Campus de batalla

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La Universidad del País Vasco ha vuelto a ser atacada. Encapuchados destrozan patrimonio universitario. Amedrentan a quienes trabajan y estudian en ella. Provocan lesiones a quienes se encuentran cerca o, si es el caso, intentan convencerlos de que desistan de su actitud. Dicen protestar por algo, pero a nadie queda claro qué es ese algo, a qué se oponen, qué demandan. Menos claras son las razones por las que recurren a la intimidación, a los destrozos y a las agresiones. Porque sea cual sea su demanda, es del todo evidente que esas mismas reclamaciones, peticiones o exigencias podrían formularse de forma pacífica. Las autoridades universitarias intentan desde hace meses reconducir la situación, ofreciendo espacios de diálogo y de contraste de ideas. Pero no han tenido éxito, porque los agresores afirman sin rubor que nada que los responsables universitarios puedan ofrecerles servirá para que depongan su actitud. Y a pesar de todo, lo siguen intentando.

Es hora de que asumamos la verdadera naturaleza del problema. Ninguno de los atacantes pretende obtener nada en concreto. Lo que buscan, lo único que realmente desean es desencadenar la famosa espiral de la violencia. Pretenden que la institución universitaria responda recurriendo a las herramientas legales de que dispone para, a continuación, utilizar esa respuesta para recabar el apoyo y la simpatía de otras personas y ampliar el círculo de la violencia, extenderla. El único objetivo que persiguen es el de envenenar la convivencia en los campus, hacer que los universitarios nos sintamos inseguros, amenazados, que tengamos miedo para, de esa forma, provocar reacciones cada vez más contundentes. Pretenden envilecer el ambiente, intentando demostrar que la UPV/EHU es una institución represora, y que es cómplice de otros poderes igualmente represores. Supuestamente conseguirían “desenmascarar” su “verdadera naturaleza” y atraer con ese señuelo a otros a su campo. No pretenden otra cosa; solo les interesa convertir los campus universitarios en campus de batalla.

En las sociedades abiertas florece la libertad, la tolerancia, el respeto, el contraste civilizado de ideas; existen discrepancias, que se manifiestan sin restricciones y se gestionan democráticamente. Las sociedades abiertas ofrecen múltiples e imprevisibles oportunidades a sus miembros. En ellas, cada día que amanece es un nuevo día lleno de posibilidades. Cuando una sociedad abierta se ve amenazada por la violencia política, por el terrorismo, la pretensión real de los atacantes es la de provocar una respuesta tal por parte de las instituciones democráticas que ocasione la pérdida o sustitución por otros de los valores y los rasgos que le son propios. Las sociedades abiertas tienden a responder al terror cerrándose. Cada ataque, cada agresión, cada altercado o cada atentado dispara el resorte del miedo. El miedo conduce a la demanda de mayor seguridad, y ésta conlleva, necesariamente, una cierta pérdida de libertad. Los enemigos de la sociedad abierta consiguen, de ese modo, que retroceda, que se cierre, que cada nuevo día sea un día que ofrezca menos posibilidades, que tenga un desenlace más previsible, que sepamos cada mañana lo qué nos deparará ese día porque otros lo habrán decidido por nosotros. Los agresores consiguen así pequeñas, o no tan pequeñas, victorias.

A la Universidad le ocurre lo que a las sociedades abiertas, pero en un grado más intenso. La Universidad, al menos la institución universitaria tal y como la conocemos, es un organismo débil. Sus principales misiones son generar y transmitir conocimiento. Y sus principios inspiradores, la libre circulación y el contraste de ideas que requieren las actividades creativas, y el respeto a quienes piensan y se expresan de forma diferente. Por eso, porque esas son sus credenciales y porque los valores que las inspiran son la libertad, la primacía del saber, el respeto a los discrepantes y, en general, los que iluminan a las sociedades abiertas, le resulta sumamente difícil recurrir a la fuerza y a la represión para atajar los ataques que sufre y garantizar la seguridad de sus integrantes y la integridad de su patrimonio, que lo es del conjunto de la sociedad. Porque cada vez que lo hace, sus adversarios ganan una batalla.

La UPV/EHU es una pequeña “sociedad abierta” y quienes la atacan quieren que deje de serlo. Es responsabilidad de toda la comunidad universitaria, y no solo de las autoridades, reaccionar ante los ataques oponiéndonos con contundencia y claridad. Y debemos tener muy claro que si bien la universidad debe preservar ciertos bienes, entre ellos también hay jerarquías. No vale exigir diálogo al equipo rectoral cuando los agresores no quieren dialogar y responden con más violencia; no vale exigir diálogo cuando la carga de su imposibilidad recae sobre las espaldas de otros; no vale exigir diálogo cuando lo que está en juego es el patrimonio universitario y, sobre todo, la integridad física, dignidad y libertad de las personas. No vale exigir diálogo, cuando el equipo rectoral viene ofreciéndolo inútilmente desde hace meses. Eso no vale.

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