Cuando los cencerros enmudecen

Antiguamente, era propio de nuestra cultura vasca el silenciar los cencerros de los animales en señal de duelo por algún fallecido. Se les metía un puñado de hierbas para impedir que aquellas mordaces y parlanchinas lenguas, llamadas en castellano “badajos” y, con más acierto, “mihiak” (‘lenguas’) en euskera, siguiesen alborotando el doloso ambiente.

Se trataba de una muestra de respeto y de presentación de honores por quien se iba a la otra parte. El último abrazo y muestra de afecto que le hacían sus parientes, amigos, ganados o rebaños. Una costumbre que, desde que hemos deshumanizado hasta la misma muerte, ya nadie practica.

El viernes falleció repentinamente Bizente Goti Olabarria, uno de los emblemáticos pastores del macizo de Gorbeia. Y estoy seguro que hoy, si bien no estarán silenciados, sí tocarán a duelo todos los cencerros de aquellos altivos parajes. Y las ovejas estarán quietas, extrañadas, sin comprender qué mensaje les quiere transmitir esa niebla que las envuelve con más dulzura que nunca y que desconsoladamente llora húmeda, como hasta hoy nunca se había visto.

Porque Bizente, como todos sus compañeros de majada, era en esencia un pastor de nieblas.

Cuando lo conocimos hace más de treinta años, por nada del mundo habríamos pensado que aquel hombrachón de pañuelo anudado en la cabeza iba a terminar sus días apocado en una residencia de su Orozko natal.

Quizá por eso su corazón, en un acto de generosidad y valentía, decidió el viernes que era mejor liberarle de su torpe cuerpo para que de nuevo pudiese correr, bailar y saltar entre las amadas behe-lainoak, sus nieblas compañeras de toda la vida.

Yo hacía años que no lo veía. Pero las vivencias con él las tengo marcadas a fuego.

A mediados de los 80 andábamos mi amigo Juanjo Hidalgo [de quien son las fotos de Goti y su rebaño que publico aquí] y yo prácticamente todos los fines de semana en Gorbeia, escudriñando, midiendo y apuntando con gran entusiasmo todo lo que podíamos entresacar de aquel pastoreo que ya intuíamos declinar. Y así conocimos a Bizente Goti.

Fue él quien nos aclaró cuál era la legendaria Austegiarmingo harria (‘la piedra de Austegiarmin’, siendo éste el nombre de la zona pastoril en cuestión),  límite de su majada, y que contaba con leyendas de tesoros enterrados bajo ella. Una gran losa que Barandiaran identificó como una posible tapa de dolmen y que, ya en épocas más modernas, Xabier Peñalver catalogó como probable monolito o menhir prehistórico.

Como aquella ciclópea piedra estaba cubierta en gran parte por tierra, acudimos con unas azadas para limpiarla y demostrar al mundo que sus dimensiones eran realmente mucho mayores que lo que a simple vista se apreciaban, más que las que había publicado el sacerdote de Ataun.

Rápido se corrió entre los pastores —me imagino que con bastante mofa— la voz de que andábamos buscando el tesoro de la leyenda y que decenas de veces se habría intentado localizar antes.

Pero hete aquí que les rompimos los pronósticos. Porque en una oquedad inferior de la piedra localizamos dos botellas de muy buen vino que algún imprudente montañero había escondido allí. A nosotros, que por aquel entonces andábamos sin un clavel para vicios, nos pareció que realmente habíamos encontrado el mejor tesoro.

Y fuimos corriendo a contárselo a Goti que nos vendió un queso con el que hacer el festín de la celebración. Todavía estará maldiciéndonos el insensato que decidió ocultarlas allí.

Luego fueron muchas las conversaciones nocturnas y diurnas con las que Bizente nos instruyó y con las que llenábamos las libretas. Recuerdo ahora con gran cariño aquel zulo del suelo de su txabola del que extraía las frescas botellas de vino. Porque con él, como había sucedido en la Austegiarmingo harria, siempre se encontraban tesoros.

También me gustaría, aprovechando este obituario, traer a la memoria a su hermano mayor, Florencio “el caminero”, también pastor en su juventud y hoy asimismo fallecido.

Cuando en 2001 le grabé varias conversaciones con motivo de la recogida de la toponimia de Orozko, hubo un momento en el que me desgarró el alma. Aún lo tengo grabado. Contándome historias de su época de pastor, me relató cómo más de medio siglo atrás se le extravió una oveja en una inesperada tormenta de nieve. La buscó hasta la extenuación. Pero por la mucha nieve acumulada y el serio cariz que tomaba aquella tempestad, renunció a ella aun presintiéndola cerca. Y el animal murió.

Según me lo contaba se puso a llorar desconsoladamente, delante de un desconocido como era yo. Y no pude evitar sumarme a su desdicha y compartir con él unas solidarias lágrimas. Por él y por su amargura enquistada. Y porque fui consciente de que estaba ante la historia más bonita y más cargada de humanidad que jamás iba a recoger en el mundo pastoril de Gorbeia.

No encontraba consuelo pensando en cómo podía haber abandonado a su oveja, sabiendo que no iba a sobrevivir. Y con ese dolor bien presente abandonaría este mundo. Estoy seguro.

Esos eran los pastores de verdad, los que vivían en comunión con su rebaño, los que día a día peleaban con sus miserias, vientos y angustiosas soledades.

Por eso sabemos que la muerte estos días de Bizente supone algo que alcanza más allá que el simple fallecimiento de un pastor. Es el goteo incesante que hace que desaparezca nuestro pastoreo… Quedarán ganaderos de ovejas, sin duda, pero no pastores entendido el término en su más pura esencia.

En este desdichado punto, me gustaría soñar desde aquí abajo con que en los altos prados de Usotegieta, Ipargorta u Oderiaga no resuenen estos días los cencerros. Para poder escuchar mejor las leyendas e historias que susurra el viento y en las que ya cabalga airoso, formando parte de ellas,  nuestro añorado pastor.

Un fuerte abrazo, Bizente, y gracias por indicar a aquellos chavales en dónde se escondían todos aquellos tesoros.

 

Neskatoentzako limonadea. Aurkikuntza baten berri

 

Zenbait egunetan, gertakizunak apropos lerrokatzen direla dirudi, patuaren logikatik haragoko indar batek antolatuko balitu bezala. Atzokoa egun horietako bat izan zen.

GARRAFA-LIMONADA SANTA LUZIAN zelan edaten zen irakurri nuen atzo Leonor Aiestaren kontakizun batean.

Leonor Aiesta Goikoetxea Zeberioko Uriondo auzunean jaio zen 1919. urtean eta hainbat konturen berriemailea da Juan Manuel Etxebarria bere semeak idatzitako azken liburuan: Gorbeia inguruko etno-ipuin eta esaundak-II, Deustuko unibertsitatearen eta Euskaltzaindiaren artean 2016an argitaratua. Bidenabar esango dut liburu-azaleko argazkia nirea dela eta pozarren utzi niola, estimu handian dudalako niretzat lagun eta maisu den zeberioztar hori.

Liburuko kontakizun haietako batean Leonorrek azaldu du nola zetozen aurreko mendearen hasieran, Zeberioko ergoien hartatik Laudion dagoen Ermuko Santa Luzia erromeriara, aspaldi, entzute handikoa, jendetsua. Erdaraz, Santa Lucía del Yermo eta herrian, “la romería los vizcaínos” izengoitiz zen ezaguna, lurralde hartakoak zirelako bisitari gehienak.

Jaian bertan, garrafa-limonada edaten ei zen, ospakizun berezietarako paratzen zen oso edabe preziatu bat eta, egun, zeharo ahaztuta dagoena. Behin egungo grafiara egokitua, hauek dira Leonor Aiestaren hitzok: «Egarria kentzeko, Santa Luziako iturriko ura be edaten genduen, ura hotza, Urkiolako modukoa, eta esaten eudien hagineko mina kentzeko ona zala ahoan. Baina, klaro, tabernea be egoten zan eta ba limonadea be ondo paretan zan. […] Eta gero, esan deutsudana, bazkaria be polita izaten zan, han danok landan oboan-oboan [borobil batean] jarrita maleta sikua [pic-nic, etxetik kanporako janaria] jaten mutilon edariekaz. Neskatoak, en general, limonadea edaten gendun, mutilak e ardaoa botatik [zahatotik]».

Garrafa-limonada, jaietan kontsumitzeko edari izoztu berezia zen eta ardo zuriz, uraz, azukrez eta limoaz egiten zen. Zurezko balde batean [“garrafa”] prestatzen zen, neguan mendietan biltzen zen elurra baliatuz. Santa Luzia inguruan, jardun horretarako elurzulo bat dago.

GARRAFA, SANTA LUZIAKOA. Atzo ere, Ermuko paraje hartara igo nintzen arkeologo batzuekin batera, han Sergio Escribanoren zuzendaritzapean egiten ari diren indusketa arkeologikoak aztertzera eta interpretatzen saiatzera.

Elizan geundela, sarbidetik hurbil, zurezko balde handi bat ikusi nuen, aterki-ontzi moduan erabiltzeko jarria. Gurekin zegoen auzunekoari [Joseba Amondo] harriduraz galdetu nion hartaz eta erantzuna edonor txunditzeko modukoa izan zen: hortik zegoela, nonbait ahaztuta, jakin barik zer edo zertarako zen. Eta duela gutxi bere osabak zaharberritu zuela meza-egunetan, euritako bustiak bertan sartzeko.

Ikusi eta berehala ohartu nintzen balde hori garrafa baten zurezko atala zela. Garrafa zaharra, oraindik engranaje-biraderarik ez zuten garaikoa. Barrunbeak pozaz bete zitzaizkidan, su gabe irakiten jarriak. Hura poza!!!Argazki batzuk atera eta nola ez, letra hauek idazteko hitza eman, haren berri emateko. Noiz eta gaur, Laudioko jaietan Berakatz-eguna ospatzen denean eta, azken hamarkadetako ohiturari jarraiki, asto-gurdi batean garrafa zahar bat eraman denean nahi zuten herritarrei limonada emateko.

Esan bezala, jazoeren aldiberekotasuna susmagarria da gure kasuan: Leonorren oroitzapenak, Ermuko Andra Mari santutegian aurkitutako garrafa atala eta Berakatz-eguneko limonada… Kasualitate gehiegi, ezta? Baietz hortik ibili Santa Luzia, garrafari eragiten, sirin-saran, sirin-saran, sirin-saran…

¿Cuál es el pañuelo tradicional de nuestras fiestas?

Esa es la pregunta que el otro día me hacía una amiga. Y la respuesta es contundente: ninguno. Ninguno porque dentro del término “tradicional” puede englobarse tal amplitud que carece de sentido siquiera el plantearlo. Por ello, ahí os van estas breves notas.

EL PAÑUELO AZUL DE CUADROS
Para la mayoría de nosotros el pañuelo azul de cuadros es ahora “el pañuelo de toda la vida”. Nada más lejos de la realidad. Recuerdo a mi abuelo materno, de nombre Florencio (1909-2002), achacándome cómo se nos ocurría llevar en fiestas el pañuelo de cuadros que ellos habían relegado a las fábricas o como mucho la trilla del cereal. Pero jamás para lucir en las fiestas por lo burdos de los mismos. Se enfadaba con mi tozudez, esforzándose en hacer ver a aquel cabezón que tenía enfrente que ir con aquellos pañuelos era como ir a una fiesta o una boda con un buzo de trabajo: no tenía sentido alguno. Y estaba en lo cierto: cualquier persona de cierta edad os lo puede corroborar.

La identificación de “lo vasco y lo popular” con el mahón o azul Bergara es muy moderno. O con el dichoso pañuelito de cuadros. En realidad, su existencia es menor que un siglo y como hemos adelantado es el símbolo de lo moderno, lo fabril. Se introdujo masivamente para la industria y minería y, dado que era resistente, lo adoptó rápidamente la gente del campo y el mundo pesquero para las labores cotidianas.

Por ello, esta vestimenta en origen “para las fábricas” es la que luego identificábamos nosotros con las villas pesqueras (nosotros la llamábamos incluso ropa de “arrantzale” o “arrantzal”) y la copiamos y reprodujimos masivamente en los 70-80, como un acto casi reivindicativo popular frente al franquismo que ya desaparecía y como renacimiento de lo más puramente vasco y vasquista. Era nuestra manera de hacer país. Lo más de lo más en tradición vasca… pero que en nuestro entorno nadie había utilizado jamás.

Además, siendo sensatos, nada tenía de vasco porque se usaba y usa en otras comunidades: por ejemplo, en Valencia es el “pañuelo fallero” por excelencia.

Pero daba igual lo que tuviésemos delante de los ojos: nuestro eterno complejo de ser vascos de tercera nos permitía sin rubor alguno renegar de lo nuestro y adoptar lo extraño, abrazándolo como si fuese el oráculo que nos iba a inyectar aquello que nos faltaba. Visto con la perspectiva sosegada que da el tiempo, me ruborizo al comprobar cómo nos pasamos de frenada y cómo adelantamos incluso al Papa en aquello de ser papistas.

EL PAÑUELO DE MIL COLORES
Volviendo a la retahíla de mi abuelo, insistía malhumorado contra nuestra palpable necedad: no era de recibo “bajar a los sanroques” con la ropa de la fábrica.

Recordaba él que, en su juventud, de ponerse algún pañuelo, siempre había sido el más vistoso, sedoso y colorido que les era posible, fuera de cánones estandarizados y con unos altibajos en la moda que tan sólo dependían de la escasa oferta comercial existente. El pañuelo de colores era, según decía, ostentoso, bonito, el ideal “para fardar”. Aquel que todo joven baserritarra codiciaba para exhibirlo en las romerías como un pavo real despliega sus plumas. Todo con el único objetivo final de que alguna muchacha le dedicase una furtiva mirada.

Yo no le hacía mucho caso y seguía en mis trece, defendiendo y enfundando aquella ropa festiva azul, la más vasca de las vascas. Afortunadamente, gente con más conocimientos y sensibilidad que el que esto subscribe se ha encargado en estos últimos años a través de grupos de danzas y fiestas vascas, de “desuniformar” nuestra vestimenta y de desmontar aquel falso vasquismo que habíamos edificado décadas atrás. Y, por suerte, se han recuperado otras prendas que hoy nos resultan más extrañas pero que en realidad son más tradicionales en nuestro pueblo.

Observemos en las fotos adjuntas aquellos miembros del primitivo Rakatapla de hace un siglo, músicos o posando frente a aquella carroza y que los laudioarras hemos visto cientos de veces. Con pañuelos festivos de colores y flores… nada de cuadros azules… Lo mismo que el dibujo de José Arrue de romeros bilbaínos entrando a Santa Lucía del Yermo.

Eran pañuelos de Cachemira, normalmente importados a través de Gran Bretaña o los afamados de Filipinas. Es la moda del XIX y que da continuidad a la costumbre sobre todo femenina de cubrirse con un mantón en invierno y vistoso pañuelo en verano, prendas ambas que no podían faltar en la vestimenta ceremonial.

PAÑUELO ROJO
El pañuelo rojo viene entre otras cosas la admiración hacia los sanfermines y que se convierte en prenda muy vistosa y distintiva entre la gente pudiente, ya que se usaba sobre impoluto blanco, el color más difícil y lujoso. No servía para el trabajo, tan sólo para la distinción, por lo que su uso estaba limitado a familias con recursos y de cierto estatus. En Laudio se difundió su uso mucho con los invitados del palacio del marqués de Urquijo, y con la Cofradía.

Es ahí cuando las clases populares intentar imitar a los pudientes y se extiende en cierta manera el uso del pañuelo rojo, pero siempre con un toque más “distinguido” o incluso me atrevería a decir que clasista.

AUSENCIAS Y PRESENCIAS
Al margen de ello, el uso del pañuelo ha sido una elección más bien personal y, especialmente en el mundo masculino, su uso ha estado muy limitado a ciertas ceremonias más reseñables (danzas…). Es decir: que una vez más la tradición nos dice que no hay nada tradicional. Más bien, lo que vestimos son engendros propios de nuestra imaginación: la tan divulgada falda femenina de arrantzale con esos anacrónicos pololos nunca ha existido en el uso popular.

Las modas de los pañuelos o vestimentas festivas las han marcado no el devenir histórico de nuestro pueblo sino el último recurso comercial disponible: era suficiente que atracase en Bilbao un barco procedente de Filipinas para hacer tambalear toda la moda festiva del Señorío.

Afortunadamente, ahora somos más sensatos y libres que dogmáticos en lo que a “vestimenta vasca” se refiere.

Y es que, en esto de las tradiciones, como veis, sólo hay una verdadera: la de que no hay nada tradicional… Sed felices y excedeos, que estamos en las fechas para ello!!!

 

 

 

Murciélagos: los ratones viejos

Puestos a especular y aprovechando el noctambulismo veraniego, se me ocurre la idea de que el apodo de “sagusares” (del euskera “saguzaharrak”, ‘murciélagos’) que en castellano se les ha dado a los de Gardea (barrio de Laudio) signifique en realidad ‘trasnochadores’, es decir, un poco ‘golfos’, ‘parranderos’, ya que la palabra “saguzahar”, así como la de “mozollo” o “gautxori” tienen ese significado añadido al margen de denominar al animal en cuestión. No olvidemos que, hace un siglo, Gardea y su txakolin eran en toda la comarca centro de peregrinación obligado para todo aquel amante del jolgorio, siempre unido a los bolos, al cantar y el buen comer y beber.

RATONES VIEJOS. Lo que ya no es especulación y sí realidad es la existencia de una creencia general extendida por toda Europa y América según la cual los murciélagos son en realidad unos ratones con muchísimos años, tanto que hasta les han crecido unas alas. Y ahí entronca el significado de nuestro vocablo, ya que “saguzahar” significa literalmente ‘ratón viejo’. Eran además unos animalillos portadores de buena o mala suerte, según las circunstancias.

DIENTES. Por citar un caso, reconforta el recuerdo de una creencia popular vasca, ya casi desconocida, que dice que hay que arrojar el diente caído de los niños a los murciélagos que revolotean mientras se decía “Saguzaharra, eutsi agin zaharra” ‘murciélago, toma mi vieja muela (diente)’. Sin duda, entronca con la costumbre del ratoncito Pérez, etc. en algún punto muy lejano: debemos estar haciendo referencia a las mismas antiquísimas creencias folclóricas y de las que ya hablaremos con más detalle en otra ocasión.

EL MUR CASTELLANO. Para finalizar y como curiosidad, también la palabra del castellano hace referencia a otra característica de esos animales y de nuevo relacionándolo con la creencia popular de que se trata de un ratón, algo que por si acaso aclaramos que es radicalmente falso. “Murciélago” proviene de “mur” ‘ratón’ y “ciégalo”, ambas con origen en el latín “mus-muris” y “ceculum” y que significa, literalmente, ‘ratón cieguito’ (es diminutivo). Sin ir más lejos, el personaje Sancho utiliza en el Quijote uno de sus refranes con la palabra “mur”: «Lo que has de dar al “mur” dalo al gato», ‘lo que has de dar al ratón, dáselo al gato’, es decir, céntrate en el que te apoya y ayuda, lo que te beneficia, porque te va a solucionar más problemas.

De ahí, de “mur”, surgió la palabra genuina del castellano “murciégalo”, en desuso aunque admitida y que en una metátesis o salto caprichoso entre dos de sus sonidos consonánticos, la “g” y la “l“, dio el “murciélago” de uso general en la actualidad.

Otra curiosidad añadida a uno de los animalillos más amados y temidos en nuestro panorama cultural tradicional vasco.

Txosna ala txozna

[Frantziako ikazkinak euren txosnan]

Uda iritsita, jaiak nonahi. Eta jaiekin batera, egun horietarako espresuki ezartzen diren behin-behineko tabernak. Baina, izena emateko orduan, alaitasuna eteten da sarri: nola jarri, “txosna” ala “txozna”. Hori zalantza!!

Ezbairik gabe, TXOSNA da zuzen dagoen forma bakarra eta Hiztegi Batuan hala jasoa duguna. Beraz, amaituta gaurgero eztabaida.

Baina zer da txosna bat? Nire gurasoei galdetuta, erdaraz erabilita ere, argi dute erantzuna: iraupen gutxirako egiten zuten aterpe bat. Esaterako, abeltzain batek “txabola” egiten du mendialdean, urtez urte hara joango delako egotera. Baina, ikatz-txondorretan edo karobiko lanetan ibiltzen zenean, egun batzuk jagoten pasatzeko aterpetxo bat behar zenean, edonola egiten zen, adar batzuez edo, eraikin sendoa izan barik: hori da “txosna” bat. Zer esanik ez, izen horrekin ere ezagutzen dute jaietan ipini ohi diren taberna modukoak.

[Ikazkinak, txondorra zaintzeko txosna prestatzen]

Esanahiaren aldetik, gaztelaniazko “choza” hitzetik ez dabil oso urrun. Eta nik uste dut horretatik datorkiola “z” soinua “txozna” aldaki ez zuzenari, herri-etimologia oker batengatik seguruenik, hitz biak, “txosna” eta “choza” baliokideak izan direlako esanahian eta oso hurbilak soinuetan.

Nahaste hori dela-eta, Emiliano de Arriagak berak argi esaten digu bere Lexicón bilbaíno (1896) liburuan “txosna” erdal “choza” hitzetik datorrela. Beraz, herri ustekoa izango zen iritzi hori duela mende bat bederen:

«Chosna (Del castellano “choza”). Tienda de campaña que arman en las romerías con cuatro [h]orcones metidos en tierra y otro más largo en sentido horizontal, sirviendo de cumbre a la cubierta que es de lienzo ó lona, lo mismo que los costados. En su interior se guisa y sirve de comer y de beber a los romeros».

Eta, gehigarri, txosnen arduradunak, beti emakumeak antza:

«Chosnera (de “chosna”). La dueña o explotadora de una chosna, entre las cuales se contaron cocineras de fama para aderezar un guisado de cordero, una casuelada de sardinas o una fuente de bacalao en salsa o de merluza frita».

Bitxia da, lehenbiziko sarreran, txosnei buruz egindako deskribapena, beroriek baitira irudi zaharretan agertzen zaizkigunak. Urrutira jo barik, nola ez, Jose Arrueren margoetan.

Hori guztia alde batera utzita, jakin badakigu “txosnak” erabili izan direla feria esanguratsuenetan, herrietako mugaz kanpoaldean itxaroteko merkantziekin edo saltzeko ganaduarekin, autoritateen sartzeko baimena jaso arte. Edota azoka horietara zihoazenen atseden-lekua. Horietatik datozkigu “Alto de la Choza“, “Txosnagana” eta horrelako toki-izenak, ugari samarrak gure toponimian.

Baina ez dirudi —ez behintzat hizkuntzaren aldetik— “txosna” eta “choza” zerikusirik dutenik elkarren artean. Azken hau, “choza”, Penintsulako ipar-mendebaldeko hizkuntzetatik —galiziera edota portuguesa— datorkigu eta latinaren “pluteum” hitzetik letorke. Harago oraindik, “plutea” bere plural formatik: azken honetatik sortuko zen “choza” hitza, alde horretako pl > ch bilakaera ezagunaren bitartez (alderatu chover, chubasco, chano, chantar, chopo… hitzekin)

[Cazorlako ikazkinak euren txosnen ondoan]

Izatez, Erromanizazioaren garaiko “pluteum” (“pluteus”) horiek ziren aldi baterako eraikinak, txabolak. Baina batez ere, gerretako setioetan erabilitako eraikin mugikor bat zen, barruan zeuden soldaduek kanpoko erasoetatik babestuta jarduteko, dela arietearekin, dela harresiak zulatzen edo…

[Pluteum, gerra-arma, “choza” hitzaren sorreran]

Baina, esan bezala, printzipioz ez du gure “txosna” hitzarekin zerikusirik. Kenduta herrietako jaietan gorputzari litroka ematen zaion “gerra”…

 

 

La sonrisa de Lydia

Lydia Zapata era, al margen de su ingente labor investigadora, una persona que hechizaba desde el minuto uno. De conversación suave y seductura. Rostro limpio y brillante, sin añadidos, guapa natural y, ante todo, dotada con una omnipresente sonrisa que le imposibilitaba decir “no” a cualquier propuesta para la que se le solicitase. Así era aquella Lydia que conocimos cuando dirigíamos la revista AUNIA.

Lydia era asimismo una de las puntas de lanza de la élite investigadora, más allá de nuestras fronteras vascas. Aunque la fama y prestigio los llevó a su estilo, siempre en silencio, sin tener que llamar la atención, porque la elegancia ya viajaba inherentemente a ella.

Un cáncer nos la arrebató hace unos años, cuando tenía las mejores propuestas de investigación que nadie pueda imaginarse. Y se fue apagando y despidiendo poquito a poquito. Hasta que marchó para no volver, rasgándonos el alma porque era alguien a la que parecía que no le podía tocar un fin así. Algo que los más creyentes, seguro, reprocharían a su dios por injusto.

Por eso se agradece esta obra-homenaje que han publicado sus amigos, destacados investigadores, a título póstumo.

Porque queremos que aquella muchacha siga enamorandonos para siempre, día a día, con sus extraordinarios trabajos y con aquella imperecedera sonrisa incrustada en aquel limpio rostro.

Eskerrik asko bere lagunei eta betiko argia Lydiari.

 

El fresno mágico de San Juan

Ayer llegué tarde a casa, imbuido por el ambiente mágico de la gran hoguera de San Juan, siempre propicio para compartir unas cervezas con los amigos. Alguna más de las deseadas…

Sin embargo he querido madrugar para escribir estas líneas y así empatizar con mi padre, aunque sea a distancia.

Sé que para estas horas ya habrá cortado a golpe de hacha unas hermosas ramas de fresno. Estará ahora montando con ellas un arco sobre la entrada a casa. Forma parte de un curioso ritual que ha visto hacer desde que nació y que se niega a olvidarlo.

Llevará muchos días en silencio, pensando en cuál es la rama más apropiada para su fin, preocupado cavilando cómo llegará hasta allí arriba sin hacerse daño. Y mi madre lo habrá mirado con cariño infantil, dejándole hacer, sin interferir en sus pensamientos… Sentada junto al hogar en esa silla de culo de cuerda que tan bonitos otoños nos ha dado.

Su maternal aportación consistirá, con suerte, en localizar algunas flores de hortensia para dar más realce si cabe al arco de fresno. Y es que, como nuestra casa está camino a la ermita de San Juan, ha de quedar bonito para que lo goce y admire quien por ahí pase. De nuestra casa hacia arriba, todos los caseríos y el humilde templete amanecerán hoy tocados con sus ramas, el sublime engalanamiento para el que se presupone el día más largo del año. Sin embargo, curiosamente, en el resto del pueblo es prácticamente desconocida esta costumbre.

Esas ramas ahí colocadas tienen un valor protector para la casa y para los que en ella viven, un valor que difusamente recuerdan hoy, especialmente reducido a la protección contra los rayos. Es nada menos que el fresno, el árbol sagrado de las antiguas culturas celtas, un árbol del que se asegura que no es necesario bendecirlo en la iglesia porque ya es bendito desde su mismo nacimiento.

La clave para que se active todo su potencial mágico es que se corte hoy, en el día de San Juan, con la primera claridad del amanecer pero antes de que ningún rayo de sol toque parte alguna del lugar porque entonces se difuminaría su prodigioso poder. Por eso sé que mi padre estará ahora por ahí.

Permanecerá así colocado hasta el día 29, San Pedro. Y habrá que quitarlo porque a partir de entonces ya no protegerá de nada: será inútil, un despojo. Es ésta asimismo la fecha en que, dicen, se despide de nosotros el cantarín kuku. Dicho de otro modo, es el arranque de otra época y ciclos anuales.

No sé cuantos años más podrá mi padre poner esas ramas de fresno al amanecer. Pocos. Por eso lo gozo y admiro cada año más. Tomándolo como un gran regalo, orgulloso de ser el beneficiario de esa gran herencia.

No lo contemplo entusiasmado por el hecho folklórico en sí, sino fascinado por el modo instintivo, incuestionable y atávico con que año tras año lo repite, haciendo que pervivan un poco más aquellas ideas o formas de vida propias de sus antepasados y que da vértigo pensar desde dónde vienen. Sin planteárselo y sin saber exactamente por qué lo hace.

Una fuerte llamada de su interior hace que ese ritual sea algo irremediable en su vida y que se vea forzado a repetirlo cíclicamente. Como cuando las golondrinas en un preciso instante y obedeciendo una orden que no sabemos de dónde procede, dejan de revolotear alocadamente por los aleros para entregarse decididas a surcar los cielos hacia tierras africanas.

Cuando falte, intentaré continuar con el rito del fresno. Pero ni de lejos va a ser lo mismo. Porque ellos son los últimos que saben hablar y escuchar las llamadas de la tierra. Porque son sus hijos. Por eso no es necesario bendecirlos… porque ya nacieron benditos. Como ese fresno que durante décadas y también hoy ha colocado al amanecer del día de San Juan.