Escepticismo a dedicación parcial

Anteayer se publicó una información extraña sobre un asunto universitario. La universidad de marras es la pública del País Vasco (UPV/EHU), la mía. Según la información en cuestión, un profesor muy querido por sus estudiantes, por dedicarles tiempo y esfuerzo más allá de lo que dictan sus obligaciones, ha renunciado finalmente a esa dedicación añadida porque así se lo han exigido sus compañeros de departamento. El profesor dice haber sucumbido a sus presiones.

En resumidas cuentas, en la historia hay, por un lado, un buen hombre y, por el otro, una cuadrilla de envidiosos (casi todos sus compañeros de departamento) y un monstruo burocrático sin alma: la UPV/EHU. Se dan todos los ingredientes para hacer de la historia un virus en las redes: el Bien (la dedicación del profesor) frente al Mal (la envidia de sus compañeros), Robín Hood (el profesor) en contra de la nobleza abyecta (la mayoría del profesorado de su departamento) y a favor de los más indefensos (los estudiantes), la institución pública alineada con el Mal y, como catalizadora, la tendencia natural del ser humano a simpatizar con los “más desfavorecidos”.

El asunto era demasiado goloso. Y, en efecto, en un largo fin de semana sin apenas noticias, la información en cuestión se ha convertido en tema estrella en las redes sociales de internet. Ha sido la noticia más vista y más compartida en la edición digital del medio que la ha publicado. La inmensa mayoría de los comentarios han sido, por supuesto, para ensalzar al hombre bueno y vilipendiar a los malos y a la universidad pública (en esto de vilipendiar, si hubiera sido privada no habría sido exactamente igual).

Lo desconozco todo acerca de los hechos relatados, así que no puedo opinar sobre ellos. Pero de la misma forma que me pasa con lo que cuentan personajes como Pàmies (sí, ese que recomienda ingerir lejía diluida para curar el cáncer, que sostiene que el virus del VIH no existe y que si tomásemos las plantas que él produce no enfermaríamos o nos curaríamos), lo que se cuenta en la información era tan extraño que hizo que saltaran mis alarmas escépticas. Reconozco que no sonaron enseguida: cuando leí la noticia en la edición en papel pensé que era una historia rara pero no reaccioné con desconfianza. La extrañeza me fue invadiendo poco a poco, y de la sensación de extrañeza pasé al escepticismo.

Porque, bien pensado, aunque no sea imposible, no es normal que CASI TODOS los profesores de un departamento se alineen en contra de OTRO. Es muy raro que CASI TODOS los profesores de un departamento pidan a un compañero que trabaje menos y que no atienda a los estudiantes a deshoras. No conozco ningún caso en que una buena evaluación provoque el rechazo de los demás compañeros; en mi departamento es impensable, desde luego. No es habitual (y tampoco creo que sea buena idea) que un profesor dé su número de teléfono particular a todos los estudiantes que se lo piden; yo, por ejemplo, estoy accesible por correo electrónico casi en todo momento pero no doy mi número particular, y eso mismo puede hacer cualquier otro profesor si lo desea. Es raro que los responsables universitarios (dirección de departamento, de escuela y rectorado de la universidad) no se alineen inmediatamente en defensa del profesor que se desvive por sus estudiantes. Son cosas demasiado raras como para no someterlas al cedazo de la prueba antes de darlas por buenas.

Sin embargo, muchos la han dado por buena sin mayores reservas. Lo que no hubiesen aceptado –y de hecho no aceptan- en la Contra de la Vanguardia lo han aceptado en este caso. Y es que esto del escepticismo va por esferas de la vida. Lo somos a dedicación parcial y dependiendo del asunto de que se trate y de quiénes sean sus protagonistas. Nos pasa a todos –me incluyo, por supuesto- porque como en tantas otras cosas, son factores emocionales los que acaban dictando el margen de lo que creemos y de lo que no. Y entre esos factores, los de carácter ideológico –y, en general, nuestro sistema de creencias- acaban ejerciendo una influencia determinante. ¿Cómo resistirse, por ejemplo, a zurrar a una universidad pública? Al fin y al cabo, todos los que han opinado han pasado por alguna de ellas y saben cómo nos las gastamos los universitarios.

No descarto que la información publicada el jueves tenga altas dosis de verdad, pero tampoco descarto que tenga las suficientes dosis de falsedad o tales carencias como para que las conclusiones que quepa extraer sean algo diferentes de las que se han extraído. Lo cierto es que no lo sé. Lo que sí he podido comprobar es que, ignorando el consejo de David Hume, muchos autodenominados escépticos ya la han dado por buena.

La posverdad era esto.

El imposible retorno

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El remedio no reside en la detención de las transformaciones políticas, pues esa no puede procurarnos la felicidad. Jamás podremos retornar a la presunta inocencia y belleza de la sociedad cerrada; nuestro sueño celestial no puede realizarse en la Tierra. Una vez que comenzamos a confiar en nuestra razón y a utilizar las facultades de la crítica, una vez que experimentamos el llamado de la responsabilidad personal y, con ella, la responsabilidad de contribuir a aumentar nuestros conocimientos, no podemos admitir la regresión a un Estado basado en el sometimiento implícito a la magia tribal. Para que aquellos que se han nutrido del árbol de la sabiduría se ha perdido el paraíso. Cuanto más tratemos de regresar a la heroica edad del tribalismo, tanto mayor será la seguridad de arribar a la Inquisición, a la Policía Secreta y al gangsterismo idealizado. Si comenzamos por la supresión de la razón y la verdad, deberemos concluir con la más brutal y violenta destrucción de todo lo que es humano. No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias.
Es este un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la responsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces solo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inevitable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a que aspiramos.

Pg. 216 (y última del I volumen) de “La sociedad abierta y sus enemigos”, de Karl Popper

 

La memoria es amiga de la creatividad

La memoria tiene mala prensa; me refiero a la memoria con minúscula, o sea, a la capacidad para recordar ideas, informaciones, situaciones, experiencias, lecturas, etc. Pero es una mala prensa completamente injustificada.

Es habitual encontrarse con argumentos en los que se desprecia la capacidad memorística porque ese es un rasgo que, supuestamente, ha perdido toda utilidad. En ese argumento está implícita la idea de que antes hacía falta buena memoria para poder recordar muchas cosas, ya que no había dispositivos que permitieran acceder con facilidad al conocimiento acumulado. Pero ahora, con las enormes facilidades de almacenamiento de información y de acceso a ella, se supone que ya no es preciso que utilicemos nuestro cerebro como almacén.

Como cada vez más se considera la creatividad el rasgo cognitivo más valioso, se insiste en la idea de que lo que hay que estimular o cultivar es esta y no tanto aquella. En nuestro mundo y, sobre todo, el mundo hacia el que parecemos dirigirnos –se dice- la creatividad es fundamental, pues solo personas creativas son capaces de idear las nuevas soluciones, los nuevos productos, las nuevas creaciones artísticas o culturales, o de generar el nuevo conocimiento que servirá para alimentar la actividad económica que permita crear riqueza y bienestar.

Discrepo.

No es sólo que la creatividad no se haya de ver comprometida por un cultivo excesivo de la memoria. Es que, al menos en el terreno científico, la capacidad memorística es un ingrediente muy valioso de la creatividad. Las nuevas ideas surgen en muchas ocasiones de las relaciones espontáneas, y a veces fugaces, que establece nuestra mente entre piezas de conocimiento o informaciones diferentes. Las nuevas ideas no surgen porque uno vaya en su búsqueda de forma activa y consciente. Si así fuera, casi cualquiera podría dar con ellas. Si supiésemos en qué van a consistir, sabríamos en qué archivo, qué documento, qué base de datos deberíamos buscar las piezas de información, los pedazos de conocimiento con los que construir la novedad.

En ciencia, al menos, muchas ideas nuevas surgen cuando, dando vueltas a elementos aparentemente inconexos, establecemos de repente una relación donde nadie antes lo había hecho. Es posible que eso ocurra mientras leemos un artículo o un libro, pero entonces el conocimiento codificado en forma impresa no suele ser suficiente, ha de cruzarse en su camino algún pasaje que habíamos leído en otra ocasión, o un fragmento de conversación que tuvimos hace un mes con un colega. O, incluso, puede surgir al contemplar una obra de arte o leer una novela. Es del todo azaroso el modo en que surge la idea nueva. En ocasiones lo hace durante el sueño o en estado de duermevela. Pero rara vez surge de confrontar dos o más elementos a los que accedemos directamente en el soporte en que se encuentran almacenados.

Para que esa chispa, ese momento “eureka”, ese “¡ahá!”, ese “¡qué curioso!” o “¡qué raro!” se produzca, hemos debido confrontar alguna observación o idea con elementos almacenados en la memoria.

Por eso sostengo que cultivar la memoria, más que compatible, es necesario para promover la creatividad. La memoria no es enemiga de la creatividad; al contrario, es una de sus mejores amigas.

Los inconvenientes de ser pequeño

Ferdinando Galiani
Ferdinando Galiani

Los altos a veces se quejan de que su condición les perjudica. Se les ve más, lo que les hace ser más conspicuos y eso, sobre todo si se quiere pasar desapercibido, es efectivamente un problema. También lo es para viajar en avión, por ejemplo, porque a partir de cierta estatura no hay forma de acomodar las rodillas. Y, si me apuran, sufren el hándicap de tener que lidiar con las consecuencias de una (para ellos) desafortunada circunstancia anatómica, con no muy deseables consecuencias fisiológicas: en sus organismos la información que circula entre el cerebro y el resto del cuerpo necesita recorrer distancias más largas. Sin embargo, tengo para mí que ser pequeño tiene bastantes más desventajas que lo contrario.

Mido 169 cm. Hace bastantes años, en la parte del mundo en la que vivo, mi estatura se acercaba, desde abajo, a la media poblacional. Pero últimamente esa talla media se va alejando irremediablemente. Me basta con entrar en un bar frecuentado por gente más joven o, de forma más contundente, en un aula universitaria para comprobarlo. Asistir a según qué conciertos o espectáculos al aire libre sin asientos es toda una experiencia. Y a la vez que crece la gente, el mundo físico a mi alrededor va ganando también altura. Taburetes, aparadores, estanterías, urinarios, toda clase de objetos se alejan irremediablemente del suelo, con las consiguientes complicaciones para quienes, como un servidor, desarrollamos humildemente las extremidades inferiores en nuestra adolescencia y primera juventud.

Me ha tocado compartir pose fotográfica con grupos de personas de mayor estatura (física)  -mandatarios mayormente-, situación que no recomiendo a nadie, francamente. No solo son más altos. Ocupan, además, una mayor porción del universo físico; desplazan un mayor volumen de aire y, en ocasiones, no sólo de aire, también de objetos semi-líquidos de menor tamaño. Ni siquiera se dan cuenta cuando desalojan a los pequeños de la posición que con tantas dificultades habían alcanzado.

La cosa no se queda en lo meramente físico. Fíjense en las autoridades. Son, con muy escasas excepciones, altas o, al menos, no son bajas. Presidentas de países, de gobiernos o de clubs de fútbol, líderes políticos en general, alcaldes, rectores, o presidentas de asociaciones de padres y madres tienden a ser de mayor talla (física) que la media poblacional. En resumen: la gente prefiere a personas altas para que les representen o para mandar. ¿Está la gente alta más capacitada  para el liderazgo? Podría ser; al fin y al cabo, se les ve más y, sobre todo, desde más lejos.

El hecho de vivir en un mundo poblado por gentes más altas es por lo que tengo gran simpatía por un personaje no muy conocido: Ferdinando Galiani (1728-1787). Fue secretario de la embajada de Nápoles en París. Pero no encajaba bien en la vida diplomática, en parte, precisamente, porque era de tan corta estatura que debía esforzarse continuamente para que reparasen en él; su esfuerzo se dirigía a intentar ser más ingenioso que las personas con quienes había de lidiar. En 1759, durante su presentación al rey, se enfrentó a las risas ahogadas de los cortesanos con estas palabras: “Majestad, lo que veis ante vos es meramente una muestra del secretario; el verdadero secretario vendrá más tarde.”

¿Por qué lo llaman valores cuando quieren decir doctrina?

Aula

Hasta la dictadura de Franco, el ministerio que ahora es de educación, era de instrucción pública. Sospecho que el Caudillo le cambió el nombre con la intención de reflejar un cambio en su orientación. No se trataba ya de instruir, sino de educar. Y educar, en el vocabulario de los regímenes totalitarios, tiene, además de la componente de enseñar, esa otra orientada a conformar conciencias, condicionar el comportamiento, ahormar el pensamiento, en definitiva, adoctrinar. La transición no recuperó el nombre republicano; mantuvo el franquista. Dudo que fuera casual.

Los debates educativos de las últimas décadas han tenido que ver, sobre todo, con cuestiones de orden doctrinal y con los valores que unos u otros han pretendido promover a través de la enseñanza reglada. Las nuevas leyes han provocado, casi siempre, gran controversia en esos terrenos. Pero la intervención del poder en la escuela no se ha limitado a los cambios de modelo. Otras medidas, dependiendo de la ocasión y los intereses del momento, también estaban motivadas por esas consideraciones; pero eso sí, el “revuelo” que levantaban sólo dependía de la medida en que unos y otros se identificaban con sus propósitos. Formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes, o cualquier otra pretensión relativa al dominio de los valores ha podido ser objeto de tratamiento “transversal” o incluso lectivo. Son empeños vanos, por supuesto, porque ignoran que los valores se transmiten, ante todo, en la familia y la cuadrilla, por fortuna.

Pero aún siendo vanos, esos empeños han sido la causa de que en ninguna otra área se hayan producido tantos cambios legislativos como en la enseñanza, siete desde la transición. Cada vez que ha habido cambio de partido en el gobierno, y a veces con el mismo partido, los nuevos han cambiado lo que había, y nada es más perjudicial para el sistema de instrucción que realizar frecuentes cambios normativos. Pero recuerden: se ha tratado de adoctrinar, ahora y antes.

La gente, por otro lado, tampoco parece conceder a la instrucción la importancia que merece. Las familias se conforman con lo que hay. Los de mi generación hemos conocido personas que, aunque analfabetas funcionales, eran muy conscientes de la importancia de los estudios y hacían lo posible por que sus hijos los cursaran, cuantos más mejor. Pero no sé si esa es una preocupación mayoritaria hoy. Quizás el logro del acceso universal a la enseñanza haya hecho desaparecer la genuina preocupación ciudadana por su calidad.

La mayor parte de las ocasiones en que los resultados de alguna evaluación educativa (PISA, evaluación de diagnóstico, TIMSS, datos de fracaso escolar) nos muestran la imagen de lo que realmente somos, nos llevamos las manos a la cabeza y, por unos días, parece que la preocupación sobre este tema es genuina. Pero es un espejismo. Sólo hacen falta unos días, o a lo sumo semanas, para que nuestras preocupaciones vuelvan por donde iban: las declaraciones de este o aquel político; la corrupción del adversario; la prohibición, o no, de los toros; el partido del siglo; o el escándalo del youtuber del momento.

La instrucción de nuestros escolares a pocos importa, y cuando importa es más por cuestiones de índole doctrinaria -las más de las veces con el, en apariencia, digno y bienintecionado propósito de educar en valores- que por un interés firme en que aprendan conocimientos y adquieran capacidades que les permita ejercer como ciudadanos autónomos en su vida adulta. Porque a la hora de la verdad ¿a quién importa? Llenan de orgullo los triunfos de “la roja”, pero no de oprobio, como debiera, la mediocridad educativa y cultural.

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Nota: esta anotación es una versión de una columna publicada el 12 de octubre de 2013 en el diario Deia con el título “Es la doctrina”.

Campus de batalla

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La Universidad del País Vasco ha vuelto a ser atacada. Encapuchados destrozan patrimonio universitario. Amedrentan a quienes trabajan y estudian en ella. Provocan lesiones a quienes se encuentran cerca o, si es el caso, intentan convencerlos de que desistan de su actitud. Dicen protestar por algo, pero a nadie queda claro qué es ese algo, a qué se oponen, qué demandan. Menos claras son las razones por las que recurren a la intimidación, a los destrozos y a las agresiones. Porque sea cual sea su demanda, es del todo evidente que esas mismas reclamaciones, peticiones o exigencias podrían formularse de forma pacífica. Las autoridades universitarias intentan desde hace meses reconducir la situación, ofreciendo espacios de diálogo y de contraste de ideas. Pero no han tenido éxito, porque los agresores afirman sin rubor que nada que los responsables universitarios puedan ofrecerles servirá para que depongan su actitud. Y a pesar de todo, lo siguen intentando.

Es hora de que asumamos la verdadera naturaleza del problema. Ninguno de los atacantes pretende obtener nada en concreto. Lo que buscan, lo único que realmente desean es desencadenar la famosa espiral de la violencia. Pretenden que la institución universitaria responda recurriendo a las herramientas legales de que dispone para, a continuación, utilizar esa respuesta para recabar el apoyo y la simpatía de otras personas y ampliar el círculo de la violencia, extenderla. El único objetivo que persiguen es el de envenenar la convivencia en los campus, hacer que los universitarios nos sintamos inseguros, amenazados, que tengamos miedo para, de esa forma, provocar reacciones cada vez más contundentes. Pretenden envilecer el ambiente, intentando demostrar que la UPV/EHU es una institución represora, y que es cómplice de otros poderes igualmente represores. Supuestamente conseguirían “desenmascarar” su “verdadera naturaleza” y atraer con ese señuelo a otros a su campo. No pretenden otra cosa; solo les interesa convertir los campus universitarios en campus de batalla.

En las sociedades abiertas florece la libertad, la tolerancia, el respeto, el contraste civilizado de ideas; existen discrepancias, que se manifiestan sin restricciones y se gestionan democráticamente. Las sociedades abiertas ofrecen múltiples e imprevisibles oportunidades a sus miembros. En ellas, cada día que amanece es un nuevo día lleno de posibilidades. Cuando una sociedad abierta se ve amenazada por la violencia política, por el terrorismo, la pretensión real de los atacantes es la de provocar una respuesta tal por parte de las instituciones democráticas que ocasione la pérdida o sustitución por otros de los valores y los rasgos que le son propios. Las sociedades abiertas tienden a responder al terror cerrándose. Cada ataque, cada agresión, cada altercado o cada atentado dispara el resorte del miedo. El miedo conduce a la demanda de mayor seguridad, y ésta conlleva, necesariamente, una cierta pérdida de libertad. Los enemigos de la sociedad abierta consiguen, de ese modo, que retroceda, que se cierre, que cada nuevo día sea un día que ofrezca menos posibilidades, que tenga un desenlace más previsible, que sepamos cada mañana lo qué nos deparará ese día porque otros lo habrán decidido por nosotros. Los agresores consiguen así pequeñas, o no tan pequeñas, victorias.

A la Universidad le ocurre lo que a las sociedades abiertas, pero en un grado más intenso. La Universidad, al menos la institución universitaria tal y como la conocemos, es un organismo débil. Sus principales misiones son generar y transmitir conocimiento. Y sus principios inspiradores, la libre circulación y el contraste de ideas que requieren las actividades creativas, y el respeto a quienes piensan y se expresan de forma diferente. Por eso, porque esas son sus credenciales y porque los valores que las inspiran son la libertad, la primacía del saber, el respeto a los discrepantes y, en general, los que iluminan a las sociedades abiertas, le resulta sumamente difícil recurrir a la fuerza y a la represión para atajar los ataques que sufre y garantizar la seguridad de sus integrantes y la integridad de su patrimonio, que lo es del conjunto de la sociedad. Porque cada vez que lo hace, sus adversarios ganan una batalla.

La UPV/EHU es una pequeña “sociedad abierta” y quienes la atacan quieren que deje de serlo. Es responsabilidad de toda la comunidad universitaria, y no solo de las autoridades, reaccionar ante los ataques oponiéndonos con contundencia y claridad. Y debemos tener muy claro que si bien la universidad debe preservar ciertos bienes, entre ellos también hay jerarquías. No vale exigir diálogo al equipo rectoral cuando los agresores no quieren dialogar y responden con más violencia; no vale exigir diálogo cuando la carga de su imposibilidad recae sobre las espaldas de otros; no vale exigir diálogo cuando lo que está en juego es el patrimonio universitario y, sobre todo, la integridad física, dignidad y libertad de las personas. No vale exigir diálogo, cuando el equipo rectoral viene ofreciéndolo inútilmente desde hace meses. Eso no vale.

Soy vasco ¿y tú?

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Llegué a Bilbao en septiembre de 1970, próximo a a cumplir mi primera década de vida. Procedentes de una ciudad luminosa, Salamanca, en la que la arenisca de Villamayor en los edificios realza la hermosura de los atardeceres del verano y comienzo del otoño, bajamos del autobús en una calle gris, oscura, no solo por el color del cielo, también por la tonalidad de las fachadas. Llegamos mareados del viaje tras descender el puerto de Orduña. Y nos dirigimos andando a Rekalde arrastrando maletas, con todo lo que una familia de cuatro miembros necesitaba para instalarse y empezar una nueva vida.  Nuestro nuevo hogar estaba en la calle Larraskitu; todavía recuerdo el número: era el 11 de aquella época. Enseguida empecé en el instituto del barrio, recién estrenado, a cursar primero de bachillerato elemental. Creo que ahora sería quinto de primaria. Pronto hice amigos. Salamanca empezó entonces a ser el lugar donde vivía parte de nuestra familia y a donde íbamos a pasar las vacaciones.

Ya antes de hacerme mayor decidí aprender vasco. No quería vivir en un país en el que no pudiera entender a parte de sus paisanos cuando hablaban entre ellos. Reafirmé ese propósito, aunque con motivos adicionales, en la universidad. Allí me encontré a muchos compañeros, la mayoría procedentes de otras zonas del País Vasco, que utilizaban esa lengua habitualmente. Tuve suerte. Un amigo de entonces y de ahora, más que nadie, y algunos otros compañeros me ayudaron mucho, hicieron fácil lo difícil. Aprendí euskera. Escribí y defendí mi tesis de licenciatura en esa lengua; era 1982. Y también la de doctorado; en 1986. La mía fue la primer tesis de biología escrita y defendida en lengua vasca.

Soy ciudadano vasco. Lo soy a efectos políticos, por supuesto. Y también lo soy a efectos sentimentales. Pertenezco a este país. Vivo en él, trabajo en él y, además, siempre he pensado que lo que hacía era bueno para sus gentes. También he hecho mías algunas tradiciones vascas, musicales y folclóricas sobre todo. Y de vez en cuando disfruto leyendo a autores que escriben en euskera.

También soy ciudadano español. Lo soy a efectos políticos. Voto en las elecciones españolas; y tengo pasaporte español. Pertenezco a ese país. En lo que a mí respecta, trabajo en él. Y por supuesto, pienso que lo que hago también es bueno para los demás españoles. La cultura española es mi cultura. Siento que su literatura, sobre todo, pero también su música, su arte, en fin, cualesquiera manifestaciones producto de los creadores españoles que en la historia han sido, me pertenecen en cierto grado. Así pues, también soy español a esos efectos, y a otros, como el gastronómico, por ejemplo. Además, la mayoría de mis familiares, mi gente, son españoles.

Pienso que eso a lo que me dedico, y que creo que es bueno para vascos y españoles, es también bueno para el resto de ciudadanos del mundo. Me gustaría que todos gozasen de los derechos básicos y las oportunidades de los que disfrutan nuestros conciudadanos. Y quiero pensar que, siquiera sea en una ínfima medida, mi trabajo ayudará a que eso sea así. Me tengo por cosmopolita, aunque nunca digo de mí mismo que soy ciudadano del mundo, porque no lo soy.

Entiendo, y me parece bien, que haya quienes viven estas cosas de forma diferente. Los de pertenencia, como el resto de sentimientos, forman parte de una esfera –la emocional- en la que la razón poco o nada tienen que decir. Por eso no me parece mal que haya quien se considere sólo vasco o solo español. Y me parece del todo legítima la aspiración a conseguir que los sentimientos de pertenencia tengan consecuencias políticas bajo la fórmula que se desee, incluida la del estado independiente. Como también me parece normal que esa aspiración tenga una base estrictamente racional.

A punto de cumplir 11 años nos trasladamos al barrio de Cabieces, en Santurce -hoy Santurtzi-, a la periferia de la periferia. Allí una chiquilla de mi edad, compañera del instituto, me llamó “maketo” por primera vez en mi vida; esa era la forma despectiva de llamar a los que veníamos de fuera. Me lo han llamado en alguna otra ocasión, pero muy pocas, porque lo cierto es que, en general, me he sentido bien tratado y acogido por los naturales del país. Pero también es cierto que, en sintonía con quienes descalifican a los de fuera por el hecho de serlo, también he conocido a personas –algunas con altas responsabilidades- que sostienen en privado (quizás también en público) que “los vascos hacemos las cosas mejor que los españoles”. Nunca reacciono bien cuando oigo eso o cosa parecida.

Por eso tampoco me ha gustado lo que he visto del programa “Euskalduna naiz. Eta zu?” (“Soy vasco, ¿y tú?”[1]) que tanto revuelo ha generado. Acepto que tratándose de un programa de humor no es fácil emitir juicios si ese de quien se ríen resulta que eres tú. Entiendo que al tratar de reírse de los estereotipos, también de los que tenemos acerca de nosotros mismos, es fácil que alguna de las risas se interprete con demasiado rigor. Y doy por hecho que –como afirma la dirección de EiTB- el vídeo que se ha difundido se ha montado con el propósito de causar escándalo, y que la visión del programa completo, con las secuencias en su contexto, daría una impresión menos escandalosa.

Pero entendiendo todo eso, mi yo español no ha podido sustraerse al sentimiento de ofensa motivado por algunas expresiones. Sí, de sobra sé que no tengo derecho a no sentirme ofendido. Pero es que no se trata de eso, no de invocar derechos, al menos. Defiendo la libertad de expresión a ultranza. Defiendo el derecho a que se me ofenda. Y entiendo que los únicos límites que ha de haber son los que impone el Código Penal. Por eso no me ha gustado que la dirección de EiTB haya retirado el vídeo sin que mediase sentencia judicial alguna.

El sentimiento de ofensa, por menosprecio o puro desprecio, que denotan algunas intervenciones en el programa de ETB1 no es nuevo. Lo experimento cada vez que alguien dice eso de que “los vascos hacemos las cosas mejor” o, más raramente, cuando alguien utiliza la palabra maketo. Es lo que he sentido al ver reflejados esos estereotipos en el programa de televisión. No tengo ningún aprecio por banderas, himnos y demás símbolos patrióticos, pero creo que si quieres que respeten los tuyos no es mala idea empezar respetando los de los demás, también cuando no hay reciprocidad. Lo que no me da igual es que se asuman con normalidad estereotipos según los cuales los españoles sean –seamos- paletos, fachas, chonis o progres. Por cierto, me gustaría saber a qué grupo pertenezco, porque no acabo de ubicarme en ninguno de ellos. Tampoco me da igual que se afirme, entre otras cosas y entre risas, que los españoles son –somos- incultos o un poco retrasados culturalmente.

Al ver el vídeo del programa me he visto a mí mismo en Cabieces, en la periferia de la periferia, mientras Josune –así se llamaba la compañera del “insti”- me llamaba maketo como si tal cosa; también me he visto camino de Larraskitu arrastrando maletas, todavía presa del mareo del viaje. No. No ha sido buena idea retirar el vídeo. De haberlo mantenido, habría colocado a muchos vascos ante un espejo. Porque lo malo, lo que me disgusta, no es que salgan esas cosas en un programa de televisión; sino que salen porque reflejan unas ideas no tan minoritarias. Es lo que tienen muchos estereotipos. Al haber retirado el vídeo no lo podremos ver cuando se dicte alguna condena por corrupción en este pequeño y modélico país. O cuando, en las próximas evaluaciones educativas, vuelva a salir detrás de muchas comunidades autónomas españolas.

[1] Aunque en rigor quiere decir “Soy vascohablante, ¿y tú?”

 

Post scriptum: Aquí he hablado de mis circunstancias. Cada uno tiene las suyas. Y no hace falta haber vivido las mismas experiencias para sentirse molesto u ofendido por los estereotipos. Ni tampoco tiene por que sentirse ofendido o molesto alguien que haya tenido experiencias similares. No pretendo generalizar.

Addendum:

Ikusi nahi duenarentzat, hemen ikus daiteke programa osoa. Ikusi ondoren ez dut iritzia aldatu.

 

Vivir es caminar hacia el desamparo

Botas de minero (Imagen: National Post)
Botas de minero (Imagen: National Post)

Adelante John, los días de la escuela quedaron atrás.

Ha llegado la hora de que te pongas tus botas de minero,

cojas tu zurrón y vistas tus pantalones de moleskin.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo de minero,

y de que ganes la paga de minero.

Vamos entonces, Jim; es hora de ir,

hora de que trabajes abajo,

hora de manejar un pico y una pala.

Empiezas en los pozos hoy.

Es hora de aprender el trabajo de minero,

y de ganar el sueldo del minero.

Vamos entonces, Dai; ya casi ha amanecido.

Es hora de ir a sacar la antracita.

La niebla de la mañana cubre el valle.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo del minero,

y de que ganes la paga de minero.

Esos versos son mi traducción (bastante libre) de una canción irlandesa que cantan diferentes intérpretes pero cuya mejor versión (para mí, por supuesto) es la de Mary Black.

Desde el primer día que la oí me ha emocionado esta canción. La letra hace alusión a los chiquillos a quienes llega el momento de bajar a la mina. Pero para quienes vivimos ahora y en esta parte del planeta habla, en realidad, de la entrada en la edad adulta. Algunos parecen poder estar toda una vida sin hacerlo. Otros no se lo pueden permitir.

Dejar la escuela y empezar a trabajar es un hito que representa muy bien el tránsito hacia una vida en la que uno ha de hacerse cargo de su propio destino. En la vida hay pocos hitos así. Para quienes lo hemos hecho, suscribir una hipoteca es otro de esos hitos; o tener hijos. Es asumir cada vez mayores responsabilidades. La vida consiste en eso, aunque no venga jalonada por hitos concretos que nos sirvan de referencia. Al hacernos mayores, primero, y viejos, después, vamos estando cada vez más solos con nuestras responsabilidades; nos dirigimos a estados de un mayor desamparo. La vida consiste en eso, en abandonar el grado máximo de cobijo, de protección, que nos proporciona el útero, primero, y luego el regazo materno, para ir perdiendo poco a poco esa protección. Y si acaso, ser nosotros los que se la proporcionamos a otras personas.

Vivir es, pues, caminar hacia el desamparo. El instante anterior a la muerte es, seguramente, el máximo que se puede experimentar.

Responsable de nuestra salud con todas sus consecuencias

No soy partidario de que el estado intervenga en las vidas de la gente, aunque me consta que la mayoría es de la opinión contraria. Prefieren que sea el estado el que asuma algunas responsabilidades que, a mi juicio, deberían ser estrictamente personales. También soy consciente de que mi aversión a la intromisión del estado en asuntos de carácter personal entra, en ocasiones, en contradicción con mi aspiración a que todas las personas gocen de los mismos derechos y oportunidades.

Hay dos esferas en las que suelo encontrarme con más dificultades. Una es la de la educación. Sin una educación universal para todos no hay igualdad de oportunidades; esa es la única razón por la que estoy dispuesto a dar por buena la intervención del estado en esa materia, aunque estimo que debería ser mínima y, en la medida de lo posible, respetuosa con la autonomía de decisión personal y familiar.

La otra esfera es la de la salud. Hasta donde ello sea posible, el estado debería dejar en manos de los individuos las decisiones relativas a su salud. Pero no todas. Para empezar, hay asuntos en los que la salud se convierte en materia de seguridad. Así, de la misma forma que el estado no deja libertad para comprar armas, o para circular en coche como a uno le dé la real gana, o para viajar sin cinturón de seguridad, tampoco debería permitir que haya personas sin vacunar de enfermedades peligrosas. Y no me refiero a la potestad sobre el niño o la niña menores de edad, sino al hecho de que las vacunas tienen un efecto de inmunidad colectiva. Vacunar a “toda” (entiéndase “casi toda”) la población protege también a aquellas personas que, por una u otra razón no están vacunadas. Hay una componente social importante en ese fenómeno y eso es lo que saca la decisión de la esfera personal.

Por otro lado, el estado debería impedir la comisión de fraudes. Si ciertas prácticas consideradas fraudulentas están penalizadas por el hecho de serlo, han de estarlo todas, también aquellas orientadas pretendidamente a curar a la gente a cambio de una contraprestación económica. Sólo porque son fraudulentas.

Y si no hay contraprestación económica pero de su ejercicio o de su promoción pueden derivarse perjuicios para la salud pública, también esas prácticas deberían prohibirse. De la misma forma que se prohíbe conducir bajo los efectos de las drogas, por ejemplo.

Hay, al menos, una dificultad objetiva en todo esto, y es la de establecer el criterio que delimite lo aceptable de lo inaceptable. Pero para eso, como para la demarcación de lo punible y lo permisible en materia de tráfico, por ejemplo, está el estado. Es su competencia y estoy seguro de que siempre serían criterios discutibles y que serían discutidos. Pero que establecer esos límites sea difícil no quiere decir que deba renunciar a ello.

El estado se apropia de los recursos de la gente con el propósito (o la excusa), entre otros, de ofrecer seguridad y de cuidar de su salud. De lo contrario no estaría justificada la apropiación; sería un simple robo. Pues bien, en coherencia, debería velar también por nuestra seguridad y por nuestra salud penalizando las prácticas anticientíficas de cuyo uso pueden derivarse consecuencias perniciosas para una o para la otra.

Y sí, soy perfectamente consciente de que esta es una materia muy resbaladiza y en la que es fácil incurrir en contradicciones. Pero así es la vida, así son las decisiones políticas y administrativas y así es, en general, cualquier sistema de ideas o de normas: es muy difícil, por no decir imposible, que un sistema que aspire a integrar todo lo relevante en su ámbito puede ser totalmente coherente. Es imposible que esté libre de contradicciones.

El universo es incognoscible

El conocimiento es un círculo de luz. Una circunferencia delimita ese círculo; la circunferencia es la frontera del conocimiento; es una frontera difusa, no es nítida. Al otro lado está la ignorancia.
Sólo somos conscientes de ignorar lo que está ahí mismo, en la vecindad inmediata de la frontera, al otro lado de la circunferencia. Cuando aumenta el conocimiento, el círculo se amplía, y mayor es la circunferencia que lo delimita. Eso quiere decir que al aumentar el conocimiento también aumenta la frontera de la ignorancia, más sabemos que no sabemos, mayor es la cantidad de cosas de las que somos conscientes que ignoramos.
Seguiremos ampliando ese círculo y la circunferencia no dejará de aumentar, pero nunca dejaremos de ser ignorantes. Porque la ignorancia es infinita: además de lo que sabemos que no sabemos, está lo insondable, todo aquello que ni siquiera sabemos que desconocemos y desconoceremos. Eso, y no otra cosa, significa que la ignorancia es infinita. Por eso es vana la pretensión de que el universo es cognoscible. No lo es, ni lo será jamás.
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Corolario: De lo anterior se sigue que el conocimiento que podemos llegar a atesorar también es infinito.