad que el que esto subscribe se ha encargado en estos últimos años a través de grupos de danzas y fiestas vascas, de “desuniformar” nuestra vestimenta y de desmontar aquel falso vasquismo que habíamos edificado décadas atrás. Y, por suerte, se han recuperado otras prendas que hoy nos resultan más extrañas pero que en realidad son más tradicionales en nuestro pueblo.

Observemos en las fotos adjuntas aquellos miembros del primitivo Rakatapla de hace un siglo, músicos o posando frente a aquella carroza y que los laudioarras hemos visto cientos de veces. Con pañuelos festivos de colores y flores… nada de cuadros azules… Lo mismo que el dibujo de José Arrue de romeros bilbaínos entrando a Santa Lucía del Yermo.

Eran pañuelos de Cachemira, normalmente importados a través de Gran Bretaña o los afamados de Filipinas. Es la moda del XIX y que da continuidad a la costumbre sobre todo femenina de cubrirse con un mantón en invierno y vistoso pañuelo en verano, prendas ambas que no podían faltar en la vestimenta ceremonial.

PAÑUELO ROJO
El pañuelo rojo viene entre otras cosas la admiración hacia los sanfermines y que se convierte en prenda muy vistosa y distintiva entre la gente pudiente, ya que se usaba sobre impoluto blanco, el color más difícil y lujoso. No servía para el trabajo, tan sólo para la distinción, por lo que su uso estaba limitado a familias con recursos y de cierto estatus. En Laudio se difundió su uso mucho con los invitados del palacio del marqués de Urquijo, y con la Cofradía.

Es ahí cuando las clases populares intentar imitar a los pudientes y se extiende en cierta manera el uso del pañuelo rojo, pero siempre con un toque más “distinguido” o incluso me atrevería a decir que clasista.

AUSENCIAS Y PRESENCIAS
Al margen de ello, el uso del pañuelo ha sido una elección más bien personal y, especialmente en el mundo masculino, su uso ha estado muy limitado a ciertas ceremonias más reseñables (danzas…). Es decir: que una vez más la tradición nos dice que no hay nada tradicional. Más bien, lo que vestimos son engendros propios de nuestra imaginación: la tan divulgada falda femenina de arrantzale con esos anacrónicos pololos nunca ha existido en el uso popular.

Las modas de los pañuelos o vestimentas festivas las han marcado no el devenir histórico de nuestro pueblo sino el último recurso comercial disponible: era suficiente que atracase en Bilbao un barco procedente de Filipinas para hacer tambalear toda la moda festiva del Señorío.

Afortunadamente, ahora somos más sensatos y libres que dogmáticos en lo que a “vestimenta vasca” se refiere.

Y es que, en esto de las tradiciones, como veis, sólo hay una verdadera: la de que no hay nada tradicional… Sed felices y excedeos, que estamos en las fechas para ello!!!

 

 

 

Murciélagos: los ratones viejos

Puestos a especular y aprovechando el noctambulismo veraniego, se me ocurre la idea de que el apodo de “sagusares” (del euskera “saguzaharrak”, ‘murciélagos’) que en castellano se les ha dado a los de Gardea (barrio de Laudio) signifique en realidad ‘trasnochadores’, es decir, un poco ‘golfos’, ‘parranderos’, ya que la palabra “saguzahar”, así como la de “mozollo” o “gautxori” tienen ese significado añadido al margen de denominar al animal en cuestión. No olvidemos que, hace un siglo, Gardea y su txakolin eran en toda la comarca centro de peregrinación obligado para todo aquel amante del jolgorio, siempre unido a los bolos, al cantar y el buen comer y beber.

RATONES VIEJOS. Lo que ya no es especulación y sí realidad es la existencia de una creencia general extendida por toda Europa y América según la cual los murciélagos son en realidad unos ratones con muchísimos años, tanto que hasta les han crecido unas alas. Y ahí entronca el significado de nuestro vocablo, ya que “saguzahar” significa literalmente ‘ratón viejo’. Eran además unos animalillos portadores de buena o mala suerte, según las circunstancias.

DIENTES. Por citar un caso, reconforta el recuerdo de una creencia popular vasca, ya casi desconocida, que dice que hay que arrojar el diente caído de los niños a los murciélagos que revolotean mientras se decía “Saguzaharra, eutsi agin zaharra” ‘murciélago, toma mi vieja muela (diente)’. Sin duda, entronca con la costumbre del ratoncito Pérez, etc. en algún punto muy lejano: debemos estar haciendo referencia a las mismas antiquísimas creencias folclóricas y de las que ya hablaremos con más detalle en otra ocasión.

EL MUR CASTELLANO. Para finalizar y como curiosidad, también la palabra del castellano hace referencia a otra característica de esos animales y de nuevo relacionándolo con la creencia popular de que se trata de un ratón, algo que por si acaso aclaramos que es radicalmente falso. “Murciélago” proviene de “mur” ‘ratón’ y “ciégalo”, ambas con origen en el latín “mus-muris” y “ceculum” y que significa, literalmente, ‘ratón cieguito’ (es diminutivo). Sin ir más lejos, el personaje Sancho utiliza en el Quijote uno de sus refranes con la palabra “mur”: «Lo que has de dar al “mur” dalo al gato», ‘lo que has de dar al ratón, dáselo al gato’, es decir, céntrate en el que te apoya y ayuda, lo que te beneficia, porque te va a solucionar más problemas.

De ahí, de “mur”, surgió la palabra genuina del castellano “murciégalo”, en desuso aunque admitida y que en una metátesis o salto caprichoso entre dos de sus sonidos consonánticos, la “g” y la “l“, dio el “murciélago” de uso general en la actualidad.

Otra curiosidad añadida a uno de los animalillos más amados y temidos en nuestro panorama cultural tradicional vasco.

Txosna ala txozna

[Frantziako ikazkinak euren txosnan]

Uda iritsita, jaiak nonahi. Eta jaiekin batera, egun horietarako espresuki ezartzen diren behin-behineko tabernak. Baina, izena emateko orduan, alaitasuna eteten da sarri: nola jarri, “txosna” ala “txozna”. Hori zalantza!!

Ezbairik gabe, TXOSNA da zuzen dagoen forma bakarra eta Hiztegi Batuan hala jasoa duguna. Beraz, amaituta gaurgero eztabaida.

Baina zer da txosna bat? Nire gurasoei galdetuta, erdaraz erabilita ere, argi dute erantzuna: iraupen gutxirako egiten zuten aterpe bat. Esaterako, abeltzain batek “txabola” egiten du mendialdean, urtez urte hara joango delako egotera. Baina, ikatz-txondorretan edo karobiko lanetan ibiltzen zenean, egun batzuk jagoten pasatzeko aterpetxo bat behar zenean, edonola egiten zen, adar batzuez edo, eraikin sendoa izan barik: hori da “txosna” bat. Zer esanik ez, izen horrekin ere ezagutzen dute jaietan ipini ohi diren taberna modukoak.

[Ikazkinak, txondorra zaintzeko txosna prestatzen]

Esanahiaren aldetik, gaztelaniazko “choza” hitzetik ez dabil oso urrun. Eta nik uste dut horretatik datorkiola “z” soinua “txozna” aldaki ez zuzenari, herri-etimologia oker batengatik seguruenik, hitz biak, “txosna” eta “choza” baliokideak izan direlako esanahian eta oso hurbilak soinuetan.

Nahaste hori dela-eta, Emiliano de Arriagak berak argi esaten digu bere Lexicón bilbaíno (1896) liburuan “txosna” erdal “choza” hitzetik datorrela. Beraz, herri ustekoa izango zen iritzi hori duela mende bat bederen:

«Chosna (Del castellano “choza”). Tienda de campaña que arman en las romerías con cuatro [h]orcones metidos en tierra y otro más largo en sentido horizontal, sirviendo de cumbre a la cubierta que es de lienzo ó lona, lo mismo que los costados. En su interior se guisa y sirve de comer y de beber a los romeros».

Eta, gehigarri, txosnen arduradunak, beti emakumeak antza:

«Chosnera (de “chosna”). La dueña o explotadora de una chosna, entre las cuales se contaron cocineras de fama para aderezar un guisado de cordero, una casuelada de sardinas o una fuente de bacalao en salsa o de merluza frita».

Bitxia da, lehenbiziko sarreran, txosnei buruz egindako deskribapena, beroriek baitira irudi zaharretan agertzen zaizkigunak. Urrutira jo barik, nola ez, Jose Arrueren margoetan.

Hori guztia alde batera utzita, jakin badakigu “txosnak” erabili izan direla feria esanguratsuenetan, herrietako mugaz kanpoaldean itxaroteko merkantziekin edo saltzeko ganaduarekin, autoritateen sartzeko baimena jaso arte. Edota azoka horietara zihoazenen atseden-lekua. Horietatik datozkigu “Alto de la Choza“, “Txosnagana” eta horrelako toki-izenak, ugari samarrak gure toponimian.

Baina ez dirudi —ez behintzat hizkuntzaren aldetik— “txosna” eta “choza” zerikusirik dutenik elkarren artean. Azken hau, “choza”, Penintsulako ipar-mendebaldeko hizkuntzetatik —galiziera edota portuguesa— datorkigu eta latinaren “pluteum” hitzetik letorke. Harago oraindik, “plutea” bere plural formatik: azken honetatik sortuko zen “choza” hitza, alde horretako pl > ch bilakaera ezagunaren bitartez (alderatu chover, chubasco, chano, chantar, chopo… hitzekin)

[Cazorlako ikazkinak euren txosnen ondoan]

Izatez, Erromanizazioaren garaiko “pluteum” (“pluteus”) horiek ziren aldi baterako eraikinak, txabolak. Baina batez ere, gerretako setioetan erabilitako eraikin mugikor bat zen, barruan zeuden soldaduek kanpoko erasoetatik babestuta jarduteko, dela arietearekin, dela harresiak zulatzen edo…

[Pluteum, gerra-arma, “choza” hitzaren sorreran]

Baina, esan bezala, printzipioz ez du gure “txosna” hitzarekin zerikusirik. Kenduta herrietako jaietan gorputzari litroka ematen zaion “gerra”…

 

 

La sonrisa de Lydia

Lydia Zapata era, al margen de su ingente labor investigadora, una persona que hechizaba desde el minuto uno. De conversación suave y seductura. Rostro limpio y brillante, sin añadidos, guapa natural y, ante todo, dotada con una omnipresente sonrisa que le imposibilitaba decir “no” a cualquier propuesta para la que se le solicitase. Así era aquella Lydia que conocimos cuando dirigíamos la revista AUNIA.

Lydia era asimismo una de las puntas de lanza de la élite investigadora, más allá de nuestras fronteras vascas. Aunque la fama y prestigio los llevó a su estilo, siempre en silencio, sin tener que llamar la atención, porque la elegancia ya viajaba inherentemente a ella.

Un cáncer nos la arrebató hace unos años, cuando tenía las mejores propuestas de investigación que nadie pueda imaginarse. Y se fue apagando y despidiendo poquito a poquito. Hasta que marchó para no volver, rasgándonos el alma porque era alguien a la que parecía que no le podía tocar un fin así. Algo que los más creyentes, seguro, reprocharían a su dios por injusto.

Por eso se agradece esta obra-homenaje que han publicado sus amigos, destacados investigadores, a título póstumo.

Porque queremos que aquella muchacha siga enamorandonos para siempre, día a día, con sus extraordinarios trabajos y con aquella imperecedera sonrisa incrustada en aquel limpio rostro.

Eskerrik asko bere lagunei eta betiko argia Lydiari.

 

El fresno mágico de San Juan

Ayer llegué tarde a casa, imbuido por el ambiente mágico de la gran hoguera de San Juan, siempre propicio para compartir unas cervezas con los amigos. Alguna más de las deseadas…

Sin embargo he querido madrugar para escribir estas líneas y así empatizar con mi padre, aunque sea a distancia.

Sé que para estas horas ya habrá cortado a golpe de hacha unas hermosas ramas de fresno. Estará ahora montando con ellas un arco sobre la entrada a casa. Forma parte de un curioso ritual que ha visto hacer desde que nació y que se niega a olvidarlo.

Llevará muchos días en silencio, pensando en cuál es la rama más apropiada para su fin, preocupado pensando cómo llegará hasta allí arriba sin hacerse daño. Y mi madre lo habrá mirado con cariño infantil, dejándole hacer, sin interferir en sus pensamientos, sentada junto al hogar en esa silla de culo de cuerda que tantos bonitos otoños nos ha dado.

Su aportación consistirá, con suerte, en localizar algunas flores de hortensia para dar más realce si cabe al arco de fresno. Y es que, como nuestra casa está camino a la ermita de San Juan, ha de quedar bonito para que lo goce y admire quien por ahí pase. De nuestra casa hacia arriba, todos los caseríos y el humilde templete amanecerán hoy tocados con su fresno, la más elegante gala para el supuestamente día más largo del año. Sin embargo, en el resto del pueblo es prácticamente desconocida esta costumbre.

Frassino : particolare delle foglie

Esas ramas ahí colocadas tienen un valor protector para la casa y para los que en ella viven, un valor que difusamente recuerdan hoy, especialmente reducido a la protección contra los rayos. Es nada menos que el fresno, el árbol sagrado de las antiguas culturas celtas, un árbol del que se asegura que no es necesario bendecirlo en la iglesia porque ya es bendito desde su mismo nacimiento.

La clave para que se active todo su potencial mágico es que se corte hoy, en el amanecer del día de San Juan, con la primera claridad del amanecer pero antes de que ningún rayo de sol toque parte alguna del lugar. Por eso sé que mi padre estará ahora por ahí.

El fresno permanecerá así colocado hasta el día 29, San Pedro. Y habrá que quitarlo porque a partir de entonces ya no protegerá de nada: será inútil, un despojo. Es ésta asimismo la fecha en que, dicen, se despide de nosotros el cantarín kuku. Dicho de otro modo, es el arranque de otra época y ciclos anuales.

No sé cuantos años más podrá mi padre poner esas ramas de fresno al amanecer. Pocos. Por eso lo gozo y admiro cada año más. Tomándolo como un gran regalo, orgulloso de ser el beneficiario de esa gran herencia.

No lo contemplo entusiasmado por el hecho folklórico en sí sino por el modo instintivo, incuestionable y atávico con que año tras año lo repite, haciendo que pervivan un poco más aquellas ideas o formas de vida propias de sus antepasados y que da vértigo pensar desde donde vienen. Sin planteárselo y sin saber exactamente por qué lo hace. Una fuerte llamada de su interior hace que eso sea tan irremediable en su vida y que se vea forzado a repetirlo cíclicamente. Como cuando las golondrinas en un preciso instante dejan de revolotear alocadamente por los aleros y se entregan decididas a trazar una interminable línea recta hasta alcanzar las tierras africanas, obedeciendo una orden que no sabemos en dónde se da.

Cuando falte, intentaré continuar con el rito del fresno. Pero ni de lejos va a ser lo mismo. Porque ellos son los últimos que saben hablar y escuchar las llamadas de la tierra. Porque son sus hijos. Por eso no es necesario bendecirlos… porque ya nacieron benditos. Como ese fresno que durante décadas y también hoy ha colocado al amanecer del día de San Juan.

 

Salud, dinero y amor

GAZTAINEK BEREBIZIKO GARRANTZIA izan zuten Laudio, Okondo, Orozko eta Luiaondo herrietako behinolako ekonomian. Gosea kentzeaz gain, baserrian ohikoak ez ziren diru-irabaziak ekartzen zituen.

Eta hori guztia gutxi balitz, bikote asko sortu zen lanbide haren ondorioz, gaztaina-biltzaileak sarritan, kanpotik aldi baterako etorritako neska gazteak zirelako. Hau da, osasuna, dirua eta maitasuna zor zitzaizkiola gaztainari neurri handi batean.

Kortina edo kirikino-hesiak, bestetik, gaztaina-uzta basoan pilatzeko egindako harrizko eraikuntza batzuk dira.
Horietako baten aztarnak ikusiko ditugu, non eta Luiaondoko Legorra izeneko tokian. Datorren larunbatean (ekainak 24), 10:30ean abiatuta Luiaondoko “Otueta” Gizarte Etxetik. Hortik aurrerakoa, zoriontsua izatea ala ez, zure esku dago.

 

LA CASTAÑA FUE DE VITAL IMPORTANCIA para pueblos como Laudio, Okondo, Orozko o Luiaondo. Además de saciar el hambre, su comercio generaba unas ganancias económicas, algo poco común en nuestros caseríos.

Y, por si todo ello fuera poco, muchas fueron las parejas que surgieron de dicha actividad, ya que las apañadoras eran en gran medida muchachas temporeras jóvenes venidas de fuera. Por tanto, podemos afirmar que “salud, dinero y amor” es aquí algo debido a la castaña.

Las kortinas o cortinas (kirikino-hesiak) son, por otra parte, unas construcciones circulares de piedra que se encontraban en los bosques y en las que se apilaba la castaña recolectada.

Visitaremos las ruinas de una de ellas. En el término Legorra de Luiaondo. Este próximo sábado, 24 de junio, con salida a las 10:30 h del Centro Social Otueta de Luiaondo. Lo demás, ser feliz o no, lo dejo en tus manos.

Mila esker.

La kortina de Mendi

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

[El príncipe de los castaños preside las memorables ruinas de la kortina de Mendi]

Ayer por fin conocí la kortina de Mendi, asentada en uno de los pocos espacios llanos que ofrece la ladera septentrional del monte Pagolar (722 m). Unas piedras derrumbadas en el más recóndito e inaccesible rincón, bajo un sobrecogedor castaño, denotaban el enclave que había sido pieza vital en el devenir de mis antepasados. Instante de placer inmenso, de comunión con la tierra y con la esencia de lo que somos.

Allí estaba a solas con mi padre (83 años), que volvía a aquel lugar de trabajo que, en su niñez, se encargaban de preñarlo con ilusiones. Nada menos que setenta años después de su última visita… Tras un intento de localización fallido a la mañana, con su hermano –mi tío– Pedro (89 años), a la tarde, ya sin compañías, fue la vencida. No con poco esfuerzo y tras dar mil y una vueltas. Porque aquel “Sí hombre, cómo no voy a saber llegar” que sonaba a fanfarronería al comienzo de la aventura se transformó en sórdida desorientación: unas descorazonadoras selvas de pinos, incontables nuevas pistas para sacar madera y el cierre de los viejos caminos humillaron todos sus recuerdos y el reencuentro se intuía inviable.

Pero por fin, cuando ya íbamos a desistir, en el último desesperado intento, allí apareció nuestra bella durmiente. Habíamos por fin escuchado su angustiada llamada y estábamos deseando besarla.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
[Pedro y Celes, pensativos y ansiosos por encontrarse con la memoria de su madre, setenta años después, allá en Mendi]

Las kortinas (cortinas) o kirikiño-hesis como se llaman en Orozko, son unas grandes construcciones circulares de piedra en donde se guardaban las castañas con su erizo. Allí, en su interior, sazonaban absorbiendo las sales del erizo durante uno o dos meses para alcanzar un sabor inolvidable. Cuántas veces he escuchado a mis padres decir que no les extraña que no se coman ahora castañas. «¡Si no saben a nada! ¡No sabes tú lo que eran aquellas de las kortinas! ¡Qué diferencia de sabor

Por otra parte, en Laudio, Luiaondo, Okondo y Orozko las castañas fueron además fuente de riqueza, no sólo de supervivencia alimentaria: se vendían en grandes cantidades, muchas de las ocasiones para su exportación vía puerto de Bilbao hacia Flandes y otros lejanos lugares.

Mi abuela, de nombre Dominga Mendiguren Solaun (1900-1956), a la que sigo añorando por no haberla podido conocer, era al parecer una hábil apañadora, una labor normalmente femenina que se complementaba con la de los chicos que vareaban los castaños para “derramar” aquellos soñados erizos. Y llevaba en la casa la responsabilidad del uso de la kortina y de la cosecha anual de la castaña.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA[Mis apuntes etnográficos cortejan en sentido homenaje a amama Dominga y sus padres, mis bisabuelos, en una imagen de hace más de un siglo, frente a su caserío de Markuartu]

Ya con el cambio de los sistemas de producción del siglo pasado, desde muy jóvenes, mi padre y sus hermanos intentaron sacar algún pequeño jornal en la pujante industria, un oportunidad abierta que les sacaría de la miseria que arrastraban desde generaciones atrás en el aquel menguado caserío del que eran inquilinos. Y pronto se percataron de que el hambre se saciaba en las humeantes fábricas del fondo del valle y no en aquellas kortinas cada vez más elevadas por el empuje con el que la enfermedad de la tinta del castaño iba asesinando, laderas arriba, a aquellos misericordiosos árboles.

Aun con todo, su madre Dominga siempre les decía que, por favor, al margen de aquellos deslumbrantes jornales, nunca abandonasen la kortina, porque aquello siempre había sido la mejor garantía para sobrellevar el hambre. Que era algo muy nuestro, una labor demasiado arraigada en el alma como para permitir que nunca, ni pasados ni presentes ni futuros, lo olvidásemos.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
[Restos de la kortina familiar de Mendi]

Pero la historia no tenía marcha atrás y nunca quisieron aquellos resabiados muchachos saber más de aquellas paredes en lo alto del monte. Hasta ayer que, demasiados años después, la volvimos a visitar motivados por mi insistencia (estoy catalogando e investigando esas humildes construcciones), espoleado además por la emisión unos días atrás de un programa en ETB2 en el que hablé algo del tema.

Sobre la kortina de Mendi, amparándola, se exhibe vanidoso el más solemne castaño que jamás haya conocido en Laudio, desplegando unos imponentes brazos sobre el lugar, aderezándo de magia todos los rincones, mutando en excelso y monumental el más humilde de los enclaves. Alguna extraña intuición me dice que ahí hay algo más que un casual árbol sobre unas paredes caídas: aquel lugar estaba allí esperándonos desde décadas atrás. El pasado nos hacía señas: sin duda nos quería hablar.

Una vez bien reconocido el lugar por mi padre, reconfortado al recobrar el control, abandonamos sin problema el “castañal viejo” para ir a una kortina inferior y, de ahí, a “la de Tomás” [en referencia a un tal Tomás Zubiaur], la más grande y curiosa de todas, con una cabaña anexa incluso, que en su día contaba con tejado de césped (tepes, porciones de hierba con tierra volteadas y colocadas a modo de teja). Todo en ruinas pero identificable. Incluso con la portezuela de la kortina  sin destapiar, indicándonos que la última gran cosecha nunca se bajó al valle y que quedó allí abandonada, para la eternidad.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
[La admirada “kortina de Tomás”]

Tras hacer las fotos y mediciones oportunas, descendimos raudos por el antiguo “sendero de Potroloka”, ahora excavado por un regatillo que avanza en un entorno de maleza y que en su día era al parecer el flamante camino por el que subían con carro y bueyes a por las castañas. «Era –me dice aita– malo, porque había mucha piedra que dificultaban continuamente el avance de las ruedas». Y desde allí, ya seguros, bajamos hasta la “campa de Inuskitza” (Inúsquiza) y luego a Dibidaur y…

Allí quedan para siempre sus recuerdos porque me ha jurado que no va a volver más. Las piernas de aquel brioso muchacho que a diario subía hasta la kortina de Mendi un puchero de rancho para dárselo a sus hermanos y padres, se resienten ahora ante el esfuerzo.

Como sabe su hermano Pedro que, al no lograrlo ayer en el intento de la mañana, renunció para siempre a regresar a aquel bendito lugar.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Sin embargo, lejos de estar apenados, una vez abajo celebramos la localización como si se hubiese tratado de un gran acontecimiento, algo especial. Estaban excitados, alegres, porque sabían que cerraban un círculo cuyo final presienten cercano. Por fin habían cumplido con el mandato de su madre, Dominga, y ya pueden vivir y morir en paz.

Ahora me toca a mí la responsabilidad de no olvidarlo y transmitirlo a mi descendencia. Y al mundo. Será todo un placer, amama Dominga… Aunque me cueste alguna lágrima cuando algún día vuelva y no estén allí mis seres queridos.

Todo esto y mucho más, ayer allí arriba, en aquel sitio al que ya no va nadie: la vetusta pero encantadora kortina de Mendi.

 

felix facebook