Jerusalén capital de Israel

El tema de la capitalidad de Jerusalén ha vuelto a agitar los medios, incluso la Asamblea General de las Naciones Unidas. A muchos de los interesados en esta problemática les habría iluminado la lectura de las columnas de Pilar Rahola: Jerusalén I, II y III, los días 8, 9 y 10, en La Vanguardia de Barcelona. Destacan sus conocimientos, su sensatez y cuestiones y preguntas originales como estas:
“Israel es el único país soberano del mundo cuya capital quieren decidirla otros países. Se trata de la capital de un Estado miembro de la ONU, tiene todas las instituciones de gobierno, y tiene el consenso democrático de su gente. ¿Quién es nadie para decir a Israel el que su capital no es su capital? ¿Lo permitiría Irán, Francia, Jordania? Sin embargo parece que aquello que nadie admitiría debe permitirlo siempre Israel”.
Probabilísimamente, casi cierto, no hay un Estado actual cuya capital sea tan antigua como la de Israel, ni que ha luchado tanto por ella a lo largo de miles de años.
Excavaciones modernas han demostrado que ya en el III milenio a.C. la colina Ophel, Sión, de la Biblia, Urusalem, estaba habitada. Urusalem aparece citada en textos egipcios de 1900 a.C., época de Hamurabi y Abraham. El rey de Urusalem, vasallo de Amenophis III, mantiene correspondencia diplomática en el 1400 a.C. con el rey egipcio, encontrada en Tell el Amarna.
Hacia el año 1000 a.C., David conquista Jerusalén de manos de los jebuseos, poniendo fin a la conquista de la Tierra prometida y dada por Dios (convicción religiosa de los orígenes del pueblo judío).
Jerusalén fue la “casa de David” y la capital de su reino. Salomón, su hijo (970-931), el año 964 comienza la construcción del Templo, con la ayuda del rey fenicio Hiram y la mano de obra de 159.600 trabajadores.
El 597 y 586 Nabucodonosor conquista Jerusalén, roba los tesoros del Templo, lo destruye y quema; lleva cautivos a Babilonia al rey Sedecías, su corte, principales y pueblo de Israel.
Cyro II, el Grande (575-530), rey de Persia, conquista Babilonia y, el año 539 permite a los cautivos judíos volver a su tierra. Se reconstruye Jerusalén y el Templo, mucho más modesto, que el 520 ya está en uso. Con cierta libertad, bajo los persas, Jerusalén es el alma y capital de Israel.
Tras la muerte de Alejandro Magno, el 323, Israel cae bajo los seleucidas. Antíoco IV, Epífanes (215-163) profana el Templo poniendo sobre el altar de los holocaustos la efigie de Zeus Olímpico, que da lugar a la rebelión y guerra de los macabeos, que acaba con la muerte del tirano, la consagración del Templo y Jerusalén (163) y la libertad política, hasta que Pompeyo entra en Jerusalén el año 63. Herodes el Grande, nombrado por Roma, rey de Israel (37-4 a.C.), el año 20 comienza el embellecimiento del 2º Templo y Jerusalén.
Tras la muerte de Jesús, tiene lugar la 1ª Guerra judía contra Roma (64-70) que acaba con la destrucción de Jerusalén y su Templo, así como la expulsión y dispersión de los judíos por el mundo. No obstante, el año 132 ya se había formado otro ejército y guerra (132-135), que acaba con la destrucción y quema total de Jerusalén, sobre cuyas ruinas se levanta una ciudad romana: Colonia Aelia Capitolina.
Se puede afirmar que, al día siguiente de la expulsión del último judío de Jerusalén, ya había por lo menos dos que habían encontrado un rincón donde poder estudiar sus libros sagrados y escribir sus propios comentarios. Jerusalén es la ciudad santa judía y la capital de su tierra. Reconstruida, el 326 tiene lugar el hallazgo de la cruz de Cristo por Santa Helena, y su hijo Constantino comienza la edificación de basílicas que hacen de Jerusalén, además de la capital, el principal lugar de peregrinación cristiana.
De nuevo es destruida el año 614 por el rey persa Cosroes. El 637 –el Corán no menciona Jerusalén– hacen en ella su aparición las tropas árabes islámicas. Del 687-691 se construye la mezquita de Omar sobre la llamada explanada del Templo judío.
Con las Cruzadas, Godofredo de Bouillon hace de Jerusalén la capital del Reino Latino (1099-1291). El año 1516 cae en manos del Imperio Otomano.
En 1917, durante la I Guerra Mundial, el mariscal británico Edmund Henry Allenby entra triunfante en Jerusalén –los otomanos aliados de Alemania– y en septiembre de 1918 da el golpe de gracia al Imperio en la batalla de Megiddo, lugar famoso en el camino de Egipto a Mesopotamia. En Megiddo tenía Salomón sus presuntos establos. Allí encontró la muerte el rey de Jerusalén Josías, el año 609, a sus 31 años, queriendo cerrar el paso al faraón Neco. Esta muerte tan joven supuso una fuerte crisis en el judaismo, pues la teología de la Alianza prometía larga vida a quienes cumplían la Ley, y Josías era uno de los reyes de Jerusalén que salva el veredicto bíblico de la monarquía: “Fuera de David, Josías y Ezequías, todos hicieron lo malo a los ojos del Señor: adoraron a los Baales (dioses paganos falsos), etcétera…”.
Ese mismo año, 1917, tuvo lugar la famosa declaración de Balfour, Secretario de Estado británico, a sir Edmond de Rothschild (judío), prometiendo “un hogar judío en Palestina”.
En 1947 la ONU dividió la región conocida como Palestina (Pílistim: filisteos en hebreo) en dos estados independientes, que Israel acepta y los países árabes rechazan, de tal manera que, el 15 de mayo de 1948, el mismo día en que cesa el mandato británico sobre Palestina y Ben Gurion proclama en Jerusalén el nuevo Estado de Israel, seis países árabes: Egipto, Transjordania, Irak, Siria, Arabia y Líbano, se lanzan contra Israel.
Egipto fue el primero en pedir un armisticio, que fue firmado en Rodas el 24.2.1949. Le siguieron Transjordania, Siria, Irak…
Israel ganó tierra y mar sobre la partición de la ONU. Se quedó con la Jerusalén nueva. No conquistó la ciudad vieja, defendida por la “Legión árabe”, formada por los británicos y con jefes británicos. El barrio judío de esta ciudad, familias de estudios judíos religiosos, fue quemado y destruido por los árabes palestinos después de asesinar a todos sus moradores. Hoy está todo reconstruido como estaba en 1948.
Después Israel pactó con Egipto y Jordania. No lo logró con Siria.
Mis últimos estudios, como estudiante, los realicé en Jerusalén, el año 1958. Fue un año delicioso y muy enriquecedor en todo lo humano y lo divino. No tuve el menor percance y eran años en que todavía vestíamos de sotana. Celebraba la misa en un colegio para niños árabes, cristianos o no. Tengo recuerdos entrañables. Era el décimo aniversario del Estado de Israel. Su capital era la nueva Jerusalén.
En 1981, después de cuatro guerras, no queridas pero ganadas todas por Israel, anexionada ya la ciudad vieja, Israel declara a Jerusalén capital eterna de Israel. Para mí fue reafirmar el gesto final del día solemne de la Pascua. Todos en pie brindaban: “El año que viene en Jerusalén”. Así durante más de 2000 años dispersos por todo el mundo. Pero los que llegaron a 1939 en Europa y no emigraron a tiempo, no volvieron a Jerusalén sino a los campos de exterminio y el Holocausto.
Cuando a raíz de “Jerusalén capital” se alude a posibles actos de violencia, no los niego, son posibles. Pero recuerdo el año 2000, en Camp David, bajo el patrocinio de Bill Clinton: Ehud Barak, primer ministro israelí, acompañado del profesor Shlomo Ben Amí, y Yasser Arafat al frente de la OLP. Se ha tratado todo. Se ha llegado a un acuerdo en todo. Incluso en las dos capitales “Jerusalén”. Se va a pasar a firmar. Pero también pasa una nota a Arafat: “Intifada”. Arafat retira el documento y se va a la intifada.
Desde entonces y mientras exista Hamás, organización terrorista, derivada de “Los Hermanos musulmanes”, no habrá seguridad en Israel y se necesitará un milagro para retomar las negociaciones. El óbice no es Jerusalén capital.
29.12.17