A candela encendida

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Anoche fui un comensal más en la más sugerente y mágica de las cenas que uno pueda imaginarse. No por el menú o el ambiente, que también fueron inmejorables, sino por poder gozar de un cúmulo de costumbres ancestrales que, a modo de fósiles, han resistido excepcionalmente al paso de tiempo allí arriba, en la ermita de San Antón, encaramada en las nevadas laderas de Gorbeia. Acudí solo, casi de incógnito, rodeado de gente que no conocía, para así poder vivir en toda su intensidad el ritual que allí se esperaba. Noche inclemente y con la constante amenaza de nieve por lo que, para mi fortuna, acudió menos gente de lo habitual.

Fue en el barrio más alto de Baranbio, aquel al que los últimos euskaldunes locales denominaban Baranbiogoi. Una aldea que se mece entre los inconmensurables bosques de Altube y las gélidas laderas de Arna, en Gorbeia, sujetando como puede toda la riqueza etnográfica, histórica y arquitectónica que ha heredado, para que no se derrumbe para siempre.
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Por ello, por estar tan olvidados en aquel paraje, los poquísimos vecinos de Baranbiogoi viven con más pasión si cabe los rituales de su ermita, dedicada a San Antón, el patrón de los animales como bien sabemos. Porque es la fecha principal de su calendario y porque saben que el año que no lo repitan, se habrá deshumanizado para siempre aquel altivo y frío enclave. Así es que, este año una vez más, motivados de modo instintivo, han repetido la costumbre que, asegura el sacerdote, data al menos del siglo XVIII. Y allí estaba yo, dando fe.

Tras degustar una cena elaborada entre varios vecinos y que se come dentro de la misma ermita, llegó lo más extraordinario del festejo, lo que iba buscando.
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En el pórtico y en lo más cerrado de la noche, una vez elevados los ánimos con la ingesta previa, el alcalde pedáneo Jesús Mari Bernaola se vistió con una blusa tradicional y con la obligada txapela para dar comienzo a la puja de los lotes que las familias del barrio aportan y con la que pretenden sacar algún dinero para mantener la ermita durante el ejercicio siguiente. Estos dos últimos años se alterna en la labor con una vitoreada neska local llamada Karmele y que es en las que todos los vecinos depositan las esperanzas de continuidad de la tradición.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

Lotes de patas u orejas de cerdo desfilaron uno por uno junto a cazuelas listas para comer, añadidas botellas de vino y algún que otro gallo o capón que nunca faltan. Y los asistentes, siguiendo la tradición, pujan por ellos, envueltos por una nebulosa de alcohol, pasión y fervor. Las adjudicaciones se llevan a cabo siguiendo el antiguo procedimiento de las pujas “a candela encendida”, sin duda lo más interesante y excepcional del acto.

Para quien lo desconozca, los remates a candela encendida fueron el modo en el que se adjudicaban la mayoría de las contratas, generalmente de servicio público, como la ejecución de obras, el suministro de provisiones, etc. en todos nuestros pueblos, un método que una y otra vez nos aflora en la documentación histórica. Este modo de remate o puja tan entrañablemente nuestro desapareció desde que lo prohibiera la Ley de Enjuiciamiento Civil en 1881.
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Pero allí, en Baranbiogoi hizo su reaparición ayer, una vez más, 136 años después de aquel precepto derogatorio. En la más sugerente clandestinidad y encubierto por la noche y lo remoto del enclave.

Consiste en dar a conocer a todos los asistentes el lote por el que se va a pujar a continuación y del que se da el precio de salida que antes han acordado en una especie de tasación. Y… comienza la magia en el preciso instante en que se prende una cerilla o mixto que será seguida de otras dos más. Siempre en conjuntos de tres. Mientras sujeta la cerilla, el subastero va incitando a los presentes para que aparten ese día la sensatez y que se entreguen a la locura de una buena causa. La más alta puja que se haya realizado al consumirse la tercera cerilla es la que se lleva el lote. Pero, por añadir algo más de emoción, si se hubiese producido una puja en la tercera de las cerillas, se prenden otras tres, para dar opción a rematar a quien esté indeciso. Así indefinidamente hasta que una tercera cerilla se consuma sin postura alguna.

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A cada oferta, que se proclama en voz alta, el alcalde contesta con un simpático “ardaoa” o “vino”. Raudo acuden a donde el o la pujadora con un vaso de vino cocido (o mosto para quien no pueda beber alcohol) que han de ingerir. Así, según avanza la noche, los ánimos están cada vez más eufóricos y los bolsillos más desprendidos para hacer generosas ofertas. Doy por hecho que en tantos años habrá habido en las mañanas siguientes más de un dolor de cabeza y arrepentimiento por lo excesivo de lo pagado. Pero es así la costumbre y se repetirá año tras año sin que nadie la ponga en tela de juicio.
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Por lo que a mí respecta, pasada la media noche abandoné el lugar con todo el sigilo que me fue posible, sin ni siquiera despedirme, no queriendo interferir en el desarrollo del acto que era de sus vecinos y que se prolonga hasta altas horas. Borracho yo también, aunque de emoción, totalmente exaltado por lo que acababa de vivir, me lancé cuesta abajo por aquellas carreterillas que sin pudor alguno y con toda la pendiente posible buscan el valle principal que duerme a sus pies, aquel que, al enlazar con la carretera que baja de Altube me devolvió a la normalidad, a la realidad.

Hoy todavía me froto los ojos y me pregunto si no habrá sido un sueño el hacer presenciado allí arriba un remate a candela encendida, aquel método de subastas que fue tan común en nuestro país pero que desapareció de entre nosotros hace más de un siglo. Frío, fuego, vino, griterío y aquellas cerillas… aquellas cerillas que me volvieron loco de alegría por el simple hecho de haberlas visto encenderse allí una vez más.
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Mila esker, bihotz-bihotzez han izan zineten guztiei, bereziki Jesus Mari Bernaolari eta Leire Lusarretari. Hurrengo urtera arte.

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El alcornoque de Markuartu

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Markuartu (“Malkuartu” en la dicción popular generaliza actual) es un barrio ubicado en un alto entre Okondo y Laudio. Y es en su vertiente hacia esta última localidad, frente al caserío más antiguo de los que conformaban aquella aldea —hoy derruido—, en donde se encontraba un alcornoque grandísimo, de dimensiones descomunales, gigantesco para lo habitual en su especie. Por lo abrumador de su porte y por lo inaudito de esa clase de árbol, era muy conocido en toda la comarca. Era el reputado y nombrado “alcornoque de Markuartu”.

Y decimos “era” porque tal día como hoy pero de hace 35 años se derrumbó con gran estrépito, según comentaron los vecinos del lugar. Precisamente el ciclópeo tamaño fue el que firmó su sentencia de muerte, ya que era demasiada la superficie expuesta para hacer frente a aquellos vientos huracanados de fin de año.

Mi relación con el lugar ha sido siempre intensa, íntima, ya que de allí procede mi línea familiar paterna. Por eso aquel alcornoque era algo que estaba muy arraigado a mi alma ya que mi padre, tíos o abuelo —no llegué a conocer a mi abuela, la oriunda el lugar— nos lo mostraban siempre con grandiosidad, haciéndonos sentirlo como algo casi totémico, divino, extraordinario. No sé cómo describirlo, pero se esforzaban en transmitirnos la sensación de que aquello era especial, único, algo memorable y reverenciable, no un árbol más. Desgraciadamente, no conozco imagen alguna que lo inmortalizase.

Por eso su desplome y muerte fueron recibidos en el pueblo y en especial en mi entorno personal como una auténtica catástrofe, un drama.

La desdichada noticia generó no poco revuelo y pronto comenzaron las especulaciones. Hasta allí subieron una cohorte de sabelotodos, leguleyos, sabihondos y picapleitos que esperaban gozar su individual momento de gloria, empeñado cada uno de ellos en imponer como dogma universal sus más peregrinas divagaciones.

Al instante comenzaron a teorizar sobre su edad, algo que generó gran expectación ya que interesaba más la leyenda cargada de pasado glorioso que la visión entristecedora de aquel gigante caído. Primeramente se consultó a los lugareños que no dudaron en añadir sal al plato: “inmemorial”, “mi abuela murió con xx años ya lo conoció así”, “de siempre”… eran los datos más sólidos que podían ofrecer. Eso sí: aseverados con tanta contundencia que se acordó, por consenso del “consejo de ancianos”, que aquel alcornoque tendría más de tres siglos de vida. Aunque a algunos aquella cantidad les parecía escasa e indigna para la leyenda arbórea más grande que jamás había conocido la comarca. “De la época de los Reyes Católicos” fue la conclusión de los de aquella corriente de opinión disidente.

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Algunos, con métodos algo más científicos, practicaron un corte con la motosierra e intentaron contar los anillos que, como sabemos, determinan la edad del árbol. Pero su engorde había sido tan pausado como la historia de aquella aislada aldea, algo que frustró la iniciativa: se hacía difícil o casi imposible contabilizarlos. Sobre 400 anillos y años fue el consenso acordado viendo que no había otra solución mejor.

También pronto se aseveró —y hasta hoy en día es corriente escucharlo— que era el único alcornoque que habían conocido las tierras vascas, algo que lo hacía más sobrenatural aún.

Hoy sabemos que no es cierto. Por ejemplo, en Getaria existe uno declarado “árbol singular” por lo raro de la especie y por su gran edad. Y no es el único. Sin ir más lejos, en el mismo Markuartu existe hoy en día otro que, cuando menos, cuenta con un siglo de existencia y no sería extraño que fuese contemporáneo al derrumbado. Ha pasado siempre desapercibido porque el terreno rocoso sobre el que se arraiga, no le permitió medrar como su compañero de historias. Pero ahí ha estado y está.

Casi ahogado por unas invasoras mimosas, apenas nadie se percata de su existencia. Pero sí que es llamativa aquella contundente sentencia de decir que el caído era el único en Euskal Herria sin fijarse en que a 100 metros tenían otro congénere o sin escuchar a los lugareños, que siempre lo habían conocido allí. Así de rigurosos somos en los ambientes populares…

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En cualquier caso, aquel día de hace 35 años acababa de caer algo irrepetible: el más grande entre los alcornoques, el gigante, el único… nada que ver con ese pusilánime compañero.

En cierto modo dábamos las gracias por haber conocido aquel emblemático árbol en vida y en muerte, de ser vivos testigos de lo que en aquel recóndito lugar estaba sucediendo en esos precisos días: el destino nos había elegido para dar fe de aquel instante.

Recuerdo que, como si de una reliquia milagrosa se tratase, recogí emocionado una corteza que aún conservo con cierta devoción y admiración. Yo por entonces era un adolescente que vivía, bebía y gozaba con aquel nacionalismo resurgente tras décadas de represión y que necesitaba de historias y leyendas para insuflarle vida y edificar un próspero futuro.

También las casualidades de la vida me han llevado años después a formar parte de un grupo de amigos que cantamos en un coro callejero, de nombre “Los Arlotes”, y en cuyo local pusieron algunos de mis predecesores (K. Abrisketa, L. M. Ibarluzea y A. M. Santamaría), una rama del venerado alcornoque de Markuartu, para poder honrarlo y para no permitir que por nada del mundo quedase en el olvido. Con una nota en un euskera muy sui generis,  que nos aclara cualquier duda sobre las fechas.

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Fueron varias jornadas de vientos huracanados, generando numerosos destrozos en todo el país. Y, entremezclándose en aquella alteración, amanecimos al día siguiente con el disgusto del más legendario de nuestros árboles por los suelos y el extraño y rocambolesco secuestro del padre de Julio Iglesias por ETA. Un insólito fin de año, sin duda.

Escribo estas líneas con el trozo de corteza del memorable alcornoque de Markuartu entre manos. Gozoso porque cuando lo recogí hace 35 años adquirí el compromiso personal de trasmitir su memoria y inmensidad a las generaciones venideras. Hoy, en cierto modo, siento que estoy saldando aquella deuda pendiente. Porque hasta ahora nada se había escrito al respecto. Así, con estas líneas, elevo a la eternidad el recuerdo de aquel gigante, el alcornoque de Markuartu, el que creció durante siglos y siglos mirando orgulloso al Gorbeia. Qué digo siglos… ¡miles de años! O incluso más…

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POST SCRIPTUM (11-01-2017)

Tras la publicación de este post, una amable lectora (Josune Ibarra) me ha facilitado un recorte de periódico (29-12-1981) en el que se describe el acontecimiento recordado aquí. Me parece tan bonito lo expuesto y tan acorde con las sensaciones que yo os había intentado transmitir que, además de poner la imagen, os lo trascribo para facilitaros su lectura.
«EL ALCORNOQUE DE MALCUARTU, UNA MITOLOGÍA DERRIBADA
Los fuertes vendavales que padecimos días pasados y causaron en nuestro valle al igual que en toda la región, importantes daños materiales, fueron lo suficientemente duros como para dar por tierra con un árbol que para los llodianos de varias generaciones había venido siendo todo un mito: el alcornoque de Malcuartu.
El citado árbol, famoso por lo insólito de su ubicación, había extendido sus potentes raíces en el alto de Malcuartu a lo largo de los últimos trecientos años, siendo el único de su especie, no sólo de los que se asientan en Llodio, sino probablemente de toda Euskalerria.
Nadie en nuestros días, ni viejos ni jóvenes, han sabido a ciencia cierta el origen de tan singular árbol, que si común en otras latitudes y otros climas, por aquí de siempre se le ha visto como el mirlo blanco de nuestras ahora desamparadas especies.
En la tarde del pasado miércoles, día 29, toda la majestuosidad de este único ejemplar arbóreo, con sus veinticinco metros largos de envergadura, fue a dar con sus ramas en el suelo, no pudiendo con los envites del fuerte viento y después de soportar con espléndida altivez desde el mirador de Malcuartu el paso de varias generaciones de llodianos, amén de esas agresiones en su tronco (¡quién no cayó en la tentación de hacerse con un trozo de su corteza?) que en muchas ocasiones habían hecho peligrar su vida.
El alcornoque de Malcuartu pasa pues a la historia y al anecdotario de otras tantas y tantas cosas que fueron y que no volverán.

Pie de foto: “El vendaval de viento huracanado sufrido en los últimos días derribó el mítico alcornoque de Malcuartu” (Foto Montes)»

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Este domingo, akelarre

AQUELARRE

Mañana domingo, mientras los lugareños estén celebrando la fiesta de San Martín en torno a su iglesia parroquial, 75 personas (más quien todavía quiera sumarse) pasaremos a su lado. Aunque sin caer en la tentación ya que continuaremos en nuestros vehículos hasta el barrio superior de Arrugaeta, en la zona más humanamente intrincada de Orozko (Bizkaia). Porque nos vamos de akelarre… Por cierto, una aberración por nuestra parte ya que según las creencias locales, los akelarres se celebraban en viernes: jamás un domingo, el día del Señor.

No pretende ser ninguna muestra de irreverencia hacia nadie ni hacia ningún credo pero desde luego que nuestra visita (6 km andando en total) va a ser bastante más interesante y sugerente que la misa que en honor al santo titular de la parroquia se va a celebrar a las 11:00 h. Y es que ese precioso entorno de montaña recoge como en ningún otro lugar infinidad de extrañas creencias. Todo en un mínimo espacio: la peña de Trangatx y su collado inferior, Aibelaga, histórico paso entre Orozko y Zeberio.

Garaigorta

ANBOTOKO SEÑOREA
Está anunciado mal tiempo, además. Algo que suele atribuirse por estos lares a la diosa Mari, aquí conocida como Anbotoko Señorea. No en vano, ya se sabe de su presencia en estos barrios y cumbres, tal y como publicó en 1989 el añorado irundarra Luis Pedro Peña Santiago: “Según nos contaron, unos hombres del barrio de Arrugaeta de Orozko fueron a por helecho a los montes próximos del Valle. Estando en esta tarea se levantó un viento muy fuerte y el cielo se ensombreció. Fue entonces cuando mirando a lo alto, vieron cruzar por el cielo una enorme bola de fuego que se desplazaba a gran velocidad. El de más edad de entre ellos les dijo que esa bola era Anbotoko Señorea que iba de su morada en las proximidades de la cima de Anboto a su cueva de Gorbea. Quienes vivieron estos momentos contaban todavía muchos años después que aquella visión les dejó paralizados, asombrados, hasta el punto de que no pudieron recoger el helecho que habían ido a buscar, y que incluso los bueyes se asustaron y no los pudieron dominar durante largo rato”.

Dejaremos los coches en ese elevado y precioso barrio para partir por un camino que recorre, desde hace siglos, su ladera con gran suavidad, haciendo que apenas percibamos los desniveles: se trata de la carretera (camino de carros) de Komentsola, ruta otrora mercantil entre Orozko y Zeberio. Su punto culminante es el collado de Aibelaga, un altivo lugar consistente en una exigua planicie que rápido se desparrama de nuevo camino a los valles septentrionales.

GENTILES VIOLADORES
Inundan este paso de Aibelaga diversas de leyendas de gentiles (gigantes mitológicos) a los que se les atribuye todo tipo de fechorías. La más destacada sea quizá el rapto de una muchacha a la que supuestamente violaron. No sería de extrañar que estos relatos nos estén en realidad describiendo sucesos ocurridos con los soldados del cercano castillo de Untzueta. Es decir, un salto en el tiempo de 800 años. Ya lo detallaremos con más precisión in situ.

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KATALIN, KATALIN
Aún más sobrecogedor es, si cabe, el relato de lo sucedido a un vecino oriundo de Zeberio pero que vivía en Arrugaeta. Fue a visitar a la familia en su casa natal y, para cuando se dio cuenta, ya había se había echado la noche. Preocupado, emprendió el regreso por Aibelaga, como tantas veces había hecho. Ya en el collado se escuchó una voz sobrenatural que gritaba “Katalin!, Katalin!!”. Sobresaltado, preguntó nuestro personaje a ver qué pasaba. Ya se había apoderado el miedo de él porque, a la luz de la luna, veía que realmente no tenía a nadie a su lado. Entonces un fuerte alarido gritó de nuevo “Katalin!” en su mismo oído. Presa del pavor corrió alocadamente y sin mirar hacia atrás hasta el caserío, a donde llegó agonizante de espanto.

LA DENUNCIA DE KATALINTXE
“Katalin” gritaba aquella voz del más allá… Curioso nombre porque Katalintxe (Katalintxa, un diminutivo arcaico de Katalin, como neska > neskatxa) fue una niña que con ocho años declaró que ella conocía brujas, haciendo una descripción de los akelarres y método empleados por aquellos siniestros seres. Tanto que todo ello acabó en un proceso judicial (1555-1558) conocido como el “proceso de Zeberio” en el que se enjuiciaron diecisiete mujeres”. Por cierto, una de ellas, de nuestro barrio de Arrugaeta. Y habló Katalintxe en su relato de los encuentros brujeriles… Encuentros brujeriles que fueron también afamados en Aibelaga-Trangatx.

Kartela

AKELARRES
Y es que aún hoy en día es bien conocido en la tradición popular que ese collado y anexa peña de Trangatx (también conocida por peña de Garaigorta en referencia al nombre del barrio inmediatamente inferior) es el lugar de los aquelarres en el municipio de Orozko.

GIZOTSO, EL HOMBRE LOBO
Por si fuera poco, es creencia que ese entorno de Aibelaga era el lugar preferido de Goizotso para hacer sus fechorías. Era un terrorífico ser, mezcla entre humano y lobo. Un ser cruel del cual se rememora cómo persiguió a una muchacha que pasaba por aquel collado y le arrancó a mordiscos los pechos… por mucho que intentó huir corriendo y varias personas fueran testigos impotentes del trágico suceso.

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ALMAS ERRANTES
Quizá algo tenga que ver todo ello en esa tradición que dice que de noche, se escuchan en ese collado ruidos de cadenas, probablemente de almas errantes que no consiguen encontrar el descanso eterno.

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INEXPLICABLES LUCES AZULES
Y por qué no atribuir también a esos espíritus en pena las luces azules que en diversas ocasiones y durante generaciones han avistado los lugareños en la ladera norte de Trangatx (hacia Zeberio) y el mismo Aibelaga. Tan conocidas que hasta tienen nombre propio: “intzentsu-argiak”. Incienso… similar al olor a aceite que inequívocamente nos indica, según la creencia popular de estas aldeas, la presencia de almas errantes.

CAMPANA RELLENA DE URREGORRI
Cómo no, tan extraordinario entorno no podía quedar privado de su leyenda de tesoros. Pues bien: se cuenta que en Trangatx existe escondida en una pequeña cavidad de la peña una campana repleta de objetos de oro. El oro, “urregorria”, omnipresente en las más bellas leyendas de Gorbeia… A pesar de los diversos intentos, aún no lo ha localizado nadie. Por si alguno se anima, la referencia popular es clara e inequívoca: se encuentra en el lugar en donde primero pegan los rayos de sol al amanecer.

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EN DONDE PEGA EL SOL
Como interpretación personal opino que, probablemente, una vez más, esta leyenda haga referencia a un yacimiento o a ajuares de enterramientos prehistóricos. Y ya contaremos algo porque en una pequeña cuevecita del lugar se han encontrado restos humanos. Todavía es algo sin comunicar y que no puedo adelantar pero… allí están desde hace miles de años… En donde primero pega el sol…

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Existen aún más relatos que hacen de ese lugar de Aibelaga-Trangatx algo sobrecogedor, extraordinario y único para nuestro patrimonio cultural. Sin embargo ya es un bagaje desconocido, a punto de desaparecer, algo que no se enseña en ninguna escuela ni lo conocen los jóvenes del municipio: se rompe la cadena.

Por eso queremos luchar contra su olvido. Y allí estaremos mañana, domingo 13 de noviembre, 75 guerrilleros de la resistencia cultural. Aunque llueva, porque el compromiso es ya firme e irreversible: vamos a por ello. Si te quieres sumar a esa columna humana estás a tiempo: mañana a las 9:30 h en el Museo de Orozko, Zubiaur, plaza del pueblo. Recuerda además que las humildes fiestas de San Martin, al bajar de Arrugaeta, nos curarán todas las heridas de guerra. Y, para las 14:00 h. cada mochuelo a su olivo, felices de haber sido partícipes en una causa tan justa y enriquecedora.

EDICIÓN FINAL, POSTERIOR A LA SALIDA:
Sabor agridilce. El respaldo de ese numeroso grupo humano (70 aprox, los mejores, el cuerpo de élite de la cultura vasca) que ha acudido con el día inclemente que hacía es lo que más dichoso y bendecido puede hacerle sentir al que está en medio del fregado. Y así me he sentido…
Sin embargo, la cerrada niebla (peor que el agua) ha impedido mostrar lo que yo prentendía contar hoy. No quería dejar datos de leyendas sino sensaciones. Quería que la gente volase con sus ojos los recorridos que delató Katalintxe, las fechorías del perverso Gizotso que nos unía los dos puntos de akelarres, los familiares de Aspuru, los gentiles de Untzueta y… hasta los personajes oscense-pirenaicos unidos por la hipótesis a Trangatx…
Pero ni la misma peña, a pocos metros, se ha podido visualizar. Ha sido como el cuento del ciego en Granada (el más desdichado del mundo por no poder ver las grandezas que delante tenía).
Para compensar, puedo prometer y por eso he prometido, que iba a poner aquí el relato del proceso inquisitorial de Katalintxe (“Las brujas de Ceberio”, Dario de Areitio, RIEV 1927), para que la gente imagine con su lectura lo que desde Aibelaga no han podido soñar. Va por vosotros/as, valientes!!! Maite zaituztet.
http://www.euskomedia.org/PDFAnlt/riev/18/18654664.pdf