Vivir es caminar hacia el desamparo

Botas de minero (Imagen: National Post)
Botas de minero (Imagen: National Post)

Adelante John, los días de la escuela quedaron atrás.

Ha llegado la hora de que te pongas tus botas de minero,

cojas tu zurrón y vistas tus pantalones de moleskin.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo de minero,

y de que ganes la paga de minero.

Vamos entonces, Jim; es hora de ir,

hora de que trabajes abajo,

hora de manejar un pico y una pala.

Empiezas en los pozos hoy.

Es hora de aprender el trabajo de minero,

y de ganar el sueldo del minero.

Vamos entonces, Dai; ya casi ha amanecido.

Es hora de ir a sacar la antracita.

La niebla de la mañana cubre el valle.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo del minero,

y de que ganes la paga de minero.

Esos versos son mi traducción (bastante libre) de una canción irlandesa que cantan diferentes intérpretes pero cuya mejor versión (para mí, por supuesto) es la de Mary Black.

Desde el primer día que la oí me ha emocionado esta canción. La letra hace alusión a los chiquillos a quienes llega el momento de bajar a la mina. Pero para quienes vivimos ahora y en esta parte del planeta habla, en realidad, de la entrada en la edad adulta. Algunos parecen poder estar toda una vida sin hacerlo. Otros no se lo pueden permitir.

Dejar la escuela y empezar a trabajar es un hito que representa muy bien el tránsito hacia una vida en la que uno ha de hacerse cargo de su propio destino. En la vida hay pocos hitos así. Para quienes lo hemos hecho, suscribir una hipoteca es otro de esos hitos; o tener hijos. Es asumir cada vez mayores responsabilidades. La vida consiste en eso, aunque no venga jalonada por hitos concretos que nos sirvan de referencia. Al hacernos mayores, primero, y viejos, después, vamos estando cada vez más solos con nuestras responsabilidades; nos dirigimos a estados de un mayor desamparo. La vida consiste en eso, en abandonar el grado máximo de cobijo, de protección, que nos proporciona el útero, primero, y luego el regazo materno, para ir perdiendo poco a poco esa protección. Y si acaso, ser nosotros los que se la proporcionamos a otras personas.

Vivir es, pues, caminar hacia el desamparo. El instante anterior a la muerte es, seguramente, el máximo que se puede experimentar.

5 comentarios sobre “Vivir es caminar hacia el desamparo”

  1. brillante Iñako. buena reflexión y aunque tiene un punto existencialista, me has facilitado una frase poderosa “caminar hacia el desamparo”

  2. Para mí, este invierno está siendo especialmente intensa esa abrumadora sensación de desamparo a la que acabas de vestir con palabras. Hay algo de consolador en leerlas ¡Gracias!

  3. Bueno, digamos que a algunas personas les cuesta más que a otras expresar de modo natural, en lenguaje coloquial, que nacemos sin pretenderlo y la mayoría moriremos sin decidir ni cuándo, ni dónde, ni cómo. Quienes viven más o menos inmersos en una fe religiosa, enmarcan su percepción del propio fin en la tranquilizadora idea del encuentro con el creador y su disfrute del Paraíso celestial, quizás tras una estancia expiatoria en el Purgatorio, si tal ente existe en su fe religiosa, o en la reencarnación según los méritos contraídos en su existencia presente, aún inconclusa.

    Cierto que lo del testamento vital contribuye, donde se admite, a cambiar un poco la ausencia de intervención propia en la determinación del momento en que poner fin a su ciclo vital. Cierto que también el suicidio opera en el mismo sentido, en ese tema. Testamento vital y suicidio, introducen elementos de riesgo sobre las buenas expectativas para lo que ocurra al producirse el “pass away” anglosajón.

    La cosa opera, presumo, de modo distinto para quienes llegan a las últimas curvas del camino con conciencia de ello, al margen de la edad, y sin el recubrimiento mental protector de vivir inmersos en una fe religiosa. Y el grado de intensidad de esa vivencia religiosa puede ser enormemente dispar de uno a otro individuo. A mi me parece que es a estas personas a quienes afecta de modo más agudo, también en grados no comparables, la sensación de desamparo.

    El último adiós al dar sepultura o al asistir a una cremación, aunque no se verbalice en muchos casos, en nuestros ritos funerarios, encierra esa idea, de un modo o de otro.
    Para unos es: “Ya está en mejor vida”, “Adiós, hasta que nos veamos en el más allá”, “quizás volvamos a cruzar caminos en la próxima vida”,…
    Y para otros, ¿qué es para los otros? La constatación de que concluyó el ciclo vital de esa person mientras aún prosigue el nuestro, ¿por cuánto tiempo más y bajo qué circunstancias?.
    En ello encuentro yo las claves para esa sensación de “caminar hacia el desamparo”.

    Y ahora, a otra cosa.

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