El despertar del oso vasco

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Cualquiera de nuestros agricultores y ganaderos nos dará fe de que es a partir de estos primeros días de febrero cuando por fin empiezan a reverdecer la hierba, los bosques y el campo en general. Es el lapso anual en el que el paulatino aumento de las horas de luz tiene ya la suficiente fuerza como para sacar del letargo a la naturaleza yacente, para insuflarle de nuevo esa vida que hará que otro ciclo arranque, que todo se mueva para seguir en el mismo lugar. Es, por otra parte, el punto intermedio entre el solsticio de invierno y el equinoccio, es decir, cuando había que hacer el último y más humano esfuerzo.

Maravillados con la grandiosidad e importancia que aquellos indicadores, nuestros antepasados lo celebraron cíclicamente, al igual que si se tratase de una auténtica resurrección. Y, no queriendo perderse el acontecimiento y sabiéndose beneficiarios del renacer anual, asistían con su ayuda a la madre naturaleza, como si de un gigante parto se tratase. Al igual que un joven vigoroso debe ayudar siempre a su anciana madre, así lo hacían los humanos con aquel universo que desde el inicio de los tiempos les acogía, alimentaba y daba vida.

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Pero, una vez más, dejamos de soñar en algún lugar del camino. Y ya no convivimos como antes con la naturaleza. Ya no es un familiar con el que ansiemos reencontrarnos para conversar un rato. Ya no: somos modernos. Y modernas. Ahora sólo hablamos nosotros, en un irreverente soliloquio, sin escuchar a nuestro entorno salvaje. Porque, nos guste o no, ya no somos lo que éramos.

Resto de aquellas embriagadoras celebraciones prehistóricas tan sólo nos quedan unas fiestas religiosas, bastante fatuas hoy en día: la Candelaria, San Blas y la víspera de santa Águeda, 2, 3 y 4 de febrero respectivamente. Y, una vez más, se encuentran difuminadas y desfiguradas por la gran barredora de creencias que ha sido el cristianismo. Pero vayamos por partes, a ver qué podemos entresacar de lo que hasta nosotros ha llegado.

En el día de hoy, 2 de febrero, empiezan unas jornadas prodigiosas con las que, como hemos adelantado, se activaba el interruptor de la vida. No había más que observar e interpretar las señales de la naturaleza. Por eso, en toda Europa, existe la creencia de que el día de hoy era cuando despertaban los osos tras pasar el invierno invernando en su cubil y salir al exterior, a afrontar de nuevo la vida. El oso… tan recordado, sin que hoy lo sepamos relacionar, en los personajes de nuestros carnavales rurales.

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Tampoco es casualidad que, al otro lado del océano, en Norteamérica, se celebre hoy el conocidísimo Día de la Marmota, similar a la creencia europea del oso, ya que sale de su estado de hibernación. Según la tradición popular de aquellas comunidades rurales, si la marmota abandona la madriguera, el invierno está a punto de acabar. Si por el contrario se mete de nuevo, significa que el invierno durará seis semanas más.

Aunque lejana en la distancia, no está aquella traición muy distante de lo que se ha practicado en nuestra Euskal Herria. Ello quiere decir que, aquí o allí, tienen todas esas costumbres un sustrato cultural común, lo que nos retrotrae a las más antiguas edades del ser humano.

Y es que, efectivamente, también el día de hoy (Candelaria en español y Kandelero, Gandelero, Kandelario… en euskera) lo hemos usado los vascos para adivinar cómo nos iban a tratar los designios meteorológicos: “Kandelero bero, negua heldu da gero, kandelero hotz negua joan da motz“, “Kandelarioz elurra, joan da neguaren bildurra“, “Kandelarioz eguzki, negua dago aurretik“, “Ganderailu hotz, negua iraganik botz; ganderailu bero, negua gero” o “Ganderailuz bero, negua Bazkoz gero“… Como cuando duda la marmota, como cuando despierta el oso…

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Tan sólo un día más tarde, el 3 de febrero (San Blas) es la referencia adivinatoria para la vecina cultura castellana: “Por San Blas la cigüeña verás; y si no la vieres, año de nieves“. Insistimos de nuevo en que todo ello forma parte de lo mismo, de lo más esencial del nuestra cultura, de la infinidad de signos naturales que nos envía el universo natural para indicarnos que algo nuevo ha echado a andar.

Pero volvamos a la antigüedad, que la historia es más bonita de lo que creemos…

2 de febrero… conocida como “La Candelaria” o “Fiesta de las Luces” era una celebración antiquísima, pagana, que no fue aceptada en la liturgia del occidente europeo hasta bien entrado el siglo VII. ¿Y anteriormente?

En realidad la celebración de nuestra Candelaria suplantó a otras celebraciones paganas anteriores y que se conocían con el nombre de Lupercalias. Se celebraban en todo el ámbito del Imperio Romano y eran ya por aquel entonces costumbres populares arcaicas.

Al margen de otros detalles, hay uno que nos interesa en especial y sobre el que no se ha reparado. Entre los rituales practicados en aquellos festejos, jóvenes cubiertos con pieles de animales danzaban rítmicamente mientras que, con las manos o palos, golpeaban la tierra y la vegetación, para que despertasen. Se creía que así, estimulándola, se garantizaba la fertilidad y fecundidad de la tierra y, en consecuencia, llegarían tiempos de bondad para los humanos y animales.

El ritual se practicaba sin la presencia del sol, siempre de noche, a la luz de antorchas y velas. De aquella remota costumbre nos viene la de bendecir el día de hoy, el de la Candelaria o Día de Candelas, las velas que de por sí adquieren poderes mágicos. Nada lejano pues, sin más, lo han practicado mis padres… Se encendían aquellas velas bendecidas el día de hoy cuando era necesario espantar una tormenta, cuando ésta amenazaba con destrozar la cosecha; también servía para ayudar a sanar a las personas o animales enfermos o para, volviendo a las ofrendas a tierra, echar algunas gotas de su cera en los huertos y así procurar una cosecha abundante y saludable, preservada de desgracias. Magia en estado puro…

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Pero volvamos a aquellos rituales precristianos que hemos dejado a medias… ¿No os es demasiado semejante lo del ritual de las pieles a la espalda, para convertirnos por momentos en animales, con nuestras vestimentas de carnavales? Sin duda hablamos de lo mismo.

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Para finalizar, también os quisiera invitar desde estas líneas a que el sábado cantéis o gocéis de los coros de Santa Águeda. Yo sí lo haré, como desde que era un niño lo he hecho. Si cantáis, probablemente sin ser conscientes de ello, estaréis reviviendo dos mil años después aquella costumbre de golpear la tierra para que despierte. Para estimular a la madre naturaleza, un año más, de nuevo de noche, otra vez a la luz de una vela. Ya no tan jóvenes como marca la costumbre pero seguiremos saboreando en toda su intensidad lo que estos días han significado para nuestros antepasados. Porque el que no vea en ellos más que unas celebraciones cristianas, con todos los respetos, es que no se ha enterado de qué va la fiesta…

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Neguari, argi eske

Neguari, argi eske

Gizakia gizaki denetik, beldurra izan dio neguari. Horregatik, gure arbaso urrunen helburu nagusia zen urtaro latz hori ahalik eta azkarren igarotzea… ahalik eta ondoen… bizirik, azken finean.  Horretarako, ez zuen konfiantza nahikorik berarengan edo bere tribuaren indarretan eta, desesperazio ezindu hartan, mesedea eskatu behar zien bestaldeko indarrei, kosmosari edo dibinitateei , esan bezala, nola edo hala, argi urriko egun haiek zeharkatzeko.

Zer esanik ez, itxuraldaturik iritsi zaizkigu behinolako erritu haiek. Baina hor ditugu, eskuartean, ehunka edo milaka urte dituzten ohitura batzuen azken testigantzak, betiko galdu aurretiko azken uneotan.

Horra doazkizue nire eskarmentu pertsonaletik erauzitako ohar hauek, bizirik ditudan aita eta amari sutondoan, bazkalosteetan, presarik gabeko arratsalde euritsuetan entzundakoak, haiek nik ez bezala, barru-barrutik sentitu eta praktikatu dituztelako herri-ohitura horiek, negu bat bestearen atzetik garaitzeko.

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Gaur egun, nahikoa da etengailu bat aktibatzea ezkutuko iluntasunari, hau da, gaizkiaren mendeetako bizitoki kontrolaezinari diogun beldurra uxatzeko. Alabaina, ez da horrela izan herri gisa egin dugun bidearen zati handienean. Duela gutxi arte, negua iristeak, hotza, gabezia eta pobrezia ez ezik, indar txarren ahalduntzea ere bazekarren, “beste aldekoena”, oso argi ordu gutxi izanik inoiz baino gehiago hedatzen baitziren. Ziurgabetasuna eta beldurra, azken finean.

Hainbestekoa zen, ezen bizirik irautea ere zalantzan jartzen baitzen. Edozelan ere, garai hori gainditu beharra zegoen; gutxienez, kukuaren kantua entzun arte: urte bateko iraupena bermatzen zuen dudarik gabeko ikurra. Eta hobe zen entzutean poltsikoan dirua izatea, ordutik aurrera gabeziarik gabe bizitzearen sinboloa baitzen.

Gure herrian, gure aitita-amamek hainbat erritu praktikatzen zuten: belaunaldiz belaunaldi errepikatu dira ohiturak, zeruen, jainkoen edo, urrunago joan gabe, patuaren faborea bilatzeko helburuarekin.

GABONAK
Gabonetan hasten zen dena, argi gutxien zuten urteko egunetan: etxeetako sua berritu egiten zen, detailez jositako liturgia aparta batekin. Ezin dugu ahaztu sua dela eguzkiaren etxeko errepresentazioa, gaizkiaren indarraren kontra –beti iluntasunaren aldean– borrokatzeko
talisman bakarra erlijioak iritsi bitarte.

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Bada, Laudion XX. mendearen hasiera arte basotik oso enbor handia hartzen zuten sua egiteko, urte osoan etxeetan piztuta mantendu behar zena. Haren errautsek kortak, zelaiak, ibai zabalak eta abar bedeinkatzeko balio zuten; baita etxebizitzak piztiengandik eta ekaitzetatik babesteko ere. Ez da zaila zuhaitz magiko hori antzeko erritu batzuekin lotzea. Esaterako, Kataluniako “Tió nadal”, Aragoiko Gabonetako “tronca” edo “toza”, Europa iparraldeko Eguberrietako zuhaitza… denak ere kristautasuna zabaldu aurrekoak, dudarik gabe. Ezta “Olentzero”, Kantabriako “Esteru”, Galiziako “Apalpador” eta abarrekin lotzea ere.

Gabonetako enbor magiko horri “Olentzero-enborra” esaten zitzaion hainbat herritan. Neguan irauteko zuhaitz oparoa, emankorra eta elikagaiduna; egun, hainbat opari, jostailu eta abar bilakatua.

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Halaber, ezin genezake ahantz mantelaren azpian Gabon gauean moztutako lehen ogi zatia gordetzeko tradizioa; batzuek badugu ohitura hori oraindik. Urte osoan amorrua sendatzeko balio zuen, etxea babesteko… baita beste helburu batzuetarako ere, egun ahaztuak dauden arren; gainezka egitear zeuden uholdeak beheratzeko, adibidez.

Honetaz, zerbait dugu idatzia “el arca de no se” blogean:

http://blogs.deia.com/arca-de-no-se/2016/12/23/pan-magia-y-rituales-en-nochebuena/

Baina ez zen ogia magikoa zen bakarra, Gabon gaueko afari osoa baizik. Hainbestekoa zen haren garrantzia, ezen animaliekin ere konpartitzen baitzen haren onura. Hala, duela urte gutxi arte, baserrietan gau horretan hobeto ematen zitzaien jaten txakurrei, ardiei, untxiei, oiloei eta abarrei. Beti bukatzen zuten astoarekin, baserriaren ekonomiaren aliatu handiarekin, nahiz eta traturik okerrena eta umiliagarriena hark hartzen zuen.

Eguberria pasatutakoan, oroigarri txikiak trukatzeko erritua iristen zen: komunitatearen babesa sinbolizatzen zuten, zorigaizto indibidualen aurrean. “Agilando” gabonsaria zen, gerora “aguinaldo” bihurtuko zena. Mutilek neskei Urteberri eguneko arratsaldean egiten zieten oparia. Neskek mutilei, berriz, Errege edo Epifania egunean egiten zizkieten.

SAN ANTON
Gabonak igarota, laster iristen zen kristautasunaren lehen eremitatzat hartua den santuaren jaia: San Antonio Abad, “San Anton” ere esaten zaiona. Etengabe erritu jakin batzuk egiten zituzten, egun goibel horietan zortea alde edukitzeko. “San Antón, huevos a montón” esaten
da, argia ordu erdiz luzatzea nahikoa baitzen oilo erruleak aktibatzeko. Beste ohitura bat santu horren estanpa kortetan jartzea zen, ondasunik handienaren babesle zelakoan: etxeko abereen babesle. Egun hotz horiek egokiak ziren beste txerriren bat sakrifikatzeko; horra hor, gaztainekin batera, neguko goseari aurre egiteko miraría.

Jada gogoratzen ez den arren, ohitura zen errituetan sua piztea ere, eta animaliei jaiko tratua ematea. Egun horietan mandazainen mandoek ez zuten lanik egiten; normalean ukuiluratuta egoten ziren animaliei euren kasara paseatzen eta bazkatzen uzten zieten eta abar.

Arrautzak

KANDELERIO
Egun bat geroago iristen zen Kandelaria edo Kandelerio eguna, otsailaren 2an, urteko erritu gehien pilatzen duen garaiari hasiera emanez. Hala, elizako kandelak bedeinkatzen ziren. Bolada labur batean piztuta egon behar zuten kandelek tenpluan, botere osoa eskura zezaten. Horren ostean, ekaitzen kontra erabil zitezkeen, haiek uzta arriskuan jar baitzezaketen. Gatz pixka bat botatzen zitzaien pizten zirenean, eta suari ereinotz bedeinkatua gehitzen zitzaion. Hori gutxi balitz bezala, aizkora bat jartzen zen etxetik urrun, alde zorrotza gora zuela; eliza eta ermitetako kanpaiak jotzen ziren, edo apaiz batek hodeien kontra botatzen zuen bere zapatetako bat, ekaitzak hartu behar zuen norabidea adierazteko.

Kandelen egunak Jesus jaio zenetik 40 egun igaro zirela adierazten du, erditzear zen edozein emakumerentzako beharrezko purifikazio ezarritako epea. Haatik, Laudioko emakumeek ezin zuten ez elizara ez etxetik kanpo atera 40 egunetan. Badira oraindik ondo gogoratzen duten bizilagun edadetuak.

SAN BLAS
Kandelen egunaren hurrengoa San Blas da, gizaki eta animaliei jaten ematekoa, elikagaien beste bedeinkapen batekin –berriz ere etxeetako patuaren parte izanez–, era horretan osasuna bermatzeko. Haria bedeinkatzea ere ohitura zen, eta da orain ere, eztarria urte osoan babesteko. Tokian-tokian aldatzen bada ere, Laudion hauxe da ohitura errotuena: soinean eramatea, harik eta Aratusteetako astearte gauean, Hausterre egunaren bezperan, sutan erretzen den arte. Nola data horiek aldakorrak diren, urte batzuetan haría aste askoan eraman behar izaten dira lepoan, eta beste batzuetan, berriz, aurten bezala, aste batean baino ez.

Benantzio

SANTA AGATA BEZPERA
Atseden egun baten ondoren, beste gau magiko bat dator: Santa Agata bezpera, ugalkortasunaren aktibazioa, kristautasunak ezarria bularrak — gure lehen bizi-iturria— moztu zizkioten santu baten omenez.

Izan ere, gure nagusien esanetan, egun horietatik aurrera hasten da belarra hazten, lehen kimuak azaltzen, hegaztiak ugaltzen… Bizitza hasten da, esnatzen da… Lokartutako lurra estimulatzeko ez dago ezer hoberik lurra erritmo etengabean makilekin jo eta koru batekin laguntzea baino.

Donato

Duela mende bat, abesbatza hamalau lagunekoa izaten zen, eta zenbait multzo egiten zituzten, baserriak banatzeko. “Kantau edo errezau” esaldi erritualarekin hasten zen dena, lutoren bat errespetatu beharko balitz aukera izateko.

Inprobisatutako kopla sortek, koruak errepikatutako leloekin, etxeko neska ezkongaia aipatzen zuten, edo senargaiengandik espero ziren opariak. Txanpon batzuk izan ohi ziren, edo, are opari hobea, bazkariren bat, hurrengo eguneko askarian bukatzen zena, erremediorik gabe…

Euskarazko kopla horien ohitura gaztelerazko beste abesti batekin desagertu zen (“Esta noche, día cuatro víspera Santa Águeda y mañana día cinco será su festividad…”) eta, gero, Evaristo Bustintza “Kirikiño” (1866-1929) Mañariako idazle ezagunaren Aintzaldu etorri zen.

Arloteak

Aipatutako eguna pasatutakoan, aldakorra zen epe batek osatzen zuen Aratusteekiko (inauterietako) zubia. Aldakorra, zeren Aratusteak Aste Santuaren arabera ezartzen baitira, eta Aste santua Pazko egunak markatzen baitu: udaberriko lehen ilbetearen ondorengo igandeak.

ARATUSTEAK
Laudion aratusteak igandean, astelehenean, eta,bereziki, asteartean izaten ziren. Ez du zerikusirik larunbatarekin, azken hamarkadetan txertatu da eta.

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Eta aurreko igandean, basoari eginiko eskaintza, Basaratuste (baso-aratuste) edo Kanporamartxo deitua: komunitate osoa baso bazter batera joaten zen eta joaten da txitxi-burruntzian prestatutako txerrikia jateko bertan.

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Aratusteetan ohikoa zen oilar batekin eskean ateratzea: oilarra, arazte erritu batean txarkeria guztien erruduntzat jo, eta akabatu egiten zuten. Tostadak eta txerri hankak ez ziren mahaietan falta. Kontrolik gabeko egun horietan ez ziren gutxi elizaren bueltan ikus zitezkeen mozorro irrigarri eta iraingarriengatik apaizek jarritako kexak.

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GARIZUMA
Baina dena zen oparotasunaren irudi faltsua, haragirik, sexurik, alkoholik, dibertsiorik gabeko epe baten aurreko fasea, Aste Santura arte iraungo zuena. Izan ere, ordurako indartua zeuden eguzkia eta argia, eta inork ez zuen bere bizitza kolokan ikusten. Kukua entzuna zuten, eta hori bazen nahikoa nire herrian, euskaldunon herrian, bizitza beste urte batez bermatzeko…

 

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El enigma de nuestra palabra “agur”

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En el euskera no existe ni de lejos otra palabra tan grandiosa como nuestro AGUR. Se mire por donde se mire es sublime: en lo referente a su extensión geográfica ocupa todo el territorio del euskera, no tiene variantes dialectales de ningún tipo (inaudito en nuestro idioma) y, por otra parte, es el vocablo con mayor aceptación y uso social, incluso entre los que no saben euskera. Es la palabra-llave de la que primero se valen los extraños que desean integrarse en Euskal Herria, la que les abre la puerta a las mil y una maravillas de nuestra cultura, idioma y país. Es también la palabra de nuestra lengua que primero ofrecemos para que todos la compartan con nosotros. AGUR es, al fin y al cabo, el vocablo con el que los vascos abrazamos y besamos el universo que nos rodea…

Y esta reflexión no es fruto de una enajenación momentánea o porque me desborde la pasión. No… Ya en el año 1588 se dijo al hablar retrospectivamente de ella que «esta palabra de “agur” era tenida en mucha y muy gran veneración, grandeza y cortesía y tal que ninguna otra se le igualaba».

Veneración… grandeza… inigualable… Y nosotros mientras, ¿a qué jugamos? ¿qué hemos hecho mal, dónde nos hemos extraviado para usarla sin darle importancia alguna, sin reparar en ella, para no caer arrodillados sintiéndonos dichosos de que haya amanecido un nuevo día en que poder usarla y gozarla…?

PALABRA DE IDA Y VUELTA
Aunque ahora la usemos fundamentalmente como fórmula de despedida, en origen fue un saludo ambivalente, tanto para dar la bienvenida como el adiós. De ahí que aún en muchos lugares se interprete el himno “agur jaunak” para recibir –y no despedir– a aquellos personajes distinguidos, honoríficos o autoridades a los que se les quiere hacer gala de los mayores honores. Era, por así decirlo y como tantas veces se ha recordado, algo similar al “salve” o al “ave” de los romanos.

Hoy en día, y especialmente en en Ipar Euskal Herria, aún es común el uso de “agur” como saludo de distinguido de recepción, por ejemplo al encabezar una carta, en oraciones (“Agur Maria”…).

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UN SALUDO Y MEDIO
Era tal la grandiosidad que encerraba en sí la palabra “agur” que no podía deshonrarse repartiéndola por el mundo sin miramiento o mesura alguna. Y es que, en realidad, al usar otras fórmulas como “mila esker” o “esker mila” (‘mil gracias’) estamos dando a entender que esas “esker” están devaluadas, que poco han de valer para ofrecerlas así, a millares.

El “agur” es otra cosa. Mucho más solemne y excelso, sin duda. Nada apto para excesos y aspavientos. Así, cuando queremos echar el resto, cuando por la situación o el personaje necesitamos exhibir el máximo boato en nuestro saludo de recepción, usamos la fórmula clásica “agur eta erdi”, “agur t’ erdi” que no es sino ‘un agur y medio’. No somos los vascos gente de exuberancias como puede verse…

Tal era la excelsitud de nuestro vocablo, que los vascos usamos el verbo “gurtu” para referimos a ‘adorar, venerar’ algo en su máxima intensidad, referido a divinidades, santos, etc. Es una vez más, un derivado de “agurtu”, es decir, ‘hacer agur”, porque nuestros antepasados no quisieron renunciar a ese extraordinario punto de partida para edificar aquella nueva palabra, aquel nuevo altar con el que ofrendar a los dioses. Un auténtico tesoro, insisto…

USO CLASISTA
No es que en sí el saludo “agur” fuese clasista sino que en su antiguo uso quedaba reflejada la estratificación social de otras épocas. ¿Y por qué decimos esto?

Pues porque no sabemos cómo eran los tratos sociales habituales, simples, diarios. Pero sí tenemos constancia de que la palabra “agur”, por ser tan grandiosa, reverente y solemne sólo podía usarse para dirigirla a gente de un estatus igual o superior: «…en tiempo antiguo se encaminaba e dirigía por los inferiores solamente a sus superiores y parientes mayores e no a otros ningunos de menos autoridad y dignidad» tal y como se recoge en torno al año 1588 (Ibargüen-Cachopín).

Debía ser una expresión muy común pero a su vez añadiéndoles grandes dosis de veneración cada vez que se usaba, sentido que hoy hemos perdido: «Bien sabéis que el modo y explicación ordinaria de nuestra salutación es “agur, jauna”. Y con ser tan usada entre los nuestros, como el “beso las manos” en los romancistas» (año 1607, Balthasar de Etxabe).

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ADIO, AIO, KAIXO…
Desde luego que “agur” era una palabra con fuerza, de raza, la mayor ostentación léxica que podían hacer nuestros antepasados. Nada que ver con ese “adio” (pronunciado a menudo “aio”), más común en los dialectos centrales, y que no es sino el castellano “A Dios” (‘a Dios te encomiendo’). Por no hablar del “kaixo” de chirigota ese, relativamente nuevo y que es en realidad la contracción de la expresión mezcla de castellano y euskera “¿qué hay txo?”, una especie de ‘¿qué pasa, tío?’. Tal cual.

Desde luego que, ni uno ni otro llegan ni de lejos a lo que fue, a cómo se percibió o se sintió nuestro “agur”.

AGUR, ABUR
Y tal fue la robustez de nuestro saludo que marcó tendencia y fuimos capaces de embelesar con ella a otras comunidades lingüísticas cercanas, porque soñaban con poder gozar ellos también de una palabra así, tan perfecta. Por ello el castellano, aún hoy en día, usa y admite como propias las palabras “agur” y su interjección derivada “abur”, reconociéndolas como préstamos lingüísticos cogidos del euskera.

ORIGEN DE AGUR
Pero donde las dan las toman. Y esa palabra-saludo que hoy usan millones de hablantes (tanto a través del euskera como del español) también la fraguamos en su día los vascos valiéndonos de influencias externas. Su origen está inspirado en el latín vulgar “agurium” de donde también surge la palabra castellana “agüero”. Y ese “agurium” procede, claro está, del latín clásico “augurium” ‘presagio, anuncio, indicio de algo futuro’ o, la palabra castellana “augurio”. Ahí actuamos con inteligencia y supimos sacar lo mejor de aquellos siglos de convivencia con los romanos. En cualquier caso, que nadie dude que la palabra “agur” es vasca entre las vascas y nuestra seña de identidad.

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ATRAER LA SUERTE
Al regalar un “agur” a alguien, en realidad le estamos deseando lo mejor. Incluso podríamos ir más allí y afirmar que, en esas épocas en que se forja el término, el citar esa palabra mágica suponía hacer un llamamiento para intentar atraer con ella a aquellas buena suerte y prosperidad tan necesarias.

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AGUR ETA OHORE
Para acabar, me gustaría traer hasta estas líneas la expresión clásica vasca, “agur eta ohore”, ‘agur y honor’, el mayor homenaje que a algo o a alguien se le puede ofrecer por medio de unas palabras. Y quiero dedicárselo a esa bendita palabra “agur”. De pasado ilustre y glorioso, cabalga ya para batallar por la conquista de nuevos territorios, los del futuro. Pero no necesita de artilugios belicosos para ello, porque ella en sí es la mejor de las armas que han defendido esta tierra y pueblo: el arma del saber dar la bienvenida, la de la hermandad, la de desear lo mejor al que tenemos al lado, la del abrazo al extraño, la del llanto de los que se van… Hay que sentirla y llevarla con orgullo por el mundo como siempre se ha hecho. Porque agur es nosotros y nosotros somos agur. Agur, agur eta agur…

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NOTA: la imagen de portada procede del blog “violetaestademoda” en el que hicieron esta reinterpretación de un retrato renacentista.

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Un incendio, Espartero y mi txapela

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Siento que la vida que llevamos sea tan ajetreada y que por ello me vea obligado a publicar estas alborotadas líneas a unas horas tan tardías de la jornada, cuando ando ya casi arrastrándome de sueño. Pero es que he de hacerlo ahora y no otro día porque un 23 de enero, como hoy, aunque de 1835 (hace 182 años), el general Espartero ordenó incendiar el pueblo en donde vivo, Luiaondo, en la Tierra de Ayala. Y creo que el hecho merece unas reflexiones de descargo o, al menos, un recuerdo.

Como se ve por la fecha, nos encontramos en la primera de las confrontaciones bélicas llamadas “carlistas”. El motivo para la guerra fue el fallecimiento dos años antes de nuestro incendio, en 1833, del rey Fernando VII, sin hijo varón. Los liberales querían que cogiesen la regencia su esposa Mª Cristina (liberales cristinos o guiris) o su hija Isabel (isabelinos). Por otra parte se encontraban los carlistas, que tenían por legítimo rey al infante Carlos, hermano del fallecido Fernando VII, por ser varón.

Simbolizan, sin embargo, algo más profundo: el aferramiento al Antiguo Régimen frente a la imprevisible modernización.

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Baldomero Espartero era el general de generales del ejército isabelino (o cristino), el terror de los carlistas ya que era un militar curtido en muchas batallas previas, especialmente en Perú, y sin duda un gran estratega. Pero la ideología que promulgaba a fuego era extraña en estas tierras tan rurales, con unas poblaciones prácticamente en su totalidad carlistas. Era por tanto héroe o villano en función de quién lo observase.

Y, ante su gran poderío militar, no se le ocurrió otra cosa a algún lugareño de Luiaondo que hacerle un atentado a modo de guerrilla, usando un tronco lleno de pólvora y con una mecha de retardo, con la intención de asesinar al que quizá era la persona más importante en la España del momento y, a su vez, su gran enemigo. Falló en el intento y la venganza de Espartero, como era habitual en él, fue cruel y atemorizadora. Tanto que hasta sus mismos correligionarios que escribieron su historia, dudan de la mesura de su proceder:

«Durante su mando en las provincias vascongadas, solía Espartero pasar de Orduña á Bilbao por un mismo camino y esta circunstancia motivo que un paisano habitante de un caserío entre Llodio y Luyando pusiese por obra la idea de atentar contra su vida. Con esta idea se apoderó de un corpulento tronco, lo convirtió en un mal cañón y cargándolo hasta la boca lo colocó en un sitio que dominaba el camino real. Al pasar Espartero, el paisano dio fuego a su pieza, pero se vio en la necesidad de apelar a la fuga sin alcanzar su propósito. Los soldados de la reina treparon en seguida a la altura donde había salido el disparo y encontraron el tronco hecho pedazos por la violencia de la explosión. Todos estos indicios revelaban que el atentado era particular, pero las tropas de Espartero entregaron a las llamas a Luyando como si fuese responsable una población de las acciones de uno de sus habitantes. Y aniquilaron la fortuna de otros muchos honrados vecinos que vivían á costa de su trabajo. De las sesenta casas con que contaba el pueblo, más de la mitad quedaron reducidas á cenizas. iTriste padrón de las monstruosas exigencias de las guerras civiles, siempre sangrientas, siempre desapiadadas!»

(Galería militar contemporánea, 1846).

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Todavía la gente anciana del pueblo habla de ello, de aquella catástrofe que sucedió 182 años atrás pero que sus mayores siempre les contaron para que no se olvidase jamás. Dicen que el conato de magnicidio fue en el extremo del pueblo, cerca del caserío Otazu y que los autores del atentado huyeron hacia Olarte, barrio ya de Laudio.

Sirve también de recuerdo perpetuo del atroz hecho el inicio del primer libro de actas del concejo disponible, en el que los allí presentes escriben lo que de memoria recordaban, ya que el fuego había devorado con todas las actas y acuerdos previos.

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MI TXAPELA
Aquel Espartero que tanto se enaltece en su provincia natal (Ciudad Real) o en la misma Logroño, con su ostentosa y vanagloriada estatua ecuestre, es por aquellos mismos hechos relatados, alguien nada querido en este humilde pueblo de Luiaondo.

Y nos encontramos tan distanciados en lo que a honrar memorias se refiere que por no olvidar su cruel acción, la que desgarró en llantos a aquellos pobres vecinos, suelo vestir, a modo de recuerdo-homenaje y protesta histórica, una flamante txapela. Porque era ésta una prenda que Espartero odiaba y no podía ver, algo que le encrispaba ya que representaba todo aquello contra lo que luchaba.

Así es, así fue… Ni corto ni perezoso, tres años después de quemar nuestro pueblo, en 1838, arremetió contra nuestras txapelas, prohibiendo su uso «convencido de los males que causa el uso de la boina» ya que «sólo tiende a la confusión y alarma». Por eso ordenó que se prohibiese «el uso de la boina a toda clase de personas», penándolo con multas la primera vez y con prisión para los reincidentes. Azuzó a todas las autoridades locales para que fuesen celosos con el cumplimiento de la prohibición… aunque no consiguió nada ya que el arraigo de dicha prenda fue cada vez mayor. Y no olvidemos que aquella orden nunca se derogó por lo que el que la use sigue en rebeldía. Qué mejor razón para vestirla…

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Así es que aquí estoy, a horas tardías, muy cansado y nada lúcido, aunque a la vez orgulloso y feliz de encontrarme en este preciso instante aquí. En un acogedor Luiaondo con una txapela plantada en la cabeza y jugueteando con un botón de uniforme de la guardia real, del cuerpo de élite que flanqueaba a Espartero, encontrado en una cuneta a no muchos metros de donde vivo… 182 años después, improvisando estas somnolientas líneas para que nada se quede en el olvido. Por nada del mundo… y menos por mi txapela: por ella no pasarán…

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A candela encendida

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Anoche fui un comensal más en la más sugerente y mágica de las cenas que uno pueda imaginarse. No por el menú o el ambiente, que también fueron inmejorables, sino por poder gozar de un cúmulo de costumbres ancestrales que, a modo de fósiles, han resistido excepcionalmente al paso de tiempo allí arriba, en la ermita de San Antón, encaramada en las nevadas laderas de Gorbeia. Acudí solo, casi de incógnito, rodeado de gente que no conocía, para así poder vivir en toda su intensidad el ritual que allí se esperaba. Noche inclemente y con la constante amenaza de nieve por lo que, para mi fortuna, acudió menos gente de lo habitual.

Fue en el barrio más alto de Baranbio, aquel al que los últimos euskaldunes locales denominaban Baranbiogoi. Una aldea que se mece entre los inconmensurables bosques de Altube y las gélidas laderas de Arna, en Gorbeia, sujetando como puede toda la riqueza etnográfica, histórica y arquitectónica que ha heredado, para que no se derrumbe para siempre.
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Por ello, por estar tan olvidados en aquel paraje, los poquísimos vecinos de Baranbiogoi viven con más pasión si cabe los rituales de su ermita, dedicada a San Antón, el patrón de los animales como bien sabemos. Porque es la fecha principal de su calendario y porque saben que el año que no lo repitan, se habrá deshumanizado para siempre aquel altivo y frío enclave. Así es que, este año una vez más, motivados de modo instintivo, han repetido la costumbre que, asegura el sacerdote, data al menos del siglo XVIII. Y allí estaba yo, dando fe.

Tras degustar una cena elaborada entre varios vecinos y que se come dentro de la misma ermita, llegó lo más extraordinario del festejo, lo que iba buscando.
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En el pórtico y en lo más cerrado de la noche, una vez elevados los ánimos con la ingesta previa, el alcalde pedáneo Jesús Mari Bernaola se vistió con una blusa tradicional y con la obligada txapela para dar comienzo a la puja de los lotes que las familias del barrio aportan y con la que pretenden sacar algún dinero para mantener la ermita durante el ejercicio siguiente. Estos dos últimos años se alterna en la labor con una vitoreada neska local llamada Karmele y que es en las que todos los vecinos depositan las esperanzas de continuidad de la tradición.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

Lotes de patas u orejas de cerdo desfilaron uno por uno junto a cazuelas listas para comer, añadidas botellas de vino y algún que otro gallo o capón que nunca faltan. Y los asistentes, siguiendo la tradición, pujan por ellos, envueltos por una nebulosa de alcohol, pasión y fervor. Las adjudicaciones se llevan a cabo siguiendo el antiguo procedimiento de las pujas “a candela encendida”, sin duda lo más interesante y excepcional del acto.

Para quien lo desconozca, los remates a candela encendida fueron el modo en el que se adjudicaban la mayoría de las contratas, generalmente de servicio público, como la ejecución de obras, el suministro de provisiones, etc. en todos nuestros pueblos, un método que una y otra vez nos aflora en la documentación histórica. Este modo de remate o puja tan entrañablemente nuestro desapareció desde que lo prohibiera la Ley de Enjuiciamiento Civil en 1881.
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Pero allí, en Baranbiogoi hizo su reaparición ayer, una vez más, 136 años después de aquel precepto derogatorio. En la más sugerente clandestinidad y encubierto por la noche y lo remoto del enclave.

Consiste en dar a conocer a todos los asistentes el lote por el que se va a pujar a continuación y del que se da el precio de salida que antes han acordado en una especie de tasación. Y… comienza la magia en el preciso instante en que se prende una cerilla o mixto que será seguida de otras dos más. Siempre en conjuntos de tres. Mientras sujeta la cerilla, el subastero va incitando a los presentes para que aparten ese día la sensatez y que se entreguen a la locura de una buena causa. La más alta puja que se haya realizado al consumirse la tercera cerilla es la que se lleva el lote. Pero, por añadir algo más de emoción, si se hubiese producido una puja en la tercera de las cerillas, se prenden otras tres, para dar opción a rematar a quien esté indeciso. Así indefinidamente hasta que una tercera cerilla se consuma sin postura alguna.

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A cada oferta, que se proclama en voz alta, el alcalde contesta con un simpático “ardaoa” o “vino”. Raudo acuden a donde el o la pujadora con un vaso de vino cocido (o mosto para quien no pueda beber alcohol) que han de ingerir. Así, según avanza la noche, los ánimos están cada vez más eufóricos y los bolsillos más desprendidos para hacer generosas ofertas. Doy por hecho que en tantos años habrá habido en las mañanas siguientes más de un dolor de cabeza y arrepentimiento por lo excesivo de lo pagado. Pero es así la costumbre y se repetirá año tras año sin que nadie la ponga en tela de juicio.
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Por lo que a mí respecta, pasada la media noche abandoné el lugar con todo el sigilo que me fue posible, sin ni siquiera despedirme, no queriendo interferir en el desarrollo del acto que era de sus vecinos y que se prolonga hasta altas horas. Borracho yo también, aunque de emoción, totalmente exaltado por lo que acababa de vivir, me lancé cuesta abajo por aquellas carreterillas que sin pudor alguno y con toda la pendiente posible buscan el valle principal que duerme a sus pies, aquel que, al enlazar con la carretera que baja de Altube me devolvió a la normalidad, a la realidad.

Hoy todavía me froto los ojos y me pregunto si no habrá sido un sueño el hacer presenciado allí arriba un remate a candela encendida, aquel método de subastas que fue tan común en nuestro país pero que desapareció de entre nosotros hace más de un siglo. Frío, fuego, vino, griterío y aquellas cerillas… aquellas cerillas que me volvieron loco de alegría por el simple hecho de haberlas visto encenderse allí una vez más.
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Mila esker, bihotz-bihotzez han izan zineten guztiei, bereziki Jesus Mari Bernaolari eta Leire Lusarretari. Hurrengo urtera arte.

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El alcornoque de Markuartu

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Markuartu (“Malkuartu” en la dicción popular generaliza actual) es un barrio ubicado en un alto entre Okondo y Laudio. Y es en su vertiente hacia esta última localidad, frente al caserío más antiguo de los que conformaban aquella aldea —hoy derruido—, en donde se encontraba un alcornoque grandísimo, de dimensiones descomunales, gigantesco para lo habitual en su especie. Por lo abrumador de su porte y por lo inaudito de esa clase de árbol, era muy conocido en toda la comarca. Era el reputado y nombrado “alcornoque de Markuartu”.

Y decimos “era” porque tal día como hoy pero de hace 35 años se derrumbó con gran estrépito, según comentaron los vecinos del lugar. Precisamente el ciclópeo tamaño fue el que firmó su sentencia de muerte, ya que era demasiada la superficie expuesta para hacer frente a aquellos vientos huracanados de fin de año.

Mi relación con el lugar ha sido siempre intensa, íntima, ya que de allí procede mi línea familiar paterna. Por eso aquel alcornoque era algo que estaba muy arraigado a mi alma ya que mi padre, tíos o abuelo —no llegué a conocer a mi abuela, la oriunda el lugar— nos lo mostraban siempre con grandiosidad, haciéndonos sentirlo como algo casi totémico, divino, extraordinario. No sé cómo describirlo, pero se esforzaban en transmitirnos la sensación de que aquello era especial, único, algo memorable y reverenciable, no un árbol más. Desgraciadamente, no conozco imagen alguna que lo inmortalizase.

Por eso su desplome y muerte fueron recibidos en el pueblo y en especial en mi entorno personal como una auténtica catástrofe, un drama.

La desdichada noticia generó no poco revuelo y pronto comenzaron las especulaciones. Hasta allí subieron una cohorte de sabelotodos, leguleyos, sabihondos y picapleitos que esperaban gozar su individual momento de gloria, empeñado cada uno de ellos en imponer como dogma universal sus más peregrinas divagaciones.

Al instante comenzaron a teorizar sobre su edad, algo que generó gran expectación ya que interesaba más la leyenda cargada de pasado glorioso que la visión entristecedora de aquel gigante caído. Primeramente se consultó a los lugareños que no dudaron en añadir sal al plato: “inmemorial”, “mi abuela murió con xx años ya lo conoció así”, “de siempre”… eran los datos más sólidos que podían ofrecer. Eso sí: aseverados con tanta contundencia que se acordó, por consenso del “consejo de ancianos”, que aquel alcornoque tendría más de tres siglos de vida. Aunque a algunos aquella cantidad les parecía escasa e indigna para la leyenda arbórea más grande que jamás había conocido la comarca. “De la época de los Reyes Católicos” fue la conclusión de los de aquella corriente de opinión disidente.

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Algunos, con métodos algo más científicos, practicaron un corte con la motosierra e intentaron contar los anillos que, como sabemos, determinan la edad del árbol. Pero su engorde había sido tan pausado como la historia de aquella aislada aldea, algo que frustró la iniciativa: se hacía difícil o casi imposible contabilizarlos. Sobre 400 anillos y años fue el consenso acordado viendo que no había otra solución mejor.

También pronto se aseveró —y hasta hoy en día es corriente escucharlo— que era el único alcornoque que habían conocido las tierras vascas, algo que lo hacía más sobrenatural aún.

Hoy sabemos que no es cierto. Por ejemplo, en Getaria existe uno declarado “árbol singular” por lo raro de la especie y por su gran edad. Y no es el único. Sin ir más lejos, en el mismo Markuartu existe hoy en día otro que, cuando menos, cuenta con un siglo de existencia y no sería extraño que fuese contemporáneo al derrumbado. Ha pasado siempre desapercibido porque el terreno rocoso sobre el que se arraiga, no le permitió medrar como su compañero de historias. Pero ahí ha estado y está.

Casi ahogado por unas invasoras mimosas, apenas nadie se percata de su existencia. Pero sí que es llamativa aquella contundente sentencia de decir que el caído era el único en Euskal Herria sin fijarse en que a 100 metros tenían otro congénere o sin escuchar a los lugareños, que siempre lo habían conocido allí. Así de rigurosos somos en los ambientes populares…

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En cualquier caso, aquel día de hace 35 años acababa de caer algo irrepetible: el más grande entre los alcornoques, el gigante, el único… nada que ver con ese pusilánime compañero.

En cierto modo dábamos las gracias por haber conocido aquel emblemático árbol en vida y en muerte, de ser vivos testigos de lo que en aquel recóndito lugar estaba sucediendo en esos precisos días: el destino nos había elegido para dar fe de aquel instante.

Recuerdo que, como si de una reliquia milagrosa se tratase, recogí emocionado una corteza que aún conservo con cierta devoción y admiración. Yo por entonces era un adolescente que vivía, bebía y gozaba con aquel nacionalismo resurgente tras décadas de represión y que necesitaba de historias y leyendas para insuflarle vida y edificar un próspero futuro.

También las casualidades de la vida me han llevado años después a formar parte de un grupo de amigos que cantamos en un coro callejero, de nombre “Los Arlotes”, y en cuyo local pusieron algunos de mis predecesores (K. Abrisketa, L. M. Ibarluzea y A. M. Santamaría), una rama del venerado alcornoque de Markuartu, para poder honrarlo y para no permitir que por nada del mundo quedase en el olvido. Con una nota en un euskera muy sui generis,  que nos aclara cualquier duda sobre las fechas.

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Fueron varias jornadas de vientos huracanados, generando numerosos destrozos en todo el país. Y, entremezclándose en aquella alteración, amanecimos al día siguiente con el disgusto del más legendario de nuestros árboles por los suelos y el extraño y rocambolesco secuestro del padre de Julio Iglesias por ETA. Un insólito fin de año, sin duda.

Escribo estas líneas con el trozo de corteza del memorable alcornoque de Markuartu entre manos. Gozoso porque cuando lo recogí hace 35 años adquirí el compromiso personal de trasmitir su memoria y inmensidad a las generaciones venideras. Hoy, en cierto modo, siento que estoy saldando aquella deuda pendiente. Porque hasta ahora nada se había escrito al respecto. Así, con estas líneas, elevo a la eternidad el recuerdo de aquel gigante, el alcornoque de Markuartu, el que creció durante siglos y siglos mirando orgulloso al Gorbeia. Qué digo siglos… ¡miles de años! O incluso más…

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POST SCRIPTUM (11-01-2017)

Tras la publicación de este post, una amable lectora (Josune Ibarra) me ha facilitado un recorte de periódico (29-12-1981) en el que se describe el acontecimiento recordado aquí. Me parece tan bonito lo expuesto y tan acorde con las sensaciones que yo os había intentado transmitir que, además de poner la imagen, os lo trascribo para facilitaros su lectura.
«EL ALCORNOQUE DE MALCUARTU, UNA MITOLOGÍA DERRIBADA
Los fuertes vendavales que padecimos días pasados y causaron en nuestro valle al igual que en toda la región, importantes daños materiales, fueron lo suficientemente duros como para dar por tierra con un árbol que para los llodianos de varias generaciones había venido siendo todo un mito: el alcornoque de Malcuartu.
El citado árbol, famoso por lo insólito de su ubicación, había extendido sus potentes raíces en el alto de Malcuartu a lo largo de los últimos trecientos años, siendo el único de su especie, no sólo de los que se asientan en Llodio, sino probablemente de toda Euskalerria.
Nadie en nuestros días, ni viejos ni jóvenes, han sabido a ciencia cierta el origen de tan singular árbol, que si común en otras latitudes y otros climas, por aquí de siempre se le ha visto como el mirlo blanco de nuestras ahora desamparadas especies.
En la tarde del pasado miércoles, día 29, toda la majestuosidad de este único ejemplar arbóreo, con sus veinticinco metros largos de envergadura, fue a dar con sus ramas en el suelo, no pudiendo con los envites del fuerte viento y después de soportar con espléndida altivez desde el mirador de Malcuartu el paso de varias generaciones de llodianos, amén de esas agresiones en su tronco (¡quién no cayó en la tentación de hacerse con un trozo de su corteza?) que en muchas ocasiones habían hecho peligrar su vida.
El alcornoque de Malcuartu pasa pues a la historia y al anecdotario de otras tantas y tantas cosas que fueron y que no volverán.

Pie de foto: “El vendaval de viento huracanado sufrido en los últimos días derribó el mítico alcornoque de Malcuartu” (Foto Montes)»

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26 de diciembre: San Esteban y la pedrea

 

 

piedraNo hay como ser ateo para disfrutar de la cultura del cristianismo en toda su intensidad. Porque así lo gozas más puramente, con libertad plena, lejos de la perspectiva mutilada a la que te fuerzan las creencias.

NUMBER ONE
Si hiciésemos una lista con todos los mártires de la religión cristiana nos tiraríamos toda una tarde. Pero el santo que celebramos hoy destaca por ser el precursor de ellos, el primero en diñarla al proclamar que era cristiano, partidario de un profeta que se autodefinía hijo del único dios hasta entonces conocido, Yahvé, en unas épocas en que sólo el sugerirlo era una gran ofensa al orden establecido. Por ser el primero de los caídos por aquella nueva y revolucionaria causa, se le llama “protomártir”. Porque “proto” es ‘primero’, ‘antes’ e incluso ‘preminente’ en griego.

26 DE DICIEMBRE
Normalmente las festividades que celebra la Iglesia católica conmemoran el fallecimiento de sus mártires. Pues mira tú por dónde, el primero de ellos se desmarca de esa tradición.

Al parecer, un día como hoy pero de hace 1.601 años, el 26 de diciembre de 415, se llevaron reliquias de San Esteban hasta un templo. Así a partir de ese día podrían ser veneradas como merecía el personaje. Es decir, que hoy celebran los cristianos el traslado de sus residuos orgánicos, pasándolos del anonimato y olvido al culto y la veneración.

Los restos del cadáver habían sido hallados unos meses atrás, el 3 de agosto, fecha en la que también se celebra San Esteban o, al menos, su “invención”: así se llama la festividad.

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Las reliquias fueron descubiertas por un sacerdote, de nombre Luciano, y que tuvo un sueño revelador que le indicó dónde estaba enterrado aquel primer mártir con cuyo posible hallazgo tan obsesionado vivía. Dicen los relatos que al desenterrarlos, de los huesos allí enterrados emanó un seductor e irresistible perfume. Y sólo de olerlo sanaron muchos enfermos que por allí estaban.

¡CEDE EL PASO, LORENZO!
Tras dar bastantes vueltas de templo en templo, sus reliquias fueron trasladadas a Roma por el papa Pelagio II (siglo VI) durante la construcción de la basílica de San Lorenzo Extramuros. Sus restos fueron enterrados junto a la tumba de san Lorenzo mártir, a quien se le dedicaba el templo.

Dicen que fue tal la importancia de San Esteban que, a la hora de hacer aquella obra, los restos de Lorenzo se trasladaron ellos solos (¡¡milagro a la vista!!) a un lado de la sala para dejarle ese sitio a los de Esteban. Por eso éste ocupa un lugar más central que San Lorenzo, titular de la basílica.

DISCURSO ROMPEDOR
La que sí parece más histórica es la trascendencia del discurso que profesó aquel joven llamado Esteban frente al Sanedrí, el decir, el concejo formado por los hombres (¡nunca mujeres!) relevantes, sabios y sacerdotes. Un discurso en el que replanteó la nueva visión del cristianismo, que no era por aquel entonces sino una corriente revolucionaria y “antisistema”.

Allí, ni corto ni perezoso, contradijo gritando a la autoridad varios de los tabúes político-religiosos, por ejemplo, diciendo que dios estaba en el cielo y en la tierra, no solamente en una casa, un templo. Encendió las iras de los gobernantes… Y, para rematarlo, acabó el discurso llamando “duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos” a aquellas incuestionables autoridades del Sanedrí.

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PEDREA
Si una simple blasfemia ya daba derecho al pueblo judío a sacar fuera de las murallas al malhablado y, sin juicio previo ni autoridad competente, matarlo a pedradas, pues imaginaos la que le calló a San Esteban después de haber dicho varias docenas de esas injurias y haber irritado a la máxima autoridad.

Dicen que no se achantó ni un pelo frente a su inminente ejecución y, delante de todos, oró a Dios para que recibiese su espíritu y, con bastante coña, para que perdonase a sus asesinos. Se puso de rodillas y allí le cayó la pedrea, el gordo y hasta el dinero atrás. Y quedó muerto claro.

Desde entonces se le representa con unas piedras: una pista para reconocerlo si algún día estáis mirando un retablo o imagen.

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REVOLUCIÓN
Y eso es lo que hoy celebramos. Una especie de homenaje a alguien que se inmoló por abrir unas nuevas vías en el campo de las creencias. Como ya hemos dicho, también lo hacemos el 3 de agosto, fecha que por razones netamente meteorológicas, ha tenido más éxito en las fiestas de nuestros pueblos.

Ateos o creyentes, lo interesante es hacer que cada día sea diferente, que algo irrelevante lo convierta en especial y que aflore en este mar de monotonía que nos ahoga. Ésa y no otra es la intención de estas letras: el hacernos sentir que estamos gozando de un día único, especial e irrepetible. Amén.

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