Los inconvenientes de ser pequeño

Ferdinando Galiani
Ferdinando Galiani

Los altos a veces se quejan de que su condición les perjudica. Se les ve más, lo que les hace ser más conspicuos y eso, sobre todo si se quiere pasar desapercibido, es efectivamente un problema. También lo es para viajar en avión, por ejemplo, porque a partir de cierta estatura no hay forma de acomodar las rodillas. Y, si me apuran, sufren el hándicap de tener que lidiar con las consecuencias de una (para ellos) desafortunada circunstancia anatómica, con no muy deseables consecuencias fisiológicas: en sus organismos la información que circula entre el cerebro y el resto del cuerpo necesita recorrer distancias más largas. Sin embargo, tengo para mí que ser pequeño tiene bastantes más desventajas que lo contrario.

Mido 169 cm. Hace bastantes años, en la parte del mundo en la que vivo, mi estatura se acercaba, desde abajo, a la media poblacional. Pero últimamente esa talla media se va alejando irremediablemente. Me basta con entrar en un bar frecuentado por gente más joven o, de forma más contundente, en un aula universitaria para comprobarlo. Asistir a según qué conciertos o espectáculos al aire libre sin asientos es toda una experiencia. Y a la vez que crece la gente, el mundo físico a mi alrededor va ganando también altura. Taburetes, aparadores, estanterías, urinarios, toda clase de objetos se alejan irremediablemente del suelo, con las consiguientes complicaciones para quienes, como un servidor, desarrollamos humildemente las extremidades inferiores en nuestra adolescencia y primera juventud.

Me ha tocado compartir pose fotográfica con grupos de personas de mayor estatura (física)  -mandatarios mayormente-, situación que no recomiendo a nadie, francamente. No solo son más altos. Ocupan, además, una mayor porción del universo físico; desplazan un mayor volumen de aire y, en ocasiones, no sólo de aire, también de objetos semi-líquidos de menor tamaño. Ni siquiera se dan cuenta cuando desalojan a los pequeños de la posición que con tantas dificultades habían alcanzado.

La cosa no se queda en lo meramente físico. Fíjense en las autoridades. Son, con muy escasas excepciones, altas o, al menos, no son bajas. Presidentas de países, de gobiernos o de clubs de fútbol, líderes políticos en general, alcaldes, rectores, o presidentas de asociaciones de padres y madres tienden a ser de mayor talla (física) que la media poblacional. En resumen: la gente prefiere a personas altas para que les representen o para mandar. ¿Está la gente alta más capacitada  para el liderazgo? Podría ser; al fin y al cabo, se les ve más y, sobre todo, desde más lejos.

El hecho de vivir en un mundo poblado por gentes más altas es por lo que tengo gran simpatía por un personaje no muy conocido: Ferdinando Galiani (1728-1787). Fue secretario de la embajada de Nápoles en París. Pero no encajaba bien en la vida diplomática, en parte, precisamente, porque era de tan corta estatura que debía esforzarse continuamente para que reparasen en él; su esfuerzo se dirigía a intentar ser más ingenioso que las personas con quienes había de lidiar. En 1759, durante su presentación al rey, se enfrentó a las risas ahogadas de los cortesanos con estas palabras: “Majestad, lo que veis ante vos es meramente una muestra del secretario; el verdadero secretario vendrá más tarde.”

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