Leña al maestro

Debo de ser un zoquete. La primera vez que vi la imagen del ejercicio del chiquillo que se ha hecho viral, no le vi la gracia. Simplemente no entendí qué había hecho. Esto lo declaro de entrada para que no haya duda de que soy una persona con muchas limitaciones; me cuesta entender cosas que para el resto del personal son, al parecer, cristalinas. La segunda que vi la imagen fue en un tuit de un amigo en cuyo criterio tengo gran confianza: le había parecido muy bueno. Y otro llegaba a decir que “muchas veces los alumnos son mucho más inteligentes que los profesores”. Lo he tenido que ver por tercera vez para darme cuenta de dónde estaba la gracia.

Y sin embargo, si hubiera tenido que redactar ese ejercicio, yo lo habría redactado igual. A mi juicio el texto no es ambiguo. Aunque es evidente que el chaval sabe de qué va la historia, creo que no es correcto interpretar la expresión “las siguientes cifras” como la interpreta él. En materia lingüística no es prudente hacer afirmaciones categóricas, pero me da la impresión de que la inmensa mayoría de los castellanohablantes las entendemos como las cifras que siguen al enunciado; de ningún modo habríamos entendido que se refiere a las cifras que ha de escribir a continuación del número escrito en letras. Ahora bien, yo no le habría tachado el ejercicio, pero le habría explicado que el enunciado no debía ser entendido de esa forma.

La imagen en cuestión se ha extendido a velocidad de vértigo por las redes. La gran mayoría de los comentarios han sido para elogiar al chaval (7 años de edad) y denostar al maestro. Aunque fue su padre quien difundió la imagen en tuiter, ha sido muy cuidadoso y no ha criticado al maestro de su hijo, al contrario, tiene muy buenas palabras para él y para el resto del profesorado. Pero insisto: la mayoría de cosas que he leído han sido para criticar al maestro por no haber entendido la respuesta y por haber redactado mal o de forma ambigua el ejercicio, y elogiar al chiquillo y considerarlo un genio. De paso, la crítica al maestro se ha extendido, como ocurre últimamente, al profesorado en su conjunto. Y es esto lo que me ha enojado, entristecido y preocupado a partes iguales.

Algunas profesiones se han convertido en el pim-pam-pum en la sociedad española. La de docente, en casi cualquiera de sus niveles, es una de ellas, si no es la más escarnecida. No dispongo de datos para hacer un diagnóstico de por qué eso es así. No sé cuáles son las razones de fondo. Quizás tenga que ver con el hecho de que se les considera –injustificadamente, a mi juicio- unos privilegiados. Quizás con algunos malos recuerdos de nuestra época infantil. No lo sé. Y luego están los esfuerzos que ha hecho el gobierno español, sobre todo durante los años de Wert en el ministerio, para desprestigiar al profesorado de las instituciones públicas, incluidas escuelas, institutos y universidades. Estoy convencido de que esos esfuerzos no han sido inocuos.

Sean cuales sean las razones, al personal le produce un gustirrinín especial dar leña a maestros y maestras, ponerlos de chupa de dómine, proclamar que la escuela mata la creatividad, ensalzar la curiosidad y (supuesta) genialidad de los chiquillos por comparación con la estulticia del maestro o la profesora. Estamos, al parecer, rodeados de genios, de superdotados, de niños y niñas de altísimas capacidades y, para su inmensa desgracia, sus docentes son unos cretinos.

Lo malo de eso es que redunda en una enorme pérdida de respeto al personal docente. Hablen con ellos, les contarán cómo los tratan muchos padres, delante de sus hijos incluso. La merma de autoridad que eso conlleva tendrá antes o después consecuencias negativas en el aprendizaje de los críos y, en general, en toda su educación. Y por si eso fuese poco, acabará teniendo –ya la tiene- un efecto nefasto en el prestigio de la profesión y en su atractivo. Hoy la profesión docente en España se nutre de titulados universitarios cuyas capacidades cognitivas en lengua y matemáticas son algo superiores a la media de las capacidades del conjunto de titulados. Pero las actitudes de menosprecio pueden acabar consiguiendo que los mejores no encuentren ningún incentivo en dedicarse a la docencia. Y entonces sí, se dedicarán los peores, los menos capacitados y menos interesados en una actividad tan exigente como es la enseñanza. Eso ya ocurre en algunos países y las consecuencias son pavorosas. Sigamos, pues, dando leña al maestro; es de goma.

La mirada de la oveja

Una mañana de primavera paseando por la ribera de un río del oriente asturiano presenciamos una escena extraña, extraña y triste. En un prado cercado por una alambrada un hombre llevaba a rastras lo que, de lejos, parecía un cordero. Le seguía una oveja. Y un poco adelantado iba un pequeño rebaño con varias ovejas, un carnero y unos pocos corderos. Pensamos, al principio, que el pastor se llevaba al cordero, seguramente para sacrificarlo, aunque parecía muy pequeño.

El hombre, además del cordero que colgaba de su mano izquierda, llevaba un gancho metálico en su derecha. Cuando estaba a unos cien metros de donde nos encontrábamos -en el camino al borde del prado- recogió con el gancho algo que a esa distancia parecían restos de tejidos animales. Creí que serían parte de los intestinos del cordero, porque el pequeño animal parecía muerto. Quizás un zorro, un perro asilvestrado o algún otro depredador lo había atacado. La oveja no dejaba de balar y no se separaba del pastor. Éste se dirigió hacia nosotros. La oveja seguía a su lado y a unos metros, el resto del rebaño. Algunas ovejas balaban de vez en cuando; la que acompañaba al pastor lo hacía en todo momento.

Le pregunté por el cordero. Nos lo enseñó; estaba exangüe y con restos de sangre sobre la lana. Señaló dos pequeñas marcas en el cuello del animal. “Mirad las marcas: son de dentines; lo ha matado la gineta” nos dijo. “La oveja parió ayer por la tarde y la corderina -porque era hembra- quedó bien.” “Pero ha venido la gineta y mira…” Al referirse al parto nos enseñó el gancho; lo que llevaba colgando era la placenta, aunque él le dio un nombre que desconocíamos y que no recuerdo; la había expulsado la oveja durante la noche. Después siguió lamentándose: “Si las llevas al monte, el llobu, y si las dejas aquí, la gineta. Este es el segundo corderino en poco tiempo; hace unas semanas mató otro.” “Y total, ni se los come.”

Mientras, la oveja, sin separarse del cadáver del cordero, no dejaba de balar. Balaba y miraba al pastor, como si le interpelase; o nos miraba a nosotros, también como pidiéndonos una explicación o como si pudiésemos devolver la vida a su cría recién nacida. Nunca se me hubiera ocurrido, pero habría jurado que la mirada de la oveja mostraba una tristeza infinita.

Comerse una increpada

Trabajar con joveznos es lo que tiene. Hace un par de años me tocó lidiar con uno –alumno, para más señas- que cuando se reunió conmigo para planificar su trabajo de fin de grado encajó al menos un “emplán” en cada frase que pronunció. Llegó a preguntarme si tenía que presentar los datos “emplán gráfica o emplán tabla”. Le respondí que, para empezar, “los trabajase emplán análisis de la varianza de dos factores con interacción y luego si eso yatal”. Creo que me entendió, porque a partir de ese momento le costó articular frases con cierto sentido tratando de omitir el neologismo de marras.

Sirva la anécdota para ilustrar ese fenómeno que consiste en la extensión de formas lingüísticas nuevas, o formas antiguas con usos nuevos, entre los hablantes, sobre todo entre hablantes jóvenes. El sintagma “en plan” ya se utilizaba con cierta frecuencia, pero últimamente su uso ha aumentado tanto que se ha convertido en un comodín. Confieso que no me gusta.

Otra de las novedades que han llegado a mis oídos últimamente es la forma “biende”. “Biende” está construida como “finde”, con la diferencia de que “bien-de” no procede (que yo sepa) de un sintagma nominal equivalente al “fin-de semana”. “Biende” es un neologismo que denota abundancia; se utiliza cuando se quiere decir que hay mucho de algo, o muchos ejemplares. “Había biende peña”, “hay biende comida” y similares son las expresiones que he oído. “Biende” tampoco me gusta, me parece tan hortera como “finde”.

La que sí me ha gustado es la locución “comerse una increpada”. Significa “llevarse una bronca”. Nótese que “increpada” es un sustantivo derivado del verbo increpar. La derivación ha seguido la misma vía que “jamada” de jamar, “salida” de salir, “meada” de mear, u otras similares. Quien la creó podía haber recurrido a increpación, pero la gracia está, precisamente, en que evitó la forma conocida y recurrió a una inexistente pero siguiendo un modelo de derivación común. ¡Brillante! Me dice un amigo lingüista que esa construcción se llama “nombre deverbal” cuando es de alguna manera inesperada. Y está claro que esta lo es, porque quienes la usan difícilmente utilizarán el verbo increpar y, por el otro, porque ya existe “increpación”. La pena es que “comerse una increpada” se oye muchísimo menos que las dos anteriores.

Sea como fuere, estas cosas me reafirman en que la lengua es algo maravilloso.

Singularidades

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos pertenecer son insumisas sus instituciones. Las instituciones existen en virtud de las leyes que las han creado o las han legitimado. Fuera de la ley no hay espacio para una institución. Por eso, al desobedecer las leyes, las instituciones se niegan a sí mismas. Pierden su sentido y su mismo fundamento. En rigor, ningún ciudadano debería obedecer a una institución desobediente.

 

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos parecernos desfilan en la misma manifestación el partido del gobierno, el principal de la oposición y los fascistas antisistema.  En ninguno de esos países comparten los partidos de orden calzada y aceras con fascistas de verdad y con espontáneos, o no tan espontáneos, que enarbolan símbolos fascistas, hacen el saludo romano y lanzan consignas antidemocráticas.

El juego del gallina en Cataluña

Las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña arrojaron un resultado envenenado: mayoría de escaños para las fuerzas independentistas, pero con menos de la mitad de los votos emitidos. En contra de lo que la prudencia aconsejaba, esa insuficiencia no ha sido óbice para que las instituciones catalanas hayan huido hacia delante, hasta llegar a las infaustas sesiones parlamentarias del 6 y 7 de septiembre y la posterior celebración de un referéndum sin las debidas garantías.

El Gobierno Español, por su parte, ha ignorado que en Cataluña una amplia mayoría –muchos más de la mitad- quiere ser consultada acerca de su futuro. No quiere ver que si cerca de la mitad de votantes opta por apoyar con su voto medidas ilegales, no se encuentra ante un mero problema de orden público. Y tras circunscribir su respuesta a resoluciones judiciales y, a última hora, a actuaciones policiales, ha llegado a poner en evidencia al propio Estado, por su incapacidad para cumplir su cometido.

Los independentistas no tienen derecho a hablar en nombre del pueblo catalán para justificar sus actuaciones porque tan pueblo catalán es la mitad que no les apoya como la que les apoya. Tampoco pueden justificar el atropello parlamentario de los días 6 y 7 de septiembre por la actuación del gobierno español negándose a facilitar una solución negociada al problema de la consulta; una actuación injusta del otro no justifica la injusticia cometida por uno mismo.

Quienes critican la celebración del referéndum por la ausencia de garantías no deberían olvidar que el Gobierno de España ha impedido una consulta que cumpliese las condiciones exigibles. Es más, ese referéndum cuántico –se ha producido y no se ha producido, a la vez- movilizó a centenares de miles de personas. Pero igualmente hay que decir que una consulta realizada sin las garantías democráticas básicas no autoriza a considerar válido el resultado, y menos aún a los efectos de algo de tanto alcance como una declaración de independencia.

La distribución de vídeos en que se jaleaba con cánticos obscenos a guardias civiles y policías cuando partían hacia Cataluña indica que había interés por parte de las instancias oficiales en “caldear el ambiente antes del partido”. Las actuaciones policiales de la mañana del uno de octubre, el elevado número de personas heridas y la manifiesta insuficiencia del despliegue policial para evitar el referéndum, hacen sospechar que tal despliegue no perseguía lo que se declaraba, sino mostrar una contundencia que pudiera servir de aviso a navegantes y anticipar futuras actuaciones en la misma línea. Tras el domingo se multiplicaron las voces en demanda de algo parecido a una tregua. Ese era el sentido, por ejemplo, del último punto de la declaración de la Comisión Europea del lunes pasado. Pero el discurso del Rey parece pensado para dar cobertura a una próxima declaración del estado de excepción o medidas equivalentes, y quizás para prepararnos para ellas.

A falta de conocer la resolución que adopte el Parlamento de Cataluña el próximo lunes, todo indica que las dos partes han decidido llegar hasta el final, sea tal final el que sea. Los independentistas han optado por “exhibir las vergüenzas” del Estado Español con su recurso a la violencia, de la que hará uso sin complejos en la medida en que lo considere necesario. El Gobierno de Cataluña confía en concitar el apoyo de la opinión pública europea de esa forma, además de conducir al Estado a una crisis que dificulte o impida respuestas efectivas. Y el Gobierno de España parece haber decidido que, a las malas, el Estado tiene todas las de ganar.

En teoría de juegos hay un dilema diabólico; se plantea en el juego del gallina. Dos jugadores confrontan su valor lanzándose en sus respectivos automóviles a toda velocidad uno contra el otro o hacia un precipicio (recuerden la escena de la película Rebelde sin causa); pierde el primero en modificar la trayectoria de choque o abandonar el vehículo en marcha. ¡Cómo me gustaría estar equivocado!

————————————————-

Nota: este artículo se ha publicado hoy en la edición en papel de Deia.

Ellos han vuelto

Lo que importa es cómo juguemos nosotros…

Si jugamos al noventa y cinco por ciento no les ganamos; tenemos que jugar al ciento veinte por ciento…

Nos vamos a dejar la piel en el campo…

Vamos a poner toda la carne en el asador…

El fútbol es así…

Fútbol es fútbol…

Sí, bueno no…

Lo importante es ir partido a partido…

Hasta que pita el árbitro todo es posible…

En este deporte juegan once contra once…

Es la magia del fútbol…

Cuando la pelota no quiere entrar…

No hay enemigo pequeño…

Los partidos duran 90 minutos…

Esta afición se lo merece todo…

Lo voy a dar todo por esta camiseta…

Es que el …. es más que un club…

Hoy no hemos andado finos…

 

 

Han vuelto…   si es que alguna vez llegaron a irse.

Eskerrik asko, EiTB!

A veces me quejo del poco caso que hacen los grandes medios de comunicación a lo que hacemos quienes nos dedicamos a las ciencias, las actividades relacionadas con ellas, ya sean hallazgos, congresos, o divulgación. Con algunas honrosas excepciones, “nuestras cosas”, esas sin cuyo conocimiento todo lo que nos rodea sería incomprensible, no merecen la atención de los grandes medios.

Por eso, porque a veces me quejo, sería imperdonable que no reconociese y agradeciese la gran apuesta que siempre ha hecho el grupo EiTB, la radiotelevisión pública vasca, por las actividades desarrolladas por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Y no me refiero solo a la atención, que siempre he agradecido, que nos prestan los programas de ciencia en sus emisoras de radio.

Me refiero a otra cosa. Desde que existe EiTB a la carta, su canal Kosmos emite por internet en directo prácticamente todas las conferencias y actos que organizamos. Nuestras actividades, tanto en euskera como en castellano, pueden ser seguidas desde cualquier lugar del Planeta. Y además, como las deposita en su canal a la carta, quien lo desee las puede ver cuando mejor le convenga, y las puede insertar en los medios digitales para ofrecerlas a sus lectores habituales. Esto ha sido así desde que nació la Cátedra.

Pero este año EiTB se ha superado. No solamente ha retransmitido y grabado las muchas sesiones de divulgación que hemos organizado (Zientziateka, Arte y Ciencia, Las pruebas de la educación y Ciencia a presión), sino que con Bizkaia Zientzia Plaza ha echado el resto. ETB incluyó reportajes dedicados a #Naukas17 en sus informativos habituales de fin de semana, tanto el sábado por la noche como el domingo al mediodía. En el lugar preferente de su web figura un banner de Bizkaia Zientzia Plaza que conduce directamente a un sitio específico con las charlas grabadas desde que empezó esta secuencia de actos de divulgación: Naukas, Scenio y el especial de Eva Caballero en La mecánica del caracol.

Sin el apoyo constante de EiTB, la Cátedra de Cultura Científica que coordino no habría alcanzado la proyección internacional de que hoy goza; y sin su compromiso en favor de la difusión de actividades como Naukas Bilbao y, este año, Bizkaia Zientzia Plaza, estas no tendrían el éxito y repercusión social que han conseguido.

Esto es SERVICIO PÚBLICO y es de justicia decirlo, proclamarlo y agradecerlo.

Eskerrik asko, EiTB!

El pasado que no existió

El pasado está de moda. De hecho, quizás lo estuvo siempre. Lo añoramos. Es raro encontrar gente que no lo haga, que no sienta nostalgia. La percepción que tenemos del pasado alimenta, incluso, tendencias políticas; por eso, paradójicamente, la nostalgia puede tener también consecuencias futuras importantes. Puede provocar xenofobia y alimentar movimientos políticos peligrosos. Pero tiene también un lado bueno: puede proporcionar bienestar y ayudar a dar sentido a la vida de la gente.

La nostalgia, ese sentimiento de una cierta tristeza agradable ligada a los recuerdos, es universal. La experimentan personas de todas las culturas y aunque hubo un tiempo en que se consideraba casi una enfermedad, eso ya no ocurre.

Cuando al escuchar una canción experimentamos sentimientos de nostalgia, nos ayudan, al parecer, a dotar de sentido a la vida. De hecho, evocar recuerdos nos viene muy bien cuando nos sentimos inseguros, incómodos con la situación en que nos encontramos o cuando nos atenaza una sensación de incertidumbre. Eso ocurre porque la nostalgia proporciona una sensación de continuidad en la vida. Esos recuerdos nos dicen que somos la misma persona que la que visitó aquel lugar, la misma que disfrutó en aquel concierto, la misma que salía de excursión con aquella cuadrilla. Por esa razón la nostalgia se acentúa en tiempos de cambio. De hecho, dicen los psicólogos que, en contra de lo que se pensaba antes, no provoca soledad, sino que es más bien una especie de antídoto contra esa sensación. Surge cuando nos encontramos decaídos, y puede servir para reforzar vínculos personales.

Todo esto tiene que ver con la forma en que funciona la memoria. Cada vez que evocamos un recuerdo y lo sacamos a nuestra particular luz, lo retocamos, lo editamos. Lo modificamos de manera que, con el tiempo, los aspectos negativos van perdiéndose y nos quedamos con lo bueno. Esa es la razón por la que la nostalgia es placentera.

Lo hacemos también de forma colectiva, con nuestro grupo, comunidad o país; idealizamos el pasado. La nostalgia colectiva promueve el sentimiento de pertenencia al grupo, refuerza los vínculos en su interior y, muy probablemente, ayuda a cohesionar la comunidad. Quizás tuvo importancia en periodos de la historia humana en los que esos vínculos ayudaron al grupo a salir adelante.

Pero como suele ocurrir con estas cosas, además de una cara, esa nostalgia colectiva puede tener una cruz. Porque podemos echar de menos el pasado hasta el punto de querer volver a él. Pero ocurre que al añorar el pasado, echamos de menos algo que en realidad nunca existió. Los detalles, los hechos, lo que verdaderamente ocurrió, ha quedado en una neblina; solo perdura la emoción y esa emoción se acentúa con el tiempo.

Hay una forma de nostalgia que no implica al grupo, sino al paisaje o a la naturaleza. Echamos de menos los paisajes de la infancia. El problema es que esos paisajes solo existen en el recuerdo. Y por recuperar unos paisajes que no existieron nunca podemos vernos tentados a tomar malas decisiones. La añoranza de una naturaleza supuestamente prístina, inalterada, idílica puede también acabar por surtir efectos perversos.

Hay, incluso, quienes experimentan una cierta angustia que, en casos extremos se vive como una agonía. Es ese sentimiento agónico por la pérdida de algo que, muy probablemente, nunca existió. Se puede experimentar sentimientos agónicos por la pérdida, real o imaginaria, de una cultura, de unos paisajes, de unas tradiciones. Y eso puede hacer mucho daño. En ese caso no cabe hablar de sentimientos positivos.

Es bueno experimentar sentimientos de nostalgia pero sin caer en sus formas patológicas. La añoranza no debe llevarnos a intentar recuperar unos paisajes, un entorno, un barrio, unos paisanos que no existieron nunca o que, si existieron, no configuraron ningún mundo ideal, aunque ahora así nos lo parezca. No hay mundos ideales.

El origen de las religiones moralizantes

Según el psicólogo Nicolas Baumard, hace algo más de 2000 años surgieron en el mundo una serie de religiones que incorporaron en sus doctrinas normas morales. El cristianismo sería una de ellas.

Antes de ese periodo, el culto a los dioses no estaba vinculado con el cumplimiento de una serie de preceptos éticos. Las normas de comportamiento no tenían sustento religioso. Las religiones tenían más que ver con la celebración de ritos y de ofrendas a las divinidades con el propósito de que estas fuesen propicias a los deseos humanos. En Grecia, por ejemplo, aunque existían normas de carácter moral, tenían poco que ver con el culto a los dioses. Y los dioses, por su parte, no eran precisamente dechado de virtudes.

Lógicamente, la vinculación entre moral y creencias religiosas no se produjo de la noche a la mañana. Aunque en el mundo de los héroes homéricos (siglo VIII a.e.c.), tal relación no existía, ya en el siglo V a.e.c. los griegos empezaron a creer que en el Hades los muertos serían juzgados en función de cómo se hubiesen portado en vida. Por esa misma época la religión judaica empezó a incorporar creencias acerca del castigo en la otra vida. Fue por entonces -siempre según Baumard- cuando la fidelidad en las relaciones de pareja empezó a ser considerada un bien moral, además de otras virtudes. En la civilización romana, por ejemplo, ya se empiezan a valorar virtudes tales como el ascetismo, la modestia y la continencia sexual, lo que no implica que tales virtudes se practicaran de forma mayoritaria, por supuesto.

Según una teoría bastante aceptada en el campo de la evolución cultural, las religiones moralizantes, al promover la cooperación y la ayuda mutua, funcionarían como un elemento de cohesión social. Esa cohesión les proporcionaría una ventaja competitiva con las sociedades menos cooperativas, por lo que les habría favorecido en relación con otras.

Baumard, sin embargo, cree que la aparición de las religiones moralizantes y su éxito obedece a otras causas, que tienen que ver con una teoría que se ha desarrollado en el campo de la ecología evolutiva; me refiero a la teoría de los ciclos de vida. De acuerdo con esa teoría los organismos desarrollan ciclos de vida de diferentes características en función de las condiciones del medio en el que viven. Por simplificar podríamos denominar a unas estrategias rápidas, y a las otras, lentas. Cuanto más exigentes son las condiciones del entorno en el que se desenvuelven los individuos de una población (y por lo tanto, más alta es la tasa de mortalidad que sufren), y cuanto más imprevisible es la disponibilidad futura de recursos (alimenticios en el caso de los animales), los organismos tienden a desarrollar estrategias rápidas e imprudentes: crecimiento rápido, reproducción temprana, recursos destinados principalmente a la reproducción y vida corta. Recurriendo a esa estrategia es más probable que algunos de los descendientes tenga éxito, esto es, que encuentre las condiciones adecuadas para medrar. En caso contrario, la estrategia (lenta) consiste en primar la eficiencia, limitar mucho el número de descendientes y dedicarles mucho cuidado; bajo esas condiciones la vida suele prolongarse mucho más. La distinción entre estrategias rápidas y lentas se puede aplicar a las especies, pero también a las poblaciones. O sea, aunque hay especies que no presentan variabilidad en estos rasgos entre poblaciones, en otras especies puede haber importantes diferencias si tienen la suficiente capacidad como para habitar medios muy diferentes.

Al parecer esas estrategias tienen sus versiones en la especie humana. Cuando el futuro es incierto y el riesgo de mortalidad alto, las personas asumen más riesgos, se tienen más hijos y se tienen a edades más jóvenes. Lo contrario ocurre en las personas más acomodadas: las mujeres (o las parejas) posponen la edad de la maternidad y dedican mucho más esfuerzo a cuidar a los descendientes.

Baumard sostiene que en el oriente del Mediterráneo ocurrió algo de ese estilo hace unos 2.500 años. En ese periodo el consumo de energía per capita[1] subió de 15.000 cal/día, típico de las sociedades egipcia y sumeria, a más de 20.000. Y al mejorar las condiciones y hacerse más predecibles y las sociedades convertirse en más estables, adoptaron estrategias lentas. Y en ese contexto habría tenido sentido la vinculación de preceptos morales a los credos religiosos, puesto que esos preceptos actuaban a favor de las nuevas estrategias.

Ahora bien, según Baumard, habrían sido las élites las que adoptaron las estrategias lentas en primera instancia, porque las normas morales ayudaban a mantener un status que les resultaba beneficioso. De hecho, dado que la mayoría de la población se habría de mantener durante mucho tiempo en condiciones que propiciaban el mantenimiento de estrategias rápidas, la condena de los comportamientos “inmorales” propios de esas estrategias obedecería al interés de reprimir comportamientos potencialmente peligrosos para la estabilidad social y su propio estatus.

A mí, sin embargo, este aspecto de la cuestión no me acaba de convencer. No me parece mala idea vincular la existencia de una moral religiosa “conservadora” a la adopción por los grupos humanos de formas lentas de vida, pero no creo que eso sea consecuencia de la actitud interesada de las clases más acomodadas. De hecho, el cristianismo, una religión con muy alta componente moralizante, no surgió ni se extendió impulsada por los privilegiados, precisamente. Que acabase convirtiéndose en la religión oficial del imperio y la hiciesen suya los aristócratas es algo que ocurrió mucho después de su expansión inicial.

En resumidas cuentas, la asociación de preceptos morales a credos religiosos en contextos que propician estrategias lentas de vida puede ser una idea fecunda, de alto valor heurístico. Pero dudo que esa asociación, de haberse producido por esa razón, tuviese que ver con la actitud de las élites al respecto, sino con la del conjunto de la población. Estaría bien contrastar la hipótesis de Baumard con las religiones de otras sociedades distintas de las del Mediterráneo. Quizás eso nos ayudase a arrojar luz sobre una cuestión tan interesante.

[1] Se considera que el nivel de consumo de energía es un buen indicador del nivel de vida.

Motivos para una manifestación (y II)

Al final de mi anotación anterior dejaba un interrogante acerca de las razones de las autoridades que convocan manifestaciones antiterroristas. Pero creo que es más honrado no dejar el interrogante en los términos en los que quedó y referirme abiertamente a la cuestión.

Opino que las autoridades no tienen ninguna buena razón para convocar una manifestación antiterrorista cuando los terroristas no son, en realidad, los destinatarios del mensaje que supuestamente se quiere proclamar. O, al menos, no tienen ninguna buena razón que pueda decirse. Y aunque pueda resultar chocante o contradictorio, quiero dejar claro que en mi ánimo no hay voluntad de crítica hacia los que mandan. Cualquiera en su lugar haría lo mismo.

Las manifestaciones no se convocan para hacer frente al terrorismo y, de esa forma, conseguir que desaparezca. Se convocan porque ante una masacre como la cometida en Cataluña hace diez días es muy duro “no hacer nada”; se convocan porque es mejor “hacer algo que no hacer nada”.

La lucha contra un terrorismo como el islamista, refractario al discurso político del estado de derecho, solo tiene dos tratamientos, a mi juicio: la ley y la inteligencia. La ley establece el marco legal en el que desarrollarán las fuerzas de seguridad su acción preventiva y represiva; también establece el régimen penal aplicable a los delitos. Y los servicios de inteligencia son los que, mediante las herramientas que les son propias y están permitidas por la ley, han de tratar de impedir la comisión de atentados o, si no lo consiguen, de perseguir y capturar a los terroristas. Habrá quien objete en el sentido de que es preciso también actuar sobre los colectivos sociales más susceptibles de servir de cantera terrorista; mi opinión es que esa vía, de ser útil (acerca de lo cual tengo serias reservas), no serviría para combatir el terrorismo practicado por extranjeros, como fue el caso, en los EEUU, de los atentados del 11S.

No tengo razones para pensar que las leyes que tenemos sean inadecuadas o insuficientes para combatir el terrorismo[1]. Y no tengo duda de que las autoridades hacen lo que pueden en materia de inteligencia; los responsables unas veces lo harán bien y otras no tanto, pero quiero creer que hacen al respecto lo que está en su mano.

El problema es que ni con las mejores leyes ni con los mejores servicios de inteligencia se puede evitar que se cometan atentados. Que se lo digan al Mossad israelí. Así que cuando eso ocurre, surge el problema. Porque no bastaría con dar una rueda de prensa diciendo: “a pesar del excelente trabajo policial y de inteligencia, esta vez nos han ganado; lo sentimos”. Y es entonces cuando ese “es mejor hacer algo que nada” se acaba convirtiendo en una convocatoria de manifestación. Parece que hacemos algo.

Esto, en el fondo, tiene también que ver con otro hecho del que me he quejado en más ocasiones y es que hace ya mucho tiempo los políticos nos convencieron de que podían resolver todos nuestros problemas. Lejos de limitarse a gestionar lo que les es propio (normas fundamentales de convivencia, servicios básicos, seguridad, etc.)  y, si acaso, a promover una sociedad que proporciones oportunidades para todos, los políticos de toda condición nos ofrecen la solución a los problemas que tenemos y, en ocasiones, también a los que no tenemos. Y a base de ofrecerlo, acabamos por pensar que es así y actuamos en consecuencia. Así que cuando ocurre una desgracia como la de Cataluña, la gente mira a las autoridades y estas miran a la gente: el resultado es una manifestación que servirá a los participantes para reafirmarse en sabe Dios qué convicciones y para superar un duelo de forma colectiva, y a los responsables políticos para hacer algo porque siempre es mejor eso que no hacer nada.

Bien pensado, esto se parece mucho a las procesiones para provocar la lluvia que hasta no hace tanto tiempo se celebraban en algunas localidades españolas. Las rogativas no conseguían que lloviese, pero el cura se quedaba tranquilo porque había hecho algo en vez de nada.

[1] Aunque Mariano Rajoy no deja de decir que quiere un gran pacto de estado contra el terrorismo; creo que quiere una ley nueva. Miedo me da.