Catalunya ¿en la cuerda floja?

Puigdemont votando
El President Carles Puigdemont votando en el referendum

Hubo Referéndum el 1.O. Esa era la apuesta contra el repetido y cerrado NO del Gobierno. Y la ganaron los más de dos millones de catalanes que votaron. Además, la inmensa mayoría se decantó valiente por el SÍ a la Independencia. Hubo colegios electorales, hubo urnas, hubo listas, papeletas, colas de votantes… No sé cómo lo lograron, porque por haber, hubo mucha policía con orden de impedirlo todo, de cerrar locales, prohibir el paso, incluso de usar la fuerza, cargas a porrazos que causaron más de 100 heridos, que dejaron por los suelos el pabellón de España, su presunto Estado de derecho y su enclenque y escuchimizada democracia. Hubo Referéndum el primero de Octubre con triunfo aplastante del Independentismo.
La declaración unilateral de Independencia y proclamación de la República Catalana se quedaron en eso: no en un mero “simbolismo” en que alguien se refugió; porque fue la manifestación profunda y sincera de la voluntad firme de la inmensa mayoría del pueblo catalán: Romper todo vínculo constitucional y político con el Estado español.
Se quedó en esa exigencia obvia y natural, porque hoy en Europa sólo es posible la Independencia unilateral y una nueva república, si una potencia internacional la reconoce y apoya. Así se independizó el Kosovo de los “albano kosovares” que, de ser la cuna de la identidad étnica, cultural y religiosa de Serbia, se convirtió en República independiente, cuando EE.UU. y la UE la reconocieron en el 2008. España no lo ha hecho. Ossetia del Sur y Abjasia, regiones de Georgia, se independizaron unilateralmente, porque Rusia y su ejército les reconocieron, en 1991 y 1992 respectivamente.
Catalunya ha dejado de ser “noticia”, es “tema”, pero todavía no es problema internacional.
El 1 de enero de 1993, se me anuló por sí mismo mi pasaporte checoslovaco. El Parlamento de esta república democrática decidió con gran acierto dividirla en dos repúblicas distintas: Chequia y Eslovaquia, igualmente independientes. Esto es ser un Estado democrático y realista. ¿Para qué estar unidos a la fuerza? Por cierto, muy pronto recibí el pasaporte chequio de la Bohemia original. ¿Quién quiere estar unido a la fuerza, sin la primigenia libertad? Quieras o no, todo Estado tiene mucho de artificial, imposición, incluida la violencia.
Me sorprendió gratamente, en este sentido, un artículo reciente de Juan Manuel de Prada, asiduo en XL Semanal. Por una parte, ponía en tela de juicio la unidad de España, sin entrar claro está en el mito sobre ella. Por la otra, hacía hincapié en la tenacidad de los catalanes en sus convicciones políticas, algo de lo que están dando buenas pruebas y que, a mi juicio, está siendo absurdamente tratado: artículo 155.
Pilar Rahola siempre me ha parecido en sus escritos: lúcida, amable y oportuna. Actualmente sus columnas sostienen con más fuerza la convicción soberanista y la crítica a la reacción bruta del Estado. “Es insólito que cada reacción contra el independentismo tenga como función excitarlo y fortalecerlo”.
“Cada vez que el estado da signos de dominio de la situación y noquea al soberanismo, le envía un detalle de represión brutal que lo vuelve a reforzar”.
“¿Tan impotente es este Estado que necesita reprimir con la fuerza lo que no sabe resolver con la política?”
“Y más, a sabiendas de que la represión no soluciona los conflictos, sino que hace que arrecien. No seduce, enrabia; no convence, impone, pero imponer nunca es convencer”.
“Porque si la grieta era ya grande ¿cómo será después de tratar de golpistas y delincuentes a los líderes democráticos de millones de catalanes?”
“La represión es un tapón de plástico para un socavón enorme”…
“Algo está claro: reprimir, castigar y vengar, son verbos que dominan a la perfección; pero ninguno de ellos sabe cómo se conjuga el verbo solucionar”.
“Catalunya ha quedado momentáneamente trinchada, y en la retórica belicista tan propia del españolismo, pensarán que ha sido vencida. Pero no ha habido jake-mate, sino que la partida empieza a jugarse”…
Se ha fomentado en esta cuestión casi el odio hacia Catalunya, y es cierto que millones de catalanes están a miles y miles de kilómetros de España para muchos años. No sé cómo será la convivencia interna entre independentistas y la minoría catalana españolista, pero Catalunya está a miles de miles de Km de España para rato.
Con la aceptación del 21D también por los partidos independentistas, las urnas tienen la palabra.
Pilar Rahola sabe que es un plebiscito y que así lo plantean claramente en bloque los no independentistas y no sabía que los de su propia cuerda, los soberanistas no irán en una candidatura única, cuando se hacía “La pregunta clave: ¿aceptará el Estado español si ganan el 21D, abrumadoramente, los independentistas? … Cuidado, porque en ese punto está la clave, y será el embrollo del día 22”.
Aunque desunidos en las candidaturas, sin duda se unirán en el sumando. Sólo así se puede obtener una victoria más abrumadora que la del 1 de Octubre.
Y ya que se ha recurrido tanto a la “legalidad”, quiero, a manera de escolio, apuntar algunas notas.
La primera, que la legalidad no implica justicia ni garantía de ella. Ha habido y hay muchas leyes injustas. La legalidad no es eterna ni inmutable. La legalidad puede ser acertada o no, actual o actualizada, o vetusta y caduca, etcétera, etcétera.
La “legalidad española del 78” adolece de ciertas deficiencias y limitaciones originales. Fue dictada cuando todavía aturdían los oídos los gritos de la Plaza de Oriente de “UNA, GRANDE Y LIBRE”, y llegaba el ruido de sables de los generales, Armada y compañía, y hechos importantes aún sin esclarecer; un ambiente por tanto propenso al temor y miedo, que son siempre los peores consejeros. Para una legalidad así, cuarenta años sin tocar me parecen excesivos, la Reforma de la Constitución había que haberla hecho hace ya mucho tiempo.
18.11.17

El Papa y Catalunya

Hace ya mucho tiempo que no oigo aquella expresión tan gráficamente tajante: “¿Quién te da vela en este entierro?”. Desde que se suprimieron en Bilbao los “entierros”, cortejo fúnebre que acompañaba al ataúd del difunto desde su domicilio a la iglesia del funeral de cuerpo presente. Pero tenía que ser entierro de “primera clase”, para que la carroza fúnebre con el ataúd fuera tirada por tres pares de caballos negros marcando el paso con sus penachos de plumas ondeantes negras también. Delante de ellos, tres sacerdotes con sendas capas pluviales bordadas en oro y negro, y otros dos o cuatro con dalmáticas a juego, y -esto es lo principal- a ambos lados del cortejo en fila india seis u ocho caballeros de etiqueta, elegidos a moco de candil, cuyos nombres y apellidos aparecían en la esquela del difunto, portaban los “hachones de honor”. Ellos, y solo ellos -nadie podía colarse- eran la “vela del entierro”. De ahí “¿quién te da vela en este entierro?” viene a ser como decirle a uno que se mete en algo que no le concierne; algo más suave que llamarle intruso. En este caso, el Papa y la política catalana.
El pasado viernes, 6 de octubre, El País informaba en un gran titular: “El Papa confirma al embajador su rechazo a la secesión y a una intervención del Vaticano”, y en su edición digital: “El Papa reitera a España su oposición a la independencia de Cataluña”.
Daniel Verdú, corresponsal de dicho diario en Roma, escribía: “El Vaticano vive con preocupación la situación política que atraviesa España. Pero en las últimas semanas se ha cuidado mucho de expresar ninguna opinión que pudiera instrumentalizarse. Sin embargo, el papa Francisco y el Vaticano no consideran admisible la independencia de Cataluña… Así se desprende de la conversación que mantuvo el propio Pontífice con el nuevo embajador ante la Santa Sede, Gerardo Bugaillo, según el mismo diplomático ha relatado a este periódico y el Vaticano no ha desmentido”.
¡Lástima que el Papa Francisco no haya guardado la misma discreción hasta el final de esta crisis hispano-catalana! ¡Habría evitado la instrumentalización de sus palabras! Y conste que yo diría exactamente lo mismo si se hubiera manifestado a favor de la secesión catalana. “¿Quién te da vela en este entierro?”
Se trata de un acto diplomático y conversación en el mismo -presentación de credenciales del embajador de España ante el Jefe del Estado de la Santa Sede-, que tuvo lugar al día siguiente del Referéndum catalán. Se trata de palabras a un embajador de un Jefe de Estado, que además es Papa. A “bote pronto”, diría que esa clase de conversaciones no se lanzan a los cuatro vientos, pues pueden ser instrumentalizadas y manipuladas. Por otra parte, el Papa es Jefe de un Estado que no ha sido instituido por Jesucristo, ni por alguno de sus apóstoles. Es de creación puramente humana y muy reciente. Fruto del acuerdo entre el cardenal Gasparri, brazo derecho de Pío XI y el dictador Mussolini, el 11 de febrero, 1929, Tratado de Letrán.
En mi artículo: “Al Papa Francisco, jesuita” (Deia 24, 7, 14), abogaba lo primero de todo por la abolición de tal Estado, “totalmente ajeno al mensaje e ideal de Jesús de Nazaret, un contrasentido y obstáculo al Reino de Dios que anunciaba y cuyos rasgos y características exponía”. No puedo imaginarme a Jesús, muerto en la cruz por el Estado más poderoso de su tiempo, con un poder temporal de ese tipo, por pequeño que sea, ni aspirando a él. No hay en todo el Nuevo Testamento la menor señal de Jesús en ese sentido.
¡Ay de la sencillez, claridad y valentía evangélicas! Frente a las diplomáticas relaciones entre embajadores, nuncios y ministros, en ese trapicheo del do ut des, te doy para que a cambio me des -pinto el caso (ficción): “impongo la religión obligatoria en las escuelas públicas y tú me das obispos de mi agrado”-.
El “Obispo de Roma”, el “Vicario de Cristo”, el “sucesor de S. Pedro”, el “Padre espiritual de los fieles” ¡metido a Jefe de Estado! ¿Acaso tiene que adoctrinar sobre política; la política de las repúblicas latinoamericanas; subsaharianas o de Europa y el primer mundo?
Cuando abogué como algo prioritario por la renuncia del Papa Francisco a ese Estado de la Santa Sede, sin raíz ni fundamento alguno en las Sagradas Escrituras, tenía tan presente como ahora, que dicho Estado selló un Concordato con la dictadura franquista, precisamente en agosto de 1953, una de las décadas más represivas del régimen. En vez de conseguir, al menos intentar, que tal régimen se abriese un poco e iniciase un camino al humanismo democrático, colaboró con su cerrazón dictatorial durante otros veinte años más.
Pienso muy seriamente que dicho Estado, la Iglesia de España y varias de sus órdenes religiosas debieran hacer una autocrítica pública por su colaboración con la dictadura, con la negación de derechos fundamentales de la persona humana.
La intromisión del Papa y de la Iglesia católica en política, sea a través del Estado de la Santa Sede o de cualquiera otra forma y directamente, además del daño causado a muchísimas personas, se hacen daño a sí mismos. Muchos se han alejado de ellos de la Iglesia y del Papa -estoy pensando en el cambio sufrido en este bendito País Vasco, el de antes y el de ahora- por esa causa. Y, en parte, con razón, al menos con un motivo comprensible. El Papa, como “Vicario de Cristo” y “Padre Espiritual de sus fieles” -la Iglesia otro tanto- no tiene autoridad alguna en política, y meterse en ella es traicionar su misión religiosa y exponerse a ser instrumentalizados en una causa que no es la suya propia, como está sucediendo actualmente.
La tarea del Papa, que ha tenido unos gestos simpáticos y valientes, de la Iglesia, de cada uno de los creyentes es inmensa en esta sociedad actual, tan sensible a las modas del pensamiento, de los fenómenos sociológicos casi irresistibles, que yo no sabría por dónde empezar. Con la ciencia y la tecnología, con el teléfono móvil lo tenemos todo, o casi todo. No nos asegura los garbanzos del mediodía ni los euros de la hipoteca… Pero no existe más que lo pueda manipular, la materia.
La religión, la fe sencilla pero profunda, tradicional, parte del ADN de aquel Pueblo Vasco, se nos ha ido a chorros en menos de cuarenta años y ha arrastrado consigo la última capa del humus vegetal sin la que no hay hierba posible, lo que, en nuestro campo, llamo el sentido de trascendencia o de lo trascendente.
Quedan algunas pequeñas islas muy poco habitadas y rari nantes in gurgite vasto (Virgilio, Eneida) -“algunos nadadores en el ancho mar”-. Los asistentes a mis exposiciones bíblico-teológicas, que yo encasillo como “catequesis de adultos”, tienen fe y práctica religiosa. Pero no sabría qué decir ni qué hacer si carecieran del sentido de trascendencia.
Por eso me ha sorprendido favorablemente el adelanto de Dan Brown, sobre su última novela Origen, en sus respuestas a su entrevistadora en El Semanal 1563 (14.10.17): “Ciencia y religión cuentan la misma historia con idioma diferente”, XL. ¿Se considera una persona religiosa? D.B. Una persona espiritual. De niño fui profundamente religioso. Pero llegó un momento en el que dije: “Esto que me cuentan en la Iglesia ya no tiene sentido. Al mismo tiempo se me despertó la idea de que hay algo más grande ahí fuera”.
Es difícil que un niño sea algo profundamente fuera de un amasijo de necesidades y dependencias, y Dan Brown no nos dice por qué su religiosidad dejó de “tener sentido”, ni si el despertar de su idea de “algo más grande ahí fuera”, supone que era “innata” o se debió a la sacudida de algo existencial externo o interior. Espero que las seiscientas y pico páginas de su Origen me recreen por las excursiones de su mente experimentada hasta el Jardín de Edén.

12.10.17