China, cuando la realidad supera la ficción

Fotograma del capítulo "Nosedive" de la serie Black Mirror

Aunque en alguna ocasión nos lo hayan dicho en algún comentario, nadie en La Caverna tiene especial aprensión a las redes sociales. Como tampoco se lo tenemos a internet o a ninguna otra tecnología que, en su planteamiento, busca una mejora social. Sin embargo, sí hemos explicado muchas veces que internet -como magnificador del comportamiento humano- y las redes sociales pueden tener -si las economizamos- un lado muy oscuro.

De hecho, hace unos meses analizamos qué ocurre cuando alguien no te cobra por sus servicios: tarde o temprano son los usuarios los que se convierten en la mercancía. Por eso el peligro de no educar a los ciudadanos, niños, adolescentes o adultos sobre el uso de entornos como Facebook, Instagram, Twitter y compañía. Porque un mal uso de las mismas acaba convirtiéndoles en mercancía y, sobre todo, banalizando su vida real y la de los que les rodean.

Y parece que el paso de banalizarlo todo y convertirlo en un mero sistema de puntuaciones en función de lo que los demás perciben de nosotros está más cerca de hacerse realidad –ya se planteó en un capítulo de la serie Black Mirror llamado “Nosedive”– en China donde el Gobierno ha entregado un proyecto que pretende conectar todas las calificaciones crediticias, financieras y  legales (hasta aquí se puede casi entender) así como las sociales y políticas con el fin de desarrollar un índice de credibilidad de los ciudadanos.

Sin embargo, lo más llamativo es que, hay un gran porcentaje de la población china que está de acuerdo en este sistema para, por ejemplo, conocer la fiabilidad crediticia de cada individuo ya que, como no existe ningún tipo de registro, millones de personas no pueden acceder, por ejemplo, a tarjetas de crédito.

El gigante Alibaba, a través de su sucursal Sesame Credit, ya ha comenzado con una base de datos piloto que se apoya en un algoritmo para determinar “el tipo de persona” que está solicitando el crédito. Para ello emplean variables como las multas de tráfico que ha tenido -y las que no ha pagado-, el pago de impuestos o el tipo de compras que hace habitualmente tanto en internet como en tiendas físicas. Eso hará que un padre de familia aparezca como responsable si compra, por ejemplo, pañales o que un individuo que solo compra videojuegos se le catalogue de “inactivo”.

Conseguir una puntuación alta en este ranking hará que no tengan que dejar depósitos a la hora de alquilar una bicicleta o coche o acceder a listas preferenciales a la hora de adjudicarse un seguro médico. Incluso, podrá mostrar su ranking en redes sociales para demostrar que se trata de alguien de confianza. La contrapartida es que el sistema también bajará puntuación a aquellos que lleven a cabo actividades que rompan “la confianza social” de forma que no podrán ser considerados para cargos públicos; ¡perderán acceso a la Seguridad Social!; será más vigilado en la aduana del país; no podrá tener acceso a cama en los trenes nocturnos; le rechazarán las agencias de viajes así como los hoteles y restaurantes de más categoría o sus hijos no podrán acceder a determinados colegios y universidades.

De esta forma, para bajar puntuación no solo influirá el impago de un préstamo bancario, sino también tener opiniones poco favorables en redes sociales. Algo harto complicado teniendo en cuenta que pretenden que a lo largo de 2018 sea un sistema de adhesión obligatorio y que el desarrollo quedará en manos de plataformas privadas.

Una idea que se nos antoja macabra incluso en un país donde los ciudadanos están obligados a instalar una aplicación de rastreo del gobierno en sus smartphones o en el que son vigilados por más de 20 millones de cámaras.

Viralidad, desgranando su secreto

Todo publicista (os recomendamos este reportaje de Muy Interesante que da mucho que pensar), político, influencer o actor en internet busca sin descanso crear contenidos que sean virales. Esos que, de golpe, tienen impacto sobre millones de personas gracias a que encienden algo en nosotros consiguen un éxito “inesperado”.

Sí, inesperado va entre comillas porque cada vez son más los grupos de investigadores -públicos y privados- que buscan la receta que permita que el mensaje emitido sea un éxito y se convierta en viral. Uno de los estudios más recientes se ha llevado a cabo en la Escuela Annenberg de Comunicación de la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos, que ha concluido que la viralidad del contenido depende de la actividad cerebral del receptor.

Los investigadores contaron con la ayuda de 80 individuos que fueron sometidas a resonancias magnéticas funcionales mientras leían 80 artículos de similar extensión relacionados con salud y publicados en The New York Times. De esta forma, tenían que valorar su interés por la lectura de los artículos y compartirlos libremente mientras se realizaban las mediciones.

De esta forma, el estudio arroja que las personas tendemos a leer y compartir contenidos que conectan con nuestras experiencias, con el sentido de quienes somos o quienes queremos llegar a ser. Así, compartimos contenidos que creemos que ayudan a mejorar nuestras relaciones sociales haciéndonos parecer más inteligentes o empáticos.

La clave es que cuando un individuo escoge compartir con otros un contenido, lo hace pensando en sí mismo y en los demás, lo que hace que haya mucha más actividad neuronal. Pensar qué se va a consumir (leer) y qué se va a compartir, son por tanto, comportamientos sociales. Y esto es lo que, precisamente, permite a los investigadores predecir la viralidad de un texto.

Los usuarios del estudio compartieron en sus redes sociales los contenidos 117.611 veces. Y en todas ellas se daba una determinada combinación neuronal. De forma inconsciente se generaba una señal que daba “cierto valor” al artículo que indicaba qué se iba a compartir y qué no.

La conclusión es que es necesario generar un mensaje que haga creer al receptor que se le va a percibir de una forma positiva o que va a mejorar una relación. Si se cumple esto se va a conseguir que la tasa de dispersión del mensaje crezca.

Lo más peligroso es que, como casi todo en ciencia -incluimos las ciencias sociales- puede ser utilizado para algo muy bueno -emisión de mensajes de responsabilidad social, educación, salud, etc.- o algo muy bueno para pocos -réditos políticos o económicos, por ejemplo-.

Redes sociales, su impacto a estudio

Las redes sociales no son nada nuevo. Aunque para toda una generación sean una parte inseparable de su vida real, este enorme negocio hunde sus raíces en los años 90. Proyectos como Geocities, de 1994 en el que se podían colgar webs por temáticas en cada uno de sus “barrios”; Classmattes, que solo un año después buscaba ser una herramienta para encontrar antiguos compañeros de colegio; o Sixdegrees que era pionero en esto de diseñar un perfil de usuario y agregar amigos.

El desarrollo de la web 2.0 (en la que dejábamos de ser meros espectadores para tomar las riendas de internet) trajo consigo My Space en 2003, LinkedIn en 2004 y Microsoft Messenger. Y no fue hasta que un joven Mark Zuckerberg se sacó “de la manga” Facebook, cuando podemos hablar de una transición completa que vendría suscrita por la llegada de Twitter en 2006 o de Instagram en 2009. Por cierto, YouTube, el portal de vídeos convertida en mitad herramienta mitad red social vio la luz en 2005.

Y desde entonces todos hemos sabido de sus virtudes (conectarnos) y potencial (sobre todo económico); de sus excepcionales cifras -su crecimiento sostenido, su facturación, su impacto- pero no demasiado -al menos de una forma empírica- de sus impactos negativos. Hasta ahora.

Un equipo de la Sociedad Real de Salud Pública y el Movimiento Juvenil de la Salud del Reino Unido ha llevado a cabo casi 1.500 encuestas a jóvenes de entre 14 y 25 años de edad para pulsar el eco de las principales redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat y YouTube) en la ansiedad, depresión, acoso, propiocepción y el miedo a perderse algo (lo que los anglosajones denominan FOMO, fear of missing out).

El estudio se solapaba con un informe más completo realizado sobre una generación, la de los nativos digitales, que no ha vivido en un mundo sin internet. En el que, por lo tanto, estas herramientas de socialización tienen un impacto definitivo porque no contemplan su inexistencia.

El mapa que dibujaba el estudio arrojaba que el 91% de los jóvenes utiliza internet a diario y que una gran mayoría cuenta con perfiles en redes sociales. Esto les permitía gozar de un enorme sentido de comunidad más allá de los preceptos clásicos de generaciones anteriores. Sin embargo, también genera un mayor impacto negativo en el sueño (vital para la salud y el aprendizaje), el acoso y la ansiedad por el “miedo a perderse algo”.

Aunque el estudio se hizo preguntando a los jóvenes cómo se sienten al usar cada una de las redes sociales de las que forman parte, el propio informe dice que no se puede entablar una relación empírica entre éstas y el notable incremento de las tasas de depresión y ansiedad en esta franja de edad.

Además de un potente sentido comunitario, las redes sociales también ayudan a subrayar la identidad del individuo. Sin embargo, para que estos efectos positivos no tengan contrapartida es absolutamente necesario educar a los jóvenes en conceptos de seguridad digital y proteger su bienestar mental derivado del mismo.

Por cierto, los usuarios estudiados decían que Instagram, Snapchat y Facebook eran las tres que tenían un impacto más negativo en ellos, seguido de Twitter y YouTube, del que casi no resaltaban ningún efecto negativo.

Hangouts, el enésimo proyecto fallido de Google

Google es, sin duda, una empresa diferente a todas las demás. Tiene un enorme potencial innovador y ningún miedo al sistema de prueba y error a la hora de poner en marcha nuevos servicios y plataformas. Eso le ha permitido dominar internet y otros mercados pero también le ha provocado sonoros fracasos.

Los sectores que más se le resisten, con mucha diferencia, son los de las redes sociales y la mensajería instantánea. Así, desde que intentó sin suerte que Talk fuera una aplicación preinstalada en todos los equipos Android, ha ido dando bandazos viendo como WhatsApp, Facebook o Telegram se han impuesto a sus servicios sin problema.

Ahora, Hangouts, su “penúltimo” servicio de mensajería parece condenado a desaparecer. A pesar de sus interesantes opciones -aprendieron bastante de Talk y quisieron crear algo que fuera mucho más adelantado a sus rivales- como las llamadas y videollamadas varios meses antes que su competencia, que la cuenta de usuario estuviera ligada a la cuenta de correo y no el teléfono hizo que muchas personas desconfiaran.

Google, incluso, integró los SMS en la aplicación. La idea era una única fuente de comunicación para el usuario pero, por desgracia, solo consiguió un caos en el que muchos nos sabían si se hablaba a través de internet o por el sistema clásico de principios de siglo.

La falta de apoyo por parte de los usuarios hizo que en el último Google I/O los de Mountain View lanzaran dos nuevas apps: Allo para la mensajería y Duo para las llamadas. Todo indica que debería estar integradas, sin embargo, la empresa del buscador triplicó las opciones y lo complicó todo aún más.

Ninguna de las dos ha tenido la repercusión que se esperaba de ellas. No vienen por defecto en los nuevos Android y no están destacadas en Google Play. Pero parece que, aún así, están abocadas a ser el futuro de la mensajería de Google. Porque Hangouts ya no soporta SMS y porque en el sector empresarial se ha dividido en Meet para videoconferencias y Chat para mensajería.

En definitiva, una herramienta que solo parece interesante para la filial corporativa G Suite de Alphabet y que debería dejar paso en un futuro cercano a Allo y Duo. El problema, sin embargo, es que con un mercado maduro en el que los usuarios parecen aplaudir la integración de servicios (Facebook Messenger, WhatsApp, iMessage y compañía), los continuos cambios de nombre y funcionalidades de cada app solo sirven para perder potencial frente a competidores mucho más maduros.

La duda que nos surge es que si, finalmente, Allo y Duo acaban integrándose, todo el trabajo que han andado con Hangouts y que ahora inexplicablemente desmontan, volverá a repetirse. Lo más seguro es que sigan intentando repetir la estrategia de la empresa de Zuckerberg o de Apple aunque no sepan si atinar hacia una herramienta o una red social. Un negocio millonario está en juego.

Facebook, guerra a las noticias falsas

Desde hace mucho tiempo Mark Zuckerberg ha intentado que Facebook sea el medio a través del cual entramos en la red de redes. No solo con proyectos para llevar la conexión a todo el planeta, sino que no ceja en el empeño de convertir su red social en una plataforma donde comprar, compartir o informarse. Instant Articles, es la cristalización en lo que a medios de comunicación se refiere. Una forma de llegar a su enorme base de clientes usuarios y de conocer más de ellos.

Sin embargo, como novela de Lemony Snicket, una serie de catastróficas desdichas ha puesto a la plataforma de noticias de Facebook en el disparadero. La elección de Donald Trump como presidente o la elección de “postverdad” como palabra del año por Oxford Dictionaries ha hecho que la sociedad se haya echado encima de Facebook para exigirles que controlen la difusión de bulos en su red.

Muy a su forma, el CEO de la empresa ha lanzado una nota cercana en su muro en la que explica que “nos tomamos la desinformación muy en serio. Nuestra meta es conectar a las personas con las historias que tienen más sentido para ellos y sabemos que quieren información certera. Llevamos bastante tiempo trabajando en este problema”. Una forma muy clara de reconocer su responsabilidad y que no son solo un difusor.

El problema es complejo. Es cierto que, por un lado, Facebook es solo un potente altavoz (el más potente hasta la fecha) de cualquier idea o noticia. Falsa o no. Es cierto que responsabilizar a la red social de que determinadas noticias falsas hayan calado en la sociedad (con Trump, con el Brexit, con lo que sea) es una forma muy descarada de lavarse las manos por parte de los ciudadanos y políticos. Pero también es verdad que jamás ningún medio -y ninguno es imparcial o desintersado- han tenido acceso a semejante cantidad de público.

Es por ello que la empresa decidió crea un Editor de Contenido cuya función es, precisamente, controlar este tipo de bulos y evitar que se expandan y se conviertan en medias verdades a base de ser repetidos. El problema es que no ha sido todo lo eficaz que debería dentro de su News Feed. Por eso Zuckerberg ha publicado siete medidas llamadas a atajar este problema:

  • Sistemas de detección más sólidos que rastrearán más eficazmente lo que los propios usuarios marquen como falso.
  • Avisos más sencillos para que los lectores puedan ponerse en contacto con la red social.
  • Verificaciones por terceros por parte de organizaciones externas expertas en esta materia y sin conflictos de intereses con la red social y sus anunciantes.
  • Advertencias que indiquen que una historia ha sido marcada como falsa por otro usuario.
  • Certificado de calidad de los artículos relacionados con las historias publicadas.
  • Acabar con las fuentes de negocio de los generadores de noticias falsas. Según Facebook coinciden muchas veces con los creadores de spam por lo que es fácil rastrearles y bloquearles.
  • Escuchar a miembros del sector de las comunicaciones como periodistas para aprender de sus sistemas de verificación y sus formas de trabajar ante contenidos poco fiables.
Son varias las voces que han pedido que Facebook no se convierta en un censor, pero que sí tome cartas para evitar que los contenidos malintencionados que pueden tener consecuencias nocivas para la sociedad no tengan difusión en su espacio.
Nuestra duda es si es un problema que se puede solucionar solo con un puñado de humanos y algoritmos o si, realmente, se necesita un planteamiento y una resolución más compleja y eficaz: qué queremos atajar realmente y cómo debemos hacerlo para que no queden puertas traseras. No es solo una cuestión de Facebook (¿qué pasa con la información falsa comercial como las fotos de famosos en Instagram anunciando productos “veladamente” y engañando a los usuarios descaradamente?). Hay un grave problema educacional sobre esta nueva herramienta que son las redes sociales y eso es algo mucho más difícil de atajar.