Facebook, guerra a las noticias falsas

Desde hace mucho tiempo Mark Zuckerberg ha intentado que Facebook sea el medio a través del cual entramos en la red de redes. No solo con proyectos para llevar la conexión a todo el planeta, sino que no ceja en el empeño de convertir su red social en una plataforma donde comprar, compartir o informarse. Instant Articles, es la cristalización en lo que a medios de comunicación se refiere. Una forma de llegar a su enorme base de clientes usuarios y de conocer más de ellos.

Sin embargo, como novela de Lemony Snicket, una serie de catastróficas desdichas ha puesto a la plataforma de noticias de Facebook en el disparadero. La elección de Donald Trump como presidente o la elección de “postverdad” como palabra del año por Oxford Dictionaries ha hecho que la sociedad se haya echado encima de Facebook para exigirles que controlen la difusión de bulos en su red.

Muy a su forma, el CEO de la empresa ha lanzado una nota cercana en su muro en la que explica que “nos tomamos la desinformación muy en serio. Nuestra meta es conectar a las personas con las historias que tienen más sentido para ellos y sabemos que quieren información certera. Llevamos bastante tiempo trabajando en este problema”. Una forma muy clara de reconocer su responsabilidad y que no son solo un difusor.

El problema es complejo. Es cierto que, por un lado, Facebook es solo un potente altavoz (el más potente hasta la fecha) de cualquier idea o noticia. Falsa o no. Es cierto que responsabilizar a la red social de que determinadas noticias falsas hayan calado en la sociedad (con Trump, con el Brexit, con lo que sea) es una forma muy descarada de lavarse las manos por parte de los ciudadanos y políticos. Pero también es verdad que jamás ningún medio -y ninguno es imparcial o desintersado- han tenido acceso a semejante cantidad de público.

Es por ello que la empresa decidió crea un Editor de Contenido cuya función es, precisamente, controlar este tipo de bulos y evitar que se expandan y se conviertan en medias verdades a base de ser repetidos. El problema es que no ha sido todo lo eficaz que debería dentro de su News Feed. Por eso Zuckerberg ha publicado siete medidas llamadas a atajar este problema:

  • Sistemas de detección más sólidos que rastrearán más eficazmente lo que los propios usuarios marquen como falso.
  • Avisos más sencillos para que los lectores puedan ponerse en contacto con la red social.
  • Verificaciones por terceros por parte de organizaciones externas expertas en esta materia y sin conflictos de intereses con la red social y sus anunciantes.
  • Advertencias que indiquen que una historia ha sido marcada como falsa por otro usuario.
  • Certificado de calidad de los artículos relacionados con las historias publicadas.
  • Acabar con las fuentes de negocio de los generadores de noticias falsas. Según Facebook coinciden muchas veces con los creadores de spam por lo que es fácil rastrearles y bloquearles.
  • Escuchar a miembros del sector de las comunicaciones como periodistas para aprender de sus sistemas de verificación y sus formas de trabajar ante contenidos poco fiables.
Son varias las voces que han pedido que Facebook no se convierta en un censor, pero que sí tome cartas para evitar que los contenidos malintencionados que pueden tener consecuencias nocivas para la sociedad no tengan difusión en su espacio.
Nuestra duda es si es un problema que se puede solucionar solo con un puñado de humanos y algoritmos o si, realmente, se necesita un planteamiento y una resolución más compleja y eficaz: qué queremos atajar realmente y cómo debemos hacerlo para que no queden puertas traseras. No es solo una cuestión de Facebook (¿qué pasa con la información falsa comercial como las fotos de famosos en Instagram anunciando productos “veladamente” y engañando a los usuarios descaradamente?). Hay un grave problema educacional sobre esta nueva herramienta que son las redes sociales y eso es algo mucho más difícil de atajar.

Redes sociales, ¿qué ocurre después de medio año desconectado?

Hace ya medio año que publiqué en este blog dos de las entradas que más lectores han tenido. Una relacionada con la disyuntiva de si las redes sociales nos acercan o alejan de los demás y otra que se centraba en el uso de las personas como mercancía por parte de las grandes plataformas de la web.

Fueron el resultado de varios meses en el que a pesar de seguir volcado en el análisis de la tecnología (que siempre he defendido como una potente herramienta humana para progresar) comenzaba a sentirme hastiado por la influencia que una rama de ella tenía en mi día a día. Ya no solo se trataba de [Enlace roto.] si no de compartir experiencias de personas que se sentían más libres desde que no estaban en ellas.

Es por ello que a finales de abril cerraba mis cuentas en Facebook, Instagram, Twitter y Pinterest (así como las de los blogs) y dejaba exclusivamente operativo mi perfil en LinkedIn, al que le daba (y doy) un uso mucho más responsable. ¿Qué ocurriría a partir de entonces? ¿Perdería relevancia el blog en la web? ¿Perdería trato con amigos? ¿Estaría más desinformado? ¿Acabaría cediendo y reabriendo alguna de ellas o incluso todas?

El modo de plantearlo era dual. Por un lado como un experimento: un apasionado de la tecnología que decidía volver a las relaciones 1.0 y solo disfrutar de la tecnología por la tecnología. De la ciencia por la ciencia. Sin tanta presión de la maquinaria de marketing y consumo que invade lo que en un primer momento fue una muy buena iniciativa. Por otro lado, como una cura de desintoxicación: una solución radical para que el iPad o el iPhone no fueran lo primero y lo último que veía cada día.

¿Cuál ha sido el resultado de todo esto después de más de 180 días? Sin dudarlo, un gran acierto. Como he dicho siempre, internet, las redes sociales y casi cualquier tecnología se enfrentan a una disyuntiva: son un enorme altavoz de todo lo bueno y todo lo malo de nuestra sociedad. Y eso hace que la casi obligada exposición a estímulos que sufre cada uno de nosotros a lo largo del día se magnifique: debates políticos trasnochados, influencers que van de alternativos y que viven patrocinados por las marcas o, de una forma más simple, la dictadura de la pantalla (y la cámara) que nos coloca a todos en una carrera en la que mostrar lo buena que es nuestra vida, toda ella de espontaneidad y naturalidad… y en la que se ocultan los puntos negros (obligatorios, necesarios y lógicos) de todos nosotros y que casi nos convierten en un mal anuncio de televisión.

La salud del blog sigue intacta -gracias a todos vosotros por dedicar parte de vuestro valioso tiempo en compartir esta visión del mundo de la tecnología- y, de hecho, el número de lectores ha crecido durante este último año a pesar de que se ha relajado el ritmo de las publicaciones (también hay una apuesta por incrementar la calidad en detrimento de la cantidad ahora que ya no hay “Me gusta” de por medio).

Respecto a la desinformación, tanto en el campo del blog, como en el profesional o en la “mera y llana” actualidad, ha ocurrido todo lo contrario. Los estudios indican que pasamos más tiempo leyendo titulares y comentarios (y mucho nos enzarzamos) que leyendo las propias noticias. Librarme de este sesgo no solo supone un extra de tiempo para leer la misma noticia en diferentes medios -con lo que puedo ganar una mayor visión de una misma historia- sino que también regala tiempo libre para ver la televisión, leer revistas (sea cual sea su formato), escuchar la radio, etc. Y todo ello sin debates estériles que muchas veces no pasan del insulto. Sin centrarnos en medios que refuerzan nuestras ideas y nos alejan de otros puntos de vista.

En lo personal, en el trato con amigos y familiares, con los de verdad, los que importan, los que no te dan un me gusta para que se lo devuelvas, sino aquellos con los que compartes tu vida estén donde estén, el resultado es inmejorable. Lo importante ya no es sacar una foto para compartirla. Lo importante es compartir un momento y, si hay tiempo, sacar una foto para recordarla. Aquellos que están lejos siguen estando a un solo “enviar” de WhatsApp, iMessage, Telegram o un email. A una sola llamada de teléfono. A una sola mesa en un bar o a una sola entrada de cine o concierto. Porque el tiempo, ese bien tan finito y al que tan poco valor le damos en esta sociedad, vuelve a nosotros cuando en vez de dedicarlo a enseñar al mundo quiénes queremos ser, lo dedicamos a ser como queremos ser.

¿Ha habido tentativa de recaída? No. Los primeros días había inercias. Sacar una foto y buscar el click que la comparte. Ver una noticia en la radio y buscar una opinión. Pero pasadas una o dos semanas se vuelve a buscar información cuando se necesita (de productos, de servicios, de actualidad) y todo vuelve a ser “normal”. Porque cuando quieres una opinión no esperas a que te la dé tu amigo número 427 sino que se la preguntas a quien está al otro lado del sofá o del teléfono. A tu compañero de trabajo o a tu vecino de abajo no a alguien a quien no ves desde hace años (y si realmente quieres saber de alguien lo haces, no le contactas a través de Facebook) y al que solo tienes en tu agenda para mostrar al mundo la cantidad de amigos que tienes.

¿Significa esto que las redes sociales son malas? No. Para nada. He podido ver y vivir experiencias maravillosas que serían imposibles sin Facebook, Twitter, Instagram o cualquier otra red. Porque su potencial es enorme. ¿Qué falla entonces? La forma en la que las usamos. La forma en la que nos enseñan a usarlas y la forma en la que sus posibilidades se han corrompido para ser un mercado más en el que explotar recursos. Esta vez, los humanos.

Es por ello que, de momento, seguiré disfrutando de la tecnología: de blogger, de wordpress, de Netflix, de Spotify, de iMessage, de WhatsApp, de Telegram, de Skype, de FaceTime, de iMessage, de Strava y de muchas más plataformas en las que la llave de entrada no sean las redes sociales sino lo que queremos hacer con ellas. Porque desde hace seis meses he vuelto a entender que lo importante de la tecnología es lo que puede hacer por nosotros y no lo que nosotros podemos hacer por ella.

Instagram, el verdadero cambio que Mark Zuckerberg estaba buscando

Si hay algo que controle el equipo de trabajo de Mark Zuckerberg es la forma de implementar cambios en sus servicios (redes sociales). Casi cualquier novedad que ocurra en algo que afecta a miles de millones de personas siempre está rodeado de polémica. Desde los cambios más importantes (los que afectan a la privacidad o los contenidos) hasta los más nimios, aquellos referidos a la forma de la propia red social.

Hace unas pocas semanas, la filial fotográfica de Facebook (hace mucho tiempo que dejó de ser un ente independiente y fresco) decidió cambiar su lenguaje de diseño. La idea era acabar con la imagen “vintage” por una más juvenil (la amenaza de Snapchat es enorme entre la nueva generación de usuarios) y quedar más cerca del estilo de las aplicaciones de fotografías más habituales: las de Android y el sistema operativo de Apple.

El icono solo era la rúbrica del paso del diseño apoyado en el skeumorfismo al minimalismo de los nuevos entornos operativos. Las cifras exigían un cambio: cada día se comparten 80 millones de fotos y vídeos en Instagram y los ven más de 400 millones de usuarios. Y su enorme tamaño -mayor que Twitter- ha pervertido por completo la red. Ahora es un enorme escenario en el que las celebrities comparten sus vivencias, se enzarzan entre ellas y comienzan campañas de todo tipo (sobre todo publicitarias).

Unificar la imagen a Facebook y, por qué no, a iOS y Android tiene un objetivo claro: hacerlo una parte indispensable de su uso. Eso sí, la idea fue vendida muy acertadamente como “una representación de la variedad de expresión de la comunidad” en la que “el contenido es lo primordial.

Como hemos dicho, corrieron ríos de tinta (digital) al respecto. Millones de usuarios clamaban la pérdida de identidad de la aplicación. El espíritu retro que nos hacía vivir los primeros años de las apps, de los smartphones, de las redes sociales menos masificadas desaparecía en medio de un diseño propio de Ikea.

Curiosamente, el debate sobre el verdadero cambio de Instagram había desaparecido. Durante las semanas anteriores millones de personas nos quejamos de la intención de la red social de alterar las prioridades de los contenidos: iba a desaparecer el orden cronológico para potenciar el feed algorítmico.

Y como ocurrió con otros debates anteriores referidos a Facebook o al propio Instagram, todo se acalló y casi todo el mundo acató (muchos hemos abandonado ambas redes). Lo que empezó siendo una prueba porque “millones de personas se perdían contenidos interesantes” o “perdían la oportunidad de fomentar los likes y los feeds” ya se está implantando. Ahora será un algoritmo el que elija qué vemos primero.

Como siempre, durante las primeras semanas será posible volver al “feed” anterior. Pero a buen seguro, pasado ese tiempo de cortesía, los famosetes de turno, las marcas publicitarias -las que dan de comer a la empresa- y los influencers serán los que aparezcan primero. Y si no tenemos un poco de mano en la configuración, los contenidos de la gente que realmente está en nuestro entorno caerá a las últimas posiciones.

Ahora nos perdermos el 70% del contenido de nuestros feeds según la empresa. El nuevo sistema nos priorizará pero, ¿hará lo propio con el resto de la red? ¿Seguirá siendo social para con los nuestros o eso se queda para los grupos de Whatsapp? En palabras de los representantes de Instagram, para seguir llegando a nuestros contactos solo tendremos que “esforzarnos un poco en crear contenido interesante”. ¿Ese es una foto con nuestras sobrinas o es una foto de nuestras zapatillas de running -por supuesto bien etiquetada para que se vea la marca-?

Una jugada maestra que nos llevará a nuestra esfera privada, el smartphone y la tablet, todo aquello que Google no puede lanzarnos gracias a los AdBlocks. Una forma voluntaria de recibir publicidad, seleccionada mediante nuestros gustos y todo lo que Zuckerberg y compañía sabe de nosotros. Lo de las fotos con amigos y familiares es solo una excusa.

Facebook, cuando todos somos mercancía

Las cifras de Facebook, no por oídas dejan de ser espectaculares. A finales del año pasado rozó los 1.600 millones de usuarios. Eso la convierte en la red social más exitosa y dominante del mercado, además de una herramienta de comunicación -personal, de masas y comercial- sin parangón hasta la fecha. Es casi (yo estoy disfrutando de vivir sin ella después de más de un lustro de existencia en el universo de Zuckerberg), inevitable.

Es imposible negar que ha cambiado nuestra forma de relacionarnos así como de generar y transmitir contenidos. Es, posiblemente, el ejemplo dorado de cómo la nueva era tecnológica y de movilidad han generado una nueva forma de entender nuestro día a día.

Su creación, expansión y consolidación no solo se estudia en escuelas de negocios (por su velocidad para crear y dominar un mercado nuevo) sino también en las de psicología (comportamiento humano) y ha servido para alimentar el imaginario de Silicon Valley -película incluida-. Tal ha sido su impacto que muchos especialistas consideran que su éxito -en el ámbito cotidiano y en el universo empresarial- se ha dado porque ha sido capaz de comercializar lo que nunca antes nadie, otras redes sociales incluidas, había podido: los sentimientos de las personas.

Si miramos un perfil de un usuario cualquiera -el mío mismo hasta su eliminación- encontraremos siempre la misma columna vertebral: la biografía y la amistad. Por partes, una breve descripción de quienes somos (realmente de cómo nos gustaría ser o cómo nos gustaría que los demás nos visualizaran) aderezada con fotos y gustos a la que se suma el grueso del negocio, nuestros amigos.

Jugar entre esas dos columnas es donde reside su éxito: permite alimentar nuestro ego y le da eco frente a nuestros conocidos. Nos hace crecer -nuestra imagen- en nuestra área de confort. Es la recreación algo menos visual de nuestro propio universo SIM. Si a eso le unimos que estructura nuestro universo (algo que le encanta a nuestro cerebro) y de paso nos coloca en el centro -algo que le encanta a nuestra visión individualista del mundo-, tenemos todos los ingredientes para el éxito.

Los Me gusta refuerzan nuestras convicciones (creencias o argumentos de por qué hacemos las cosas)  y subrayan nuestros gustos (música, deporte, política, hobbies). Además, cualquier movimiento que hagamos en la red puede ser respaldado por nuestros amigos-conocidos-gente con la que compartimos gustos hasta llegar a cientos de millones. Una suma de pertenencia a un grupo, libertad y anonimato (sí, ni somos como aparentamos ni muchas veces somos los que estamos tras el perfil).

Al final, sin darnos cuenta creemos convertirnos en generadores de opinión, de influencia, de tendencias, de información, cuando tan solo formamos parte de la corriente y, una vez alienados, pasamos a formar parte de la maquinaria publicitaria y consumista que en Facebook ha encontrado una nueva herramienta para expandirse. Si echamos una vez más el ojo a los más de 1.550 millones de usuarios que tiene veremos que tiene más adeptos que cualquier religión del planeta. Tan llamativo como peligroso (¿qué es una religión cuando pierde la ética?)

El muro se ha convertido en el templo de adoración de nuestro universo con la diferencia de que no hay ya ninguna deidad externa: tan solo somos nosotros adorando la idea del mundo y la vida que nos gustaría vivir y que sin duda no existe. Recibiendo impactos más o menos positivos de la información que nos rodea. De los gustos que nos rodean. De personas que ni siquiera sabemos si conocemos.

Recientemente un estudio publicado ha demostrado que la red social acaba erosionando nuestra perspectiva ideológica y al procurar rodearnos siempre de personas con gustos e idearios similares (amigos) los debates suelen enquistarse y radicalizarse más de lo debido. La distancia y cierto anonimato acaban dándonos la sensación de fuerza para argumentar con o sin razón sobre todo tipo de temáticas. Curiosamente casi siempre en contra.

¿Significa esto que Facebook o cualquier otra red social son malas? ¿Significa esto que ellas mismas rompen parejas, radicalizan el ideario político de la sociedad o potencial en capitalismo sobre los sentimientos y las personas? Probablemente sea muy complicado llegar a cualquiera de estas conclusiones sin caer en el maniqueísmo.

Solo tenemos claro que hay una enorme cantidad de usuarios que hacen un uso erróneo de la misma: pasan más tiempo delante de una pantalla que delante de una persona. Pasan más tiempo dando al me gusta de lo que hace los demás que haciendo cosas. Pasan más tiempo pensando en cómo quedará la foto en la red social que en disfrutar del motivo por el que sacan la fotografía. Será interesante ver cómo se adaptan a las mimas la generación digital que ha nacido y se ha criado en un mundo en el que siempre han existido estas redes.

F8 2016, del mundo virtual a todo el planeta

Aunque siempre que hablamos de Facebook manejamos cifras espectaculares, cada año en el F8 (la conferencia de desarrolladores de la red social) la compañía de Mark Zuckerberg nos deja sorprendidos. Por ejemplo, ya tiene 1.600 millones de usuarios activos y cada día 1.000 millones de personas entra en su perfil.

Sin embargo, las cifras de crecimiento de la red social se ralentizan. Es cierto que sigue siendo la dominadora absoluta del mercado, el punto de acceso a información de millones de personas y el escaparate más importante de la red junto a Google. Pero su mercado está ya muy maduro y las posibilidades de expandirse son pocas salvo que lo hagan crecer. ¿Cómo? Llevando internet hasta el último rincón del planeta.

Drones, farolas WiFi -no solo a los países en desarrollo, comenzarán la prueba en Silicon Valley-, zonas urbanizadas y zonas más rurales. En definitiva: llevar internet y mejorar la conexión (tasa y estabilidad) para que los usuarios rompan la brecha digital y de paso entren en Facebook.

El proyecto Terragraph comenzará a finales de este año y su único objetivo es mejorar la conexión de los usuarios sin necesidad de impactar en el paisaje (mobiliario) urbano. El estándar a utilizar se llama WiGig que permite acceder a conexiones de hasta 7 gigabits y que, aunque tiene como “pero” que no puede atravesar paredes y que no supera los 200 metros de cobertura, es perfecto para usar en las ciudades.

Usando antenas direccionales y colocando estratégicamente los nodos se podrá cobertura a edificios enteros y eliminar las molestas “sombras” que nos dejan sin conexión. Su equivalente rural se llama ARIES, acrónimo de Antena de Radio Integrada de Espectro Eficiente: la suma de 96 antenas que pueden trabajar con hasta 24 dispositivos a la vez y que mejora el espectro rural 10 veces.

El último objetivo se llama Aquila y se trata de un satélite muy ligero (una persona puede mantenerlo en la mano sin demasiado esfuerzo) construido en fibra de vidrio. No comparte diseño con los equipos tradicionales porque en realidad se trata de un dron ligero con una gran autonomía pensado para reforzar la cobertura de las demás estructuras.

En el caso de su dupla con ARIES el resultado es una forma mucho más barata de dar cobertura a zonas donde llevar el cableado de alta velocidad es lento y caro. La prioridad a corto plazo es América Latina donde el ingenio volador dará cobertura a regiones poco accesibles durante meses y rebotará las señales para que los equipos terrestres hagan el resto. El punto donde filantropía e intereses económicos se juntan tiene nombre: Facebook.