Sobreformación, una noción absurda

Según el INE, un 28,2 % de la población española (mayor de 16 años) ha completado estudios superiores. Si nos circunscribimos a la población activa, quienes cuentan con formación superior representan el 38,6 %; y entre quienes están trabajando, los de nivel de formación superior son el 42,3 %. Lógicamente, eso quiere decir que las personas que cuentan con estudios superiores están menos representadas entre quienes se encuentran en paro: son el 22,4 %.

Si nos circunscribimos a la Comunidad Autónoma Vasca, los correspondientes porcentajes de personas con nivel de formación superior en cada uno de esos colectivos son los siguientes: En población general (mayor de 16 años), el 37 %; en las personas que se encuentran activas, el 53,3 %; entre quienes están ocupados, el 56,1 %, y entre los parados, el 32,6 %.

Que una persona con estudios superiores esté ocupada no quiere decir que lo esté en un puesto cuyo perfil y nivel sea acorde a su formación. Esto es una obviedad, pero la formulo de modo expreso porque estoy seguro de que, en otro caso, sería el primer y más frecuente comentario que se haría a este texto. Pero a pesar de lo anterior, lo que indican esos datos es que es más probable que tengan empleo quienes tienen estudios superiores que quienes no los tienen.

Viene esto a cuenta de una cantinela que oímos y leemos con frecuencia en los medios de comunicación, normalmente a algunos políticos, representantes del mundo empresarial y columnistas de opinión. Me refiero a esa idea de que en el País Vasco la gente tiene un nivel de formación más alto de que se requiere para ocupar los puestos de trabajo disponibles y que el acceso a estudios superiores debería ser menor del que es para no “malgastar” los recursos que invertimos en esos estudios y para no generar frustración en quienes se ven a obligados a trabajar en puestos de perfil formativo inferiores a los de quienes los ocupan. Utilizan el término “sobreformación” para referirse a ese fenómeno.

La primera idea que me viene a la cabeza cada vez que leo u oigo mensajes en ese sentido es que dudo que quienes los expresan estén pensando en sus hijos. Pero dejando al margen esa consideración, lo cierto es que ante datos como los que he presentado al comienzo, y que se repiten una y otra vez, es muy difícil convencer a nadie de que es mejor que no curse estudios superiores.

Por otro lado, si observamos esta cuestión con una perspectiva más amplia, social, sabemos que la productividad tiende a ser más alta en países y regiones con más años de escolarización; esa norma se cumple si comparamos los datos relativos a la Comunidad Autónoma Vasca y la Foral Navarra (las de más alta productividad) con los del resto de comunidades autónomas, por ejemplo.

En otro orden de cosas, hay una consideración de índole práctica que debe tenerse en cuenta, y es que ninguna sociedad se puede permitir el lujo de que no haya gente con niveles de formación superiores a los que demanda en cada momento su tejido productivo; porque si así fuera, no podría responder en tiempos razonables a necesidades de más formación que puedan surgir en plazos cortos de tiempo. Es una pura cuestión de flexibilidad. Si se buscase y consiguiese una ajustada correspondencia entre el número y perfiles de los puestos de trabajo y el número y perfiles de titulados superiores, ¿qué ocurriría si en un periodo relativamente breve de tiempo (unos pocos años) aumenta la necesidad de titulados superiores? ¿cuánto tiempo haría falta para reajustar la oferta y la demanda? De conseguirse, esa correspondencia ajustada sería un muy mal negocio.

Creo que lo dicho hasta aquí es correcto incluso si pensamos algo con lo que no estoy de acuerdo pero que subyace a todas las afirmaciones en el sentido de que hay sobreformación: que el nivel formativo ha de ajustarse a las demandas sociales y/o empresariales. No estoy de acuerdo porque a esa última idea cabe oponer dos argumentos adicionales. El primero es que una población con más formación genera de suyo más actividad económica y más oportunidades. Eso ocurre porque las personas formadas tienen la posibilidad de intentar hacer uso de las competencias adquiridas para ofrecer productos y servicios que no se ofrecen en el momento. Los llaman emprendedores y se supone que queremos que los haya.

Y el segundo es que la formación cumple variadas funciones. No ha de concebirse únicamente como una vía para adquirir y desempeñar un trabajo; sirve también para satisfacer las aspiraciones de desarrollo intelectual o creativo de las personas. Y, en general, las personas mejor formadas son personas más exigentes, más críticas y por esa razón, son verdaderos agentes de progreso.

Hablar de sobreformación no es que sea erróneo, es absurdo, porque la noción de sobreformación es una contradicción en sí misma.

El mundo al revés, o quizás no tanto

efe_20160720_191033_pa19821may_4754_11

Me ha interesado mucho lo que se ha publicado acerca del discurso de la señora May. Si las crónicas son fieles a lo expresado por la premier británica, la postura negociadora del Reino Unido se va a basar en la posibilidad de aceptar una relación con la Unión Europea que no conlleve acceso libre a los mercados de ambos espacios económicos. Básicamente lo que viene a decir es que para ellos es fundamental mantener el control sobre sus fronteras y no estar sometidos a jurisdicciones ajenas al Reino. Y que si la Unión Europea no acepta esas pretensiones y, como consecuencia de ello, niega a los británicos que puedan comerciar con el resto de Europa sin aranceles u otras barreras y sin restricciones al movimiento de capitales, entonces no habrá acuerdo. Están dispuestos a aceptar las consecuencias. Llega, incluso, a decir que si es preciso, aceptarán comerciar al amparo de los acuerdos suscritos en el marco de la Organización Mundial del Comercio.

Hasta hace unos pocos años el mundo parecía avanzar hacia la desaparición de las barreras al comercio. Ahora las cosas no están claras. Si la tendencia se mantuviese (cosa que me gustaría pero acerca de la cual no tengo demasiadas esperanzas hoy), la postura británica se entendería perfectamente. Puesto que el mantenimiento de su soberanía (así lo expresó ella en su intervención) sería compatible con la posibilidad de comerciar sin barreras con todo el mundo, incluido el resto de Europa. ¿Para qué quieren los británicos ligar su destino al del resto del continente si siempre han preferido ir por libre? Una vez desaparecidas las barreras comerciales, la Unión Europea tiene mucho menos interés para ellos.

Pero si la tendencia a desaparecer los aranceles y demás medidas proteccionistas se trunca o, incluso, se invierte, las cosas son algo diferentes. En ese caso, la postura británica, de mantenerse, tendría importantes consecuencias comerciales, las tendría para todos y serían negativas. Esta no es una hipótesis descabellada. Los mensajes de Donald Trump, antes en campaña y ahora ya en el poder, parecen indicar que los Estados Unidos también se van a dirigir por la vía proteccionista. Nadie sabe a ciencia cierta si esa es la voluntad de los nuevos mandatarios norteamericanos, pero no debería extrañarnos. Al fin y al cabo, muchos opinan que ese tipo de mensajes son, entre otras cosas, los que han llevado a Trump a ganar las elecciones, y que algo parecido, al parecer, ha ocurrido también en el Reino Unido. Y si eso es cierto, la postura británica va a tener, pase lo que pase, bastante respaldo interno.

Al otro lado del mundo, la China, un país comunista precisamente, da la voz de alarma por los riesgos a que nos pueden llevar las limitaciones al comercio, y lo hace frente a los países que históricamente han abanderado la causa del libre comercio internacional: es, en apariencia, el mundo al revés.

Pero el caso es que, si lo pensamos detenidamente, es posible que todo, aunque suene raro, tenga sentido. Los occidentales han abanderado el libre comercio cuando pensaban que era muy beneficioso, sobre todo para ellos, pero al percibir ahora que quizás son otros los que más se van a beneficiar, ya no lo ven tan claro. Están convencidos de que la riqueza del mundo es una cantidad fija, de manera que si los chinos tocan a más, lo supuestamente lógico es que ellos toquen a menos. Las cosas no son así, claro, pero la noción de la suma cero es muy difícil de combatir, porque es la que se ajusta al “sentido común”, ese sentido que, como en esta ocasión, tantas veces se equivoca.

Conjetura:

Aunque las desigualdades económicas entre compatriotas nos gustan poco o nada (de hecho, nos gustan menos que la pobreza plana), las desigualdades con los extranjeros no nos desagradan tanto, porque entre compatriotas los “desiguales” somos nosotros: la mayoría; pero en la segunda modalidad los verdaderamente “desiguales” son ellos: también la mayoría.