De langostas y calderas

El marisco más aristocrático comparte con el bogavante el honor de ennoblecer guisos y arroces.

Aunque tengan lo que nuestras abuelas llamarían “un parecido”, bogavante y langosta, por no ser, no son ni de la misma familia: él es un nefrópsido, en tanto que ella pertenece a la no menos respetada familia de los palinúridos.

Vivos o, al menos, enteros, son de imposible confusión: él, cuya coraza es de un tono oscuro, azul casi negruzco, está armado con dos enormes (y sabrosas) pinzas, de las que ella, de tonalidades pardo-rojizas, carece, mientras cuenta con dos larguísimas antenas. Y, pese a todo, se les ha confundido mucho tiempo.

Sucede que las grandes recetas para estos crustáceos suelen provenir de Francia (¿de dónde, si no?) y se refieren normalmente al “ho-mard”, que es el término francés para designar al bogavante, no a la langosta, que se llama “langouste”.

Otro tanto ocurre con la voz inglesa lobster, que equivale a bogavante, no a langosta; pero los traductores clásicos de recetas como la de homard à l’americaine tradujeron “langosta a la americana”, y ahí nació la confusión.

La gran cocina ha sido pródiga en recetas complejas para ellos, hoy casi todas periclitadas; langosta y bogavante agradecen tratamientos más sencillos, más respetuosos con sus cualidades, la parrilla les va de maravilla. Continúa leyendo De langostas y calderas