El fresno mágico de San Juan

Ayer llegué tarde a casa, imbuido por el ambiente mágico de la gran hoguera de San Juan, siempre propicio para compartir unas cervezas con los amigos. Alguna más de las deseadas…

Sin embargo he querido madrugar para escribir estas líneas y así empatizar con mi padre, aunque sea a distancia.

Sé que para estas horas ya habrá cortado a golpe de hacha unas hermosas ramas de fresno. Estará ahora montando con ellas un arco sobre la entrada a casa. Forma parte de un curioso ritual que ha visto hacer desde que nació y que se niega a olvidarlo.

Llevará muchos días en silencio, pensando en cuál es la rama más apropiada para su fin, preocupado pensando cómo llegará hasta allí arriba sin hacerse daño. Y mi madre lo habrá mirado con cariño infantil, dejándole hacer, sin interferir en sus pensamientos, sentada junto al hogar en esa silla de culo de cuerda que tantos bonitos otoños nos ha dado.

Su aportación consistirá, con suerte, en localizar algunas flores de hortensia para dar más realce si cabe al arco de fresno. Y es que, como nuestra casa está camino a la ermita de San Juan, ha de quedar bonito para que lo goce y admire quien por ahí pase. De nuestra casa hacia arriba, todos los caseríos y el humilde templete amanecerán hoy tocados con su fresno, la más elegante gala para el supuestamente día más largo del año. Sin embargo, en el resto del pueblo es prácticamente desconocida esta costumbre.

Frassino : particolare delle foglie

Esas ramas ahí colocadas tienen un valor protector para la casa y para los que en ella viven, un valor que difusamente recuerdan hoy, especialmente reducido a la protección contra los rayos. Es nada menos que el fresno, el árbol sagrado de las antiguas culturas celtas, un árbol del que se asegura que no es necesario bendecirlo en la iglesia porque ya es bendito desde su mismo nacimiento.

La clave para que se active todo su potencial mágico es que se corte hoy, en el amanecer del día de San Juan, con la primera claridad del amanecer pero antes de que ningún rayo de sol toque parte alguna del lugar. Por eso sé que mi padre estará ahora por ahí.

El fresno permanecerá así colocado hasta el día 29, San Pedro. Y habrá que quitarlo porque a partir de entonces ya no protegerá de nada: será inútil, un despojo. Es ésta asimismo la fecha en que, dicen, se despide de nosotros el cantarín kuku. Dicho de otro modo, es el arranque de otra época y ciclos anuales.

No sé cuantos años más podrá mi padre poner esas ramas de fresno al amanecer. Pocos. Por eso lo gozo y admiro cada año más. Tomándolo como un gran regalo, orgulloso de ser el beneficiario de esa gran herencia.

No lo contemplo entusiasmado por el hecho folklórico en sí sino por el modo instintivo, incuestionable y atávico con que año tras año lo repite, haciendo que pervivan un poco más aquellas ideas o formas de vida propias de sus antepasados y que da vértigo pensar desde donde vienen. Sin planteárselo y sin saber exactamente por qué lo hace. Una fuerte llamada de su interior hace que eso sea tan irremediable en su vida y que se vea forzado a repetirlo cíclicamente. Como cuando las golondrinas en un preciso instante dejan de revolotear alocadamente por los aleros y se entregan decididas a trazar una interminable línea recta hasta alcanzar las tierras africanas, obedeciendo una orden que no sabemos en dónde se da.

Cuando falte, intentaré continuar con el rito del fresno. Pero ni de lejos va a ser lo mismo. Porque ellos son los últimos que saben hablar y escuchar las llamadas de la tierra. Porque son sus hijos. Por eso no es necesario bendecirlos… porque ya nacieron benditos. Como ese fresno que durante décadas y también hoy ha colocado al amanecer del día de San Juan.

 

Salud, dinero y amor

GAZTAINEK BEREBIZIKO GARRANTZIA izan zuten Laudio, Okondo, Orozko eta Luiaondo herrietako behinolako ekonomian. Gosea kentzeaz gain, baserrian ohikoak ez ziren diru-irabaziak ekartzen zituen.

Eta hori guztia gutxi balitz, bikote asko sortu zen lanbide haren ondorioz, gaztaina-biltzaileak sarritan, kanpotik aldi baterako etorritako neska gazteak zirelako. Hau da, osasuna, dirua eta maitasuna zor zitzaizkiola gaztainari neurri handi batean.

Kortina edo kirikino-hesiak, bestetik, gaztaina-uzta basoan pilatzeko egindako harrizko eraikuntza batzuk dira.
Horietako baten aztarnak ikusiko ditugu, non eta Luiaondoko Legorra izeneko tokian. Datorren larunbatean (ekainak 24), 10:30ean abiatuta Luiaondoko “Otueta” Gizarte Etxetik. Hortik aurrerakoa, zoriontsua izatea ala ez, zure esku dago.

 

LA CASTAÑA FUE DE VITAL IMPORTANCIA para pueblos como Laudio, Okondo, Orozko o Luiaondo. Además de saciar el hambre, su comercio generaba unas ganancias económicas, algo poco común en nuestros caseríos.

Y, por si todo ello fuera poco, muchas fueron las parejas que surgieron de dicha actividad, ya que las apañadoras eran en gran medida muchachas temporeras jóvenes venidas de fuera. Por tanto, podemos afirmar que “salud, dinero y amor” es aquí algo debido a la castaña.

Las kortinas o cortinas (kirikino-hesiak) son, por otra parte, unas construcciones circulares de piedra que se encontraban en los bosques y en las que se apilaba la castaña recolectada.

Visitaremos las ruinas de una de ellas. En el término Legorra de Luiaondo. Este próximo sábado, 24 de junio, con salida a las 10:30 h del Centro Social Otueta de Luiaondo. Lo demás, ser feliz o no, lo dejo en tus manos.

Mila esker.

La kortina de Mendi

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[El príncipe de los castaños preside las memorables ruinas de la kortina de Mendi]

Ayer por fin conocí la kortina de Mendi, asentada en uno de los pocos espacios llanos que ofrece la ladera septentrional del monte Pagolar (722 m). Unas piedras derrumbadas en el más recóndito e inaccesible rincón, bajo un sobrecogedor castaño, denotaban el enclave que había sido pieza vital en el devenir de mis antepasados. Instante de placer inmenso, de comunión con la tierra y con la esencia de lo que somos.

Allí estaba a solas con mi padre (83 años), que volvía a aquel lugar de trabajo que, en su niñez, se encargaban de preñarlo con ilusiones. Nada menos que setenta años después de su última visita… Tras un intento de localización fallido a la mañana, con su hermano –mi tío– Pedro (89 años), a la tarde, ya sin compañías, fue la vencida. No con poco esfuerzo y tras dar mil y una vueltas. Porque aquel “Sí hombre, cómo no voy a saber llegar” que sonaba a fanfarronería al comienzo de la aventura se transformó en sórdida desorientación: unas descorazonadoras selvas de pinos, incontables nuevas pistas para sacar madera y el cierre de los viejos caminos humillaron todos sus recuerdos y el reencuentro se intuía inviable.

Pero por fin, cuando ya íbamos a desistir, en el último desesperado intento, allí apareció nuestra bella durmiente. Habíamos por fin escuchado su angustiada llamada y estábamos deseando besarla.

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[Pedro y Celes, pensativos y ansiosos por encontrarse con la memoria de su madre, setenta años después, allá en Mendi]

Las kortinas (cortinas) o kirikiño-hesis como se llaman en Orozko, son unas grandes construcciones circulares de piedra en donde se guardaban las castañas con su erizo. Allí, en su interior, sazonaban absorbiendo las sales del erizo durante uno o dos meses para alcanzar un sabor inolvidable. Cuántas veces he escuchado a mis padres decir que no les extraña que no se coman ahora castañas. «¡Si no saben a nada! ¡No sabes tú lo que eran aquellas de las kortinas! ¡Qué diferencia de sabor

Por otra parte, en Laudio, Luiaondo, Okondo y Orozko las castañas fueron además fuente de riqueza, no sólo de supervivencia alimentaria: se vendían en grandes cantidades, muchas de las ocasiones para su exportación vía puerto de Bilbao hacia Flandes y otros lejanos lugares.

Mi abuela, de nombre Dominga Mendiguren Solaun (1900-1956), a la que sigo añorando por no haberla podido conocer, era al parecer una hábil apañadora, una labor normalmente femenina que se complementaba con la de los chicos que vareaban los castaños para “derramar” aquellos soñados erizos. Y llevaba en la casa la responsabilidad del uso de la kortina y de la cosecha anual de la castaña.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA[Mis apuntes etnográficos cortejan en sentido homenaje a amama Dominga y sus padres, mis bisabuelos, en una imagen de hace más de un siglo, frente a su caserío de Markuartu]

Ya con el cambio de los sistemas de producción del siglo pasado, desde muy jóvenes, mi padre y sus hermanos intentaron sacar algún pequeño jornal en la pujante industria, un oportunidad abierta que les sacaría de la miseria que arrastraban desde generaciones atrás en el aquel menguado caserío del que eran inquilinos. Y pronto se percataron de que el hambre se saciaba en las humeantes fábricas del fondo del valle y no en aquellas kortinas cada vez más elevadas por el empuje con el que la enfermedad de la tinta del castaño iba asesinando, laderas arriba, a aquellos misericordiosos árboles.

Aun con todo, su madre Dominga siempre les decía que, por favor, al margen de aquellos deslumbrantes jornales, nunca abandonasen la kortina, porque aquello siempre había sido la mejor garantía para sobrellevar el hambre. Que era algo muy nuestro, una labor demasiado arraigada en el alma como para permitir que nunca, ni pasados ni presentes ni futuros, lo olvidásemos.

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[Restos de la kortina familiar de Mendi]

Pero la historia no tenía marcha atrás y nunca quisieron aquellos resabiados muchachos saber más de aquellas paredes en lo alto del monte. Hasta ayer que, demasiados años después, la volvimos a visitar motivados por mi insistencia (estoy catalogando e investigando esas humildes construcciones), espoleado además por la emisión unos días atrás de un programa en ETB2 en el que hablé algo del tema.

Sobre la kortina de Mendi, amparándola, se exhibe vanidoso el más solemne castaño que jamás haya conocido en Laudio, desplegando unos imponentes brazos sobre el lugar, aderezándo de magia todos los rincones, mutando en excelso y monumental el más humilde de los enclaves. Alguna extraña intuición me dice que ahí hay algo más que un casual árbol sobre unas paredes caídas: aquel lugar estaba allí esperándonos desde décadas atrás. El pasado nos hacía señas: sin duda nos quería hablar.

Una vez bien reconocido el lugar por mi padre, reconfortado al recobrar el control, abandonamos sin problema el “castañal viejo” para ir a una kortina inferior y, de ahí, a “la de Tomás” [en referencia a un tal Tomás Zubiaur], la más grande y curiosa de todas, con una cabaña anexa incluso, que en su día contaba con tejado de césped (tepes, porciones de hierba con tierra volteadas y colocadas a modo de teja). Todo en ruinas pero identificable. Incluso con la portezuela de la kortina  sin destapiar, indicándonos que la última gran cosecha nunca se bajó al valle y que quedó allí abandonada, para la eternidad.

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[La admirada “kortina de Tomás”]

Tras hacer las fotos y mediciones oportunas, descendimos raudos por el antiguo “sendero de Potroloka”, ahora excavado por un regatillo que avanza en un entorno de maleza y que en su día era al parecer el flamante camino por el que subían con carro y bueyes a por las castañas. «Era –me dice aita– malo, porque había mucha piedra que dificultaban continuamente el avance de las ruedas». Y desde allí, ya seguros, bajamos hasta la “campa de Inuskitza” (Inúsquiza) y luego a Dibidaur y…

Allí quedan para siempre sus recuerdos porque me ha jurado que no va a volver más. Las piernas de aquel brioso muchacho que a diario subía hasta la kortina de Mendi un puchero de rancho para dárselo a sus hermanos y padres, se resienten ahora ante el esfuerzo.

Como sabe su hermano Pedro que, al no lograrlo ayer en el intento de la mañana, renunció para siempre a regresar a aquel bendito lugar.

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Sin embargo, lejos de estar apenados, una vez abajo celebramos la localización como si se hubiese tratado de un gran acontecimiento, algo especial. Estaban excitados, alegres, porque sabían que cerraban un círculo cuyo final presienten cercano. Por fin habían cumplido con el mandato de su madre, Dominga, y ya pueden vivir y morir en paz.

Ahora me toca a mí la responsabilidad de no olvidarlo y transmitirlo a mi descendencia. Y al mundo. Será todo un placer, amama Dominga… Aunque me cueste alguna lágrima cuando algún día vuelva y no estén allí mis seres queridos.

Todo esto y mucho más, ayer allí arriba, en aquel sitio al que ya no va nadie: la vetusta pero encantadora kortina de Mendi.

 

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Maiatzean laian eta orduan jaian

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«Maiatzean laian eta orduan jaian» dio euskal esaera zahar batek. Bestela esanda, behin lurra iraulita, ar eske dago, beroaldian, animaliei gertatzen zaien bezala. Prest azaldu zaigu, horrenbestez, hazi maskulinoa bere barrunbeetan besarkatzeko, gozatzeko eta goratzeko, irudika daitekeen elkartze idealizatuenean.

Hori, ni bizi naizen tokian eta aurreko post batean kontatu nuenez (“Quiero ser arcángel“), maiatzean egiten zen: maiatzaren 8rako (Done Mikel Goiangeruaren agerpena) soroak laiatuta eta 11n (San Mateo) ereinda. Nekearen nekez, “nekazari” hitzari dagokion moduan…

Hortik aurrerakoa, laborari familia horren zoriona ala zorigaitza, patuaren indarrak erabakiko zuen. Alea jacta est, erromatarrek zioten moduan gauza baten etorkizuna euren eskuetatik kanpo zegoenean. Itxarotea besterik ez zitzaien geratzen gure arbaso baserritarrei. Eta zeruari begira, otoitz egitea, naturaren indarrak norberaren beharren aldera erakartzeko.

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Horregatik dugu gaurkoa egun esanguratsua: maiatzaren 15a, San Isidroren omenezkoa.

Aurreratu behar dut ni ez naizela batere fededun, are gutxiago kristau edo elizkoi. Baina aitortu behar dut biziki gustatzen zaidala Elizaren kontuei erreparatzea, euren ohiturek eta egun gailenek sinesmen edo egite oso arkaikoen isla ematen digutelako. Ikasi behar dugu horien mintzaren atzean irakurtzen. Hortaz, egun honi, neure esparru pertsonalerako, eman nahi diodan garrantzia. Beste aitzakia bat egun arrunta egun berezi eta aparta bihurtzeko…

Duela gutxira arte, oso ospatua izan da San Isidro, nekazarien zaindaria delako eta, haren hedaduraz, baita abeltzainena ere. Hots, gure baserritarrentzako patroi bikaina.

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Batzuk dira pertsonaia horri egozten zaizkion mirariak. Ezagunena diosku, behin batean Isidro morroi zebilenean jaun ahaltsu eta pagano batentzat, golde-lanetan idi pare batekin, gelditu egin zuela bere lana jainko kristauari otoitz egiteko. Jabeak, bazter batetik begira ostendua zelatan zebilela, harrapatu zuen bere eginbeharra utzita. Eta errieta egiteko prest zegoenean, zigortzeko asmo maltxurraz, aingeru bat agertu ei zen eta berak zuzendu zituen idiak, lan bikaina eginez, santuak bere otoitza eten barik. Hain izan zen liluragarria bertan ikusitakoa, ezen Isidroren jabea kristau bihurtu baitzen eta, bere atzetik, beste asko eta asko.

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Umeentzako ipuina dirudi baina erreferentzia izan da gure baserritarrentzat urte eta urteetan.

Gauk, hainbat ospakizun berezi eta ganadu feria dugu: bat aipatzearren, Aiarako Arespalditza herrian egiten dena. Ihes egiten zaigun kultura baten azken postal bizidunak ikusteko aukera. Gutxi barru betiko joango zaigulako gure kulturaren azken belaunaldi hori. Eta orduan, hutsune hori izango dugunean, orduan bai, faltan izango dugu orain arbuiatzen ditugun San Isidro ospakizun eta feria.

Egun zoriontsua izan dezaten Euskal Herriko baserritar guztiek.

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Quiero ser arcángel. 8 de mayo.

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Quiero ser arcángel, sí. Y es que ya me diréis que a quién no le va eso de vivir en los cielos y gozar de placeres, exenciones fiscales… Sin ruidos, con barras libres… Sin tener que comprar la comida, ni madrugar, ni fregar… A tope y sin sentirte luego mal por los excesos.

Aunque, todo hay que decirlo, a los humanos nos lo han puesto un poco jodido. Porque ser beato o mejor santo está bien, no le vamos a quitar mérito, pero es a base de haberlas pasado canutas aquí abajo: o te has jodido de hambre o te han torturado o te han comido los leones… Y de pillar cacho, nada. Hasta los calentones están radicalmente prohibidos. Así es que ya veis qué plan más excitante. No sé hasta qué punto compensa pasarlas aquí más putas que Caín (¿no tendría que ser “que Abel”?) para meter el morro en ese mundillo. Yo, personalmente, veo eso de ser santo como una cosa de pringadillos, de aficionados de poca monta.

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Pero ser arcángel es otra cosa. Ahí naces así y ya lo tienes hecho. Sin hincarla ni dar palo al agua. Un poco como los Borbones, que eres un jeta, vives del cuento y encima te adoran y vitorean.

Para que me entendáis, es como ser el encargadillo de los ángeles: un chollazo. De hecho eso significa el “arc-” inicial de su nombre: ‘superior’. Entonces un arcángel es un ‘ángel superior’. Carpeta bajo el sobaco para aparentar que haces algo y paseítos y jamadas para cerrar tratos por ahí. Poco más: y a vivir que esta vida son cuatro eternidades. No como los ángeles, siempre currando a tope, atentos para que nadie se salte un semáforo en rojo, para que no nos tiremos de cabeza a esa piscina que cubre poco o enamorando a bobalicones. Una labor que roza la esclavitud y que en absoluto está bien pagada. Y además no pillan porque no tienen sexo: «¡Mierda con la tara! ¡Podían habernos hecho sin las plumas!» Me los imagino maldiciendo su destino…

Así las cosas, podríamos decir que los arcángeles “viven como Dios”. Pero es que nos quedaríamos cortos: yo creo que viven hasta mejor. Porque el jefe supremo también debe de andar a tope: ya veis que ni siquiera tiene tiempo para atender las injusticias, el hambre, guerras o violaciones… Así es que, pudiendo elegir, me quedo con lo de ser arcángel. Tienen tal libertad de actuación, que incluso van de incógnito para que no les controle nadie: por eso se les cita sólo dos veces en la Biblia y de chiripa o descuido. ¡Vaya colada se metió algún evangelista!

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Son tan secretos que no hay ni una lista definitiva y varía según la religión que los trate. Pero daremos por buena la nuestra y no las otras, como con tanta cortesía hacemos siempre.

Así contaríamos con un equipo de siete, cada uno con su campo de acción, una especie de ministerio pero sin ni siquiera llevar el maletín. Por tanto, nuestros arcángeles son Miguel (Ejércitos), Gabriel (Comunicaciones), Rafael (Carreteras, Sanidad y Amores), Uriel (Patrimonio inmueble), Raguel (Justicia: como veis, el gran desconocido, el que tiene el mundo como lo tiene), Sariel, (encargado de enderezarnos a los Pecadores) y Remiel (Resucitados o puertas giratorias).

Os habréis percatado de que los que más necesitamos son los que menos se lo curran. Pero claro, como es el cielo y allí no hay tensiones, tampoco se les puede recriminar nada, para que no se estresen.

Por el contario, de entre todos ellos ¿cuál es el más activo, el más conocido, el que más vitoreamos con diferencia? ¡San Miguel! El que reparte hostias a diestro y siniestro. El de las peleas, el matoncete de los recreos.
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¿Y cuál es el que más nos ha gustado a los vascos y vascas en toda nuestra trayectoria histórica, al que hemos hasta nombrado como patrón y protector de Euskal Herria? Pues ese mismo: San Miguel, el zumbón. De los otros, ni una mísera ermita. Aquí el que no levantaba piedras o mataba algún dragón, era tenido por mingafrías, por excesivamente vago. Y no se le hacía aprecio… que es como hacer desprecio.

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¿Y a qué viene todo esto? Pues para decir que hasta a la Iglesia le sonó a excesiva esa veneración tan exaltada hacia San Miguel y sus mortales leñazos. Y  le quitó con un decretazo todo el boato y culto a su celebración del 8 de mayo, una fecha que hasta entonces era bien ensalzada y esperada. Porque como sabréis, la fiesta principal del fenómeno este, la celebramos en septiembre, el 29. Y no era cuestión de repetir en otro día. Así lo sentenció la Santa Madre Iglesia.

Pero, como decíamos, hasta no hace mucho, se celebró el 8 de mayo, para conmemorar que una vez San Miguel “el matachín” bajó de los cielos y estuvo charlando con un pastor (que por cierto estaba acojonado y pálido pensando que le iba a caer una mano de brillantina) en Italia, en el monte Gargano, en la espuela de la forma de bota que hace el país. Dicen que en el año 492. Pero no os lo puedo asegurar del todo porque no había nacido. Ni siquiera recuerdan mis padres habérselo escuchado a los abuelos.

Y ese 8 de mayo que tan cerca tenemos hoy, ha sido referencia y origen para muchas fiestas de nuestros pueblos que tan desvinculadas vemos ahora, porque por nada el mundo relacionamos el 8 de mayo con San Miguel, nuestro Done Mikel. Pero en otro tiempo era tal su relevancia que hasta se tenía por un hito en el calendario, asociado a las labores humanas con la que procurar la supervivencia a la prole de la casa.

Por eso se dice en la sabiduría popular aquello de SAN MIGEL MAIATZEKO, GURE SOROA LAIATZEKO, es decir, ‘por el San Miguel de mayo, a layar nuestro huerto’
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La ‘laia’ es, como sabréis, un apero agrícola con el que se voltea la tierra antes de sembrar. Una especie de braván o arado manual del que ya hablaremos en otra ocasión.

Consultados mis padres me comentan que sí, que la fecha en cuestión podría ser una buena referencia. Pero que en función de la bonanza atmosférica también se solía adelantar algunos días. Y que lo ideal era dejar volteados esos trozos de tierra y que se empapasen con alguna tormenta de primavera, con esas preciadas gotas cálidas… porque eran las que le daban “otra gracia a la tierra”. Luego, lo que es el sembrado en sí, se hacía pasados unos días, en torno a San Isidro, el día 15, el de santo labrador.

Pero no nos referimos al sembrado de trigo, etc. cuya sementera se hacía en noviembre-diciembre sino al de la siembra primaveral del maíz, las alubias… aquellas especies americanas con las que aquí erradicamos el hambre que hasta entonces nos retorcía. Por eso, saciados, dejamos paulatinamente de adorar a aquel brutote San Miguel, porque aprendimos que en la vida hay que hablar más y hostiarse menos.

No por ello hemos de olvidar la referencia que supone el 8 de mayo. Por nada del mundo. Ni del cielo. Y a lo dicho: que no vayáis de chulos por la vida. Que por mucho que lo pretendáis, serlo de verdad son siete: los arcángeles. Por eso yo quiero ser uno de ellos. Me pido ser cubrebajas de Rafael, el de los amores, el del roce sin pecado. También por eso quiero ser arcángel. Podéis ir en paz.

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Itziar, neuk ere maite zaitut

 

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Duela urte bi, 2015eko maiatzean hain zuzen ere, egun batzuk pasatu nituen Itziar Ituñorekin, Orozkoko kondairekin liluratuta zegoelako eta, balizko antzezlan baterako, inspirazio gisa erabili nahi zituelako. Laguntzea eskatu zidan. Elkarrizketa goxo batzuk eta hainbat ibilbide partekatu genituen udaberri hartan, aitzakia paregabe eta ukaezinaz.

Han-hemen ibili ginen, bazterrak arakatzen, urratsak egiten. Eta, egun haien ondorioz, gauza bakar bat esan dezaket: antzezle ona badela, jakina. Baina, zalantza barik, askoz hobea dela esparru pertsonalean. Egiatan neska zoragarria da, atsegina, elkarrizketa sakonekoa, betea, detaile guztietan fina, goxoa, zaintzen zaituenaren sentsazioa ematen duen horietakoa.

Bestela esateko, berpiztu genituen Orozkoko lamiekin gertatu bezala, tratuan jardun eta berehala betiko maiteminduta uzten zaituen pertsona horietakoa da. Baita Roberto izeneko bere bikote aparta ere: zoragarria. Amazoniako gazte garden eta lerden, gizaki purua… A zer nolako bizipoza eman zidan bere indio estetika eta itxura osoarekin, Urigoitiko zaharrei euskaraz sano-sano egiten ziela ikustean… Ze harridura aurpegiak: “Niri bere, euskeraz, e?” Nola ahaztu bizipen gozo eta gogoangarriak haiek!!

Geroztik, mezu eta deiren bat trukatu dugun arren, ez dut berriz ikusi. Ezta pantailetan ere. Baina Itziar eta Roberto betiko izango ditut bihotz-lagun, euren ontasunez markatu nindutelako.

Horregatik min handia egin dit ikusteak nola tratatu duten Itziar Espainiako “leizetarrek”, “kabernikolek”… Txori xume bat gaiztakeriaz kolpatzen ari direla ikusiko bagenu bezala, haren mina gure min bilakatzen delako, nahitaez barrunbetan txertatzen zaigulako, haren samindura-zama arindu nahi diogulako… Sentsazio bera izan dut. Eta tristatu nau.

Ez gara esparru politikoetan sartuko, ez dudalako ulertzen nola Espainiak ez gaituen onartzen eta, aldi berean, nola asaldatzen diren ikustean ez dugula euren parean egon nahi. Tratu txarrak ematen dizkigunarekin egon behar al da ala?

Asteburuetan Madrildik etxera doanean “lagunekin euskaraz ere egiten duela” diote batzuek hortik, fatxa-foroetan… Hori delitua… Ba al da etxera ilusionatuta  itzultzeko motibo ederragorik? Bien bitartean, Espainiako justizia isilik eta zelatan, esku hartu barik, iraindua haietako bat ez den bitartean…

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Beraz, Itziar, watxapez esan bezala, zentratu zaitez zure lanean, bikainki egiten duzulako. Hori besterik ez dugu zuregandik nahi eta espero, horrekin zoriontsu egiten gaituzulako. Eta zure bizitza gura dituzun bizipenez bete, ardura barik, lokabe, aske, hegalari… amaieran kontuak eskatzeko jainkorik ez duzulako topatuko, zu arratsalde haietako Itzinako jainkosa eta sorginen pareko bihurtu zinelako.

Mila musu eta gora gu, euskara eta Euskal Herria!!! Eta ez ahaztu, Itziar: neuk ere, Euskal Herri osoak bezala, MAITE ZAITUT. Eutsi.

 

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No me gusta la tamborrada en Laudio

CARACOL-DE-JARDÍN

Soy natural de Laudio, un municipio alavés para los vizcaínos y vizcaíno para los alaveses. Una porción de Bizkaia (alma) que pertenece a Álava (cuerpo), una tierra de todos y de nadie.

Y como por ser hoy San Prudencio (patrón de Álava, día festivo) tocó anoche convivir con la “tradicional” tamborrada. Por ello expongo unas reflexiones mañaneras de cómo he percibido yo esta fiesta. Más que nada para que se documente al menos en un lugar, para que no se pierda en el olvido. Las he publicado en un grupo de Facebook local, muy numeroso, llamado “La ventana de Laudio”.

Sin más, sed felices. También hoy.
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Recuerdo cuando, bastante jóvenes aún, desde una comisión organizadora nos llegó el aviso de que teníamos que articularnos las asociaciones y jóvenes para empezar a celebrar San Prudencio, una festividad que hasta entonces no había tenido ninguna repercusión ni incidencia en Laudio, por sentirse en nuestro pueblo como algo ajeno. Aquí, nada del santo de Armentia: celebrábamos como buenos vizcaínos la fiesta de San Ignacio, en Gorbea y la peregrinación nocturna a Begoña. Hasta el mayor de los ateos. Y punto.

¿Qué os voy a contar de un pueblo en el que, al no disponer de un escudo propio, hemos usado y usamos como escudo municipal el del Señorío de Bizkaia?

Pues bien. Aquel aviso consistía en que la Diputación había puesto muchísimo dinero para que empezásemos a festejar San Prudencio. Lo nunca visto, pues las ayudas forales siempre han tenido grandes dificultades para atravesar el bosque de Altube. Pero esta ocasión era diferente, se disponía de todo el dinero necesario y más, porque era para una buena causa: para “alavesizar” nuestras costumbres y sentimientos, algo en lo que andábamos muy flojos. Nos iban a “hacer personas”.

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Se celebró entonces el primer concurso de caracoles [plato típico en la fiesta de San Prudencio de Armentia, Gasteiz] que tuve la suerte de ganar junto a un primo mío. Unos chavales que los cocinábamos por primera vez… porque, a pesar de los esfuerzos para movilizar el mayor número de gente para la “nueva” fiesta, sólo consiguieron que participásemos cuatro cazuelas. Así sentíamos San Prudencio en nuestro pueblo…

A parte de eso, se organizaron diversos actos (yo andaba en alguno) para dar el mayor boato al 28 de abril. Tras presentar presupuestos sucedió algo nunca visto: una llamada de atención de la Dipu para que gastásemos mucho más, que aquello tenía que empezar a ser algo memorable, que iba en serio. Había que empezar a celebrar San Prudencio en nuestro pueblo con toda la fuerza posible.

Aquello me levantó todas las sospechas y me sonó a gato encerrado. Por eso mismo, en ese preciso instante decidí al menos no tomar parte en la primera tamborrada para la que tanto estábamos ensayando. Y ya lo pensaría mejor para otro año. Porque tanto interés en activarla a base de diluir nuestra esencia o esa tendencia vizcainista que siempre hemos tenido, no me parecía muy limpio.

laudio

Está claro que aquellos esfuerzos por alavesizarnos, para reconstruirnos “a la vitoriana”, han dado sus resultados y aquella balbuceante tamborrada original es un acto indiscutible hoy en día, algo que ya no tiene marcha atrás. Y aquello tan común por aquel entonces de decir que sin duda éramos Bizkaia, ya no es una reivindicación que se escuche. Ha quedado relegada a una añoranza de la gente de cierta edad, nada que ver con las generaciones jóvenes. Los centros de enseñanza han hecho bien su labor y para todos estos peques que tan ilusionados toman parte en la plaza, cuando crezcan, su tamborrada será una tradición de las más llodianas, de las de siempre.

Pero permitidme que me acoja al derecho de no sentirla como “mía” y sí a percibirla como “extraña” hasta el final de mis días. Porque no es algo que sienta como propio ni que hayan sentido mis antepasados. Porque fue una actuación estratégica bien diseñada y con mucho dinero de por medio. Porque había que amputar el sentimiento natural de Laudio para injertarnos otro nuevo.
Porque, para mí, esa tamborrada es tan propia y extraña a la vez como las saetas que se canten en nuestra Semana Santa en las últimas décadas o la celebración de Halloween o de la Feria de Abril que también se celebra. Se hacen, la gente las goza, pero no son mis celebraciones.

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Por eso y con todos mis respetos para la tamborrada, a quienes dan el callo organizándola, a quienes participan… LAUDIO BIZKAIA DA. Y os recuerdo que, en Laudio, San Prudencio siempre ha sido un peste… ¡¡y lo saben!!

Por muy inútil que sea decirlo, lo digo. Ya está servida la polémica. Txis Pun.
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