Corazón de león, hambre de pollo

AQUELLOS que cuando eran niños y se les hacía dibujar un pollo lo representaban ya decapitado y desplumado, listo para asar, les extrañará saber que esa ave tan poco valorada hoy fue, hasta la generación anterior a la suya, una encarnación del lujo gastronómico a la altura de, pongamos, la langosta.

En cambio, quienes crecimos deleitándonos con las andanzas del Carpanta de Josep Escobar, cuyo sueño inalcanzable era un pollo asado, sabemos lo que significaba llevar uno a la mesa: era plato de días muy señalados, que además solía generar bastantes conflictos emocionales porque lo normal era que el pollo llegase vivo a casa y el pequeño de la familia lo tuviese más por compañero de juegos que por presunto manjar… que, una vez cocinado, se negaba en redondo a comer.

comida de poderosos Pero el pollo, aunque hoy no lo aprecie nadie si no le ponemos apellidos, origen y pedigrí, fue hasta hace nada comida de poderosos, vetada al pueblo llano salvo que este fuera propietario de un gallinero, y aún así serían más los pollos que vendería que los que consumiría en casa. Daban dinero, los pollos. Y las gallinas, que son fábricas de huevos y pollos, más.

Esa alta consideración del pollo viene de muy atrás. La Europa carnívora se saciaba Continúa leyendo Corazón de león, hambre de pollo