Misterios del cordón de San Blas

A pesar de que ya habían perdido el euskera décadas atrás, se intercambiaban como alegre saludo la frase ritual “Sanblasa agerian!!“, ‘¡el [cordón de] san blas a la vista!‘.

Era la manera de mostrar en comunidad la importancia del cordón de San Blas en aquel Laudio de 1935. Lo sabemos gracias a unas anotaciones manuscritas que José Miguel Barandiaran (antropólogo, etnólogo y arqueólogo vasco: 1889 – 1991), el famoso sacerdote ataundarra, tomó el primer día de ese año tras entrevistarse con un anciano local, J. C. Egia Orue. No es la única sorpresa que nos aportan aquellos apuntes que hoy sacamos a la luz.

El cordón de San Blas es un fino cordel de llamativos y variados colores que es bendecido el día del santo (3 de febrero) y se porta atado al cuello durante un período de tiempo para ser finalmente quemado. De hacerlo así, adquiere cualidades sobrenaturales y se convierte en el amuleto perfecto para protegernos de “todos los males de garganta“, sean cuales fueren éstos.

Poco sabemos del porqué de esta costumbre tan arraigada en el occidente vasco pero que, a su vez, es desconocida en la mitad oriental del territorio. Pero el hecho de que nos encontremos en el período de la reactivación de la naturaleza, el que se bendigan alimentos con los que salvaguardarnos con tan solo ingerirlos y que con idéntico fin se protejan los animales de la casa al darles espigas bendecidas, su relación con la llegada de pájaros de buen agüero como la cigüeña, etc. nos hace pensar en un posible origen previo a la cristianización, con raíces más profundas que el relato de que un eremita turco –luego declarado santo por la Iglesia– sanase a un muchacho que tenía una espina en la garganta.

Margarita Basterra Agirre, con sus mostachones y cordones bendecidos, infalibles talismanes para los males de garganta.

DE DÓNDE SURGE
No lo sabemos. Pero dentro de este desconocimiento, se han aventurado diversas especulaciones como que se comenzaría a utilizar en una epidemia en concreto u, otra más curiosa, que sugiere que parte de la bendición tradicional de los alimentos en ese día. Para llevar éstos (rosquillas, etc.) a la iglesia se usarían al parecer cordeles de vistosos colores e incluso alambres. Al llegar de nuevo al hogar, alguien en algún momento de la historia se percataría de que aquellos amarres estaban tan bendecidos como los alimentos mismos. Y por tanto podrían aprovecharse y usarse como protección en vez de tirarlos.

No deja de ser algo aventurado pero sí que encajaría con las notas de Barandiaran que nos dicen que, en el Laudio de hace casi un siglo, «se bendicen además [de los alimentos para personas y ganado y en referencia a los cordones del cuello] toda clase de collares metálicos o de hilo». Metálicos…

 

Nuria Larrinaga Ortiz muestra los cordones bendecidos para la numerosa familia.

HASTA CUÁNDO LO LLEVAMOS
Tras ser bendecidos en la misa de la festividad de San Blas se anudan en el cuello y no se retiran de él bajo ningún concepto. Pero no nos ponemos de acuerdo en el hasta cuándo.

En amplias zonas de Bizkaia –incluido el gran Bilbao, en donde esta costumbre goza de gran arraigo– suele portarse durante nueve días, lo que se conoce como una “novena” [‘práctica devota, dirigida a Dios, a la Virgen o a los santos, que se ofrece durante nueve días’, según la RAE].

En otros casos, los menos, se lleva durante una semana o incluso sin ninguna duración determinada.

Por el contrario, la práctica totalidad de los cordones-collares en Laudio, Enkarterri, Okondo, Orozko, Amurrrio… se retiran el Miércoles de Ceniza –los más rigurosos, al comenzar ese día, noche de martes de Carnaval– es decir, el inicio de un período de penitencias y recogimiento conocido como Cuaresma. Y, más que retirar, han de quemarse para recordárnos lo efímera que es la existencia humana.

Mi madre por ejemplo, siempre recuerda haberlo hecho en el fuego bajo, en la noche que media entre el martes de carnaval y el Miércoles de Ceniza. En nuestra misma cuadrilla de amigos lo hemos quemado varios años a la media noche del último día de carnaval, en la puerta de un conocido bar por el que andábamos gozando de la noche festiva.

Este calendario móvil plantea situaciones curiosas ya que en unos años llevaremos el cordón durante mucho tiempo y en otros, muy poco. Hay incluso casos extremos en que sólo se lleve un día por caer el Miércoles de Ceniza en el día 4 de febrero. Eso sucedió en 1573, 1668, 1761 y 1818, y ocurrirá de nuevo en 2285: creo que no lo veremos.

Por el contrario, en años como el 1546, 1641, 1736, 1886 y 1943 así como en el futuro 2038, será cuando más días llevemos el cordón al cuello, ya que el Miércoles de Ceniza será el 10 de marzo: un total de 35 ó 36 días en función de que febrero sea bisiesto o no. Un lío…

Como vemos, la fecha de la quema del cordón ha sido motivo de grandes corrientes del “pensamiento popular”, con apasionadas discusiones como si nos fuese la vida en ello. Por el contrario, aquel anciano de Laudio no tuvo reparos en declarar al sacerdote etnógrafo que «se acostumbra llevarlos al menos una semana o hasta el sábado siguiente o bien todo el año hasta el siguiente año». Y no era alguien extravagante sino una persona que había sido especialmente recomendada para contestar al cuestionario etnográfico por ser un destacado conocedor de las costumbres populares antiguas del pueblo.

En otro lugar de sus apuntes [también de 1935 y con un informante local anotado como “D. de “Isusi”] añade que los cordones estarán «…atados al cuello de cada uno de la familia. Lo han de llevar hasta el año siguiente». Añadiendo a continuación que «en caso de que a alguno se le rompiese en el transcurso del año, lo lanzará instantáneamente al fuego, después de hacer la señal de la cruz».

Un año al cuello… Y, sin embargo, hoy nos choca. Y aquello que antes debía ser normal hoy parece motivo de herejía.

Así las cosas, opino que esa rigidez en la fechas ha de ser moderna y, si bien su origen puede ser más antiguo, se generalizarían en el uso con la excesiva clericalización que la sociedad sufrió durante en franquismo. Y cuidado con la memoria que es traicionera…

El harri-jasotzaile –ya retirado– Venancio Ussia con el cordón benefactor al cuello.

LA OBLIGADA QUEMA
El acto de quemar el cordón era en sí tan importante como el de su bendición inicial ya que, sin el uno o el otro, carecería de poderes benefactores para la salud de la garganta. Hoy es algo que se ha olvidado y que pocos practicamos. Por eso invito a recuperarlo, especialmente si hay niños/as de por medio, ya que la incorporación del fuego dotará a todo ello de un halo de magia hechizante.

El cordón, en el momento previo a ser incinerado

Solía recogerse entre los dedos y, tras hacer una oración o santiguarse con él, se arrojaba al fuego, el elemento purificador por excelencia. A partir de ahí comenzaba a reinar la renuncia, la oscuridad, la mortificación del cuerpo… propios de la Cuaresma. Un período duro, temido e incluso odiado.

Por ello estoy seguro de que, hasta el mayor de los beatos, soñaría con que aquello finalizase cuanto antes y que llegase un nuevo año para poder saludarse airosos por la calle con aquel “sanblasa agerian!” que indicaba que nos iba más el carnaval que la cuaresma, la fiesta que la penitencia y la felicidad que la tristeza. Sanblasa agerian… orain eta beti. Izan zaitezte zoriontsu.

Anexo con las notas textuales tomadas por J. M. Barandiaran el 1 de enero de 1935:

«2 de febrero, San Blas
Bendición de objetos comestibles que se supone tienen eficacia contra las enfermedades, tanto en las personas como en los animales domésticos, principalmente el vacuno.
Consistía en pan, naranjas, galletas, espigas (enteras siempre) de maíz, etc.
Cuando enferma algún animal, se le administran. No existe para este caso ninguna fórmula ritual.
Se bendicen además toda clase de collares metálicos o de hilo. Se acostumbra llevarlos al menos una semana o hasta el sábado siguiente o bien todo el año hasta el siguiente año. 
Se les atribuye alguna eficacia como amuleto, creyéndose que al que los lleve no le atacará "ningún mal de garganta".
Es corriente entre erdaldunes la frase euskerica "SAN BLASA AGIRIAN" ('el san blas a la vista') cuando por algún motivo se deja ver.
NB: estas prácticas están en uso solamente en los caseríos»

 

 

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