¡NAVIDAD!

A los que me leen y a los que no, a los creyentes y a quienes no lo son, a todos y todas sin distinción, Zorionak. Una feliz y larga Navidad, cuya luz y cuyo sentimiento cubran el 2018. Y estas “hojas navideñas ¡ay! desprendidas del árbol del corazón”.
• Queridas, queridos: Os deseo:
– la VERDAD de una vida humana trascendida, la manera mejor de humanizarla y realizarte día a día;
– la ALEGRÍA de vivir, la conciencia alegre de vivir antes de nada, antes de cada para qué vivir; antes y concomitante a la alegría de elegir para qué Vivir;
– el ENCUENTRO, el CARIÑO y la TERNURA con los que más queremos y nos quieren, con los que más compartimos, desde el pan hasta los besos, desde el vino hasta los sueños,
en la Navidad presente, del pasado y del futuro: la de SIEMPRE;
poesía y abrazo de pastores, ángeles y magos, cantando a coro al Niño Dios
y unido a ellos, el niño que por años que tengamos llevamos dentro, necesitado no sé si de Dios, sí de destino, sí de cariño y amor, de encontrarlo y darlo y compartirlo más y más.

• En la distancia, pero sin ella; sin la presencia, más dentro de ella,
sentado estoy a vuestra mesa
Navideña.
¿Acaso no es Navidad
la que junta a familiares y amigos,
amigos “íntimos”, se entiende,
fieles; desde y para siempre amigos,
al partir el pan y fundir los besos,
al alzar la copa y brindar deseos, ideales, sueños;
sueños siempre de estrellas que por mil caminos llevan a ese Belén eterno?
Navidad es renacer de nuevo, compartir la vida en favor de los demás.
Así seremos todos distintos y a la vez nosotros,
Con nuestro propio nombre, con el que nos conoce Dios, con el que Dios te llama, con el que Dios nos ama.

El viejo, el niño y la ría

Dicen que un viejo soñaba
sentado junto a la ría.
El soñar le hacía joven
y soñando sonreía.
Soñaba en la Navidad,
en su Navidad perdida,
la Navidad de su infancia,
poesía y fantasía;
los montes eran de musgo,
la nieve de blanca harina,
los pastores y los magos
venían en romería
a la cueva de Belén
que, milagro o brujería,
era el comedor de “casa”:
en la chimenea ardían
amor, cariño y ternura,
y alrededor de la mesa
no había silla vacía.
Y casi año tras año,
se añadía otra silla.
Era imposible saber
quién no era niño aquel día.

No es extraño, es normal;
aun la estrella confundía
su camino ¿a Belén
o a toda buena familia?
Por ventura, no sabéis,
el ángel Gabriel decía:
Cada familia es Belén,
Navidad es cada día
que entre dos nace el amor.
El amor es la semilla
que obliga a nacer a Dios
en esta tierra mezquina
que por eso tiene ansias
de Navidad infinita.

Sin embargo, mientras llega
¡cuántas cosas en la vida!
De preguntas sin respuesta
tengo el alma recosida.
Y en mi mesa navideña
hay varias sillas vacías.
¡Y esta lo estará muy pronto,
porque esta silla es la mía!
Y en el viejo que soñaba
sus ojos se humedecían,
y a llorar salía el niño
tras sus arrugas marchitas.
Y un chiquillo que le vio
llorar mientras sonreía:
– “Abuelito, ¿por qué lloras?”
una y otra vez decía.
Al fin, el viejo despierta,
porque la hierba está fría.
– “¿Llorando estoy? Sí, que lloro.
Pero lloro de alegría.
Lloro porque estoy muriendo
y alegre porque he vivido.
Vivir es ya el mayor don
cuando has amado y te quieren.
El amor no pasa nunca
por tener algo de Dios.
Dios nace niño en Belén
y en Navidad nos queremos.
Yo fui niño como tú,
y guardo muy guardaditas
toditas mis Navidades.
No hay Navidad perdida:
cada una nos desvela
un misterio de la vida,
¡Son tantos y tan distintos…!

Por si mi cabeza olvida
los nombres de tantos, tantos
que sois parte de mi vida,
en mi corazón escritos
no se borran ni mancillan.
¡Cómo os he querido yo!
Por ello aposté mi vida.
Os debo lo que yo soy.
¡Trocasteis en Navidad
el más triste de mis días
y mis noches más oscuras
en un bello mediodía!
No os lo pagaré yo nunca:
¡Gracias, gracias, noche y día!

Y a ti, Navidad querida,
sólo te pido una más
¡Otra Navidad bendita!
Los gastos los pago yo,
pon tú encanto y poesía.
¡El cielo puede esperar!
¡Nunca un viejo tuvo prisa!
Además ¡qué gran verdad!
¡Hoy es siempre todavía!
Zorionak