29 de septiembre, 176 años sin sanmiguelada

Pocos sabrán que el pórtico de la iglesia de Laudio es el único de hierro de toda Euskal Herria. Y menos que recibía el nombre de Batzalarrin, un lugar que daba sentido a su significado cada 29 de septiembre, un día como el de hoy.

29 DE SEPTIEMBRE, REPETIMOS ELECCIONES
El día de San Miguel siempre ha sido una especie de hito, de mojón, que indicaba el final del verano, la época más benigna para la supervivencia. Algo más que la celebración de un santo. El 29 de septiembre era, al fin y al cabo, el principio y fin del año agrícola. Pero en Laudio, al igual que en otros lugares, era una fecha aún más relevante porque en ella se elegían cada año los nuevos alcaldes y otros cargos adyacentes. Decimos alcaldes porque eran dos.

ANTE LA IGLESIA
Para ello se convocaba a todos los vecinos electores a un lugar llamado Batzalarrin. Su significado es el de ‘atrio, plazoleta, de las reuniones’ [batzar + larrin] y se encontraba pegante a la iglesia, en la “ante iglesia”, precisamente sobre la necrópolis, el cementerio de los difuntos, como garantes éstos de que allí se harían las cosas bien.

BAILARÉ SOBRE TU TUMBA
Y es que por aquel entonces, nuestros cementerios eran el entorno civil más emblemático del pueblo, el lugar de encuentro y convivencia entre vivos y muertos. Por ello no es de extrañar que, en la exigua documentación disponible, aparezcan sobre estos espacios funerarios, actividades mercantiles, de ocio o de carácter social. Era normal instalar sobre las sepulturas puestos de venta o llevar a cabo las más importantes transacciones mercantiles, los tratos entre ganaderos, así como toda suerte de bailes, juegos de bolos, lanzamientos de barra, mimos, marionetas o cualquier otra manifestación de ocio. A pesar de las continuas quejas de la autoridad eclesiástica… Hasta se documentan prostitutas ejerciendo su denostado oficio en tan concurridos lugares.

Era tal la importancia social del lugar que con el tiempo se cubrieron, dando lugar a los pórticos. Como ahora construimos las plazas cubiertas…

TÓCAME LAS… CAMPANAS
Por ello, porque todo acto relevante se hacía allí, era el lugar preciso para elegir a los alcaldes. Las referencias de aquellas reuniones nos vienen de muy atrás. La llamada para acudir a ellas se hacía dando aviso desde los montes (“oteros”) y tañendo las campanas.

PIELARRI
Las juntas municipales y elección de aquellos alcaldes de Laudio se hacían en torno a un gran y solemne árbol que crecía en el camposanto anexo a la iglesia como ya hemos dicho. Es tan complejo el tema del que lo dejamos para profundizar más en otra ocasión.
Posteriormente, bajo él se dispuso una mesa de piedra de sillería para dar más entidad al lugar. Esas mesas eran conocidas en nuestro entorno como pielarri, es decir “fiel + harri, ‘la [mesa de] piedra del fiel’ en este caso en referencia al “fiel de fechos” o secretario que levantaba allí mismo un acta de todos los acuerdos que allí se tomaban. En las últimas referencias históricas sólo se habla de la mesa y no del árbol: probablemente sería talado para posibilitar alguna de las ampliaciones del templo o su porticado. Sabemos que la mesa fue quitada “con la disculpa de” instalar la fuente del pórtico.

LOS DOS CASCABELES DEL ALCALDE
En aquel entorno tan novelesco se elegían cada 29 de septiembre los dos alcaldes que iban a regir el gobierno local, así como otros cargos. Para la elección se usaba un recipiente de cobre en el que se introducían una especie de cascabeles que guardaban las dos candidaturas de las fuerzas políticas de la época (o se era de los Ugarte, “gamboíno” o se era de los Anuntzibai “oñacino”) y que, a suertes, extraía una mano inocente. Los cargos elegidos (Alcalde y Juez ordinario, dos regidores, Procurador General, Alcalde de Hermandad y dos fieles) eran posteriormente validados con el juramento [zin + egotzi: zinegotzi, ‘concejal’] hecho en aquel lugar, frente a los difuntos, el día de Todos los Santos, 1 de noviembre. Una vez más, los antepasados como garantes de la honestidad y lealtad…

 

COLORÍN COLORADO
Tras la pérdida de las primeras guerras carlistas se promulga la ley de 1841. Con ella se impone la uniformización de todos los ayuntamientos pertenecientes a la Corona y la desaparición de los lugares y fórmulas tradiciones locales, como en el caso de Batzalarrin. No con pocas protestas y desaires, dicho sea de paso. Pero la ley era la ley y, aunque a regañadientes, fue paulatinamente acatándose. Sea como fuere, la jarra con sus cascabeles, la mesa de piedra e incluso la presencia de los difuntos, algo que era el centro de la vida de Laudio hasta entonces, dejan de tener sentido y caen en el olvido. Era la modernidad que llegaba: ya no había sitio para las añoranzas. Hasta el euskera, la lengua casi única de los laudioarras hasta el momento, se ve obligada a compartir el terreno con el pujante castellano, emblema de la modernidad.

Cierto es que en unos arrebatos de nostalgia llega a utilizarse aquella mesa de Batzalarrin, con un valor más idealizado que nunca, hasta incluso en 1874. Pero era eso: un mero ritual simbólico, pequeños brotes de rebeldía, de desacato a la autoridad, nada que ver con el ordenamiento jurídico imperante. Eran los últimos estertores en una muerte anunciada.

Además, y a pesar de que siempre se haya achacado la pérdida de valor de aquellas mesas a ley de municipios de 1841, el problema viene de bastante más atrás: desde el cambio de mentalidades producido el siglo anterior.

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO
La Iglesia hacía tiempo que consideraba “indecente” la costumbre de tratar los asuntos profanos sobre los enterramientos, un lugar considerado sagrado por ella. Por otra parte, en el proceso de modernización, las autoridades municipales deciden desligar sus decisiones de toda sacralidad o religiosidad. Necesitan ahora otro lugar, simbólicamente separado del templo, y que dé cabida al gran número de funciones que las instituciones locales van adquiriendo. Por si fuera poco, en este siglo se comienza a dar la espalda al mundo de la muerte: ya nadie lo quiere tener presente y hasta se convierte en tabú hablar de ello. Los enterramientos se realizan ya en interior de las iglesias, quedando los antiguos cementerios bajo pórtico en un cierto grado de indefinición.

 

ESTO ES UN SINDIOS
Surgen entonces por toda Euskal Herria las nuevas casas consistoriales, los edificios de los ayuntamientos, al margen de lo sagrado. El caso de Laudio no deja de ser llamativo ya que debieron edificarlo atormentados por las dudas del traslado: pretenden ser modernos pero no tanto como para divorciarse del todo de la casa de Dios. Así es que, como caso singular, se construye anexo a la iglesia. Es decir, juntos pero no revueltos. En cualquier caso, a pesar de existir ya las casas consistoriales, en los actos que por su trascendencia necesitaban de una mayor carga simbólica, se sigue usando la mesa de piedra tradicional.

AGUR, BATZALARRIN
Hasta, como hemos dicho, el año de 1841, con la desaparición de las funciones en del antiguo sistema de organización local: concejos, hermandades, anteiglesias (cuyo nombre nos denotan su origen) o cuadrillas de Laudio (Olarte, Larrea, Goienuri y Larrazabal) dejan de existir, por mucho que sus referencias sigan sonando décadas después. Además, en 1876 irrumpe en Laudio la figura del Marqués de Urquijo que, con sus grandes obras civiles, transformará la fisonomía del centro del pueblo. Tanto que llegamos a perder la pista e incluso el recuerdo de aquella antigua mesa de piedra y del nombre Batzalarrin del lugar.

 

Probablemente la gran influencia del marquesado tiene mucho que ver en la desaparición de la memoria de aquella mesa (la mandó retirar con la disculpa de poner una fuente pública, curiosamente en el mismo enclave), de aquellos cascabeles e incluso del mismo nombre del lugar. Eran del entorno liberal, minoritario en un Llodio mayoritariamente carlista, y que debía hacer olvidar todas las referencias del régimen anterior, entre otras cosas, para cumplir la ley promulgada y para continuar con sus grandes negocios en la Corte.

Así, 176 años después, luchamos por recuperar aquella memoria perdida o quizá arrebatada. Nada mejor que el día 29 de septiembre para perder un minuto allí, bajo el único pórtico vasco de hierro, y dejar volar nuestra imaginación hacia aquel pueblo que fue. Allí estarán los difuntos dando una vez más cuenta de todo ello.

 

El fresno mágico de San Juan

Ayer llegué tarde a casa, imbuido por el ambiente mágico de la gran hoguera de San Juan, siempre propicio para compartir unas cervezas con los amigos. Alguna más de las deseadas…

Sin embargo he querido madrugar para escribir estas líneas y así empatizar con mi padre, aunque sea a distancia.

Sé que para estas horas ya habrá cortado a golpe de hacha unas hermosas ramas de fresno. Estará ahora montando con ellas un arco sobre la entrada a casa. Forma parte de un curioso ritual que ha visto hacer desde que nació y que se niega a olvidarlo.

Llevará muchos días en silencio, pensando en cuál es la rama más apropiada para su fin, preocupado cavilando cómo llegará hasta allí arriba sin hacerse daño. Y mi madre lo habrá mirado con cariño infantil, dejándole hacer, sin interferir en sus pensamientos… Sentada junto al hogar en esa silla de culo de cuerda que tan bonitos otoños nos ha dado.

Su maternal aportación consistirá, con suerte, en localizar algunas flores de hortensia para dar más realce si cabe al arco de fresno. Y es que, como nuestra casa está camino a la ermita de San Juan, ha de quedar bonito para que lo goce y admire quien por ahí pase. De nuestra casa hacia arriba, todos los caseríos y el humilde templete amanecerán hoy tocados con su fresno, la más elegante gala para el supuestamente día más largo del año. Sin embargo, curiosamente, en el resto del pueblo es prácticamente desconocida esta costumbre.

Esas ramas ahí colocadas tienen un valor protector para la casa y para los que en ella viven, un valor que difusamente recuerdan hoy, especialmente reducido a la protección contra los rayos. Es nada menos que el fresno, el árbol sagrado de las antiguas culturas celtas, un árbol del que se asegura que no es necesario bendecirlo en la iglesia porque ya es bendito desde su mismo nacimiento.

La clave para que se active todo su potencial mágico es que se corte hoy, en el amanecer del día de San Juan, con la primera claridad del amanecer pero antes de que ningún rayo de sol toque parte alguna del lugar. Por eso sé que mi padre estará ahora por ahí.

El fresno permanecerá así colocado hasta el día 29, San Pedro. Y habrá que quitarlo porque a partir de entonces ya no protegerá de nada: será inútil, un despojo. Es ésta asimismo la fecha en que, dicen, se despide de nosotros el cantarín kuku. Dicho de otro modo, es el arranque de otra época y ciclos anuales.

No sé cuantos años más podrá mi padre poner esas ramas de fresno al amanecer. Pocos. Por eso lo gozo y admiro cada año más. Tomándolo como un gran regalo, orgulloso de ser el beneficiario de esa gran herencia.

No lo contemplo entusiasmado por el hecho folklórico en sí, sino fascinado por el modo instintivo, incuestionable y atávico con que año tras año lo repite, haciendo que pervivan un poco más aquellas ideas o formas de vida propias de sus antepasados y que da vértigo pensar desde dónde vienen. Sin planteárselo y sin saber exactamente por qué lo hace.

Una fuerte llamada de su interior hace que ese ritual sea algo irremediable en su vida y que se vea forzado a repetirlo cíclicamente. Como cuando las golondrinas en un preciso instante y obedeciendo una orden que no sabemos de dónde procede, dejan de revolotear alocadamente por los aleros para entregarse decididas a surcar los cielos hacia tierras africanas.

Cuando falte, intentaré continuar con el rito del fresno. Pero ni de lejos va a ser lo mismo. Porque ellos son los últimos que saben hablar y escuchar las llamadas de la tierra. Porque son sus hijos. Por eso no es necesario bendecirlos… porque ya nacieron benditos. Como ese fresno que durante décadas y también hoy ha colocado al amanecer del día de San Juan.

 

San Blas haria Aratusteen amaieran erretzen denean…

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Noiz erre san blas haria?

Sarri idatzi izan da San Blas egunean (otsailak 3) bedeinkatzen den kordoitxoaz. “San Blas haria”, “San Blas firua” edo, gaztelaniaz, “cordón de san Blas” izenez da ezaguna. Antza, herri-usteen arabera, ahalmen miresgarria zuen eztarriko gaitzak sendatzeko eta saihesteko, santuaren laguntza bermatua zuelako samaren inguruan epe zehatz batez zeramak.

Baina, noiz arte eraman behar haria lepoaren inguruan errituak bere onurak emateko?

Era guztietako erantzunak daude eta leku batetik bestera aldatzen dira. Gehien zabaldu izan dena (hedabideek ere eragina izan dute honetan) bederatzi egunekoa da. Ondo eta horren kontra ez dut ezer esango.

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Baina bada beste aukera bat, ni bizi naizen inguruan (Aiaraldea) oro har egiten dena eta gehiago gustatzen zaidana, zaharragoa izatearen itxura duelako. Eta ez da inon argitaratu. Hortaz lerro hauek…

Gurean, San Blas egunean jantzi eta lepoan eramaten da haria, Aratusteak amaitu arte, jai hauen azken aktoa izanda. Gutxira arte, ez dugu sardinaren hiletarik behar izan.

Hala bada, Aratuste (inauteri) asteartean, gauaren erdian, erre egiten da hari miraritsua. Horrek bukaera ematen dio Aratusteari eta hasiera Garizumari.

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Zenbait etxetan entzuna dut gauez lortzen ziren hari-errautsekin igurzten zirela ondoko eguneko mezakoak, Hausterre eguna zelako eta, ezaguna denez, hautsez ukitzen direlako gogorarazteko Garizumako penitentziak daudela eta hilkor eta ahulak garela biziaren aurrean.

Ez dakit nik egiazkoa izango ote den baina hala kontatu izan da. Gehienetan, eta jende gehienak ikusi eta egin izan duena izan da sutara botatzea, purifikazio erritu bat bailitzan.

Horrela gauzak, nire etxean, haria eramateko epea aldakorra da, Aratusteak mugikorrak direlako egutegian. Hala, urte batzuetan denbora luzez eramaten da haria saman. Baina, beste batzuetan, oso egun gutxian.

Harago joanda, nik susmoa dut bederatzi eguneko epe tinko hori jarriko zela bermatzeko gutxieneko epe batean eramango zela.

Aintzat hartu behar dugu, kasu muturrekoenean, otsailaren 3an bedeinkatu eta jar daitekeela haria eta gau horretan bertan erre behar izatea Aratusteen amaiera izanagatik. Baina lasai, gutako inork ez du ikusiko: 1818an gertatu zen azken aldiz eta 2285. urtera arte ez da berriz jazoko. Eta kasualitate susmagarria bada ere, Aratuste martitzena ezin daiteke inoiz ere San Blas eguna baino lehenago izan.

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Beno ba: zuek gehienok errea izango duzue dagoeneko. Baina gure etxean gaurko gauerdian ibiliko gara erretzen. Hortik aurrera, zerutarren ardura…

 

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Basaratuste: rito al bosque a punto de desaparecer

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En nuestra cultura popular vasca existe una curiosa ceremonia de invierno sobre la que no se ha reparado a pesar de lo excepcional de la misma. Se trata del Basaratuste o Kanporamartxo, en notable retroceso y limitado hoy en día a unos pueblos de Bizkaia. En lo que a la puesta en escena se refiere, queda reducido a un almuerzo en el monte, sin referencia alguna a su historia y su razón de ser. Es decir, es una fiesta a la que traicioneramente se le hurtó el alma, la esencia y su razón de ser. Qué pena…

Pongámonos en escena… Las fechas tradicionales de los carnavales son libres y variadas dependiendo de la localidad, si bien lo corriente es que se celebren en los tres días previos al Miércoles de Ceniza, es decir, domingo, lunes y martes, que dan paso a la Cuaresma. Insistimos una vez más, que debemos habituarnos a mirar más allá de esas fechas y ceremonias siempre enmascaradas por el cristianismo. Y es que los carnavales son mucho más, algo salvaje, atávico, montaraz… unas fiestas que nos hacen escuchar los latidos de la tierra que cada día besan nuestros pies.

La puerta a aquellos genuinos carnavales, a los auténticos, la abría en algunos lugares el jueves gordo o “de lardero” o, en otros, el Basaratuste. Era esta última una celebración que se hacía –y se hace– en el domingo previo al de carnaval. Hoy en día se conoce como “basaratiste”, “basatoste”, “basatuste”… y basta con citar su nombre para que la sonrisa y el brillo en los ojos afloren en los rostros de muchos de los ancianos a los que preguntamos. Porque recuerdan con nostalgia aquella tradición que, no pudiendo explicar cómo, dejaron perder para siempre. Eso sí: en contraprestación ahora no hay pueblo que no tenga su insustancial desfile y concurso de disfraces para que vanidosamente nos miremos al espejo y comprobemos lo geniales y auténticos que somos al ir a la calle disfrazados de gallinas o bucaneros.

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Pero lo nuestro es otra cosa… es el quedarnos con las nueces y dejar el ruido para otros. Porque aquí hablan nuestros antepasados: gritan y aclaman rogando que nos esforcemos por no olvidar aquellas ideas y formas de interpretar la vida suyas, aquellas con las que nos edificaron durante tantos siglos. Nada de fiestas estridentes y vocingleras… lo nuestro es el Basaratuste, cuyo precioso nombre, por cierto, se compone de “baso” y “aratuste”, es decir, ‘el carnaval del bosque’. ¿Hay quien dé más?

En los pueblos en los que aún lo practican se acude a unos lugares específicos, fuera de las zonas habitadas. Unos enclaves que se repiten año tras año y que “pertenecen” a la comunidad humana de un municipio, barrio o parroquia que se identifica en torno a él.

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Allí se asan productos del cerdo, nuestro gran animal totémico, cuasidivino en los ritos invernales. Se cocinan pinchados en un palo llamado “txitxi-burruntzi” o “txitxi-burduntzi”. Son celebraciones que, a pesar de ser minoritarias, suelen gozar de buena aceptación por lo salvaje y puro de las mismas.

Pero pocos o nadie parecen percibir que se trata de la reminiscencia de una antiquísima ofrenda de alimentos que se le hacía al gran bosque, de nuevo para que despertase y cogiese fuerzas para producir todo aquello que necesitaban los humanos. Con un ritual fuego purificador, omnipresente, y valiéndonos de esas ramitas que el mismo bosque nos facilita. Con un simbólico sacrificio animal incluido: el del cerdo.

Algunos historiadores retrotraen todo este tipo de ofrendas a antiguos sacrificios humanos ofrecidos a la tierra madre y que posteriormente fueron sustituidos por muertes de animales. Existen diferentes referencias similares a nuestro Basaratuste por todo el mundo, lo que invita a pensar en un origen común prehistórico para todas ellas.

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Se dice asimismo que, ante la dureza del invierno, resultaba muy complicado alimentar a los animales para mantenerlos vivos, por lo que se iban sacrificando paulatinamente. Así, además de eliminar una obligación ganadera, se conseguía alimentar a los humanos y a las divinidades en una época en la que la naturaleza no ofrecía alimentos. Porque el invierno de nuestros antepasados era básicamente oscuridad, hambre y frío.

Y de allí, miles de años después, recogemos hoy nuestro ignorado e inadvertido Basaratuste, nuestro Kanporamartxo… Curioso también que se haya mantenido en los pueblos en donde no se perdió el euskera, constatando una vez más que creencias y lengua fueron siempre de la mano.

En los pueblos de la comarca en donde yo vivo (Arrankudiaga, Ugao, Arrigorriga, Zaratamo, Arakaldo, Orozko…) tan extraordinaria fiesta es conocida como “Kanporamartxo”, nombre algo chocante y que no cuenta con interpretaciones etimológicas conocidas. Por mi parte sí me gustaría apuntar que, en sitios como Orozko, en las últimas reliquias de su euskera, se llama “martxo” al domingo de carnaval, probablemente relacionado con el nombre del mes de “marzo”. De ahí que en lo personal opine que probablemente “kanporamartxo” sea ‘el domingo carnavalesco que está fuera [del carnaval puramente dicho]’. Por aportar algo…

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Otras denominaciones con las que se nombra a este curioso ritual es el de Sasimartxo, ‘el carnaval del jaro’ (Zamudio, Derio…) o Basokoipetxu (Otxandio). En realidad este último caso sería “baso-koipetsu”, ‘la fritanga o asado del bosque’. En realidad, “koipetsu” significa ‘pringoso, grasoso’ pero, en pueblos como el mío, Laudio, se usa para denominar por antonomasia al tocino asado al “txitxi-burduntzi”.

Pero, sin duda, la denominación que más me encanta es la de Basaratuste, la del “carnaval del bosque”. Qué pureza, qué raigambre en lo más íntimo de nuestra cultura… pero además, nunca algo tan arcaico ha ofrecido mayor potencial para el futuro, ahora que se educa a los pequeños en la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente. ¡Qué manera más bonita para mostrar honores y gratitud al bosque que esta fiesta anual de su carnaval! Y pedirle que despierte y que un año más nos haga dichosos con su existencia… ¿o preferimos limitarnos sólo a los disfraces de vampiro y otras memeces similares?

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Kanporamartxo… Basaratuste… Recordemos para finalizar que, en el occidente vasco, el carnaval ha sido conocido como Aratuste, término a recuperar y defender como elemento patrimonial que es. Hoy, desdichadamente y al igual que nos sucede con la reducción del complejo carnaval a un simple disfraz, nos arrastra una empobrecedora globalización cultural, aun cuando esta sea vasca. Y en los reinos del Aratuste gobierna ahora el extraño Inauteriak, haciendo agonizar al primero.

Yo estoy ansioso ya porque llegue el día. Como recogió en su manuscrito (1567) Joan Pérez de Lazarraga, el segundo escritor en euskera, “…alegere baxe sekula triste, nik diot egun dala aratixte”, ‘alegre pero jamás triste, porque digo yo que hoy es Aratuste’. El bosque nos espera…

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PROPUESTA DE ENCUENTRO

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El Basaratuste o Kanporamartxo de este año es, según lo comentado, el domingo día 19 de febrero. Por ello os ruego que, cada uno en la medida de sus posibilidades, lo celebre para intentar reencontrarnos con aquello que fuimos, para revivir aquella comunión milenaria que nos fusionó durante siglos con los bosques. No vivirlo como un elemento extraño sino como algo afable, cercano e íntimo.

Y si alguien no sabe cómo hacerlo, aquí va mi invitación. En el municipio de Laudio existe un lugar de nombre Lezeaga, en el que según las creencias locales habitan lamias y el ser mitológico más renombrado y temido del lugar: la bruja de Lezeaga. Para más inri, existe en aquel paraje un punto denominado Sorginlarren, ‘la era de las brujas’ que es en donde nos juntaremos los que queramos compartir un grato momento. No es un punto tradicional de Kanporamartxo sino que este año damos inicio a una nueva tradición que espero dure muchos años más. No está alejado ni exige esfuerzos montañeros. Desde el barrio de Ugarte, el más cercano, serán no más de veinte minutos, la mayoría por asfalto.

Para cuando lleguéis habrá unas buenas brasas de carbón, que será mi regalo personal para los que allí vayáis. Allí, incrustados en algún palo o como prefiráis, asaréis los chorizos o tocino que traeréis de vuestras casas. Y seremos felices por habernos conocido, hermanados para siempre bajo la bendición del benefactor bosque. Sólo si no llueve a mares, claro está. No lo organiza nadie y sí todos: nada de exigencias y sí responsabilidad individual para no dejar basuras, etc. Tenemos que hacer una fiesta bonita, intensa, llena de calidez… algo que jamás olvide el bosque al que se la organizamos y ofrecemos.
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Neguari, argi eske

Neguari, argi eske

Gizakia gizaki denetik, beldurra izan dio neguari. Horregatik, gure arbaso urrunen helburu nagusia zen urtaro latz hori ahalik eta azkarren igarotzea… ahalik eta ondoen… bizirik, azken finean.  Horretarako, ez zuen konfiantza nahikorik berarengan edo bere tribuaren indarretan eta, desesperazio ezindu hartan, mesedea eskatu behar zien bestaldeko indarrei, kosmosari edo dibinitateei , esan bezala, nola edo hala, argi urriko egun haiek zeharkatzeko.

Zer esanik ez, itxuraldaturik iritsi zaizkigu behinolako erritu haiek. Baina hor ditugu, eskuartean, ehunka edo milaka urte dituzten ohitura batzuen azken testigantzak, betiko galdu aurretiko azken uneotan.

Horra doazkizue nire eskarmentu pertsonaletik erauzitako ohar hauek, bizirik ditudan aita eta amari sutondoan, bazkalosteetan, presarik gabeko arratsalde euritsuetan entzundakoak, haiek nik ez bezala, barru-barrutik sentitu eta praktikatu dituztelako herri-ohitura horiek, negu bat bestearen atzetik garaitzeko.

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Gaur egun, nahikoa da etengailu bat aktibatzea ezkutuko iluntasunari, hau da, gaizkiaren mendeetako bizitoki kontrolaezinari diogun beldurra uxatzeko. Alabaina, ez da horrela izan herri gisa egin dugun bidearen zati handienean. Duela gutxi arte, negua iristeak, hotza, gabezia eta pobrezia ez ezik, indar txarren ahalduntzea ere bazekarren, “beste aldekoena”, oso argi ordu gutxi izanik inoiz baino gehiago hedatzen baitziren. Ziurgabetasuna eta beldurra, azken finean.

Hainbestekoa zen, ezen bizirik irautea ere zalantzan jartzen baitzen. Edozelan ere, garai hori gainditu beharra zegoen; gutxienez, kukuaren kantua entzun arte: urte bateko iraupena bermatzen zuen dudarik gabeko ikurra. Eta hobe zen entzutean poltsikoan dirua izatea, ordutik aurrera gabeziarik gabe bizitzearen sinboloa baitzen.

Gure herrian, gure aitita-amamek hainbat erritu praktikatzen zuten: belaunaldiz belaunaldi errepikatu dira ohiturak, zeruen, jainkoen edo, urrunago joan gabe, patuaren faborea bilatzeko helburuarekin.

GABONAK
Gabonetan hasten zen dena, argi gutxien zuten urteko egunetan: etxeetako sua berritu egiten zen, detailez jositako liturgia aparta batekin. Ezin dugu ahaztu sua dela eguzkiaren etxeko errepresentazioa, gaizkiaren indarraren kontra –beti iluntasunaren aldean– borrokatzeko
talisman bakarra erlijioak iritsi bitarte.

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Bada, Laudion XX. mendearen hasiera arte basotik oso enbor handia hartzen zuten sua egiteko, urte osoan etxeetan piztuta mantendu behar zena. Haren errautsek kortak, zelaiak, ibai zabalak eta abar bedeinkatzeko balio zuten; baita etxebizitzak piztiengandik eta ekaitzetatik babesteko ere. Ez da zaila zuhaitz magiko hori antzeko erritu batzuekin lotzea. Esaterako, Kataluniako “Tió nadal”, Aragoiko Gabonetako “tronca” edo “toza”, Europa iparraldeko Eguberrietako zuhaitza… denak ere kristautasuna zabaldu aurrekoak, dudarik gabe. Ezta “Olentzero”, Kantabriako “Esteru”, Galiziako “Apalpador” eta abarrekin lotzea ere.

Gabonetako enbor magiko horri “Olentzero-enborra” esaten zitzaion hainbat herritan. Neguan irauteko zuhaitz oparoa, emankorra eta elikagaiduna; egun, hainbat opari, jostailu eta abar bilakatua.

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Halaber, ezin genezake ahantz mantelaren azpian Gabon gauean moztutako lehen ogi zatia gordetzeko tradizioa; batzuek badugu ohitura hori oraindik. Urte osoan amorrua sendatzeko balio zuen, etxea babesteko… baita beste helburu batzuetarako ere, egun ahaztuak dauden arren; gainezka egitear zeuden uholdeak beheratzeko, adibidez.

Honetaz, zerbait dugu idatzia “el arca de no se” blogean:

http://blogs.deia.com/arca-de-no-se/2016/12/23/pan-magia-y-rituales-en-nochebuena/

Baina ez zen ogia magikoa zen bakarra, Gabon gaueko afari osoa baizik. Hainbestekoa zen haren garrantzia, ezen animaliekin ere konpartitzen baitzen haren onura. Hala, duela urte gutxi arte, baserrietan gau horretan hobeto ematen zitzaien jaten txakurrei, ardiei, untxiei, oiloei eta abarrei. Beti bukatzen zuten astoarekin, baserriaren ekonomiaren aliatu handiarekin, nahiz eta traturik okerrena eta umiliagarriena hark hartzen zuen.

Eguberria pasatutakoan, oroigarri txikiak trukatzeko erritua iristen zen: komunitatearen babesa sinbolizatzen zuten, zorigaizto indibidualen aurrean. “Agilando” gabonsaria zen, gerora “aguinaldo” bihurtuko zena. Mutilek neskei Urteberri eguneko arratsaldean egiten zieten oparia. Neskek mutilei, berriz, Errege edo Epifania egunean egiten zizkieten.

SAN ANTON
Gabonak igarota, laster iristen zen kristautasunaren lehen eremitatzat hartua den santuaren jaia: San Antonio Abad, “San Anton” ere esaten zaiona. Etengabe erritu jakin batzuk egiten zituzten, egun goibel horietan zortea alde edukitzeko. “San Antón, huevos a montón” esaten
da, argia ordu erdiz luzatzea nahikoa baitzen oilo erruleak aktibatzeko. Beste ohitura bat santu horren estanpa kortetan jartzea zen, ondasunik handienaren babesle zelakoan: etxeko abereen babesle. Egun hotz horiek egokiak ziren beste txerriren bat sakrifikatzeko; horra hor, gaztainekin batera, neguko goseari aurre egiteko miraría.

Jada gogoratzen ez den arren, ohitura zen errituetan sua piztea ere, eta animaliei jaiko tratua ematea. Egun horietan mandazainen mandoek ez zuten lanik egiten; normalean ukuiluratuta egoten ziren animaliei euren kasara paseatzen eta bazkatzen uzten zieten eta abar.

Arrautzak

KANDELERIO
Egun bat geroago iristen zen Kandelaria edo Kandelerio eguna, otsailaren 2an, urteko erritu gehien pilatzen duen garaiari hasiera emanez. Hala, elizako kandelak bedeinkatzen ziren. Bolada labur batean piztuta egon behar zuten kandelek tenpluan, botere osoa eskura zezaten. Horren ostean, ekaitzen kontra erabil zitezkeen, haiek uzta arriskuan jar baitzezaketen. Gatz pixka bat botatzen zitzaien pizten zirenean, eta suari ereinotz bedeinkatua gehitzen zitzaion. Hori gutxi balitz bezala, aizkora bat jartzen zen etxetik urrun, alde zorrotza gora zuela; eliza eta ermitetako kanpaiak jotzen ziren, edo apaiz batek hodeien kontra botatzen zuen bere zapatetako bat, ekaitzak hartu behar zuen norabidea adierazteko.

Kandelen egunak Jesus jaio zenetik 40 egun igaro zirela adierazten du, erditzear zen edozein emakumerentzako beharrezko purifikazio ezarritako epea. Haatik, Laudioko emakumeek ezin zuten ez elizara ez etxetik kanpo atera 40 egunetan. Badira oraindik ondo gogoratzen duten bizilagun edadetuak.

SAN BLAS
Kandelen egunaren hurrengoa San Blas da, gizaki eta animaliei jaten ematekoa, elikagaien beste bedeinkapen batekin –berriz ere etxeetako patuaren parte izanez–, era horretan osasuna bermatzeko. Haria bedeinkatzea ere ohitura zen, eta da orain ere, eztarria urte osoan babesteko. Tokian-tokian aldatzen bada ere, Laudion hauxe da ohitura errotuena: soinean eramatea, harik eta Aratusteetako astearte gauean, Hausterre egunaren bezperan, sutan erretzen den arte. Nola data horiek aldakorrak diren, urte batzuetan haría aste askoan eraman behar izaten dira lepoan, eta beste batzuetan, berriz, aurten bezala, aste batean baino ez.

Benantzio

SANTA AGATA BEZPERA
Atseden egun baten ondoren, beste gau magiko bat dator: Santa Agata bezpera, ugalkortasunaren aktibazioa, kristautasunak ezarria bularrak — gure lehen bizi-iturria— moztu zizkioten santu baten omenez.

Izan ere, gure nagusien esanetan, egun horietatik aurrera hasten da belarra hazten, lehen kimuak azaltzen, hegaztiak ugaltzen… Bizitza hasten da, esnatzen da… Lokartutako lurra estimulatzeko ez dago ezer hoberik lurra erritmo etengabean makilekin jo eta koru batekin laguntzea baino.

Donato

Duela mende bat, abesbatza hamalau lagunekoa izaten zen, eta zenbait multzo egiten zituzten, baserriak banatzeko. “Kantau edo errezau” esaldi erritualarekin hasten zen dena, lutoren bat errespetatu beharko balitz aukera izateko.

Inprobisatutako kopla sortek, koruak errepikatutako leloekin, etxeko neska ezkongaia aipatzen zuten, edo senargaiengandik espero ziren opariak. Txanpon batzuk izan ohi ziren, edo, are opari hobea, bazkariren bat, hurrengo eguneko askarian bukatzen zena, erremediorik gabe…

Euskarazko kopla horien ohitura gaztelerazko beste abesti batekin desagertu zen (“Esta noche, día cuatro víspera Santa Águeda y mañana día cinco será su festividad…”) eta, gero, Evaristo Bustintza “Kirikiño” (1866-1929) Mañariako idazle ezagunaren Aintzaldu etorri zen.

Arloteak

Aipatutako eguna pasatutakoan, aldakorra zen epe batek osatzen zuen Aratusteekiko (inauterietako) zubia. Aldakorra, zeren Aratusteak Aste Santuaren arabera ezartzen baitira, eta Aste santua Pazko egunak markatzen baitu: udaberriko lehen ilbetearen ondorengo igandeak.

ARATUSTEAK
Laudion aratusteak igandean, astelehenean, eta,bereziki, asteartean izaten ziren. Ez du zerikusirik larunbatarekin, azken hamarkadetan txertatu da eta.

Altsasuko

Eta aurreko igandean, basoari eginiko eskaintza, Basaratuste (baso-aratuste) edo Kanporamartxo deitua: komunitate osoa baso bazter batera joaten zen eta joaten da txitxi-burruntzian prestatutako txerrikia jateko bertan.

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Aratusteetan ohikoa zen oilar batekin eskean ateratzea: oilarra, arazte erritu batean txarkeria guztien erruduntzat jo, eta akabatu egiten zuten. Tostadak eta txerri hankak ez ziren mahaietan falta. Kontrolik gabeko egun horietan ez ziren gutxi elizaren bueltan ikus zitezkeen mozorro irrigarri eta iraingarriengatik apaizek jarritako kexak.

Barrundia

GARIZUMA
Baina dena zen oparotasunaren irudi faltsua, haragirik, sexurik, alkoholik, dibertsiorik gabeko epe baten aurreko fasea, Aste Santura arte iraungo zuena. Izan ere, ordurako indartua zeuden eguzkia eta argia, eta inork ez zuen bere bizitza kolokan ikusten. Kukua entzuna zuten, eta hori bazen nahikoa nire herrian, euskaldunon herrian, bizitza beste urte batez bermatzeko…

 

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El alcornoque de Markuartu

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Markuartu (“Malkuartu” en la dicción popular generaliza actual) es un barrio ubicado en un alto entre Okondo y Laudio. Y es en su vertiente hacia esta última localidad, frente al caserío más antiguo de los que conformaban aquella aldea —hoy derruido—, en donde se encontraba un alcornoque grandísimo, de dimensiones descomunales, gigantesco para lo habitual en su especie. Por lo abrumador de su porte y por lo inaudito de esa clase de árbol, era muy conocido en toda la comarca. Era el reputado y nombrado “alcornoque de Markuartu”.

Y decimos “era” porque tal día como hoy pero de hace 35 años se derrumbó con gran estrépito, según comentaron los vecinos del lugar. Precisamente el ciclópeo tamaño fue el que firmó su sentencia de muerte, ya que era demasiada la superficie expuesta para hacer frente a aquellos vientos huracanados de fin de año.

Mi relación con el lugar ha sido siempre intensa, íntima, ya que de allí procede mi línea familiar paterna. Por eso aquel alcornoque era algo que estaba muy arraigado a mi alma ya que mi padre, tíos o abuelo —no llegué a conocer a mi abuela, la oriunda el lugar— nos lo mostraban siempre con grandiosidad, haciéndonos sentirlo como algo casi totémico, divino, extraordinario. No sé cómo describirlo, pero se esforzaban en transmitirnos la sensación de que aquello era especial, único, algo memorable y reverenciable, no un árbol más. Desgraciadamente, no conozco imagen alguna que lo inmortalizase.

Por eso su desplome y muerte fueron recibidos en el pueblo y en especial en mi entorno personal como una auténtica catástrofe, un drama.

La desdichada noticia generó no poco revuelo y pronto comenzaron las especulaciones. Hasta allí subieron una cohorte de sabelotodos, leguleyos, sabihondos y picapleitos que esperaban gozar su individual momento de gloria, empeñado cada uno de ellos en imponer como dogma universal sus más peregrinas divagaciones.

Al instante comenzaron a teorizar sobre su edad, algo que generó gran expectación ya que interesaba más la leyenda cargada de pasado glorioso que la visión entristecedora de aquel gigante caído. Primeramente se consultó a los lugareños que no dudaron en añadir sal al plato: “inmemorial”, “mi abuela murió con xx años ya lo conoció así”, “de siempre”… eran los datos más sólidos que podían ofrecer. Eso sí: aseverados con tanta contundencia que se acordó, por consenso del “consejo de ancianos”, que aquel alcornoque tendría más de tres siglos de vida. Aunque a algunos aquella cantidad les parecía escasa e indigna para la leyenda arbórea más grande que jamás había conocido la comarca. “De la época de los Reyes Católicos” fue la conclusión de los de aquella corriente de opinión disidente.

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Algunos, con métodos algo más científicos, practicaron un corte con la motosierra e intentaron contar los anillos que, como sabemos, determinan la edad del árbol. Pero su engorde había sido tan pausado como la historia de aquella aislada aldea, algo que frustró la iniciativa: se hacía difícil o casi imposible contabilizarlos. Sobre 400 anillos y años fue el consenso acordado viendo que no había otra solución mejor.

También pronto se aseveró —y hasta hoy en día es corriente escucharlo— que era el único alcornoque que habían conocido las tierras vascas, algo que lo hacía más sobrenatural aún.

Hoy sabemos que no es cierto. Por ejemplo, en Getaria existe uno declarado “árbol singular” por lo raro de la especie y por su gran edad. Y no es el único. Sin ir más lejos, en el mismo Markuartu existe hoy en día otro que, cuando menos, cuenta con un siglo de existencia y no sería extraño que fuese contemporáneo al derrumbado. Ha pasado siempre desapercibido porque el terreno rocoso sobre el que se arraiga, no le permitió medrar como su compañero de historias. Pero ahí ha estado y está.

Casi ahogado por unas invasoras mimosas, apenas nadie se percata de su existencia. Pero sí que es llamativa aquella contundente sentencia de decir que el caído era el único en Euskal Herria sin fijarse en que a 100 metros tenían otro congénere o sin escuchar a los lugareños, que siempre lo habían conocido allí. Así de rigurosos somos en los ambientes populares…

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En cualquier caso, aquel día de hace 35 años acababa de caer algo irrepetible: el más grande entre los alcornoques, el gigante, el único… nada que ver con ese pusilánime compañero.

En cierto modo dábamos las gracias por haber conocido aquel emblemático árbol en vida y en muerte, de ser vivos testigos de lo que en aquel recóndito lugar estaba sucediendo en esos precisos días: el destino nos había elegido para dar fe de aquel instante.

Recuerdo que, como si de una reliquia milagrosa se tratase, recogí emocionado una corteza que aún conservo con cierta devoción y admiración. Yo por entonces era un adolescente que vivía, bebía y gozaba con aquel nacionalismo resurgente tras décadas de represión y que necesitaba de historias y leyendas para insuflarle vida y edificar un próspero futuro.

También las casualidades de la vida me han llevado años después a formar parte de un grupo de amigos que cantamos en un coro callejero, de nombre “Los Arlotes”, y en cuyo local pusieron algunos de mis predecesores (K. Abrisketa, L. M. Ibarluzea y A. M. Santamaría), una rama del venerado alcornoque de Markuartu, para poder honrarlo y para no permitir que por nada del mundo quedase en el olvido. Con una nota en un euskera muy sui generis,  que nos aclara cualquier duda sobre las fechas.

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Fueron varias jornadas de vientos huracanados, generando numerosos destrozos en todo el país. Y, entremezclándose en aquella alteración, amanecimos al día siguiente con el disgusto del más legendario de nuestros árboles por los suelos y el extraño y rocambolesco secuestro del padre de Julio Iglesias por ETA. Un insólito fin de año, sin duda.

Escribo estas líneas con el trozo de corteza del memorable alcornoque de Markuartu entre manos. Gozoso porque cuando lo recogí hace 35 años adquirí el compromiso personal de trasmitir su memoria y inmensidad a las generaciones venideras. Hoy, en cierto modo, siento que estoy saldando aquella deuda pendiente. Porque hasta ahora nada se había escrito al respecto. Así, con estas líneas, elevo a la eternidad el recuerdo de aquel gigante, el alcornoque de Markuartu, el que creció durante siglos y siglos mirando orgulloso al Gorbeia. Qué digo siglos… ¡miles de años! O incluso más…

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POST SCRIPTUM (11-01-2017)

Tras la publicación de este post, una amable lectora (Josune Ibarra) me ha facilitado un recorte de periódico (29-12-1981) en el que se describe el acontecimiento recordado aquí. Me parece tan bonito lo expuesto y tan acorde con las sensaciones que yo os había intentado transmitir que, además de poner la imagen, os lo trascribo para facilitaros su lectura.
«EL ALCORNOQUE DE MALCUARTU, UNA MITOLOGÍA DERRIBADA
Los fuertes vendavales que padecimos días pasados y causaron en nuestro valle al igual que en toda la región, importantes daños materiales, fueron lo suficientemente duros como para dar por tierra con un árbol que para los llodianos de varias generaciones había venido siendo todo un mito: el alcornoque de Malcuartu.
El citado árbol, famoso por lo insólito de su ubicación, había extendido sus potentes raíces en el alto de Malcuartu a lo largo de los últimos trecientos años, siendo el único de su especie, no sólo de los que se asientan en Llodio, sino probablemente de toda Euskalerria.
Nadie en nuestros días, ni viejos ni jóvenes, han sabido a ciencia cierta el origen de tan singular árbol, que si común en otras latitudes y otros climas, por aquí de siempre se le ha visto como el mirlo blanco de nuestras ahora desamparadas especies.
En la tarde del pasado miércoles, día 29, toda la majestuosidad de este único ejemplar arbóreo, con sus veinticinco metros largos de envergadura, fue a dar con sus ramas en el suelo, no pudiendo con los envites del fuerte viento y después de soportar con espléndida altivez desde el mirador de Malcuartu el paso de varias generaciones de llodianos, amén de esas agresiones en su tronco (¡quién no cayó en la tentación de hacerse con un trozo de su corteza?) que en muchas ocasiones habían hecho peligrar su vida.
El alcornoque de Malcuartu pasa pues a la historia y al anecdotario de otras tantas y tantas cosas que fueron y que no volverán.

Pie de foto: “El vendaval de viento huracanado sufrido en los últimos días derribó el mítico alcornoque de Malcuartu” (Foto Montes)»

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Santo Tomás, mi abuelo y la renta del caserío

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Hoy, 21 de diciembre, es el día de Santo Tomás (San Tomas en euskera).
Quisiera tener un recuerdo para mi abuelo Martín Mugurutza Zendegi (1896-1972) que cada año, tal día como hoy, bajaba a pagar la renta anual del caserío en Markuartu (Laudio) al gran propietario y adinerado Enrique Escauriaza. Era en Bilbao, en donde todo bullía con la gran feria creada unas décadas atrás por Felix Garci-Arcellus, un personaje bilbaíno que vivió muchos años en Laudio.

La renta a abonar era una cantidad más bien simbólica de dinero, algún par de gallinas y unos huevos. También de vez en cuando unas nueces… o lo que había, porque mucho más no se podía.

El propietario, que sabía que de aquellos inquilinos necesitaban el dinero más que ellos, correspondía con buenos regalos, generalmente una gran bacalada, con la que mi abuelo volvía feliz y orgulloso en el tren.

Los regalos recibidos generalmente igualaban o superaban el valor de la renta. Debía de ser, como en la actualidad, que el espíritu de la Navidad hace que el día de hoy sea tan especial…

La imagen del encabezamiento es “El día de Santo Tomás”, pintado por José Arrue en aquellos años en que mi abuelo bajaba a pagar la renta. Era José Arrue gran amigo de aquel soñador Garci-Arcelus que decidió en 1915 hacer una gran feria para reforzar aquel comercio rural generado en el día de Santo Tomás con la bajada de tantos y tantos baserritarras para pagar sus rentas.

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