Universidad 2.0, renovarse o morir (y II)

Edificio del Massachusetts Institute of Technology


Después de descubrir ayer cómo las grandes universidades encuentran en internet y las nuevas tecnologías la forma de expandir el conocimiento democratizando el acceso a sus cursos y, sobre todo, ampliando su fuente de negocio, ahora nos centraremos en el impacto que esto puede tener en la sociedad y en el propio concepto de universidad.

 

La red de redes, con su propia idiosincracia donde es casi imposible proteger la propiedad intelectual hará que los cursos fluyan aún más rápido entre los alumnos potenciales y, sobre todo, entre estudiantes de otros estratos (institutos y colegios, así como universidades donde jóvenes y profesores interesados en su oficio busquen el modo de añadir valor a su día a día).

 

En segundo lugar, el acceso masivo a conocimientos hasta ahora restringidos a las mejores universidades hará que suba el nivel medio de los demás alumnos. De este modo, los alumnos más destacados en este nuevo status, a la larga, será mucho más completo que el que había en las universidades de más caché hace sólo un lustro. ¿El motivo? Es más difícil destacar como el mejor cuando el nivel medio es más alto.

 

Siguiendo el ejemplo de Luis Garicano, podemos comparar dos mitos del deporte olímpico. En 1972 Mark Spitz consiguió siete medallas de oro en los Juegos Olímpicos y acabó su carrera coleccionado récords y preseas. Sólo tres décadas más tarde el también estadounidense Michael Phelps batió todos sus récords y sumó 8 oros en Pekín en 2008 para retirarse cuatro años después con 22 medallas olímpicas. El mérito de Phelps es mayor por el simple hecho de que Spitz compitió con nadadores de menor nivel (por el mero hecho de que había menos deportistas con acceso a entrenamientos especializados) y por lo tanto el nivel medio de las competiciones era más bajo. Destacar en la era de las centésimas de segundo, de las piscinas templadas y de los nadadores profesionales es más complicado que en la era en la que Estados Unidos y la URSS hacían y deshacían a su antojo en el mundo del deporte.

 

Lo mismo ocurre, explica Garicano, en el mundo empresarial. Si una tienda o un negocio local se equivoca al comercializar una funda para un teléfono puede que venda menos de las esperadas y que su facturación sea menor de la que alguno de sus socios tenía en mente. Si Zara se equivoca vendiendo fundas de iPhone, la empresa puede perder miles de millones. Si Nokia se equivoca de sistema operativo (como ocurrió) perderá el liderato mundial y verá su negocio y existencia en peligro. Un Steve Jobs que “ve” un 1% más allá que otro directivo vale millones: los que se ganan de más y los que se dejan de perder. En resumen: el tamaño del mercado multiplica el retorno marginal del talento. Estudiantes más formados hacen que sea más difícil destacar por ello el que lo hace está mucho más preparado que antes de democratizar la cultura y el conocimiento.

 

De este modo, si se estandariza el sistema -y apostamos a que así será en el mundo anglosajón- las Universidades (me temo que especialmente las públicas donde los profesores-funcionarios muchas veces se quedan sin alicientes para mejorar sus contenidos docentes) tendrán que competir frente a cursos que podrían alentar más a sus estudiantes. Esto puede suponer un reto para que los profesores se vean espoleados para convertirse en un Michael Phelps de su área.

 

Aún así, es cierto que muchas de las áreas del conocimiento requieren interacción. Además, ir a clase es en muchas ocasiones una obligación por el componente motivador para el alumno. Precisamente por eso es necesario un modelo mixto donde la universidad no pierda su componente humano y, sobre todo, tampoco pierda su componente innovador y de fuente de saber sea cual sea su origen. El profesor puede encontrar en el curso volcado en la red o en una aplicación (incluso un Código QR) su material para desarrollar la clase de manera que el alumno disfrute de las dos opciones: el material del mejor docente y la resolución de dudas del docente cercano.

 

Por cierto, piensen ahora en cualquier persona en paro que quiera mejorar su currículum pero que por su estatus de bajos ingresos no pueda acceder a una universidad media. De nuevo, una herramienta para mejorar nuestra situación personal. Gracias Luis Garicano por mostrarnos cómo podemos mejorar.

Universidad 2.0, renovarse o morir (I)

En época de crisis son muchos los que se quejan de los recortes que está sufriendo la educación. La principal inversión de futuro de una sociedad, la creación de ciudadanos formados que sean capaces de crear un valor añadido al desarrollo de un país vive por sus peores momentos… en el Estado (y en Europa, otrora cuna de grandes centros académicos). Sin embargo, las universidades, mayor exponente de lo que la capa intelectual de un país puede hacer llevaba mucho tiempo sufriendo los males de la obsolescencia.

 

Aficionado a pasar muchas horas delante de la pantalla (el papel se me está quedando viejo) ojeando dominicales, suplementos, revistas y periódicos, el pasado domingo descubrí un maravilloso planteamiento sobre los centros docentes de la mano de Luis Garicano en el Negocios de El País, se llamaba La universidad del futuro.


La primera conclusión de Garicano es evidente: el modo de impartir clase en la universidad (la relación docente-discente) casi no ha variado desde la época de la Grecia Clásica cuando los alumnos escuchaban atentamente las lecciones socráticas y casi no tenían opción al debate. Una relación donde el profesor es el ente que emana conocimiento (aunque en ocasiones este venga de unos apuntes totalmente obsoletos o desfasados) y el alumno es un mero copista monacal condenado a memorizar la retahíla para, más tarde, vomitarla sobre otra hoja de papel que tiene como destino más útil el reciclado.

 

¿Tiene sentido esto en un mundo 2.0 en el que la información fluye por la red y los dispositivos informáticos nos permiten hacer cosas más rápida y eficazmente que nunca? ¿Tiene sentido conocer de memoria todos y cada uno de los artículos de la enorme colección de códigos legales cuando cualquiera puede acceder a ellos tecleando en la pantalla de su teléfono, tableta, portátil u ordenador de sobremesa? Me tiene que tiene el mismo que seguir jugando a “El tiempo es oro” con Constantino Romero con unas enciclopedias voluminosas de la época en la que España aún tenía 34 millones de habitantes y todos éramos católicos.

 

Garicano nos muestra que, de nuevo, las grandes universidades -esas que viven de patentes de sus alumnos, que son capaces de gastar millones de dólares en becas en todo el mundo y que son el objeto de deseo de investigadores, alumnos, profesores y modelo para otras más humildes- se han puesto en manos de servicios como Coursera, que permite que las Princeton, Columbia, Stanford o el MIT puedan ofrecer cursos gratuitos en línea a quien quiera recibirlos.

 

Cada una ha dado lo mejor de sí misma. Desde Programación en Python hasta Machine Learning pasando por Historia Universal. No falta ningún tema (hasta 195) ni tampoco ninguna de las herramientas para que el curso llegue a buen puerto: ejercicios, grupos de trabajo, exámenes y certificados. Es decir, la universidad clásica en el mundo virtual para que el alumno pueda obtener un beneficio en el mundo real -que ya no tiene nada de clásico-.

 

Es la versión abierta (o compatible con cualquier entorno operativo) de la aplicación iTunes U que lleva casi un año en el universo Apple y que ya tiene millones de adeptos en todo el mundo (me incluyo). La posibilidad de acceder a cursos de universidades de todo el mundo -incluida la prestigiosa Ivy League estadounidense- desde el iPad o el iPhone. Todo rápido, todo gratis, todo WiFi.

 

Seguro que ahora habrá muchos pensando que cómo es posible que universidades conocidas por sus desorbitados precios de matriculación pueden regalar su conocimiento, su sistema, su fuente de ingresos, su esencia. Es mucho más sencillo, lo gratis puede generar ingresos. Como bien explica Garicano la clave está en su aceptación por parte de los usuarios y el valor añadido para las universidades.

 

Si 50.000 alumnos en la India deciden realizar el curso, superan el examen y reciben el certificado que garantizan que han hecho el curso con éxito, éstos entrarán en la órbita de grandes empresas como Google, Apple, Hewlett Packard o General Electric. Si las empresas deciden que sus conocimientos son válidos y que estas personas son capaces para desempeñar su trabajo, los alumnos tendrán que pagar una cuota muy accesible por su certificado. El beneficio es triple: los alumnos obtienen empleo; las empresas ganan trabajadores cualificados. Las universidades ingresarán dinero por los certificados y, sobre todo, aumentarán su prestigio como centros de conocimiento. Una vez más, internet y las nuevas tecnologías se presentan como un modelo sobre el que revolucionar el mundo.