El valor de la cultura

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Suele ocurrir que cosas interesantes de verdad pasan desapercibidas. Y así me lo han parecido algunas expresiones que han recogido los medios de la intervención de Ramón Saizarbitoria en la ceremonia en que le fue entregada la medalla de oro de Gipuzkoa. Hizo afirmaciones enjundiosas y provocativas. Pero poco se ha dicho de ellas.

El escritor dijo, entre otras cosas, que le apena “la creciente antropologización del término cultura, que cualquier cosa -correr con un eslogan en la camiseta, tirar de una cuerda de un lado a otro de un puente, abrir un grupo paraguas de colores en una playa, cocinar bacalao al pil-pil en una plaza- se considere cultura”. “Me da rabia la reducción de lo cultural al entretenimiento, que las inversiones en cultura se tengan que justificar como medio para atraer turistas que compren camisetas Basque Country”.

Me gusta Ramón Saizarbitoria como escritor, me gusta mucho, y en las pocas ocasiones en que las hace públicas, me parecen atinadas y agudas sus reflexiones. También me lo han parecido las anteriores.

A mí, más que apenarme, me irrita esa “antropologización” (perdón por el palabro) de la cultura. Creo que en el fondo de lo que se trata es de rebajar el estatus de la “cultura elevada”. Me refiero, claro está, a las artes y a las letras. Es como si hubiera un interés en despojar a esa cultura, que yo he adjetivado aquí como “elevada”, de cualquier estatus de superioridad con relación a las expresiones culturales en el sentido antropológico del término.

Si alguien me pidiera que definiese de alguna forma esa versión de cultura, la antropológica, le remitiría a la wikipedia, donde al comienzo del artículo presenta las dos versiones del término. La wikipedia califica a la primera como “alta cultura”, pero es la misma idea que la de “cultura elevada”. Y para la versión antropológica señala que es “el conjunto de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluyendo los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver necesidades de otro tipo”. Lo que deplora, con razón, Saizarbitoria es la pretensión de que ocurrencias absolutamente peregrinas reciban un tratamiento equivalente al que reciben las expresiones más genuinas de alta cultura.

Y también me parece deplorable la justificación de las inversiones culturales en función, principalmente, de sus retornos económicos. Los bienes culturales tienen valor por los efectos que surten: educan y, por lo tanto, promueven una ciudadanía más cultivada y más crítica; y además, son fuente de bienestar. Y dado que éste no se reduce a los aspectos materiales del entorno en que nos desenvolvemos sino que también incluye aspectos inmateriales, lo lógico es que la provisión de bienes culturales sea objeto de la atención de las instituciones de forma similar a como lo son los bienes materiales. En otras palabras: las inversiones en cultura se justifican por sí mismas, no necesitan de retornos económicos que las justifiquen.

Este asunto me recuerda, y mucho, al romo empeño en justificar las inversiones en la creación de conocimiento en función del retorno económico de las mismas o de sus utilidad a otros efectos. Pues bien, me gusta recordar una conocida comparecencia de un científico ante una comisión del senado norteamericano. Hace ya unas décadas, en una comisión del Senado de los Estados Unidos, el senador Pastore interrogaba al Dr. Wilson acerca de la conveniencia de construir un acelerador de partículas.

Pastore: “¿Hay algo relacionado con este acelerador que, de alguna manera, ayude a la seguridad de la nación?

Dr. Wilson: “No, señor. No lo creo”.

Pastore: “¿Nada en absoluto?

Dr. Wilson: “Nada en absoluto”.

Pastore: “¿No tiene en ese sentido ningún valor?”.

Dr. Wilson: “Solo tiene que ver con el valor que nos otorgamos los unos a los otros, con el mutuo respeto, con la dignidad del hombre, nuestro amor por la cultura. Tiene que ver con esas cosas. Tiene que ver con buenos pintores, con buenos escultores y grandes poetas. Quiero decir, todas esas cosas que los hombres respetamos, veneramos y queremos en nuestro país y por lo que somos patriotas. No tiene nada que ver directamente con la defensa de nuestro país, excepto en hacer que merezca la pena defenderlo”.

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