El vino nos une

Este miércoles, como cada 11 de octubre de los últimos años, se celebra la Fiesta de los Txikiteros en Bilbao, especialmente en sus Siete Calles. A pesar de que… salvo honrosas excepciones, es uno de los entornos más hostiles para la noble afición, en donde menos se cuida el ofrecer vino de calidad mínimamente aceptable para el txikitero de a pie. Misión imposible.

De hecho, en cualquier barrio periférico de Bilbo o pueblo de Bizkaia las opciones para echar unos potes y no desguazar el estómago y la cabeza en el intento, son mucho más generosas.

No sé por qué en el entorno de “Bilbo zona cero” han renunciado al servir un buen caldo con tan solo tener que exclamar”¡un vino!”. Insisto, hay buenas excepciones, pero ello obliga a tener que conocer los lugares de antemano. Quizá suceda porque sus negocios estén basados en gran medida en el “ave de paso” y el “todo vale” y no en esa “única clientela” cuya fidelidad hay que mimar a diario.

La calidad tan escasa se ve acompañada a menudo de unos precios elevados, quizá como corresponda a la city. Pero, sea como fuere, con dicha fórmula no cabe otro resultado que el de la práctica extinción del txikiteo, aquel acto de socialización que, dicen, nos caracterizaba como pueblo.

Curiosamente los medios de información y las oficinas de turismo se empeñan una y otra vez en vendernos lo contrario, en que es algo vivo y actual que vamos a encontrar por nuestros cantones. Pero es más una añoranza que una realidad.

Y para hacer que nos lo creamos sacan en los medios de comunicación algunos txikiteros de atrezzo, de postín, actores ahuecados y puestos para la ocasión que poco o nada tienen que ver con aquellas grandes cuadrillas de obligada mancha en la camisa y de afonía nocturna por no poder cantar y reír ya más.

Quizá por ello, por ser conscientes de que tras la carroza no hay sino una calabaza, la asociación Txikiteroen Artean anda en lucha rebelde los últimos años, intentando dar la vuelta a la situación, haciendo que el txikiteo sea una seña de identidad como lo fue y no un engañoso anuncio de reclamo turístico. Supongo que no buscan la reactivación de aquellas cuadrillas de penitentes alcoholizados, sino una reinvención y actualización del acto social en sí, en el que el exceso diario sea tan sólo el de pasarlo bien.

¿Y por qué un 11 de octubre? Pues porque es la fiesta de la Virgen de Begoña a la que consideran su patrona. Y es que además, en esos recorridos de bar a bar, hay un conocido enclave desde donde la amatxu vigila los traspiés y excesos de sus hijos/as.

Aprovechando el tirón digo yo que, siendo quien es ella, ya podría obrar en algún milagro para forzar a mejorar la calidad de lo que se bebe, para engatusar a esos taberneros que, como son de Bilbao y cuidan tanto las handikerias se hacen llamar “empresarios hosteleros”. Ruega por nosotras/os, Madre de Bizkaia… y recuerda cómo también tu hijo logró ensalzar el buen vino hasta los altares.

¿Pero no es la virgen de Begoña el 15 de agosto? Sí, pero tiene doble celebración. Aquí todo se ve doble si no te agarra bien la alpargata al frenar.

Cachondeos aparte, en realidad es porque un 11 de octubre, pero de hace 117 años (1903) el papa Pío X declaró a la virgen de Begoña patrona de Bilbao y de toda Bizkaia. Y es aquel acuerdo lo que se celebra mañana.

Curiosamente, en aquel 1903, Begoña no era aún Bilbao ya que era una anteiglesia independiente con tres barrios: el de Begoña propiamente dicho, Bolueta y Santutxu. No fue hasta 1925 cuando se incorporaron al Bilbao que hoy conocemos… Ni 100 años. Pero no se los digáis a los que allí viven [y menos a mi suegra y cuñados, “de Santutxu-Bilbao de toda la vida”], ahora más bilbaínos que nadie, más papistas que el mismo Pío X.

Fuera de bromas, esa añoranza “bilbainista” tiene su razón de ser: la medieval villa de Bilbao se fundó (1300) sobre unas tierras que eran de la primitiva Begoña, una especie de expropiación forzada.

Begoña era por aquellos años de la canonización (1903), el lugar de expansión que necesitaba la villa de Bilbao, angustiada en aquellos limitadísimos terrenos junto a la ría. Begoña era el lugar de lo rural (baserri) frente a lo urbano (kalea), el solaz al que acudían en masa los bilbaínos, a beber fresco txakolin en las bodegas/merendero de nombre igual al del producto que en jarritas de medio cuartillo servían; allí iban a cantar y a encontrarse con “lo auténtico” que abajo no existía. Entorno en donde aún se hablaba aquel euskera que tan castizo y hasta gracioso parecía a los “kalekumes”. Son esas las tardes que idealiza Arrue en sus cuadros… Ay, Arrue…

Pues sin más divagaciones, que todo nos vaya bien en la fiesta y que recuperemos un poco la esencia de lo que somos. Nada de actores y sí más de interiorización de lo popular y del acto social que supone el txikiteo.

Por mi parte sólo dos favores a los organizadores, la asociación Txikitero Artean, a la que tanto tenemos que agradecer: uno, que eliminen ese extraño “festa” de la denominación del evento en euskera, porque además de ser horrible no nos es propio en los entornos bilbaínos. Txikiteroen jaia sin duda agradaría más a la amatxu de Begoña y a los libadores de taninos que en algo sientan su tierra.

Y, por otra parte, que luchen en cuerpo y alma para que la calidad del vino de poteo sea algo que pueda consumirse sin morir en el intento, sin que sea una actividad de riesgo: predicad en esos grises tugurios que no es sólo cuestión de palear al cliente sino de ofrecerle un vino con el que vaya a casa alegre, sintiéndose dichoso por los inmejorables momentos que ha pasado allí con sus amigos de siempre. Porque el vino nos une. Y si es bueno… mucho más.

¡Venga, saca otra vuelta! ¡La última!