Viralidad, desgranando su secreto

Todo publicista (os recomendamos este reportaje de Muy Interesante que da mucho que pensar), político, influencer o actor en internet busca sin descanso crear contenidos que sean virales. Esos que, de golpe, tienen impacto sobre millones de personas gracias a que encienden algo en nosotros consiguen un éxito “inesperado”.

Sí, inesperado va entre comillas porque cada vez son más los grupos de investigadores -públicos y privados- que buscan la receta que permita que el mensaje emitido sea un éxito y se convierta en viral. Uno de los estudios más recientes se ha llevado a cabo en la Escuela Annenberg de Comunicación de la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos, que ha concluido que la viralidad del contenido depende de la actividad cerebral del receptor.

Los investigadores contaron con la ayuda de 80 individuos que fueron sometidas a resonancias magnéticas funcionales mientras leían 80 artículos de similar extensión relacionados con salud y publicados en The New York Times. De esta forma, tenían que valorar su interés por la lectura de los artículos y compartirlos libremente mientras se realizaban las mediciones.

De esta forma, el estudio arroja que las personas tendemos a leer y compartir contenidos que conectan con nuestras experiencias, con el sentido de quienes somos o quienes queremos llegar a ser. Así, compartimos contenidos que creemos que ayudan a mejorar nuestras relaciones sociales haciéndonos parecer más inteligentes o empáticos.

La clave es que cuando un individuo escoge compartir con otros un contenido, lo hace pensando en sí mismo y en los demás, lo que hace que haya mucha más actividad neuronal. Pensar qué se va a consumir (leer) y qué se va a compartir, son por tanto, comportamientos sociales. Y esto es lo que, precisamente, permite a los investigadores predecir la viralidad de un texto.

Los usuarios del estudio compartieron en sus redes sociales los contenidos 117.611 veces. Y en todas ellas se daba una determinada combinación neuronal. De forma inconsciente se generaba una señal que daba “cierto valor” al artículo que indicaba qué se iba a compartir y qué no.

La conclusión es que es necesario generar un mensaje que haga creer al receptor que se le va a percibir de una forma positiva o que va a mejorar una relación. Si se cumple esto se va a conseguir que la tasa de dispersión del mensaje crezca.

Lo más peligroso es que, como casi todo en ciencia -incluimos las ciencias sociales- puede ser utilizado para algo muy bueno -emisión de mensajes de responsabilidad social, educación, salud, etc.- o algo muy bueno para pocos -réditos políticos o económicos, por ejemplo-.

Redes sociales, su impacto a estudio

Las redes sociales no son nada nuevo. Aunque para toda una generación sean una parte inseparable de su vida real, este enorme negocio hunde sus raíces en los años 90. Proyectos como Geocities, de 1994 en el que se podían colgar webs por temáticas en cada uno de sus “barrios”; Classmattes, que solo un año después buscaba ser una herramienta para encontrar antiguos compañeros de colegio; o Sixdegrees que era pionero en esto de diseñar un perfil de usuario y agregar amigos.

El desarrollo de la web 2.0 (en la que dejábamos de ser meros espectadores para tomar las riendas de internet) trajo consigo My Space en 2003, LinkedIn en 2004 y Microsoft Messenger. Y no fue hasta que un joven Mark Zuckerberg se sacó “de la manga” Facebook, cuando podemos hablar de una transición completa que vendría suscrita por la llegada de Twitter en 2006 o de Instagram en 2009. Por cierto, YouTube, el portal de vídeos convertida en mitad herramienta mitad red social vio la luz en 2005.

Y desde entonces todos hemos sabido de sus virtudes (conectarnos) y potencial (sobre todo económico); de sus excepcionales cifras -su crecimiento sostenido, su facturación, su impacto- pero no demasiado -al menos de una forma empírica- de sus impactos negativos. Hasta ahora.

Un equipo de la Sociedad Real de Salud Pública y el Movimiento Juvenil de la Salud del Reino Unido ha llevado a cabo casi 1.500 encuestas a jóvenes de entre 14 y 25 años de edad para pulsar el eco de las principales redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat y YouTube) en la ansiedad, depresión, acoso, propiocepción y el miedo a perderse algo (lo que los anglosajones denominan FOMO, fear of missing out).

El estudio se solapaba con un informe más completo realizado sobre una generación, la de los nativos digitales, que no ha vivido en un mundo sin internet. En el que, por lo tanto, estas herramientas de socialización tienen un impacto definitivo porque no contemplan su inexistencia.

El mapa que dibujaba el estudio arrojaba que el 91% de los jóvenes utiliza internet a diario y que una gran mayoría cuenta con perfiles en redes sociales. Esto les permitía gozar de un enorme sentido de comunidad más allá de los preceptos clásicos de generaciones anteriores. Sin embargo, también genera un mayor impacto negativo en el sueño (vital para la salud y el aprendizaje), el acoso y la ansiedad por el “miedo a perderse algo”.

Aunque el estudio se hizo preguntando a los jóvenes cómo se sienten al usar cada una de las redes sociales de las que forman parte, el propio informe dice que no se puede entablar una relación empírica entre éstas y el notable incremento de las tasas de depresión y ansiedad en esta franja de edad.

Además de un potente sentido comunitario, las redes sociales también ayudan a subrayar la identidad del individuo. Sin embargo, para que estos efectos positivos no tengan contrapartida es absolutamente necesario educar a los jóvenes en conceptos de seguridad digital y proteger su bienestar mental derivado del mismo.

Por cierto, los usuarios estudiados decían que Instagram, Snapchat y Facebook eran las tres que tenían un impacto más negativo en ellos, seguido de Twitter y YouTube, del que casi no resaltaban ningún efecto negativo.

Hangouts, el enésimo proyecto fallido de Google

Google es, sin duda, una empresa diferente a todas las demás. Tiene un enorme potencial innovador y ningún miedo al sistema de prueba y error a la hora de poner en marcha nuevos servicios y plataformas. Eso le ha permitido dominar internet y otros mercados pero también le ha provocado sonoros fracasos.

Los sectores que más se le resisten, con mucha diferencia, son los de las redes sociales y la mensajería instantánea. Así, desde que intentó sin suerte que Talk fuera una aplicación preinstalada en todos los equipos Android, ha ido dando bandazos viendo como WhatsApp, Facebook o Telegram se han impuesto a sus servicios sin problema.

Ahora, Hangouts, su “penúltimo” servicio de mensajería parece condenado a desaparecer. A pesar de sus interesantes opciones -aprendieron bastante de Talk y quisieron crear algo que fuera mucho más adelantado a sus rivales- como las llamadas y videollamadas varios meses antes que su competencia, que la cuenta de usuario estuviera ligada a la cuenta de correo y no el teléfono hizo que muchas personas desconfiaran.

Google, incluso, integró los SMS en la aplicación. La idea era una única fuente de comunicación para el usuario pero, por desgracia, solo consiguió un caos en el que muchos nos sabían si se hablaba a través de internet o por el sistema clásico de principios de siglo.

La falta de apoyo por parte de los usuarios hizo que en el último Google I/O los de Mountain View lanzaran dos nuevas apps: Allo para la mensajería y Duo para las llamadas. Todo indica que debería estar integradas, sin embargo, la empresa del buscador triplicó las opciones y lo complicó todo aún más.

Ninguna de las dos ha tenido la repercusión que se esperaba de ellas. No vienen por defecto en los nuevos Android y no están destacadas en Google Play. Pero parece que, aún así, están abocadas a ser el futuro de la mensajería de Google. Porque Hangouts ya no soporta SMS y porque en el sector empresarial se ha dividido en Meet para videoconferencias y Chat para mensajería.

En definitiva, una herramienta que solo parece interesante para la filial corporativa G Suite de Alphabet y que debería dejar paso en un futuro cercano a Allo y Duo. El problema, sin embargo, es que con un mercado maduro en el que los usuarios parecen aplaudir la integración de servicios (Facebook Messenger, WhatsApp, iMessage y compañía), los continuos cambios de nombre y funcionalidades de cada app solo sirven para perder potencial frente a competidores mucho más maduros.

La duda que nos surge es que si, finalmente, Allo y Duo acaban integrándose, todo el trabajo que han andado con Hangouts y que ahora inexplicablemente desmontan, volverá a repetirse. Lo más seguro es que sigan intentando repetir la estrategia de la empresa de Zuckerberg o de Apple aunque no sepan si atinar hacia una herramienta o una red social. Un negocio millonario está en juego.

Facebook, guerra a las noticias falsas

Desde hace mucho tiempo Mark Zuckerberg ha intentado que Facebook sea el medio a través del cual entramos en la red de redes. No solo con proyectos para llevar la conexión a todo el planeta, sino que no ceja en el empeño de convertir su red social en una plataforma donde comprar, compartir o informarse. Instant Articles, es la cristalización en lo que a medios de comunicación se refiere. Una forma de llegar a su enorme base de clientes usuarios y de conocer más de ellos.

Sin embargo, como novela de Lemony Snicket, una serie de catastróficas desdichas ha puesto a la plataforma de noticias de Facebook en el disparadero. La elección de Donald Trump como presidente o la elección de “postverdad” como palabra del año por Oxford Dictionaries ha hecho que la sociedad se haya echado encima de Facebook para exigirles que controlen la difusión de bulos en su red.

Muy a su forma, el CEO de la empresa ha lanzado una nota cercana en su muro en la que explica que “nos tomamos la desinformación muy en serio. Nuestra meta es conectar a las personas con las historias que tienen más sentido para ellos y sabemos que quieren información certera. Llevamos bastante tiempo trabajando en este problema”. Una forma muy clara de reconocer su responsabilidad y que no son solo un difusor.

El problema es complejo. Es cierto que, por un lado, Facebook es solo un potente altavoz (el más potente hasta la fecha) de cualquier idea o noticia. Falsa o no. Es cierto que responsabilizar a la red social de que determinadas noticias falsas hayan calado en la sociedad (con Trump, con el Brexit, con lo que sea) es una forma muy descarada de lavarse las manos por parte de los ciudadanos y políticos. Pero también es verdad que jamás ningún medio -y ninguno es imparcial o desintersado- han tenido acceso a semejante cantidad de público.

Es por ello que la empresa decidió crea un Editor de Contenido cuya función es, precisamente, controlar este tipo de bulos y evitar que se expandan y se conviertan en medias verdades a base de ser repetidos. El problema es que no ha sido todo lo eficaz que debería dentro de su News Feed. Por eso Zuckerberg ha publicado siete medidas llamadas a atajar este problema:

  • Sistemas de detección más sólidos que rastrearán más eficazmente lo que los propios usuarios marquen como falso.
  • Avisos más sencillos para que los lectores puedan ponerse en contacto con la red social.
  • Verificaciones por terceros por parte de organizaciones externas expertas en esta materia y sin conflictos de intereses con la red social y sus anunciantes.
  • Advertencias que indiquen que una historia ha sido marcada como falsa por otro usuario.
  • Certificado de calidad de los artículos relacionados con las historias publicadas.
  • Acabar con las fuentes de negocio de los generadores de noticias falsas. Según Facebook coinciden muchas veces con los creadores de spam por lo que es fácil rastrearles y bloquearles.
  • Escuchar a miembros del sector de las comunicaciones como periodistas para aprender de sus sistemas de verificación y sus formas de trabajar ante contenidos poco fiables.
Son varias las voces que han pedido que Facebook no se convierta en un censor, pero que sí tome cartas para evitar que los contenidos malintencionados que pueden tener consecuencias nocivas para la sociedad no tengan difusión en su espacio.
Nuestra duda es si es un problema que se puede solucionar solo con un puñado de humanos y algoritmos o si, realmente, se necesita un planteamiento y una resolución más compleja y eficaz: qué queremos atajar realmente y cómo debemos hacerlo para que no queden puertas traseras. No es solo una cuestión de Facebook (¿qué pasa con la información falsa comercial como las fotos de famosos en Instagram anunciando productos “veladamente” y engañando a los usuarios descaradamente?). Hay un grave problema educacional sobre esta nueva herramienta que son las redes sociales y eso es algo mucho más difícil de atajar.

Redes sociales, ¿qué ocurre después de medio año desconectado?

Hace ya medio año que publiqué en este blog dos de las entradas que más lectores han tenido. Una relacionada con la disyuntiva de si las redes sociales nos acercan o alejan de los demás y otra que se centraba en el uso de las personas como mercancía por parte de las grandes plataformas de la web.

Fueron el resultado de varios meses en el que a pesar de seguir volcado en el análisis de la tecnología (que siempre he defendido como una potente herramienta humana para progresar) comenzaba a sentirme hastiado por la influencia que una rama de ella tenía en mi día a día. Ya no solo se trataba de [Enlace roto.] si no de compartir experiencias de personas que se sentían más libres desde que no estaban en ellas.

Es por ello que a finales de abril cerraba mis cuentas en Facebook, Instagram, Twitter y Pinterest (así como las de los blogs) y dejaba exclusivamente operativo mi perfil en LinkedIn, al que le daba (y doy) un uso mucho más responsable. ¿Qué ocurriría a partir de entonces? ¿Perdería relevancia el blog en la web? ¿Perdería trato con amigos? ¿Estaría más desinformado? ¿Acabaría cediendo y reabriendo alguna de ellas o incluso todas?

El modo de plantearlo era dual. Por un lado como un experimento: un apasionado de la tecnología que decidía volver a las relaciones 1.0 y solo disfrutar de la tecnología por la tecnología. De la ciencia por la ciencia. Sin tanta presión de la maquinaria de marketing y consumo que invade lo que en un primer momento fue una muy buena iniciativa. Por otro lado, como una cura de desintoxicación: una solución radical para que el iPad o el iPhone no fueran lo primero y lo último que veía cada día.

¿Cuál ha sido el resultado de todo esto después de más de 180 días? Sin dudarlo, un gran acierto. Como he dicho siempre, internet, las redes sociales y casi cualquier tecnología se enfrentan a una disyuntiva: son un enorme altavoz de todo lo bueno y todo lo malo de nuestra sociedad. Y eso hace que la casi obligada exposición a estímulos que sufre cada uno de nosotros a lo largo del día se magnifique: debates políticos trasnochados, influencers que van de alternativos y que viven patrocinados por las marcas o, de una forma más simple, la dictadura de la pantalla (y la cámara) que nos coloca a todos en una carrera en la que mostrar lo buena que es nuestra vida, toda ella de espontaneidad y naturalidad… y en la que se ocultan los puntos negros (obligatorios, necesarios y lógicos) de todos nosotros y que casi nos convierten en un mal anuncio de televisión.

La salud del blog sigue intacta -gracias a todos vosotros por dedicar parte de vuestro valioso tiempo en compartir esta visión del mundo de la tecnología- y, de hecho, el número de lectores ha crecido durante este último año a pesar de que se ha relajado el ritmo de las publicaciones (también hay una apuesta por incrementar la calidad en detrimento de la cantidad ahora que ya no hay “Me gusta” de por medio).

Respecto a la desinformación, tanto en el campo del blog, como en el profesional o en la “mera y llana” actualidad, ha ocurrido todo lo contrario. Los estudios indican que pasamos más tiempo leyendo titulares y comentarios (y mucho nos enzarzamos) que leyendo las propias noticias. Librarme de este sesgo no solo supone un extra de tiempo para leer la misma noticia en diferentes medios -con lo que puedo ganar una mayor visión de una misma historia- sino que también regala tiempo libre para ver la televisión, leer revistas (sea cual sea su formato), escuchar la radio, etc. Y todo ello sin debates estériles que muchas veces no pasan del insulto. Sin centrarnos en medios que refuerzan nuestras ideas y nos alejan de otros puntos de vista.

En lo personal, en el trato con amigos y familiares, con los de verdad, los que importan, los que no te dan un me gusta para que se lo devuelvas, sino aquellos con los que compartes tu vida estén donde estén, el resultado es inmejorable. Lo importante ya no es sacar una foto para compartirla. Lo importante es compartir un momento y, si hay tiempo, sacar una foto para recordarla. Aquellos que están lejos siguen estando a un solo “enviar” de WhatsApp, iMessage, Telegram o un email. A una sola llamada de teléfono. A una sola mesa en un bar o a una sola entrada de cine o concierto. Porque el tiempo, ese bien tan finito y al que tan poco valor le damos en esta sociedad, vuelve a nosotros cuando en vez de dedicarlo a enseñar al mundo quiénes queremos ser, lo dedicamos a ser como queremos ser.

¿Ha habido tentativa de recaída? No. Los primeros días había inercias. Sacar una foto y buscar el click que la comparte. Ver una noticia en la radio y buscar una opinión. Pero pasadas una o dos semanas se vuelve a buscar información cuando se necesita (de productos, de servicios, de actualidad) y todo vuelve a ser “normal”. Porque cuando quieres una opinión no esperas a que te la dé tu amigo número 427 sino que se la preguntas a quien está al otro lado del sofá o del teléfono. A tu compañero de trabajo o a tu vecino de abajo no a alguien a quien no ves desde hace años (y si realmente quieres saber de alguien lo haces, no le contactas a través de Facebook) y al que solo tienes en tu agenda para mostrar al mundo la cantidad de amigos que tienes.

¿Significa esto que las redes sociales son malas? No. Para nada. He podido ver y vivir experiencias maravillosas que serían imposibles sin Facebook, Twitter, Instagram o cualquier otra red. Porque su potencial es enorme. ¿Qué falla entonces? La forma en la que las usamos. La forma en la que nos enseñan a usarlas y la forma en la que sus posibilidades se han corrompido para ser un mercado más en el que explotar recursos. Esta vez, los humanos.

Es por ello que, de momento, seguiré disfrutando de la tecnología: de blogger, de wordpress, de Netflix, de Spotify, de iMessage, de WhatsApp, de Telegram, de Skype, de FaceTime, de iMessage, de Strava y de muchas más plataformas en las que la llave de entrada no sean las redes sociales sino lo que queremos hacer con ellas. Porque desde hace seis meses he vuelto a entender que lo importante de la tecnología es lo que puede hacer por nosotros y no lo que nosotros podemos hacer por ella.