El parto de la Vijanera

Cuando en un tema de investigación no tenemos datos lo suficientemente sólidos como para salir de la más peregrina especulación, lo ideal es contrastar el fenómeno que nos interesa con otros similares y así, por simple comparación, dilucidar algunas carencias del primero o proponer algunas nuevas interpretaciones.

Con esa intención, la de enriquecer el conocimiento de los carnavales y ritos de invierno de nuestra geografía vasca, viajé hasta Silió (Cantabria, entre Torrelavega y Reinosa) a visitar la Vijanera, una sobrecogedora mascarada rural que pasa por ser el más madrugador carnaval —el primer domingo de enero— de los que se celebran en Europa.

Por medio de diversos personajes y actos, los vecinos del lugar escenifican la eliminación de lo nocivo del año saliente y se preparan, tras purificar el entorno, para recibir al nuevo año que nace allí mismo en forma de animal, símbolo de prosperidad y bonanza. Son prácticas que se remontan a los orígenes de nuestras culturas, probablemente con varios milenios de antigüedad. Por ello sentí al escuchar aquellos atronadores cencerros que estaba conectando con algo muy íntimo y sensible de mi existencia y antepasados, con unas emociones que habían permanecido hasta entonces ocultas para mí. A ver si os gusta.

No había justificación posible. Salir a la carretera en plena alerta amarilla por vientos y lluvias, desoyendo todos los avisos e inmerso en unos aguaceros que arreciaban sin cesar era una imprudencia de manual, se mirase como se mirase. Por no hablar del feo imperdonable hecho a la familia a quien planté en el encuentro propio de la fecha. Ganando puntos… Pero a estas alturas me da ya igual acabar en el infierno cuando me llegue la hora. Porque no podía pasar un año más sin vivir y sentir la Vijanera, aquel carnaval rudo y tempranero con el que tanto había soñado.

Así, en la jornada de Reyes, a media mañana y aún relamiendo el roscón del desayuno, me eché a la carretera para hacer los 165 km que me separaban de la rural población de Silió, en el municipio cántabro de Molledo, en donde se había de producir el ritual de la Vijanera un año más.

Y allí estaba yo, con la única compañía de mi soledad, deambulando la tarde y noche anterior a la fiesta por entre aquellas casas humeantes, con la incesante nieve que ya caía sin compasión. Porque para sentir estas cosas, para que te conmuevan y zarandeen las entrañas, hay que vivirlas así.

Algún mayor del lugar me susurró que los jóvenes de la Vijanera estarían toda la noche de fiesta y que podría unirme a ellos. Pero no buscaba bullicio sino clausura emocional. Dejaría para ellos su vigilia, para que ayudasen a romper al amanecer del nuevo día, el de la fiesta, siempre el domingo siguiente al día de Año Nuevo.

Sea como fuere, ya a las seis de la mañana retumbó el primer cañonazo de pólvora que, en una noche negra como pocas y con unos aguaceros incesantes, sonó esperanzador pues daba a entender que ya comenzaba un nuevo día: el esperado. Me encontraba en la más estremecedora soledad, en una autocaravana, en las afueras del pueblo, en medio de la nada. Otro bombazo y otros más hasta que la tenue luz rompió el día. Y más… se intuía que la jornada iba a ser alocada.

Por más que había intentado informarme en el pueblo la tarde anterior, nadie era capaz de precisar nada de la mascarada, porque ni los mismos organizadores deben saber a ciencia cierta cuál será el recorrido exacto de los primeros personajes ni los horarios. Todo se improvisa. Así es que poco a poco fuimos los visitantes y locales apostándonos por diversos puestos desde los que, con un poco de suerte, poder inmortalizar la fiesta con nuestras cámaras.

La Vijanera es un carnaval rural de gran raigambre y que, a pesar de celebrarse antiguamente en otros pueblos de la comarca, hoy pervive tan sólo en Silió.

Se recuperó tras un lapsus impuesto por la prohibición expresa del franquismo. Para rememorar aquel carnaval previo al dictador, quizá la mejor referencia sea la ofrecida hace más de un siglo por Hermilo Alcalde del Río (Las pinturas y grabados de las cavernas prehistóricas de la provincia de Santander, 1904). Dice así:

«El último día del año [como vemos la primitiva coincidía más rigurosamente con el inicio de año] se celebra en determinadas aldeas una fiesta llamada de la vijanera o viejanera, que consiste en ciertas danzas que pudiéramos denominar salvajes. Al romper el día, los individuos que toman parte activa en el festival y que suelen ser los dedicados al pastoreo principalmente, se lanzan a la calle cubiertos de pies a cabeza con pieles de animales y llevando colgados a la cintura innumerables cencerros de cobre. Enmascarados con tan original y salvaje disfraz, corren, saltan y se agitan como poseídos de furiosa locura, produciendo a su paso un ruido atronador e insoportable. Entregados a este violentísimo ejercicio pasan el día, y entre ellos será el héroe de la fiesta quien haya derrochado mayor energía y agilidad en sus movimientos y sea el último en rendirse al cansancio. Al caer la tarde se congregan en el límite fronterizo a la aldea vecina, sin traspasar los linderos que las separan, y allí esperan a los danzantes de ésta, si en ella se ha celebrado igual festejo. Cuando se encuentran de frente ambos bandos, se preguntan en alta voz: ‘¿Qué queréis, la paz o la guerra?’ Si los interrogados responden ‘la paz’, avanzan unos y otros, se confunden en fraternal abrazo y dan principio seguidamente a la danza final. Si, por el contrario, la respuesta es ‘la guerra’, lánzanse los unos contra los otros y se muelen a golpes hasta que sus cuerpos, ya rendidos y quebrantados por el ejercicio del día, dan por tierra tan bien asendereados y maltrechos, que es precisa la intervención de los vecinos pacíficos para irles transportando a sus hogares. Y así es como termina esta fiesta que, hoy, ya sólo en muy contadas aldeas se celebra».

En su desaparición debieron tener su influencia las críticas por parte de las autoridades clericales y las civiles, que no veían con buenos ojos la actuación de aquellos pastores asilvestrados. En la cercana población de Arenas de Iguña [donde se perdió para siempre la Vijanera] se recoge su prohibición en las ordenanzas locales de principio del XX: «…se prohíbe terminantemente lo que en los pueblos de este distrito se llama Viejenera con pellejos y campanos, por parecer impropio de un país culto y los perjuicios que se ocasionan al vecindario y en mayor escala a los transeúntes. Los contraventores incurrirán en la multa de una a dos pesetas, sin perjuicio de lo que proceda por la inobediencia».

Sin embargo, tan sólo medio siglo atrás, no parecía en absoluto turbar a las autoridades: «Se dio a los mozos de La Vijanera diez y siete reales por media cantara de vino blanco» (acuerdo del concejo de La Serna de Iguña, 1853). La Iglesia, por el contrario, siempre fue beligerante con esta costumbre: «…unos feos mascarones semejantes y aún más ridículos bichos que los que se visten de disfraces por Carnestolendas […] Los bichos más ridículos que los que se visten de disfraces por Carnestolendas deben corresponder a los del 1 de enero cuya tradición se mantuvo viva durante la Edad Media, según acabamos de ver…» dictaminó nada menos que la Inquisición en 1786.

En la actualidad es una celebración con fuerza, bien organizada y que atrae anualmente a infinidad de curiosos. El otro día tomaron parte unos 170 participantes que adoptan las formas de diversos, innumerables y complejos personajes, cada uno con su función. Todas las figuras —también las femeninas— están reservadas a los hombres que no dudarán en ataviarse para parecer lo más femeninos posible. Esta característica no debe interpretarse como fruto de una supremacía social masculina sino algo más profundo ya que, por lo general, en todo ritual de fecundidad, de incitación a la activación de la naturaleza, etc. corresponde a lo masculino, por considerarse la naturaleza, con su flora y fauna, femenina.

En este mismo diario Deia, hemos leído interpretaciones diferentes al respecto (Juan Antonio Urbeltz: Carnaval de langostas), respetables, pero que, ante la presencia de ciertos elementos nos invitan a pensar en la interpretación clásica del despertar de la naturaleza.

Antiguamente la Vijanera se celebraba el último o primer día del año. Con ello entroncamos con aquellas costumbres que ya se amonestaban así: «No se permite hacer el becerro ni el ciervo el día 1 de enero, ni celebrar costumbres diabólicas».

También me parecieron a mí diabólicas las dos interminables horas de espera apostado junto a una alambrada. Pero, por fin, irrumpieron montaña abajo unos extraños personajes que simulaban ser animales, árboles… No dudaron en pelearse y revolcarse entre los prados totalmente encharcados, frente a nuestra atónita mirada. En teoría se escenifica el apresamiento del oso, la representación de la maldad. La irrupción del temido plantígrado da inicio a la fiesta y, tras pasear encadenado por todos los escenarios de la mascarada popular, será ejecutado. Es este violento hecho el que pone punto y final a los actos de la Vijanera, por entenderse que el bien ha subyugado y vencido al mal.

Todos los personajes parecían agitados y enardecidos por el rítmico e incesante sonido de los zarramacos , los personajes más notables de la fiesta, provistos de grandes zumbas bien sujetas a sus espalderas de piel de oveja. También las pocas horas de sueño –si las hubiese– ayudarían a hacer volar a ese personaje, lejos de la persona que lo porta, como si se tratase de un desdoblamiento de personalidad.

Estremece el pensar que restos fosilizados de estos carnavales existen por toda Europa, guardando grandes similitudes entre sí, lo que nos habla de su arcaísmo. O referencias tan antiquísimas como las de San Agustín (354 – 430) sobre las fiestas de inicio del año y que nos asoman a la vertiginosa negrura de los tiempos: «¿Hay locura mayor que la de cambiar, con un vestido deshonroso, el sexo viril para adoptar la figura de una mujer? […] ¿Mayor que vestirse con una piel de animal, semejarse a la cabra o al ciervo, de forma que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, se parezca al demonio?».

Al margen de estos personajes que descienden de las montañas, otros flanqueados por sus correspondientes zarramacos hacen enloquecer mientras tanto el casco urbano, esperando juntarse con aquellos que poco a poco descienden de las empinadas laderas, para fundirse en un solo grupo hasta el final de la fiesta.

Una vez reunidos, todo se transmuta en locura y nada tiene sentido aparente. Como imbuidos por el infernal sonido de los cencerros, los zarramacos parecen entrar en una especie de trance en el que se mezclan la agitación convulsiva de sus cuerpos con la extenuación física, lo diabólico con lo humano. La lluvia incesante añadía más vistosidad al acto, empapados y con chorros de agua que limpiaban su negra tez según se deslizaban por el rostro.

Corren todos a “la raya”, el límite de Silió con el pueblo vecino para reclamar la territorialidad al desafiante grito de «¿Queréis, la paz o la guerra?» un límite que a través de la historia se ha ido pugnando con diferentes poblaciones.

Hoy, sin enemigos que hagan frente a la comitiva, todo es alborozo al sentirse vencedores. Atronan entonces los cencerrones quizá para olvidar que en situaciones similares se daban antaño grandes heridos e incluso muertos en estas contiendas.

Acto seguido se regresa al centro del pueblo, todo ello inmerso en un ambiente de hilaridad desatada y de cierto punto grosería para con el visitante, al que pueden llegar a empujar o dar algunos golpes con un palo o con piezas empapadas en agua: una generalidad más de todos los carnavales.

En un lugar determinado, se da lectura a las coplas preparadas para la ocasión y que cantan varios personajes. Hacen afiladas críticas a gobernantes, sociedad, violadores, actuaciones políticas, laborales… que son aplaudidas con gran entusiasmo por medio de los enloquecedores cencerros. Así se pone fin a lo malo del año anterior y se prepara todo para el parto del año nuevo, simbolizado por un grotesco personaje que, atendido por los médicos, da a luz a un animal, como símbolo de prosperidad para el año entrante. Se trata del “parto de la Preñá“. En esta ocasión un lechón de cerdo –muerto– apareció de entre las entrañas de aquella simulada parturienta de piernas varoniles enegrecidas de vello. No había nada que temer ya al nuevo año…

Con los cuerpos cada vez más exaltados por el alcohol ingerido, bajo la románica iglesia de San Facundo y San Primitivo se da muerte al oso que, en el caso del otro día, no dudó en yacer sobre los charcos y bajo una incesante lluvia. Para colmo de males, los niños apaleaban a esa figura que representa el mal, sin recordar que dentro de esas pieles había una persona de verdad…

En el cercano bar, unas muchachas cantaban piezas que, al son del pandero, hacían perder el juicio a los zarramacos, ya totalmente entregados al desfase, al exceso y al desfallecimiento.

Y en ese preciso instante me percaté de que, finalizado todo el ritual de la muerte del año anterior y el nacimiento del nuevo, nada pintaba allí y que debía regresar a la carretera. A pesar de que el que había hecho de médico en el parto me insistía con un «¡No me jodas, boinista! [en referencia a la txapela que cubría mi cabeza] ¡Quédate que ahora llega lo mejor! ¡No marches y vas a ver qué fiesta nos montamos!». Pero no era aquel mi lugar y sí el suyo

Por eso decidí dejar atrás a los sobrecogedores personajes de la madama, el mancebo, el marquesito, los trapajones o naturales, los traperos, el oso y su amo, el pasiego y la pasiega, el caballero, la Pepa o Pepona, el médico, la preñá, el húngaro y las gorilonas, el viejo y la vieja, los danzarines blancos y negros, el caballero, la giralda, las gilonas, la zorra, el zorrocloco, el ojáncanu, los guardias, los guapos, el afilador, la pitonisa, la bruja, el diablo… que me habían hecho compañía todo el día.

Con el alivio de descalzarme por fin las botas de goma y tras picar algo, ya en el crepúsculo del día, acometí el recorrido de los fatigosos 165 kilómetros de regreso hasta casa.

Pero fue algo más. Una sensación de emerger de un mundo onírico e irreal, de la profunda sima del tiempo de nuestra historia.

Ya en casa, dormí muy agitado, con apariciones constantes de personajes vijaneros en mis pesadillas, con zarramacos que no dejaban de ensordecerme y con extraños y recurrentes sueños eróticos, como si de una llamada a la fertilización fuesen.

Todo acabó con el sonido del despertador. Conduciendo hacia el trabajo en este día de regreso a la normalidad tras las vacaciones navideñas no daba crédito a lo vivido, en una perturbadora amalgama entre la realidad y lo soñado que de la que aún no he conseguido desligarme.

Eso sí, cada vez soy más consciente de que en ciertos momentos hay que entregarse a los insensato, a lo temerario, a la locura… como el ir a conocer la Vijanera en pleno temporal y vivirla desde dentro solo…

Dedicado a la memoria de Martín Mugurutza Mendiguren, tío, sangre de mi sangre, que nos dejó para siempre el 31 de diciembre. Como en la Vijanera, apartó lo funesto de la vida vieja y se adentró en un nuevo estado de eternidad y descanso. Por la sabiduría que me aportaste. Por llorar juntos las ausencias de seres queridos. Por las raíces. Por ti…

 

 

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Neguari, argi eske

Neguari, argi eske

Gizakia gizaki denetik, beldurra izan dio neguari. Horregatik, gure arbaso urrunen helburu nagusia zen urtaro latz hori ahalik eta azkarren igarotzea… ahalik eta ondoen… bizirik, azken finean.  Horretarako, ez zuen konfiantza nahikorik berarengan edo bere tribuaren indarretan eta, desesperazio ezindu hartan, mesedea eskatu behar zien bestaldeko indarrei, kosmosari edo dibinitateei , esan bezala, nola edo hala, argi urriko egun haiek zeharkatzeko.

Zer esanik ez, itxuraldaturik iritsi zaizkigu behinolako erritu haiek. Baina hor ditugu, eskuartean, ehunka edo milaka urte dituzten ohitura batzuen azken testigantzak, betiko galdu aurretiko azken uneotan.

Horra doazkizue nire eskarmentu pertsonaletik erauzitako ohar hauek, bizirik ditudan aita eta amari sutondoan, bazkalosteetan, presarik gabeko arratsalde euritsuetan entzundakoak, haiek nik ez bezala, barru-barrutik sentitu eta praktikatu dituztelako herri-ohitura horiek, negu bat bestearen atzetik garaitzeko.

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Gaur egun, nahikoa da etengailu bat aktibatzea ezkutuko iluntasunari, hau da, gaizkiaren mendeetako bizitoki kontrolaezinari diogun beldurra uxatzeko. Alabaina, ez da horrela izan herri gisa egin dugun bidearen zati handienean. Duela gutxi arte, negua iristeak, hotza, gabezia eta pobrezia ez ezik, indar txarren ahalduntzea ere bazekarren, “beste aldekoena”, oso argi ordu gutxi izanik inoiz baino gehiago hedatzen baitziren. Ziurgabetasuna eta beldurra, azken finean.

Hainbestekoa zen, ezen bizirik irautea ere zalantzan jartzen baitzen. Edozelan ere, garai hori gainditu beharra zegoen; gutxienez, kukuaren kantua entzun arte: urte bateko iraupena bermatzen zuen dudarik gabeko ikurra. Eta hobe zen entzutean poltsikoan dirua izatea, ordutik aurrera gabeziarik gabe bizitzearen sinboloa baitzen.

Gure herrian, gure aitita-amamek hainbat erritu praktikatzen zuten: belaunaldiz belaunaldi errepikatu dira ohiturak, zeruen, jainkoen edo, urrunago joan gabe, patuaren faborea bilatzeko helburuarekin.

GABONAK
Gabonetan hasten zen dena, argi gutxien zuten urteko egunetan: etxeetako sua berritu egiten zen, detailez jositako liturgia aparta batekin. Ezin dugu ahaztu sua dela eguzkiaren etxeko errepresentazioa, gaizkiaren indarraren kontra –beti iluntasunaren aldean– borrokatzeko
talisman bakarra erlijioak iritsi bitarte.

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Bada, Laudion XX. mendearen hasiera arte basotik oso enbor handia hartzen zuten sua egiteko, urte osoan etxeetan piztuta mantendu behar zena. Haren errautsek kortak, zelaiak, ibai zabalak eta abar bedeinkatzeko balio zuten; baita etxebizitzak piztiengandik eta ekaitzetatik babesteko ere. Ez da zaila zuhaitz magiko hori antzeko erritu batzuekin lotzea. Esaterako, Kataluniako “Tió nadal”, Aragoiko Gabonetako “tronca” edo “toza”, Europa iparraldeko Eguberrietako zuhaitza… denak ere kristautasuna zabaldu aurrekoak, dudarik gabe. Ezta “Olentzero”, Kantabriako “Esteru”, Galiziako “Apalpador” eta abarrekin lotzea ere.

Gabonetako enbor magiko horri “Olentzero-enborra” esaten zitzaion hainbat herritan. Neguan irauteko zuhaitz oparoa, emankorra eta elikagaiduna; egun, hainbat opari, jostailu eta abar bilakatua.

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Halaber, ezin genezake ahantz mantelaren azpian Gabon gauean moztutako lehen ogi zatia gordetzeko tradizioa; batzuek badugu ohitura hori oraindik. Urte osoan amorrua sendatzeko balio zuen, etxea babesteko… baita beste helburu batzuetarako ere, egun ahaztuak dauden arren; gainezka egitear zeuden uholdeak beheratzeko, adibidez.

Honetaz, zerbait dugu idatzia “el arca de no se” blogean:

http://blogs.deia.com/arca-de-no-se/2016/12/23/pan-magia-y-rituales-en-nochebuena/

Baina ez zen ogia magikoa zen bakarra, Gabon gaueko afari osoa baizik. Hainbestekoa zen haren garrantzia, ezen animaliekin ere konpartitzen baitzen haren onura. Hala, duela urte gutxi arte, baserrietan gau horretan hobeto ematen zitzaien jaten txakurrei, ardiei, untxiei, oiloei eta abarrei. Beti bukatzen zuten astoarekin, baserriaren ekonomiaren aliatu handiarekin, nahiz eta traturik okerrena eta umiliagarriena hark hartzen zuen.

Eguberria pasatutakoan, oroigarri txikiak trukatzeko erritua iristen zen: komunitatearen babesa sinbolizatzen zuten, zorigaizto indibidualen aurrean. “Agilando” gabonsaria zen, gerora “aguinaldo” bihurtuko zena. Mutilek neskei Urteberri eguneko arratsaldean egiten zieten oparia. Neskek mutilei, berriz, Errege edo Epifania egunean egiten zizkieten.

SAN ANTON
Gabonak igarota, laster iristen zen kristautasunaren lehen eremitatzat hartua den santuaren jaia: San Antonio Abad, “San Anton” ere esaten zaiona. Etengabe erritu jakin batzuk egiten zituzten, egun goibel horietan zortea alde edukitzeko. “San Antón, huevos a montón” esaten
da, argia ordu erdiz luzatzea nahikoa baitzen oilo erruleak aktibatzeko. Beste ohitura bat santu horren estanpa kortetan jartzea zen, ondasunik handienaren babesle zelakoan: etxeko abereen babesle. Egun hotz horiek egokiak ziren beste txerriren bat sakrifikatzeko; horra hor, gaztainekin batera, neguko goseari aurre egiteko miraría.

Jada gogoratzen ez den arren, ohitura zen errituetan sua piztea ere, eta animaliei jaiko tratua ematea. Egun horietan mandazainen mandoek ez zuten lanik egiten; normalean ukuiluratuta egoten ziren animaliei euren kasara paseatzen eta bazkatzen uzten zieten eta abar.

Arrautzak

KANDELERIO
Egun bat geroago iristen zen Kandelaria edo Kandelerio eguna, otsailaren 2an, urteko erritu gehien pilatzen duen garaiari hasiera emanez. Hala, elizako kandelak bedeinkatzen ziren. Bolada labur batean piztuta egon behar zuten kandelek tenpluan, botere osoa eskura zezaten. Horren ostean, ekaitzen kontra erabil zitezkeen, haiek uzta arriskuan jar baitzezaketen. Gatz pixka bat botatzen zitzaien pizten zirenean, eta suari ereinotz bedeinkatua gehitzen zitzaion. Hori gutxi balitz bezala, aizkora bat jartzen zen etxetik urrun, alde zorrotza gora zuela; eliza eta ermitetako kanpaiak jotzen ziren, edo apaiz batek hodeien kontra botatzen zuen bere zapatetako bat, ekaitzak hartu behar zuen norabidea adierazteko.

Kandelen egunak Jesus jaio zenetik 40 egun igaro zirela adierazten du, erditzear zen edozein emakumerentzako beharrezko purifikazio ezarritako epea. Haatik, Laudioko emakumeek ezin zuten ez elizara ez etxetik kanpo atera 40 egunetan. Badira oraindik ondo gogoratzen duten bizilagun edadetuak.

SAN BLAS
Kandelen egunaren hurrengoa San Blas da, gizaki eta animaliei jaten ematekoa, elikagaien beste bedeinkapen batekin –berriz ere etxeetako patuaren parte izanez–, era horretan osasuna bermatzeko. Haria bedeinkatzea ere ohitura zen, eta da orain ere, eztarria urte osoan babesteko. Tokian-tokian aldatzen bada ere, Laudion hauxe da ohitura errotuena: soinean eramatea, harik eta Aratusteetako astearte gauean, Hausterre egunaren bezperan, sutan erretzen den arte. Nola data horiek aldakorrak diren, urte batzuetan haría aste askoan eraman behar izaten dira lepoan, eta beste batzuetan, berriz, aurten bezala, aste batean baino ez.

Benantzio

SANTA AGATA BEZPERA
Atseden egun baten ondoren, beste gau magiko bat dator: Santa Agata bezpera, ugalkortasunaren aktibazioa, kristautasunak ezarria bularrak — gure lehen bizi-iturria— moztu zizkioten santu baten omenez.

Izan ere, gure nagusien esanetan, egun horietatik aurrera hasten da belarra hazten, lehen kimuak azaltzen, hegaztiak ugaltzen… Bizitza hasten da, esnatzen da… Lokartutako lurra estimulatzeko ez dago ezer hoberik lurra erritmo etengabean makilekin jo eta koru batekin laguntzea baino.

Donato

Duela mende bat, abesbatza hamalau lagunekoa izaten zen, eta zenbait multzo egiten zituzten, baserriak banatzeko. “Kantau edo errezau” esaldi erritualarekin hasten zen dena, lutoren bat errespetatu beharko balitz aukera izateko.

Inprobisatutako kopla sortek, koruak errepikatutako leloekin, etxeko neska ezkongaia aipatzen zuten, edo senargaiengandik espero ziren opariak. Txanpon batzuk izan ohi ziren, edo, are opari hobea, bazkariren bat, hurrengo eguneko askarian bukatzen zena, erremediorik gabe…

Euskarazko kopla horien ohitura gaztelerazko beste abesti batekin desagertu zen (“Esta noche, día cuatro víspera Santa Águeda y mañana día cinco será su festividad…”) eta, gero, Evaristo Bustintza “Kirikiño” (1866-1929) Mañariako idazle ezagunaren Aintzaldu etorri zen.

Arloteak

Aipatutako eguna pasatutakoan, aldakorra zen epe batek osatzen zuen Aratusteekiko (inauterietako) zubia. Aldakorra, zeren Aratusteak Aste Santuaren arabera ezartzen baitira, eta Aste santua Pazko egunak markatzen baitu: udaberriko lehen ilbetearen ondorengo igandeak.

ARATUSTEAK
Laudion aratusteak igandean, astelehenean, eta,bereziki, asteartean izaten ziren. Ez du zerikusirik larunbatarekin, azken hamarkadetan txertatu da eta.

Altsasuko

Eta aurreko igandean, basoari eginiko eskaintza, Basaratuste (baso-aratuste) edo Kanporamartxo deitua: komunitate osoa baso bazter batera joaten zen eta joaten da txitxi-burruntzian prestatutako txerrikia jateko bertan.

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Aratusteetan ohikoa zen oilar batekin eskean ateratzea: oilarra, arazte erritu batean txarkeria guztien erruduntzat jo, eta akabatu egiten zuten. Tostadak eta txerri hankak ez ziren mahaietan falta. Kontrolik gabeko egun horietan ez ziren gutxi elizaren bueltan ikus zitezkeen mozorro irrigarri eta iraingarriengatik apaizek jarritako kexak.

Barrundia

GARIZUMA
Baina dena zen oparotasunaren irudi faltsua, haragirik, sexurik, alkoholik, dibertsiorik gabeko epe baten aurreko fasea, Aste Santura arte iraungo zuena. Izan ere, ordurako indartua zeuden eguzkia eta argia, eta inork ez zuen bere bizitza kolokan ikusten. Kukua entzuna zuten, eta hori bazen nahikoa nire herrian, euskaldunon herrian, bizitza beste urte batez bermatzeko…

 

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