El Papa y Catalunya

Hace ya mucho tiempo que no oigo aquella expresión tan gráficamente tajante: “¿Quién te da vela en este entierro?”. Desde que se suprimieron en Bilbao los “entierros”, cortejo fúnebre que acompañaba al ataúd del difunto desde su domicilio a la iglesia del funeral de cuerpo presente. Pero tenía que ser entierro de “primera clase”, para que la carroza fúnebre con el ataúd fuera tirada por tres pares de caballos negros marcando el paso con sus penachos de plumas ondeantes negras también. Delante de ellos, tres sacerdotes con sendas capas pluviales bordadas en oro y negro, y otros dos o cuatro con dalmáticas a juego, y -esto es lo principal- a ambos lados del cortejo en fila india seis u ocho caballeros de etiqueta, elegidos a moco de candil, cuyos nombres y apellidos aparecían en la esquela del difunto, portaban los “hachones de honor”. Ellos, y solo ellos -nadie podía colarse- eran la “vela del entierro”. De ahí “¿quién te da vela en este entierro?” viene a ser como decirle a uno que se mete en algo que no le concierne; algo más suave que llamarle intruso. En este caso, el Papa y la política catalana.
El pasado viernes, 6 de octubre, El País informaba en un gran titular: “El Papa confirma al embajador su rechazo a la secesión y a una intervención del Vaticano”, y en su edición digital: “El Papa reitera a España su oposición a la independencia de Cataluña”.
Daniel Verdú, corresponsal de dicho diario en Roma, escribía: “El Vaticano vive con preocupación la situación política que atraviesa España. Pero en las últimas semanas se ha cuidado mucho de expresar ninguna opinión que pudiera instrumentalizarse. Sin embargo, el papa Francisco y el Vaticano no consideran admisible la independencia de Cataluña… Así se desprende de la conversación que mantuvo el propio Pontífice con el nuevo embajador ante la Santa Sede, Gerardo Bugaillo, según el mismo diplomático ha relatado a este periódico y el Vaticano no ha desmentido”.
¡Lástima que el Papa Francisco no haya guardado la misma discreción hasta el final de esta crisis hispano-catalana! ¡Habría evitado la instrumentalización de sus palabras! Y conste que yo diría exactamente lo mismo si se hubiera manifestado a favor de la secesión catalana. “¿Quién te da vela en este entierro?”
Se trata de un acto diplomático y conversación en el mismo -presentación de credenciales del embajador de España ante el Jefe del Estado de la Santa Sede-, que tuvo lugar al día siguiente del Referéndum catalán. Se trata de palabras a un embajador de un Jefe de Estado, que además es Papa. A “bote pronto”, diría que esa clase de conversaciones no se lanzan a los cuatro vientos, pues pueden ser instrumentalizadas y manipuladas. Por otra parte, el Papa es Jefe de un Estado que no ha sido instituido por Jesucristo, ni por alguno de sus apóstoles. Es de creación puramente humana y muy reciente. Fruto del acuerdo entre el cardenal Gasparri, brazo derecho de Pío XI y el dictador Mussolini, el 11 de febrero, 1929, Tratado de Letrán.
En mi artículo: “Al Papa Francisco, jesuita” (Deia 24, 7, 14), abogaba lo primero de todo por la abolición de tal Estado, “totalmente ajeno al mensaje e ideal de Jesús de Nazaret, un contrasentido y obstáculo al Reino de Dios que anunciaba y cuyos rasgos y características exponía”. No puedo imaginarme a Jesús, muerto en la cruz por el Estado más poderoso de su tiempo, con un poder temporal de ese tipo, por pequeño que sea, ni aspirando a él. No hay en todo el Nuevo Testamento la menor señal de Jesús en ese sentido.
¡Ay de la sencillez, claridad y valentía evangélicas! Frente a las diplomáticas relaciones entre embajadores, nuncios y ministros, en ese trapicheo del do ut des, te doy para que a cambio me des -pinto el caso (ficción): “impongo la religión obligatoria en las escuelas públicas y tú me das obispos de mi agrado”-.
El “Obispo de Roma”, el “Vicario de Cristo”, el “sucesor de S. Pedro”, el “Padre espiritual de los fieles” ¡metido a Jefe de Estado! ¿Acaso tiene que adoctrinar sobre política; la política de las repúblicas latinoamericanas; subsaharianas o de Europa y el primer mundo?
Cuando abogué como algo prioritario por la renuncia del Papa Francisco a ese Estado de la Santa Sede, sin raíz ni fundamento alguno en las Sagradas Escrituras, tenía tan presente como ahora, que dicho Estado selló un Concordato con la dictadura franquista, precisamente en agosto de 1953, una de las décadas más represivas del régimen. En vez de conseguir, al menos intentar, que tal régimen se abriese un poco e iniciase un camino al humanismo democrático, colaboró con su cerrazón dictatorial durante otros veinte años más.
Pienso muy seriamente que dicho Estado, la Iglesia de España y varias de sus órdenes religiosas debieran hacer una autocrítica pública por su colaboración con la dictadura, con la negación de derechos fundamentales de la persona humana.
La intromisión del Papa y de la Iglesia católica en política, sea a través del Estado de la Santa Sede o de cualquiera otra forma y directamente, además del daño causado a muchísimas personas, se hacen daño a sí mismos. Muchos se han alejado de ellos de la Iglesia y del Papa -estoy pensando en el cambio sufrido en este bendito País Vasco, el de antes y el de ahora- por esa causa. Y, en parte, con razón, al menos con un motivo comprensible. El Papa, como “Vicario de Cristo” y “Padre Espiritual de sus fieles” -la Iglesia otro tanto- no tiene autoridad alguna en política, y meterse en ella es traicionar su misión religiosa y exponerse a ser instrumentalizados en una causa que no es la suya propia, como está sucediendo actualmente.
La tarea del Papa, que ha tenido unos gestos simpáticos y valientes, de la Iglesia, de cada uno de los creyentes es inmensa en esta sociedad actual, tan sensible a las modas del pensamiento, de los fenómenos sociológicos casi irresistibles, que yo no sabría por dónde empezar. Con la ciencia y la tecnología, con el teléfono móvil lo tenemos todo, o casi todo. No nos asegura los garbanzos del mediodía ni los euros de la hipoteca… Pero no existe más que lo pueda manipular, la materia.
La religión, la fe sencilla pero profunda, tradicional, parte del ADN de aquel Pueblo Vasco, se nos ha ido a chorros en menos de cuarenta años y ha arrastrado consigo la última capa del humus vegetal sin la que no hay hierba posible, lo que, en nuestro campo, llamo el sentido de trascendencia o de lo trascendente.
Quedan algunas pequeñas islas muy poco habitadas y rari nantes in gurgite vasto (Virgilio, Eneida) -“algunos nadadores en el ancho mar”-. Los asistentes a mis exposiciones bíblico-teológicas, que yo encasillo como “catequesis de adultos”, tienen fe y práctica religiosa. Pero no sabría qué decir ni qué hacer si carecieran del sentido de trascendencia.
Por eso me ha sorprendido favorablemente el adelanto de Dan Brown, sobre su última novela Origen, en sus respuestas a su entrevistadora en El Semanal 1563 (14.10.17): “Ciencia y religión cuentan la misma historia con idioma diferente”, XL. ¿Se considera una persona religiosa? D.B. Una persona espiritual. De niño fui profundamente religioso. Pero llegó un momento en el que dije: “Esto que me cuentan en la Iglesia ya no tiene sentido. Al mismo tiempo se me despertó la idea de que hay algo más grande ahí fuera”.
Es difícil que un niño sea algo profundamente fuera de un amasijo de necesidades y dependencias, y Dan Brown no nos dice por qué su religiosidad dejó de “tener sentido”, ni si el despertar de su idea de “algo más grande ahí fuera”, supone que era “innata” o se debió a la sacudida de algo existencial externo o interior. Espero que las seiscientas y pico páginas de su Origen me recreen por las excursiones de su mente experimentada hasta el Jardín de Edén.

12.10.17

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