El pasado que no existió

El pasado está de moda. De hecho, quizás lo estuvo siempre. Lo añoramos. Es raro encontrar gente que no lo haga, que no sienta nostalgia. La percepción que tenemos del pasado alimenta, incluso, tendencias políticas; por eso, paradójicamente, la nostalgia puede tener también consecuencias futuras importantes. Puede provocar xenofobia y alimentar movimientos políticos peligrosos. Pero tiene también un lado bueno: puede proporcionar bienestar y ayudar a dar sentido a la vida de la gente.

La nostalgia, ese sentimiento de una cierta tristeza agradable ligada a los recuerdos, es universal. La experimentan personas de todas las culturas y aunque hubo un tiempo en que se consideraba casi una enfermedad, eso ya no ocurre.

Cuando al escuchar una canción experimentamos sentimientos de nostalgia, nos ayudan, al parecer, a dotar de sentido a la vida. De hecho, evocar recuerdos nos viene muy bien cuando nos sentimos inseguros, incómodos con la situación en que nos encontramos o cuando nos atenaza una sensación de incertidumbre. Eso ocurre porque la nostalgia proporciona una sensación de continuidad en la vida. Esos recuerdos nos dicen que somos la misma persona que la que visitó aquel lugar, la misma que disfrutó en aquel concierto, la misma que salía de excursión con aquella cuadrilla. Por esa razón la nostalgia se acentúa en tiempos de cambio. De hecho, dicen los psicólogos que, en contra de lo que se pensaba antes, no provoca soledad, sino que es más bien una especie de antídoto contra esa sensación. Surge cuando nos encontramos decaídos, y puede servir para reforzar vínculos personales.

Todo esto tiene que ver con la forma en que funciona la memoria. Cada vez que evocamos un recuerdo y lo sacamos a nuestra particular luz, lo retocamos, lo editamos. Lo modificamos de manera que, con el tiempo, los aspectos negativos van perdiéndose y nos quedamos con lo bueno. Esa es la razón por la que la nostalgia es placentera.

Lo hacemos también de forma colectiva, con nuestro grupo, comunidad o país; idealizamos el pasado. La nostalgia colectiva promueve el sentimiento de pertenencia al grupo, refuerza los vínculos en su interior y, muy probablemente, ayuda a cohesionar la comunidad. Quizás tuvo importancia en periodos de la historia humana en los que esos vínculos ayudaron al grupo a salir adelante.

Pero como suele ocurrir con estas cosas, además de una cara, esa nostalgia colectiva puede tener una cruz. Porque podemos echar de menos el pasado hasta el punto de querer volver a él. Pero ocurre que al añorar el pasado, echamos de menos algo que en realidad nunca existió. Los detalles, los hechos, lo que verdaderamente ocurrió, ha quedado en una neblina; solo perdura la emoción y esa emoción se acentúa con el tiempo.

Hay una forma de nostalgia que no implica al grupo, sino al paisaje o a la naturaleza. Echamos de menos los paisajes de la infancia. El problema es que esos paisajes solo existen en el recuerdo. Y por recuperar unos paisajes que no existieron nunca podemos vernos tentados a tomar malas decisiones. La añoranza de una naturaleza supuestamente prístina, inalterada, idílica puede también acabar por surtir efectos perversos.

Hay, incluso, quienes experimentan una cierta angustia que, en casos extremos se vive como una agonía. Es ese sentimiento agónico por la pérdida de algo que, muy probablemente, nunca existió. Se puede experimentar sentimientos agónicos por la pérdida, real o imaginaria, de una cultura, de unos paisajes, de unas tradiciones. Y eso puede hacer mucho daño. En ese caso no cabe hablar de sentimientos positivos.

Es bueno experimentar sentimientos de nostalgia pero sin caer en sus formas patológicas. La añoranza no debe llevarnos a intentar recuperar unos paisajes, un entorno, un barrio, unos paisanos que no existieron nunca o que, si existieron, no configuraron ningún mundo ideal, aunque ahora así nos lo parezca. No hay mundos ideales.

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