Un juego de abalorios

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Juego de abalorios (Imagen: Bibliocad)

La política me parece cada vez más un juego de abalorios y menos una confrontación de ideas. Los debates son ejercicios de esgrima dialéctica con escasa sustancia real. Apenas sin excepciones.

Para los partidos se trata de alcanzar el poder o de mantenerlo. Y sea una cosa o la otra, se elaboran mensajes simples que den soporte a esa pretensión. Quien hoy está en la oposición utiliza la misma o parecida dialéctica que quien antes la ejercía. Y lo mismo ocurre con el poder.

La renuncia a la confrontación de ideas acaba teniendo efectos perversos. Por un lado, se le escatima a la ciudadanía el sustento de su propio contraste; esto es, se dificulta que pueda discernir entre diferentes alternativas. Y por el otro, se renuncia a hacer pedagogía política, a explicar las razones de las propuestas y de las medidas que se toman; y se sustituye esa pedagogía por el lema simple, barato, y, casi siempre, populista. Y eso conduce a que cada vez sea más difícil tomar decisiones difíciles, y a que cuando se toman porque no queda otra remedio, el populismo tenga las de ganar.

En ese contexto, el responsable de prensa de muchos cargos institucionales o, para el caso, de los partidos de la oposición, es una figura clave, porque más allá de la bondad o efectividad de las medidas a tomar y de las propuestas que se hagan, lo que se valora es la aceptación que se supone tendrán en la opinión pública. Pero pienso que la política ha de tener más fundamento que el que dictan las premuras o necesidades comunicativas.

¡Y ojo! Que nadie se equivoque: la responsabilidad no es de los jefes de prensa.

 

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