Strong.Codes, el escudo de Snapchat contra Facebook

El negocio de las redes sociales es, probablemente, uno de los más polarizados del mercado. Siendo sarcásticos podemos decir que hay dos tipos de redes: las que pertenecen a Mark Zuckerberg y las que no. La dupla Facebook-Instagram es la más rentable y la que más usuarios tiene. Y gracias a la adquisición de Whatsapp también controla gran parte de la mensajería instantánea.

Parte de esto se debe a la incompetencia de sus rivales -el caso Twitter lo hemos tratado varias veces y los intentos fallidos de Google son incontables- además de su capacidad de anticiparse al mercado. Sin embargo, cuando parecía que tan solo YouTube podía amenazar su “imperio” surgió Snapchat. Algo diferente que impactó poderosamente en los más jóvenes y que obligó a los demás a implementar nuevas características.

El caso más flagrante es, probablemente, el de Instagram que ha ido incluso modificando su interfaz para parecerse a la red del fantasma. Casos que en cualquier otro mercado serían motivo de denuncias por vulneración de patentes pero que por ahora se quedan en simple “inspiración”. Por eso es especialmente importante la última adquisición que ha llevado a cabo Snapchat: la start up suiza Strong.Codes.

La empresa es la creadora de un software que oculta código haciendo que sea mucho más difícil a sus competidores copiar las características de una aplicación. Especializados en ingeniería inversa -una forma de diseccionar un producto para saber cómo funciona y luego copiarlo- la llegada de Laurent Balmelli (fundador de Strong.Codes) es un aviso a sus rivales: se han cansado de que les copien descaradamente.

Desde que Facebook fracasara varias veces en sus intentos por comprar Snapchat debido a su crecimiento exponencial en el mercado, han sido constantes las ocasiones en las que las novedades de la red social han sido copiadas descaradamente por los de Mark Zuckerberg tanto para su matriz como para su filial de imágenes y vídeo, Instagram.

Incluso WhatsApp implementó algunas de las novedades que más éxito tenían en la red social. Esto hizo que Evan Spiegel, CEO de Snapchat tirara de ironía cuando le preguntaron por ello en mayo: “si quieres ser una compañía creativa y haces cosas geniales, tienes que estar cómodo y disfrutar con la idea de que otra gente copie tus productos. Porque Yahoo! coloque un buscador en su web no significa que sea Google”. Toda una declaración de intenciones.

La duda que nos surge es si esta adquisición no llega demasiado tarde pues las funcionalidades más atractivas ya han sido copiadas y el crecimiento de la empresa se ha moderado a costa de fortalecer a sus rivales con sus buenas ideas.

Hangouts, el enésimo proyecto fallido de Google

Google es, sin duda, una empresa diferente a todas las demás. Tiene un enorme potencial innovador y ningún miedo al sistema de prueba y error a la hora de poner en marcha nuevos servicios y plataformas. Eso le ha permitido dominar internet y otros mercados pero también le ha provocado sonoros fracasos.

Los sectores que más se le resisten, con mucha diferencia, son los de las redes sociales y la mensajería instantánea. Así, desde que intentó sin suerte que Talk fuera una aplicación preinstalada en todos los equipos Android, ha ido dando bandazos viendo como WhatsApp, Facebook o Telegram se han impuesto a sus servicios sin problema.

Ahora, Hangouts, su “penúltimo” servicio de mensajería parece condenado a desaparecer. A pesar de sus interesantes opciones -aprendieron bastante de Talk y quisieron crear algo que fuera mucho más adelantado a sus rivales- como las llamadas y videollamadas varios meses antes que su competencia, que la cuenta de usuario estuviera ligada a la cuenta de correo y no el teléfono hizo que muchas personas desconfiaran.

Google, incluso, integró los SMS en la aplicación. La idea era una única fuente de comunicación para el usuario pero, por desgracia, solo consiguió un caos en el que muchos nos sabían si se hablaba a través de internet o por el sistema clásico de principios de siglo.

La falta de apoyo por parte de los usuarios hizo que en el último Google I/O los de Mountain View lanzaran dos nuevas apps: Allo para la mensajería y Duo para las llamadas. Todo indica que debería estar integradas, sin embargo, la empresa del buscador triplicó las opciones y lo complicó todo aún más.

Ninguna de las dos ha tenido la repercusión que se esperaba de ellas. No vienen por defecto en los nuevos Android y no están destacadas en Google Play. Pero parece que, aún así, están abocadas a ser el futuro de la mensajería de Google. Porque Hangouts ya no soporta SMS y porque en el sector empresarial se ha dividido en Meet para videoconferencias y Chat para mensajería.

En definitiva, una herramienta que solo parece interesante para la filial corporativa G Suite de Alphabet y que debería dejar paso en un futuro cercano a Allo y Duo. El problema, sin embargo, es que con un mercado maduro en el que los usuarios parecen aplaudir la integración de servicios (Facebook Messenger, WhatsApp, iMessage y compañía), los continuos cambios de nombre y funcionalidades de cada app solo sirven para perder potencial frente a competidores mucho más maduros.

La duda que nos surge es que si, finalmente, Allo y Duo acaban integrándose, todo el trabajo que han andado con Hangouts y que ahora inexplicablemente desmontan, volverá a repetirse. Lo más seguro es que sigan intentando repetir la estrategia de la empresa de Zuckerberg o de Apple aunque no sepan si atinar hacia una herramienta o una red social. Un negocio millonario está en juego.

Facebook, guerra a las noticias falsas

Desde hace mucho tiempo Mark Zuckerberg ha intentado que Facebook sea el medio a través del cual entramos en la red de redes. No solo con proyectos para llevar la conexión a todo el planeta, sino que no ceja en el empeño de convertir su red social en una plataforma donde comprar, compartir o informarse. Instant Articles, es la cristalización en lo que a medios de comunicación se refiere. Una forma de llegar a su enorme base de clientes usuarios y de conocer más de ellos.

Sin embargo, como novela de Lemony Snicket, una serie de catastróficas desdichas ha puesto a la plataforma de noticias de Facebook en el disparadero. La elección de Donald Trump como presidente o la elección de “postverdad” como palabra del año por Oxford Dictionaries ha hecho que la sociedad se haya echado encima de Facebook para exigirles que controlen la difusión de bulos en su red.

Muy a su forma, el CEO de la empresa ha lanzado una nota cercana en su muro en la que explica que “nos tomamos la desinformación muy en serio. Nuestra meta es conectar a las personas con las historias que tienen más sentido para ellos y sabemos que quieren información certera. Llevamos bastante tiempo trabajando en este problema”. Una forma muy clara de reconocer su responsabilidad y que no son solo un difusor.

El problema es complejo. Es cierto que, por un lado, Facebook es solo un potente altavoz (el más potente hasta la fecha) de cualquier idea o noticia. Falsa o no. Es cierto que responsabilizar a la red social de que determinadas noticias falsas hayan calado en la sociedad (con Trump, con el Brexit, con lo que sea) es una forma muy descarada de lavarse las manos por parte de los ciudadanos y políticos. Pero también es verdad que jamás ningún medio -y ninguno es imparcial o desintersado- han tenido acceso a semejante cantidad de público.

Es por ello que la empresa decidió crea un Editor de Contenido cuya función es, precisamente, controlar este tipo de bulos y evitar que se expandan y se conviertan en medias verdades a base de ser repetidos. El problema es que no ha sido todo lo eficaz que debería dentro de su News Feed. Por eso Zuckerberg ha publicado siete medidas llamadas a atajar este problema:

  • Sistemas de detección más sólidos que rastrearán más eficazmente lo que los propios usuarios marquen como falso.
  • Avisos más sencillos para que los lectores puedan ponerse en contacto con la red social.
  • Verificaciones por terceros por parte de organizaciones externas expertas en esta materia y sin conflictos de intereses con la red social y sus anunciantes.
  • Advertencias que indiquen que una historia ha sido marcada como falsa por otro usuario.
  • Certificado de calidad de los artículos relacionados con las historias publicadas.
  • Acabar con las fuentes de negocio de los generadores de noticias falsas. Según Facebook coinciden muchas veces con los creadores de spam por lo que es fácil rastrearles y bloquearles.
  • Escuchar a miembros del sector de las comunicaciones como periodistas para aprender de sus sistemas de verificación y sus formas de trabajar ante contenidos poco fiables.
Son varias las voces que han pedido que Facebook no se convierta en un censor, pero que sí tome cartas para evitar que los contenidos malintencionados que pueden tener consecuencias nocivas para la sociedad no tengan difusión en su espacio.
Nuestra duda es si es un problema que se puede solucionar solo con un puñado de humanos y algoritmos o si, realmente, se necesita un planteamiento y una resolución más compleja y eficaz: qué queremos atajar realmente y cómo debemos hacerlo para que no queden puertas traseras. No es solo una cuestión de Facebook (¿qué pasa con la información falsa comercial como las fotos de famosos en Instagram anunciando productos “veladamente” y engañando a los usuarios descaradamente?). Hay un grave problema educacional sobre esta nueva herramienta que son las redes sociales y eso es algo mucho más difícil de atajar.

Web Summit, ¿hacia dónde va el mundo de la tecnología?

Web Summit, es, sin duda, el evento tecnológico del año a este lado del Atlántico. Creado en Irlanda por Paddy Cosgrave, este año ha sido el primero en celebrarse fuera de sus fronteras y la experiencia en Lisboa ha sido todo un éxito. Durante las cuatro jornadas (del 7 al 10 de noviembre), 663 oradores -políticos, periodistas especializados, CEOs y 200 start ups- congregaron a 53.000 personas -más del doble de otras ediciones- para dejarnos pistas del futuro del sector a corto y medio plazo.

De todas ellas nosotros nos quedamos con estas cinco que parecen dispuestas a cambiar el mundo: cómo nos interrelacionamos, cómo trabajamos y hacia dónde va nuestra estructura social.

La más importante es la conectividad. El motivo es sencillo: sin ella no hay desarrollo. Según Mike Schroepfer, jefe de tecnología de Facebook, es nuestra “electricidad” y el pilar del desarrollo social junto con la inteligencia artificial y la realidad virtual. Las cifras parecen darle la razón. En 1996 solo el 1% de la sociedad estaba ligada -que no conectada- a internet. En 2006 la cifra creció (y la población absoluta también) hasta el 17,6% de la humanidad. Ahora, el 46% de los 7.400 millones de habitantes nos conectamos asiduamente a la red.

El objetivo de su empresa y de Google es alcanzar el 100% lo antes posible. La única solución posible es con sistemas sostenibles y baratos como son el dron Aquila (con la envergadura de un Boeing, 42 metros de ala a ala, pero solo 500 kilos de peso y el consumo de un microondas) o los globos que propone Google. Las pruebas este verano con un modelo a escala 1:5 de Aquila han sido satisfactorios para Facebook ya que sus sistemas láser para enviar señal funcionan correctamente.

La segunda clave es la inteligencia artificial. La idea es que una vez conectados los dispositivos estos han de ser más inteligentes. Gran parte de las start ups presentes en el evento buscaban capital para este propósito: detectar el cansancio de los trabajadores, incrementar la seguridad en el transporte y el hogar o gestionar más eficientemente los recursos. Conseguir que los robots hagan muchos de nuestros trabajos con un alto nivel de empatía y ser capaces de entender nuestro lenguaje no verbal y nuestro idioma.

Una vez más, tanto Facebook como Google están implicados en su desarrollo. Desde sistemas de traducción simultánea hasta entendimiento de órdenes de voz (que en el caso del segundo han pasado del 70 al 90% en solo seis años). No solo importan los datos, también la inteligencia emocional. Ese es el gran reto para que las máquinas sean mucho más útiles en todos los campos.

Y aquí será fundamental la comunicación no escrita. Los asistentes como Siri o Google Now ganan peso en las búsquedas día tras día. Además, cada vez se abren hueco más rápidamente las búsquedas por imagen. La empresa de Mountain View espera que en 2020 la mitad de las búsquedas en Android se hagan de estas dos formas. En el propio Summit se hablo del salto de la generación Millennial a la Z: de distribuir contenido a generarlo. De usar dos pantallas a usar cinco. Del texto al vídeo y la voz.

Ese salto también se traducirá en un cambio de la era de la acumulación a la era de los servicios. Los primeros afectados serán los bancos a los que las Fintech se les quedarán cortas. Propuestas como Square permite a los comercios tener formas de pago sin comisiones para ellos; TransferWise permite prestarse divisas en tiempo real; crecen las opciones de crowdfunding y crowdlending así como monedas virtuales que han demostrado ser más resistentes que la libra en el Brexit o el dólar con el efecto Trump.

Pero el bancario no será la única estructura decimonónica que se verá afectada: la automoción vive sus propios problemas. Si la generación Millennial ya no corre a sacarse el carnet (en una mezcla de movilidad reducida, imposibilidad de acceder a créditos, dificultad para mantener el coche y una mayor responsabilidad medioambiental), la Z ha aprendido a compartir servicios de terceros como Uber. Google, Tesla, Ford, General Motors y compañía se preparan para crear flotas de coches autónomos y eléctricos bajo demanda para que los ciudadanos vuelvan a tomar las calles (no esa franja lateral anexa a los edificios para no molestar a los coches).

A esto se suman los continuos problemas de la industria tradicional para ganarse la confianza de los consumidores con casos como el dieselgate o el nuevo escándalo de las emisiones de Audi y el enorme interés de las grandes tecnológicas -las nuevas empresas de referencia para esta generación- que están echando el resto para entrar dentro de los coches. El último ejemplo, la compra de Harman por parte de Samsung. Como anexo, la venta de bicicletas, asistidas o no, sigue disparada en todo Occidente.

Por si os quedáis con las ganas de asistir a la próxima edición, se espera que acudan unas 70.000 personas y, de momento, todas las entradas que han salido a la venta por 300 euros ya se han vendido. Sin embargo, prometen más cantidad (y más baratas) así como otra cobertura excepcional vía web.

Redes sociales, ¿qué ocurre después de medio año desconectado?

Hace ya medio año que publiqué en este blog dos de las entradas que más lectores han tenido. Una relacionada con la disyuntiva de si las redes sociales nos acercan o alejan de los demás y otra que se centraba en el uso de las personas como mercancía por parte de las grandes plataformas de la web.

Fueron el resultado de varios meses en el que a pesar de seguir volcado en el análisis de la tecnología (que siempre he defendido como una potente herramienta humana para progresar) comenzaba a sentirme hastiado por la influencia que una rama de ella tenía en mi día a día. Ya no solo se trataba de [Enlace roto.] si no de compartir experiencias de personas que se sentían más libres desde que no estaban en ellas.

Es por ello que a finales de abril cerraba mis cuentas en Facebook, Instagram, Twitter y Pinterest (así como las de los blogs) y dejaba exclusivamente operativo mi perfil en LinkedIn, al que le daba (y doy) un uso mucho más responsable. ¿Qué ocurriría a partir de entonces? ¿Perdería relevancia el blog en la web? ¿Perdería trato con amigos? ¿Estaría más desinformado? ¿Acabaría cediendo y reabriendo alguna de ellas o incluso todas?

El modo de plantearlo era dual. Por un lado como un experimento: un apasionado de la tecnología que decidía volver a las relaciones 1.0 y solo disfrutar de la tecnología por la tecnología. De la ciencia por la ciencia. Sin tanta presión de la maquinaria de marketing y consumo que invade lo que en un primer momento fue una muy buena iniciativa. Por otro lado, como una cura de desintoxicación: una solución radical para que el iPad o el iPhone no fueran lo primero y lo último que veía cada día.

¿Cuál ha sido el resultado de todo esto después de más de 180 días? Sin dudarlo, un gran acierto. Como he dicho siempre, internet, las redes sociales y casi cualquier tecnología se enfrentan a una disyuntiva: son un enorme altavoz de todo lo bueno y todo lo malo de nuestra sociedad. Y eso hace que la casi obligada exposición a estímulos que sufre cada uno de nosotros a lo largo del día se magnifique: debates políticos trasnochados, influencers que van de alternativos y que viven patrocinados por las marcas o, de una forma más simple, la dictadura de la pantalla (y la cámara) que nos coloca a todos en una carrera en la que mostrar lo buena que es nuestra vida, toda ella de espontaneidad y naturalidad… y en la que se ocultan los puntos negros (obligatorios, necesarios y lógicos) de todos nosotros y que casi nos convierten en un mal anuncio de televisión.

La salud del blog sigue intacta -gracias a todos vosotros por dedicar parte de vuestro valioso tiempo en compartir esta visión del mundo de la tecnología- y, de hecho, el número de lectores ha crecido durante este último año a pesar de que se ha relajado el ritmo de las publicaciones (también hay una apuesta por incrementar la calidad en detrimento de la cantidad ahora que ya no hay “Me gusta” de por medio).

Respecto a la desinformación, tanto en el campo del blog, como en el profesional o en la “mera y llana” actualidad, ha ocurrido todo lo contrario. Los estudios indican que pasamos más tiempo leyendo titulares y comentarios (y mucho nos enzarzamos) que leyendo las propias noticias. Librarme de este sesgo no solo supone un extra de tiempo para leer la misma noticia en diferentes medios -con lo que puedo ganar una mayor visión de una misma historia- sino que también regala tiempo libre para ver la televisión, leer revistas (sea cual sea su formato), escuchar la radio, etc. Y todo ello sin debates estériles que muchas veces no pasan del insulto. Sin centrarnos en medios que refuerzan nuestras ideas y nos alejan de otros puntos de vista.

En lo personal, en el trato con amigos y familiares, con los de verdad, los que importan, los que no te dan un me gusta para que se lo devuelvas, sino aquellos con los que compartes tu vida estén donde estén, el resultado es inmejorable. Lo importante ya no es sacar una foto para compartirla. Lo importante es compartir un momento y, si hay tiempo, sacar una foto para recordarla. Aquellos que están lejos siguen estando a un solo “enviar” de WhatsApp, iMessage, Telegram o un email. A una sola llamada de teléfono. A una sola mesa en un bar o a una sola entrada de cine o concierto. Porque el tiempo, ese bien tan finito y al que tan poco valor le damos en esta sociedad, vuelve a nosotros cuando en vez de dedicarlo a enseñar al mundo quiénes queremos ser, lo dedicamos a ser como queremos ser.

¿Ha habido tentativa de recaída? No. Los primeros días había inercias. Sacar una foto y buscar el click que la comparte. Ver una noticia en la radio y buscar una opinión. Pero pasadas una o dos semanas se vuelve a buscar información cuando se necesita (de productos, de servicios, de actualidad) y todo vuelve a ser “normal”. Porque cuando quieres una opinión no esperas a que te la dé tu amigo número 427 sino que se la preguntas a quien está al otro lado del sofá o del teléfono. A tu compañero de trabajo o a tu vecino de abajo no a alguien a quien no ves desde hace años (y si realmente quieres saber de alguien lo haces, no le contactas a través de Facebook) y al que solo tienes en tu agenda para mostrar al mundo la cantidad de amigos que tienes.

¿Significa esto que las redes sociales son malas? No. Para nada. He podido ver y vivir experiencias maravillosas que serían imposibles sin Facebook, Twitter, Instagram o cualquier otra red. Porque su potencial es enorme. ¿Qué falla entonces? La forma en la que las usamos. La forma en la que nos enseñan a usarlas y la forma en la que sus posibilidades se han corrompido para ser un mercado más en el que explotar recursos. Esta vez, los humanos.

Es por ello que, de momento, seguiré disfrutando de la tecnología: de blogger, de wordpress, de Netflix, de Spotify, de iMessage, de WhatsApp, de Telegram, de Skype, de FaceTime, de iMessage, de Strava y de muchas más plataformas en las que la llave de entrada no sean las redes sociales sino lo que queremos hacer con ellas. Porque desde hace seis meses he vuelto a entender que lo importante de la tecnología es lo que puede hacer por nosotros y no lo que nosotros podemos hacer por ella.