iPhone X, un día con “el” iPhone

Por fin llegó el día. El iPhone X, aunque fuera solo durante unas horas, por fin llegaba a nuestras manos. A priori solo sabíamos lo que se había hablado de él en otros medios (que no es poco), lo que Apple nos había vendido y lo que miles de expertos foreros debatían sobre un terminal que venía precedido por su polémico diseño y su estratosférico precio (más adelante veremos si es para tanto).

El modelo se planteó como el terminal que tenía que homenajear el décimo aniversario del terminal que redefinió por completo el mercado de teléfonos móviles, la forma en la que las TICs entraban en nuestras vidas y la posición de su empresa en el mercado. Tenía que mantener la esencia de una saga de dispositivos que han batido récords generación tras generación y a la vez sorprender a un público cada vez más exigente gracias al empuje de la competencia.

Por eso, cuando lo sujetamos, tenemos sentimientos encontrados: por un lado nos recuerda poderosamente al iPhone 3G. Por otro falta el botón Home, la seña de identidad de la empresa durante años. Desaparecen los marcos pero aparece el polémico notch (que, seamos sinceros, es mucho más llamativa y “molesta” en las fotos que en su uso diario). El primer impacto es positivo: todo pantalla, con un muy buen agarre gracias a su cubierta trasera de cristal y más ligero de lo esperado. 5’8 pulgadas de pantalla en un tamaño de un iPhone 6-7-8.  Es puro minimalismo y, sinceramente, apagado y en su versión negra, es una obra de arte. Da sensación de ser, por fin, el iPhone que siempre soñaron Steve Jobs y sus seguidores.

Antes de explicar nuestras sensaciones de uso hablaremos de las especificaciones. Como no hay mucho que decir que no se haya publicado ya las repasaremos rápidamente: pantalla OLED Super Retina HD; 5,8″ de diagonal con una resolución de 2.436×1.125 o, lo que es lo mismo, 458 ppp; chip A11 Bionic con coprocesador M11 de seis núcleos (2 monsoon y 4 mistral); GPU de Apple con tres núcleos; 3 GB de RAM; nuestra unidad 256 GB de almacenamiento; cámaras traseras de 12 y 12 Mp con gran angular y teleobjetivo f/1.8 y f/2.4 respectivamente y doble OIS, zoom óptico, grabación 4K y flash 4 LED; cámara iSight de 7 Mp con Retina Flash y apertura f/2.2; resistente al agua; certificado IP67; batería de 2.716 mAh, Bluetooth 5.0; NFC de solo lectura; 3D Touch, etc. Todo ello con un peso de 178 gramos y un grosor de 7,7 milímetros.

En definitiva: el iPhone más potente hasta la fecha y mejor equipado para hacer frente a sus rivales. Sin embargo, a pesar de datos tan notables como una relación frontal/pantalla del 82,9% o cualquier otro relacionado con el rendimiento, la empresa de Cupertino siempre nos ha demostrado que lo importante no es qué hacen, sino cómo lo hacen.

Face ID, ¿sí o no?

Lo primero que había que probar era el Face ID. ¿Es fácil de configurar? ¿Es tan seguro como prometen? ¿Tiene sentido abandonar el Touch ID, referencia en el mercado por su rendimiento, por un nuevo sistema en el que otros fabricantes han fallado una y otra vez? Pongámonos manos a la obra. Configurarlo no lleva más de 2 minutos -hay que hacerlo dos veces y requiere girar la cabeza como nos indica la pantalla para que el sistema endógeno del iPhone -la información no va a ningún servidor externo- nos reconozca. Después… funciona. Lo probamos hasta la extenuación con otras personas, con nosotros, haciendo muescas y “entorpeciendo” el reconocimiento. Y aún así, a una velocidad fulgurante, nos reconocía cuando debía y nos protegía cuando no éramos nosotros los que intentaban entrar en el teléfono.

En cuanto se prueba su funcionamiento, sencillamente, el notch deja de ser un problema. Sobre todo porque son cada vez más los desarrolladores que están adecuando sus apps para que sea parte del diseño. La seguridad que desprende viene rubricada también por la seguridad que nos proporciona el agarre de la superficie de cristal que, además, la empresa promete ser totalmente resistente a muescas. Eso no lo comprobamos pero, ciertamente, (y huellas al margen) da sensación de ser tan duro como cualquier otro equipo metálico.

Lo siguiente que llama la atención es la pantalla. La primera OLED y por encima del Full HD de la casa en un iPhone. La resolución por encima de este rango no suele ser necesaria (por la propia diagonal del panel), si bien es cierto que se agradece la nitidez y el brillo de equipos como los Galaxy S. En esta ocasión Apple se ha puesto en manos de su “enemigo” favorito y, precisamente, los coreanos son los encargados de un cristal con un contraste sobresaliente, un brillo y una temperatura excelentes y un ajuste automático que funciona como nunca para regalarnos unas imágenes con una fuerza nunca vistas antes en un iPhone (y en casi ningún smartphone). Da igual la condición lumínica, siempre se ve bien y con nitidez sin necesidad de perder información o tener que estar jugando continuamente con los ajustes.

Por cierto, la fluidez a la hora de acariciar la pantalla para navegar por el software sigue siendo la mejor del mercado. Todo funciona al más mínimo roce y el lag que iOS 11 ha provocado en terminales de generaciones anteriores no tiene presencia en un terminal pensado por y para este software (¿o es al revés?).

 

Cuando nos contaban que el sistema TrueDepth se encargaba de escanear 30.000 puntos de la cara en milisegundos para potenciar el desbloqueo nos resultaba una cifra que solo se decía para vender más unidades. Cuando comprobamos cómo funciona y las posibilidades que tiene (FaceTime, por ejemplo) entendemos no solo el notch sino también el precio del terminal.

Sobre todo porque el reconocimiento facial no es solo la llave para entrar en el iPhone X, es la llave para entrar en todo el ecosistema: Apple Pay, Music, App Store, iTunes, etc. Es la llave más segura del mercado (gemelos idénticos al margen) y eso tiene un precio.

A11 Bionic, el mejor procesador móvil del mercado hasta la fecha

Y no solo hablamos de los benchmarks en los que da un rendimiento monocore superior a algunos Intel i7 y algunos MacBook. Tampoco hablamos de las pruebas en las que, literalmente, barre a cualquier otro equipo con procesadores Exynos, Kirin o Qualcomm. Hablamos de uso normal y corriente. Es el primero con seis núcleos y en el que participan redes neuronales. El primero con 3 GB de RAM y el primero con un coprocesador de movimiento y una GPU que podrían trabajar perfectamente en un ordenador de sobremesa.

Una vez más la jugada de software-hardware permite que la desaparición de los botones físicos redunde en una apertura y cierre de aplicaciones sin demora. De forma inmediata responde a nuestros gestos. Lo mismo ocurre con la multitarea. La edición de vídeo, el streaming o cualquier programa que requiera de una tarjeta gráfica potente son, sencillamente, un juego de niños. Sin importar que otros programas estén trabajando “por detrás” en la multitarea. El motivo son esos núcleos que son hasta un 70% que en el chip anterior y que, además de requerir menos energía, son capaces de gestionar mejor su uso y aprender de nuestras costumbres (volvemos a la IA). Por cierto, la cubierta de cristal acumula menos calor que la de aluminio lo que mejora el manejo respecto a otros productos de la casa.

iOS 11 saca lo mejor de sí en este dispositivo en el que desde la posición de las opciones hasta los movimientos nativos que debemos aprender cobran sentido. La curva de aprendizaje es casi inexistente y todo está donde debería estar (algo que Android aún no ha conseguido para aquellos que lo probamos de cero).

Puede que muchos se hayan quedado en los animojis (que, por cierto, son adictivos) pero hay que entender que detrás de estos iconos parlanchines hay una gran tecnología detrás que hace que todo fluya correctamente, que todo funcione a la primera y que pone las bases a una nueva forma de intearctuar con el ecosistema. Porque como explicaba esta misma semana Johnny Ive, el iPhone X irá mutando y añadiendo mejoras gracias a su poderoso hardware y a las posibilidades del software pensado para evolucionar gracias a los desarrollos de terceros, a la experiencia adquirida por Apple gracias a los usuarios y, sobre todo, a la Inteligencia Artificial y un Siri cada vez más presente y potente.

Porque esas son las claves más allá de unas cámaras espectaculares, de una pantalla sobresaliente, de un software fluido o de un chasis más propio de una joya que de un dispositivo tecnológico. El iPhone X es el homenaje al primer iPhone y también el iPhone que siempre tuvo en mente Jobs. Es la primera baldosa en un nuevo camino pero también los cimientos de lo que la empresa desarrollará a partir de ahora. Un antes y un después en el que todo cambia para que casi nada cambie. En definitiva, el iPhone X es “el” iPhone. Y tenerlo cuesta hasta el último céntimo porque, seamos realistas, hace mucho que los premium superaron la barrera de los 1.000€. Al fin y al cabo son el hardware de una nueva generación del mismo modo que los coches lo fueron de las precedentes.

iPhone, ¿cuál es la mejor opción para mi?

Hasta hace bien poco el mundo de los smartphones, para la mayoría, se dividía entre comprar un terminal Android (y ahí es donde sí empezaba la locura de opciones y precios) o un iPhone. Originariamente solo se escogía la capacidad y el color. Poco después se implementaron diferentes acabados, diferentes potencias y diferentes tamaños. Y ahora, el catálogo, si bien es centesimal comparado con el de la plataforma de Google, casi nos presenta un modelo para cada persona. Os los presentamos:

iPhone SE. Su público objetivo es sencillo: aquel que no quiere grandes diagonales y que quiere seguir disfrutando de la experiencia Apple con una sola mano. El que quiere la estabilidad y fluidez de iOS en una pantalla de 3,5 pulgadas, contar con la potencia del procesador y la cámara del potente 6S, una duración de batería que llega sin problema a los dos días y un diseño que, para muchos, es el más acertado de la empresa hasta la fecha. Por cierto, también cuenta con el Touch ID y, lo más sorprendente, una tarifa de 419€ para su versión de 32 GB.

iPhone 6S, 7 y 8. Si la principal característica del iPhone SE es su tamaño de 3,5 pulgadas y su diseño robusto, los iPhone 6S, 7 y 8 comparten diseño en su versión con pantalla de 4,7 pulgadas. Tres generaciones separadas por dos años que cuentan con precios de acceso muy diferentes. Mientras el 6S empieza en 529€, el 7 sube a 639€ y el 8, último en llegar, escala a los 809. De esta forma, mientras que el 6S cuenta con el chip A9, el 7 implementa el A10 que es un 50% más rápido y el 8 hace lo propio con el A11 Bionic, el chip móvil más rápido del mercado y el único capaz de batir a un Intel Core i7 en pruebas mono núcleo. Además, la última iteración incorpora carga inalámbrica, carga rápida, pantalla con tecnología True Tone y un sensor háptico mucho más potente (también a la hora de gestionar el 3D Touch).

Las diferencias entre el 6S y el 7 son ya menores pues más allá del chip y de un mejor rendimiento potencia-autonomía (que nos dará más vida útil con cada actualización de iOS) la principal diferencia reside en la cámara -que mejora en cada edición- y en un botón Home que pasa de físico a háptico. Además, este último resiste el polvo y el agua.

iPhone 6S Plus, 7 Plus y 8 Plus. Las versiones Plus siempre han sido, el año de su presentación, la guinda de sus generaciones. Cámaras más potentes, estabilizadores ópticos, más capacidad de las baterías, mejor pantalla y más diagonal. Versiones de 5,5 pulgadas pensadas para competir contra los phablet de otros sistemas operativos. Todo ello se marcó aún más a partir del 7 Plus donde los ingenieros implementaron una cámara doble así como el modo retrato y el “efecto bokeh”. Los resultados son tales que buena parte de la industria le ha seguido para hacer frente a un factor diferencial para los amantes de las fotografías. El 8 Plus, por su parte añade las virtudes del 8 con una trasera acristalada y, sobre todo, gracias al chip A11 Bionic multiplica exponencialmente las opciones audiovisuales del dispositivo. Además, las cámaras FaceTime también mejoran de 5 a 7 Mp cuando pasamos del 6S a los 7 y 8 además de permitir una grabación de vídeos ostensiblemente mejor. La diferencia de precio es alta pero el primero (6S Plus) es tan solo un 6S grande, el 7 Plus es un 7 más audiovisual y el 8 Plus es la versión para fotógrafos de los amantes del entorno iPhone.

iPhone X. Este no entra dentro de los cánones de los demás iPhone. Ni por diseño, ni por capacidades, ni por precio. Es una categoría única y como tal ha de ser diseccionado. El diseño es capaz de continuar con los anteriores pero rompiendo los moldes habituales de Apple: recuerda a la primera generación a la par que elimina (casi) los bordes. Obvia el botón Home para centrarse en el Face ID. Más compacto que cualquier Plus, ofrece mucha más pantalla y de más resolución y colores más reales. Promete mejor autonomía, cuenta con el vidrio más resistente del mercado y una nueva forma de trabajar con iOS. Es el más seguro, el más rápido, el que mejor sonido tiene y el que más sensores y tecnología implementa. A cambio nos da más autonomía, animojis, mejor iteración con la IA de la casa, la primera GPU diseñada por la empresa, realidad virtual y aumentada y una tarifa que empieza en los 1.159€. De otra galaxia, incluso en su demanda y lista de espera.

Microsoft, adiós a los móviles

 

Por fin llegó el momento. Después de mucho tiempo (demasiado) intentando hacerse un hueco en el mercado -totalmente dominado por Android en número de dispositivos y por iOS en beneficios- ha caído otro contendiente del mercado móvil. Primero fue Symbian, luego BlackBerry OS y ahora el turno es para Windows.

Hace pocos días Microsoft anunciaba que el desarrollo de su plataforma móvil (tanto software como hardware) ya no es “prioritaria” para la estrategia de la empresa y que, por lo tanto, quedaba sin nuevas actualizaciones (que no soporte de seguridad). Incluida la última con Windows 10 que, en palabras de Satya Nadella, era la primera en unificar de una forma real el universo móvil y el de los ordenadores.

Lo más sorprendente es que el anuncio se hizo de una forma muy poco habitual. Joe Belfiore, responsable de la plataforma, respondía de forma tajante a una pregunta a bocajarro en Twitter: “¿Ha llegado la hora de abandonar la plataforma Windows Mobile?”. Belfiore explicaba que “depende del usuario que fuera” y que Microsoft ya no iba a “desarrollar más software ni hardware” porque “no entraba en sus planes”.

Las cifras hablaban por sí mismas: tan solo el 0,3% de los usuarios estadounidenses (su mercado doméstico) la utiliza. Esto viene además, acompañado de un serio toque de atención para la empresa en las últimas estadísticas. En el último lustro Windows ha pasado de estar activo en 1.500 millones de dispositivos a poco más de 1.000 millones. Actualmente hay más equipos en el mundo que trabajan con iOS a los que hay que sumar otros 300 millones que usan macOS. ¿El mundo al revés?

Si no lo es, sí que es un mundo bastante irónico. En 2007 el dominador absoluto del mercado era Nokia. Sin embargo, entre los profesionales BlackBerry dominaba y Microsoft se mostraba como una alternativa real en un mercado que demandaba más movilidad y menos dependencia de los ordenadores de sobremesa (ni siquiera se soñaba con ultrabooks o tabletas).

Sin embargo, ese mismo año Apple, una empresa que había resucitado gracias a sus iPod, presentaba un dispositivo bastante rompedor para el gran público que algunos no se tomaron muy en serio. Entre ellos estaba Steve Ballmer, CEO de la empresa, quién ridiculizó el iPhone porque “nadie querría un teléfono sin botones” con un “precio desorbitado”.

Aunque en menos de un lustro Microsoft se había quedado completamente fuera de juego, nunca dejó de intentar hacerse con un trozo de mercado que anclara su dominio en los equipos de sobremesa y portátiles ante un mundo que giraba irremediablemente hacia la movilidad y las aplicaciones.

El problema, como reconocía el propio Belfiore, es que aunque han intentado incentivar el desarrollo de su plataforma (incluso pagando a terceros para que crearan aplicaciones o desarrollando ellos su ecosistema) los principales actores del mercado nunca han querido perder su atención en iOS o Android. Una plataforma sin aplicaciones está condenada a ser abandonada por los usuarios. Pero es que una plataforma sin usuarios no es rentable para que los desarrolladores generen contenidos.

La estrategia ahora es una suerte de Caballo de Troya en la que los usuarios de los dos sistemas operativos de éxito decidan disfrutar del uso de programas de Microsoft en sus iPhone, Galaxy, Xperia y compañía. Office 365 se antoja como una gran oferta con un precio competitivo para aquellos que quieren una experiencia ofimática más completa (o al menos tradicional) que en sus equivalentes de Apple, Google o freeware. La batalla de la movilidad por ahora solo queda con un actor para la empresa: las Surface que sí están teniendo éxito. Al menos mucho más que el de sus primos smartphone.

Pixel 2 y Pixel 2 XL, Google gana personalidad

 

Son tiempos complicados para Google (en el mercado de telefonía). Parte de sus fabricantes viven una revolución -es habitual encontrar pequeños intentos de Samsung por imponer Tizen-, otros ofrecen lo mismo que sus dispositivos -Nokia tiene hasta cuatro terminales Android puro– y Apple sigue robándole el protagonismo (y los beneficios del conjunto del mercado) con una imagen de marca casi intocable.

Sin embargo, Google siempre ha demostrado una capacidad indiscutible para superarse y para sorprender al mercado así como de crear tendencias. Y parece que los nuevos Pixel son el mejor ejemplo de todo lo anterior.

Lo primero que llama la atención de ambos modelos es su experiencia de usuario. Por el momento, parece que solo la casa matriz consigue sacar un rendimiento sobresaliente de su sistema operativo. Y la causa no solo es el hardware.

Ambos modelos cuentan con el mismo procesador Qualcomm Snapdragon 835, 4 GB de RAM, 64 o 128 GB de almacenamiento, pantalla pOLED (4K en el XL y Full HD en el “normal”), cámaras traseras de 12,2 Mp -que por cierto, prescinden de la doble cámara para su particular modo retrato-, cámara frontal de 8 Mp, así como mismos puertos, sensores, y conexiones inalámbricas. Podemos decir que salvo el panel y la capacidad de la pila (6″ para el XL y 5″ para el pequeño) son hermanos gemelos.

La gran diferencia, no obstante, reside en el diseño. Así, mientras que el XL sigue las tendencias de los LG G6 (por cierto, su fabricante y primo más cercano), Samsung Galaxy S8, iPhone X y compañía de no tener marcos en el frontal, el Pixel 2 tiene unos bordes arriba y abajo que recuerdan a los de los Sony Xperia y iPhone convencionales.

Aún así, ambos son ligeros, con buenos materiales -aluminio y cristal-, ergonómicos y transmiten sensación de robustez. Un gran avance que ya comenzó en la primera generación (no era el punto fuerte de los Nexus) y que ahora justifica más que nunca su precio -muy alejado también de los Nexus-.

Como hemos dicho, la optimización para Android 8 es, sencillamente, sublime. El rendimiento es superlativo y la fluidez solo está al alcance del iPhone (lo sentimos por otros fabricantes pero sus capas de personalización hacen torpes a sus modelos en comparativa con ambos por mucho hardware que le pongan).

El asistente de Google (todo su arsenal de inteligencia artificial y aprendizaje de uso) brilla sobremanera. Lo mismo que las pantallas -que en el XL tiene una resolución espectacular- o las cámaras que ofrecen resultados mucho más que notorios a pesar de la teórica “tara” de tener solo una cámara (incluso Samsung ha apostado por dos en el Note 8). Solo el modo retrato -que pudimos probar de pasada- languidece respecto al original de iOS. Si bien es cierto que este no hemos podido trastearlo tanto como en el iPhone.

El sonido de los altavoces estéreo también es muy bueno. Mucho mejor de lo que estamos acostumbrados en dispositivos de este tipo. Sobre todo en el Pixel pequeño en el que se colocan a la altura de los de Sony (la referencia en este apartado). Por cierto, a aquellos que criticaron a Apple -o a la propia Sony- por deshacerse del jack de 3,5 mm, malas noticias: también prescinde de este puerto y apuesta o por el USB TypeC o por los sistemas bluetooth.

En resumen, un terminal que no será barato (el XL, por ejemplo, empieza en 959 en la web de Google) pero que promete dar un rendimiento sobresaliente gracias a un hardware optimizado. La versión de 5 pulgadas, fabricada por HTC -recién absorbida por la propia empresa de Mountain View- se antoja como una opción perfecta para todos los que quieran un Android de tamaño contenido y el XL como la mejor opción para los que quieran el tope de gama más potente de la plataforma. No cuenta con un diseño tan rompedor como otros rivales pero, si cuando lo probemos en profundidad rinde de forma parecida a la prueba inicial, volverá a marcar tendencia.

Sony Xperia XZ Premium

No es un superventas. No es el favorito de los analistas y tampoco el teléfono Android por excelencia. Sin embargo, los Xperia Z (en este caso XZ) siempre han sido unos de nuestros favoritos gracias a su calidad de construcción, su potencia, su equilibrio y, sobre todo, su fiabilidad. Uno de los pocos que es fiel a su lenguaje de diseño y que es fácilmente diferenciable en la gigantesca oferta de smartphones de lujo de la plataforma de Google.

Hace pocas semanas los japoneses presentaron su último XZ Premium, un modelo llamado a ser el tope de gama de la casa y además, el más diferenciado de todos los “tops” del mercado. Para ello han utilizado la receta de sus rivales y unos ingredientes que suelen ser los mejores del mercado: sus pantallas y cámaras.

En la mano, su diseño es inconfundible. Lleva siéndolo desde el primer Xperia Z: mismas líneas, mismos controles físicos, misma sensación de solidez, casi las mismas dimensiones. Todo en él recuerda a su “estirpe” aunque todo en él es nuevo. Es cierto que siempre se implementan mejoras en forma de mejores materiales, más resistentes y ligeros, mejores componentes y más ergonomía. Sin embargo, este producto es icónico y nadie lo confunde en el mercado con sus rivales.

Como siempre, tanto la trasera como el frontal son todo cristal. En este caso Gorilla Glass 5. El metal queda reservado a los bordes superiores e inferiores y el plástico solo hace acto de presencia en los bordes laterales. No obstante, su gran calidad y su tratamiento lo hacen pasar sin problemas por metal noble.

Todo ello lo hace muy cómodo en la mano. Fácil de coger y manejar y muy resistente. Cuenta con certificado IP68 que permite sumergirlo en el agua hasta hora y media. Eso sí, el propio fabricante recomienda no hacerlo o no al menos, con alguna ranura abierta.

Cuenta con un puerto USB 3.1 y un jack de 3,5 milímetros así como con ranura de expansión para microSD, tarjeta nanoSIM y un botón físico para la cámara lo que redunda en un diseño que parece atemporal para lo bueno y para lo malo: tiene el peor ratio de pantalla/tamaño del mercado junto con los iPhone Plus y su peso se va hasta los 195 gramos. Para los que estos sea un hecho diferencial que descuiden, no se siente nada pesado en la mano.

Por cierto, el sensor de huellas tiene una ubicación inesperada: se encuentra en el lateral y, sorprendentemente su funcionamiento es notable. No es el más rápido del mercado pero no falla a la hora de desbloquear el dispositivo casi nunca.

Todo esto se olvida cuando miramos a su pantalla IPS 4K con tecnología TriLuminos y X-Reality heredadas de su experiencia con televisores y que cuenta con una diagonal de 5,5 pulgadas y una resolución de 800 ppp. Una barbaridad. ¿Se nota en el día a día respecto a una 2K? No. ¿Se nota cuando vemos contenidos multimedia compatibles como Netflix? Sí. La diferencia es abismal y ninguna de las que hemos podido probar hasta ahora le hace sombra. Además, su trabajo con contenidos VR es sencillamente brutal. Muy lejos de lo que ofrece su rival más directo: el Galaxy S8.

Solo el contraste, de 550 nits, se queda lejos de las pantallas AMOLED. Sin embargo, los colores son igual de naturales y su demanda energética es ostensiblemente más baja. Y esto es importante cuando se hace dupla con el procesador Qualcomm Snapdragon 835 acompañado de una GPU Adreno 540 y 4 GB de RAM.

En el día a día es de los equipos más fluidos del mercado y no tiembla aunque le exijamos el máximo de potencia gracias al equilibrio de la última versión de Android. La batería de 3230 mAh que nos permiten un uso continuo de 11 horas. Mucho más de lo que hará la mayoría de la gente y suficiente gracias a la sobresaliente gestión energética del conjunto. Además, el sistema de carga rápida QuickCharge 3.0 a buen seguro ayudará a sus propietarios a salir de más de un apuro.

A todo esto hay que añadirle la experiencia fotográfica de Sony: la cámara superlenta es maravillosa pero las tomas predictivas son el factor diferencial respecto a la competencia. El sensor Exmor RS de 19 Mp cuenta con un chip de memoria integrado que le permite una mejor gestión de las imágenes y ser mucho más rápido a la hora de captar contenidos.

En definitiva un modelo sobresaliente para aquellos que buscan un equipo Android de gran capacidad, buena gestión de las imágenes y, sobre todo, algo realmente diferente ante la oferta estandarizada china y la poca diferenciación de la gama alta de LG y compañía.