Cualquiera que se detenga un momento a analizar la evolución de las ventas de iPhone y Samsung Galaxy durante los últimos trimestres se dará cuenta de que la situación sobre el papel de Apple es relativamente cómoda. Su teléfono sigue siendo el más vendido del mercado y su legión de fans permiten a los de la manzana conseguir buenas ventas incluso con terminales como el 4S (mucho más que suficiente para el uso diario de cualquiera pero con un precio bastante alto en relación a lo que ofrece la competencia).
Su situación en el mercado de tabletas es, todavía si cabe, mejor. El iPad no sólo es la estrella en las tiendas, sino que su sistema operativo iOS todavía está luchando por el liderato -que perderá inevitablemente frente a Android en pocas semanas-. ¿Por qué entonces el futuro de Apple aparece con tantas nubes?
Más allá de la evolución de sus acciones (que no siempre reflejan completamente el estado de una compañía y a veces están marcadas por pura especulación) o de la obvia pérdida de protagonismo de los de la manzana en el mercado (uno sólo ha de competir contra Google, Samsung, Sony, LG, HTC, etc.), la empresa ahora liderada por Tim Cook parece haber perdido la patina de perfección e inviolabilidad que tenía durante la segunda época del malogrado Steve Jobs.
Muestra de ello es la chapucera filtración de rumores sobre los nuevos dispositivos -una cosa es dejarse en un bar el definitivo para que se levante expectación unas pocas horas antes de la presentación y otra cosa es que todos los proveedores vayan aireando los trapos sucios de la firma-; el error de lanzar Apple Maps cuando no estaba a la altura de los productos y el sistema operativo de la empresa; la publicidad que por primera vez deja de referirse a sus dispositivos para atacar a los de la competencia o, lo peor de todo, la sensación de decepción de sus últimos equipos. Frente a la maravilla que nos pareció el iPhone 4 o el iPad 2, el iPhone 5 fue sólo un facelift -permitidme la licencia del mundo del motor- y el iPad 3-4 una treta comercial para ganar más dinero sin casi nada a cambio.
Hasta los Mac, netamente superiores a los PC con Windows están empezando a caer en el olvido por culpa de la era postPC que la propia empresa creó. Sólo un Windows 8 francamente enrevesado y el hartazgo de los clientes a un binomio (buenas especificaciones-mal sistema operativo) permite que sus ventas sigan mejor que la media del mercado.
Revés en los tribunales
Pero esa pérdida de peso específico ante la pujanza de Samsung y Google (sobre todo de la primera) no sólo se plasma en estos análisis (mi satisfacción con los productos de Apple que uso a diario me hace menos imparcial de lo que debería) sino también en los juzgados. Durante meses Samsung veía como única esperanza ganar a Apple en los tribunales fuera de Estados Unidos. No lo consiguió siempre -en Europa se blinda mucho más la propiedad intelectual que el interés del cliente- pero ahora la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos se ha posicionado a su favor y ha prohibido la importación a este país los iPhone 4 y algunos modelos de iPad.
Es cierto que Apple no lo notará en las ventas. El grueso reside en los últimos dispositivos y en la generación inmediatamente anterior gracias a sus precios más accesibles. Sin embargo, Apple ha dejado de ser vista como la innovadora y Samsung como la empresa que sólo sabe copiarla. El cuerpo a cuerpo que propugnó Steve Jobs en 2007 ante la amenaza que veía en Google y los coreanos parece que se está volviendo en su contra.
Apple gana más dinero que nadie en los mercados en los que está presente. Es sinónimo de calidad pero ya no lo es de exclusividad. Algunos rivales con nada que perder, como Sony, se atreven a disputarle el título de mejor constructor con equipos como el Xperia Z. Samsung, además, ha conseguido fidelizar a sus clientes gracias a agresivas campañas publicitarias (su omnipresencia en Londres 2012 fue sencillamente fantástica) como la presentación del S4 en Times Square y productos que ya nada tienen que ver con los primeros Galaxy.
Es cierto que algunos tienen problemas de capacidad (sí, Samsung tendrá que “capar” algunos de sus programas por defecto que casi nadie usa porque restan mucha capacidad de almacenamiento a los S4), que su tacto no es el mejor y que su precio ni siquiera es el más bajo pero ofrecen dispositivos de primera con un funcionamiento de primera.
Si a eso le unimos que recientemente ha caído el último bastión de Apple: la inviolabilidad de su sistema. Todo parecen malas noticias. Es cierto que iOS es más estable que Android. Es más rápido y también más uniforme. Su menor cuota de mercado y lanzar a la vez actualizaciones y equipos permite tener un ecosistema teóricamente mejor. Pero la publicación de un grupo de hackers del modo de infectar los equipos iOS sólo modificando su cargador -alegal al no plegarse a la norma de unificarlos para todos los dispositivos del mercado con la excusa de la seguridad- no le ha venido nada bien a la casa.
Junio parece un mes fundamental para Apple. En pocos días llegará iOS 7. Se le espera con una cara nueva y, sobre todo, con funciones que dejen atrás la duda de si es mejor iOS o Android. También un iPhone 5S que de pistas del revolucionario iPhone 6 que nos prometen en breve. Sinceramente, en su situación actual, Apple debería adelantarlo.





