Poco bilbaíno hay que ser

 

Poco bilbaíno hay que ser, poco amar tu tierra y tu pueblo, para poner en inglés el nombre a un premio con unas connotaciones tan bocheras: “Txirene of the year 2017” (‘El chirene [gracioso, revoltoso…] del año 2017′). Exclusivamente en inglés… Y no pretendo hacer ninguna crítica a ninguna asociación en concreto (menos a una tan digna como es en este caso) pero sí a una estúpida moda que nos está embadurnando hasta la ropa interior. No estoy en contra del uso del inglés pero sí de su abuso innecesario. Y voy a ser políticamente incorrecto.

Sin duda, hemos perdido el orgullo de lo que somos. No tiene ni nombre ni límites ni justificación alguna la bajeza que supone ser tan servil con el extraño a base de repudiar lo propio. Tanto mostrar en un inglés exquisito todo y, sin embargo, no poner cariño alguno con, por ejemplo, el euskera. Porque, dicho sea de paso, euskera no es escribir “txipirones a la plantxa“, “txuletón” o “bakalao a la bizkaína“. Es algo más…

¿No os dais cuenta de que lo que más le va a apasionar a un inglés visitante es encontrarse con “lo vasco” y que por ello ha venido hasta aquí? ¿No veis que para encontrar un mundo escrito en inglés se quedaría allí, en su tierra? ¿Realmente creéis que es necesario denominar ese galardón solamente en inglés? ¿Es ineludible para garantizar su existencia, repercusión o éxito? ¿Hasta ahí y no más allá llega ese bilbainismo con el que tanto se pontifica y predica al resto del mundo en los medios?

Es una corriente, una moda, esa de poner todo en inglés que algunos la percibimos como una gran humillación. No limitada a Bilbao. Ahí tenemos el Bilbao Exhibition Centre, el Urdaibai Bird Center en Gautegiz-Arteaga o, en una muestra más del “si no hago lo que en Bilbao veo, me meo”, el donostiarra Basque Culinary Centre. No podían ser denominaciones bilingües o trilingües… no: tenían que ser monolingües y exclusivamente en inglés. Para que el mundo compruebe qué baratas hacemos aquí las bufonadas y hasta dónde somos capaces de arrastrarnos.

Porque, se quiera o no, actuar así no sólo es una herramienta para la internacionalización. Porque lleva implícito además un toque de ofensa a lo más íntimo, algo que subliminalmente nos condiciona para pensar que nuestros idiomas “no están a la altura”, que no sirven para la modernidad. Que somos de segunda, vamos: nada que ver con el balsámico Athletic que todo lo sana. Y luego nos extrañamos porque nuestros no hablan en euskera al salir del cole.

Encima en un premio a un txistulari de esa talla. ¿Tratáis en inglés con él? ¿Toca acaso en su virtuosismo piezas musicales inglesas? ¡Qué dolor!

Hay gente que sería capaz de traicionar a sus padres por conseguir una mejora laboral. O por un coche con 50 CV más. Yo, afortunadamente, no. Porque para mí hay valores intrínsecos que no son negociables ni con dinero ni con nada. Porque es la identidad propia y esa nunca ha de ponerse en venta. Porque ahí no pueden admitirse rebajas de… ¡Black Friday!.

Yo soy nacido en Laudio y vivo ahora en Luiaondo. Durante siglos ambos pueblos se han roto la espalda dando servicio al comercio que iba a Bilbao. Y por Bilbao hemos prosperado y somos lo felices que hoy somos. Al igual que Bilbao se engrandeció y floreció en gran medida gracias al trabajo de la gente de aquí y de toda la cuenca del Nervión. Por eso sentimos como algo nuestro el suelo de esas siete calles cada vez que lo pisamos. Y lo amamos y adoramos. Y lo recorremos de puntillas y con toda la admiración y reverencia del mundo. Por eso nos duelen estas torpezas tanto o más que a los locales.

No seamos los “Majaderos of the century” y queramos la villa y su idiosincrasia un poco más. También a sus idiomas y sobre todo a nuestro euskera. Hay que ser menos chulos y más orgullosos. Y siempre yendo a tope de dignidad…

Porque poco bilbaíno hay que ser para tratar tan mal lo que más quieres.  Maite zaitugu, Bilbo!

 

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Santo Tomás, mi abuelo y la renta del caserío

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Hoy, 21 de diciembre, es el día de Santo Tomás (San Tomas en euskera).

Quisiera tener un recuerdo para mi abuelo Martín Mugurutza Zendegi (1896-1972) que cada año, tal día como hoy, bajaba a pagar la renta anual del caserío en Markuartu (Laudio) al gran propietario y adinerado Enrique Escauriaza. Era en Bilbao, en donde todo bullía con la gran feria creada unas décadas atrás por Felix Garci-Arcellus, un personaje bilbaíno que vivió muchos años en Laudio.

La renta a abonar era en su caso una cantidad más bien simbólica de dinero, algún par de gallinas y unos huevos. También de vez en cuando unas nueces… o lo que había, porque mucho más no se podía.

El propietario, a sabiendas de que aquellos inquilinos necesitaban el dinero más que ellos, correspondía con buenos regalos, generalmente una gran bacalada, con la que mi abuelo volvía feliz y orgulloso en el tren.

Los regalos recibidos igualaban o superaban por tanto el valor de la renta. Debía de ser, como en la actualidad, que el espíritu de la Navidad hace que el día de hoy sea tan especial.

Y es que, con la perspectiva del tiempo, me he dado cuenta de que lo que hacía feliz a aquel propietario era el ayudar a una familia que estaba más para recibir que para dar. Porque, siendo adinerado y terrateniente como era, poco le apasionaba acaparar anualmente un mísero capital que en nada le iba a cambiar la vida. No buscaba la usura.

Asimismo, por lo que veo, mis antepasados han sido más de honradez que de dinero porque, sin faltar de nada, tampoco nunca les sobró. Pero, lo que son las cosas, ahora me doy cuenta que es la honradez y no las riquezas, la que me ha hecho sentirme siempre el ser más afortunado y satisfecho del planeta.

Porque —eso me lo han inculcado bien— no hay cosa más grande y reconfortante en esta vida que el ser decente y vivir en paz con uno mismo, sin desear aquello que no se puede alcanzar o, lo peor, que ni siquiera se necesita.

Porque la humildad, la gratitud y la conformidad son los grandes capitales que realmente te hacen pudiente, porque son los que facilitan la libertad, “el mayor tesoro que los cielos dieron al hombre”, como apuntase el loco caballero andante de La Mancha. No el dinero. Definitivamente, creo que es la necesidad y no la opulencia la que esculpe las más modélicas personas.

No me diréis que estas enseñanzas no son la mejor de las herencias…

La imagen del encabezamiento es El día de Santo Tomás, pintado por José Arrue en aquellos años en que mi abuelo bajaba a pagar la renta. Era José Arrue también íntimo amigo de aquel soñador Félix Garci-Arcelus que decidió en 1915 hacer una gran feria para reforzar aquel comercio rural generado en el día de Santo Tomás con la bajada de tantos y tantos baserritarras a Bilbao para pagar sus rentas.

 

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