¿Un proyecto vital?

“¿Cuántos de vosotros tenéis un proyecto vital?” Así lo he leído. Al principio he pensado que era retórica; luego me ha parecido que quien hacía la pregunta la hacía en serio. Echaba de menos un proyecto para su vida. Automáticamente he pensado en la mía: no ha habido un proyecto; si acaso, ha habido varios proyectos, los que surgían, unos más grandes y otros más pequeños. Y más de uno ha surgido casi sin darme cuenta.

No creo que la vida sea para hacer de ella un proyecto. Un proyecto vital implica, hasta cierto punto, un ejercicio de prospectiva. Pero yo tiendo a hacer lo contrario, no suelo mirar hacia delante, sino hacia atrás. A mí me gusta recapitular la vida, repasar lo que he hecho y, sobre todo, por qué lo he hecho. Me resulta estimulante ese ejercicio, e instructivo. Me descubro habiendo tratado de engañarme a mí mismo cambiando las verdaderas razones por las que hice esto o aquello. Cada vez me cuesta menos aceptar que esas razones no fueron siempre igual de honorables o de inocentes, o que en más de una ocasión me hice trampas jugando al solitario. Pero no recapitulo por afán de mortificación. Al contrario, me divierte. Y me interesa, sobre todo, aprender para que en la medida de lo posible lo que haga en adelante sea, al menos, coherente con lo que he hecho hasta ahora. Solo quiero poder reconocerme a mí mismo en lo que haga. Y que cuando hayan pasado algunos años más pueda, al mirar atrás, pensar que soy reconocible en aquello que hice, que fui yo quien lo hizo, alguien en quien me reconozco en cada momento.

Lo malo de los proyectos vitales es que si te empeñas en uno es fácil caer en la más profunda melancolía. He conocido a personas que tenían muy claro lo que querían hacer con su vida. No en todos los casos, pero la mayoría han visto como se derrumbaban su sueños y han tenido que conformarse con deambular con más pena que gloria. Estos días estoy escuchando mucho la balada de Lucy Jordan cantada por Marianne Faithfull. Es una canción conmovedora, habla de una mujer de mediana edad que se da cuenta de que su vida no ha sido como la soñó siendo joven; y pierde el juicio. He escogido, para acompañar esta anotación, la versión ilustrada por la huida de dos mujeres –también, como Lucy Jordan, de mediana edad- de unas vidas decepcionantes y con un destino trágico.

Ayer me levanté solidario y combativo

De los combates callejeros con los grises de los años setenta no me queda sino un vago recuerdo. De las manifestaciones pacíficas de los ochenta por la calle Autonomía solo retengo imágenes parciales, fragmentarias. Durante los años de las décadas del noventa y dos mil sólo las concentraciones contra el terrorismo conseguían apartarme de la lectura o el paseo vespertino pero, desaparecida ETA, las manifestaciones ya no son ni sombra de lo que eran. No tienen épica. Por eso, cuando descubrí change.org un universo de posibilidades se abrió ante mí. Ha resultado providencial; ha venido a rellenar un enorme hueco, uno que me atormentaba, que me hacía sentir vacío, como si me faltase algo verdaderamente esencial. Por fin puedo contribuir a cambiar el mundo. La plataforma de las múltiples causas, grandes y pequeñas, ha cambiado mi vida; ha dado un sentido a mi existencia.

Ahora, las mañanas que me levanto de la cama solidario, combativo, o las dos cosas a la vez, enciendo el portátil nada más desayunar, busco en change.org las causas merecedoras de apoyo y les doy mi voto. Me gusta ese sitio: es fácil, cómodo y, sobre todo, no me ocasiona coste ni esfuerzo alguno. Al contrario, mi conciencia me agradece cada día el apoyo desinteresado que ofrezco a todo tipo de causas justas. He sustituido la intensidad, la épica de las grandes movilizaciones de antaño por la prodigalidad de causas a las que apoyar. Tampoco me parece tan mal cambio: de esta forma puedo multiplicar la militancia.

Ayer fue uno de esos días. Salí de la cama pletórico, con el firme propósito de dar mi apoyo a las causas justas del día. Y encontré una buena causa a la que apoyar, claro que sí. El asunto se refería a la universidad, a la UPV/EHU. No es la primera vez que mi universidad es objeto de alguna campaña en change.org; hace casi un año hubo que pedir que se repitiera un examen de matemáticas de la selectividad, y hace unas semanas se trataba de que los estudiantes de magisterio pudieran cursar sus estudios completos en castellano. Ayer había que protestar contra la decisión de las autoridades universitarias de subir los precios de la matrícula del curso 2017/2018 para poder costear los gastos que ocasiona la limpieza de las numerosas pintadas que “adornan” las paredes de las dependencias universitarias. La he apoyado, por supuesto.

Pues bien, resulta que ahora va el rectorado y lo desmiente: dicen que eso no es así; que no se ha decidido subida ninguna; que las tasas no las decide el rectorado; y que no, que nunca será razón para subir los precios el que haya que borrar unas pintadas. ¡Ya! Claro, ahora que han visto que había una causa abierta en change.org han tenido que rectificar. A buenas horas vienen con esas. Como si no supiéramos cómo se las gastan los mandamases. A nosotros nos van a engañar….

La memoria es amiga de la creatividad

La memoria tiene mala prensa; me refiero a la memoria con minúscula, o sea, a la capacidad para recordar ideas, informaciones, situaciones, experiencias, lecturas, etc. Pero es una mala prensa completamente injustificada.

Es habitual encontrarse con argumentos en los que se desprecia la capacidad memorística porque ese es un rasgo que, supuestamente, ha perdido toda utilidad. En ese argumento está implícita la idea de que antes hacía falta buena memoria para poder recordar muchas cosas, ya que no había dispositivos que permitieran acceder con facilidad al conocimiento acumulado. Pero ahora, con las enormes facilidades de almacenamiento de información y de acceso a ella, se supone que ya no es preciso que utilicemos nuestro cerebro como almacén.

Como cada vez más se considera la creatividad el rasgo cognitivo más valioso, se insiste en la idea de que lo que hay que estimular o cultivar es esta y no tanto aquella. En nuestro mundo y, sobre todo, el mundo hacia el que parecemos dirigirnos –se dice- la creatividad es fundamental, pues solo personas creativas son capaces de idear las nuevas soluciones, los nuevos productos, las nuevas creaciones artísticas o culturales, o de generar el nuevo conocimiento que servirá para alimentar la actividad económica que permita crear riqueza y bienestar.

Discrepo.

No es sólo que la creatividad no se haya de ver comprometida por un cultivo excesivo de la memoria. Es que, al menos en el terreno científico, la capacidad memorística es un ingrediente muy valioso de la creatividad. Las nuevas ideas surgen en muchas ocasiones de las relaciones espontáneas, y a veces fugaces, que establece nuestra mente entre piezas de conocimiento o informaciones diferentes. Las nuevas ideas no surgen porque uno vaya en su búsqueda de forma activa y consciente. Si así fuera, casi cualquiera podría dar con ellas. Si supiésemos en qué van a consistir, sabríamos en qué archivo, qué documento, qué base de datos deberíamos buscar las piezas de información, los pedazos de conocimiento con los que construir la novedad.

En ciencia, al menos, muchas ideas nuevas surgen cuando, dando vueltas a elementos aparentemente inconexos, establecemos de repente una relación donde nadie antes lo había hecho. Es posible que eso ocurra mientras leemos un artículo o un libro, pero entonces el conocimiento codificado en forma impresa no suele ser suficiente, ha de cruzarse en su camino algún pasaje que habíamos leído en otra ocasión, o un fragmento de conversación que tuvimos hace un mes con un colega. O, incluso, puede surgir al contemplar una obra de arte o leer una novela. Es del todo azaroso el modo en que surge la idea nueva. En ocasiones lo hace durante el sueño o en estado de duermevela. Pero rara vez surge de confrontar dos o más elementos a los que accedemos directamente en el soporte en que se encuentran almacenados.

Para que esa chispa, ese momento “eureka”, ese “¡ahá!”, ese “¡qué curioso!” o “¡qué raro!” se produzca, hemos debido confrontar alguna observación o idea con elementos almacenados en la memoria.

Por eso sostengo que cultivar la memoria, más que compatible, es necesario para promover la creatividad. La memoria no es enemiga de la creatividad; al contrario, es una de sus mejores amigas.

Los inconvenientes de ser pequeño

Ferdinando Galiani
Ferdinando Galiani

Los altos a veces se quejan de que su condición les perjudica. Se les ve más, lo que les hace ser más conspicuos y eso, sobre todo si se quiere pasar desapercibido, es efectivamente un problema. También lo es para viajar en avión, por ejemplo, porque a partir de cierta estatura no hay forma de acomodar las rodillas. Y, si me apuran, sufren el hándicap de tener que lidiar con las consecuencias de una (para ellos) desafortunada circunstancia anatómica, con no muy deseables consecuencias fisiológicas: en sus organismos la información que circula entre el cerebro y el resto del cuerpo necesita recorrer distancias más largas. Sin embargo, tengo para mí que ser pequeño tiene bastantes más desventajas que lo contrario.

Mido 169 cm. Hace bastantes años, en la parte del mundo en la que vivo, mi estatura se acercaba, desde abajo, a la media poblacional. Pero últimamente esa talla media se va alejando irremediablemente. Me basta con entrar en un bar frecuentado por gente más joven o, de forma más contundente, en un aula universitaria para comprobarlo. Asistir a según qué conciertos o espectáculos al aire libre sin asientos es toda una experiencia. Y a la vez que crece la gente, el mundo físico a mi alrededor va ganando también altura. Taburetes, aparadores, estanterías, urinarios, toda clase de objetos se alejan irremediablemente del suelo, con las consiguientes complicaciones para quienes, como un servidor, desarrollamos humildemente las extremidades inferiores en nuestra adolescencia y primera juventud.

Me ha tocado compartir pose fotográfica con grupos de personas de mayor estatura (física)  -mandatarios mayormente-, situación que no recomiendo a nadie, francamente. No solo son más altos. Ocupan, además, una mayor porción del universo físico; desplazan un mayor volumen de aire y, en ocasiones, no sólo de aire, también de objetos semi-líquidos de menor tamaño. Ni siquiera se dan cuenta cuando desalojan a los pequeños de la posición que con tantas dificultades habían alcanzado.

La cosa no se queda en lo meramente físico. Fíjense en las autoridades. Son, con muy escasas excepciones, altas o, al menos, no son bajas. Presidentas de países, de gobiernos o de clubs de fútbol, líderes políticos en general, alcaldes, rectores, o presidentas de asociaciones de padres y madres tienden a ser de mayor talla (física) que la media poblacional. En resumen: la gente prefiere a personas altas para que les representen o para mandar. ¿Está la gente alta más capacitada  para el liderazgo? Podría ser; al fin y al cabo, se les ve más y, sobre todo, desde más lejos.

El hecho de vivir en un mundo poblado por gentes más altas es por lo que tengo gran simpatía por un personaje no muy conocido: Ferdinando Galiani (1728-1787). Fue secretario de la embajada de Nápoles en París. Pero no encajaba bien en la vida diplomática, en parte, precisamente, porque era de tan corta estatura que debía esforzarse continuamente para que reparasen en él; su esfuerzo se dirigía a intentar ser más ingenioso que las personas con quienes había de lidiar. En 1759, durante su presentación al rey, se enfrentó a las risas ahogadas de los cortesanos con estas palabras: “Majestad, lo que veis ante vos es meramente una muestra del secretario; el verdadero secretario vendrá más tarde.”

Vivir es caminar hacia el desamparo

Botas de minero (Imagen: National Post)
Botas de minero (Imagen: National Post)

Adelante John, los días de la escuela quedaron atrás.

Ha llegado la hora de que te pongas tus botas de minero,

cojas tu zurrón y vistas tus pantalones de moleskin.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo de minero,

y de que ganes la paga de minero.

Vamos entonces, Jim; es hora de ir,

hora de que trabajes abajo,

hora de manejar un pico y una pala.

Empiezas en los pozos hoy.

Es hora de aprender el trabajo de minero,

y de ganar el sueldo del minero.

Vamos entonces, Dai; ya casi ha amanecido.

Es hora de ir a sacar la antracita.

La niebla de la mañana cubre el valle.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo del minero,

y de que ganes la paga de minero.

Esos versos son mi traducción (bastante libre) de una canción irlandesa que cantan diferentes intérpretes pero cuya mejor versión (para mí, por supuesto) es la de Mary Black.

Desde el primer día que la oí me ha emocionado esta canción. La letra hace alusión a los chiquillos a quienes llega el momento de bajar a la mina. Pero para quienes vivimos ahora y en esta parte del planeta habla, en realidad, de la entrada en la edad adulta. Algunos parecen poder estar toda una vida sin hacerlo. Otros no se lo pueden permitir.

Dejar la escuela y empezar a trabajar es un hito que representa muy bien el tránsito hacia una vida en la que uno ha de hacerse cargo de su propio destino. En la vida hay pocos hitos así. Para quienes lo hemos hecho, suscribir una hipoteca es otro de esos hitos; o tener hijos. Es asumir cada vez mayores responsabilidades. La vida consiste en eso, aunque no venga jalonada por hitos concretos que nos sirvan de referencia. Al hacernos mayores, primero, y viejos, después, vamos estando cada vez más solos con nuestras responsabilidades; nos dirigimos a estados de un mayor desamparo. La vida consiste en eso, en abandonar el grado máximo de cobijo, de protección, que nos proporciona el útero, primero, y luego el regazo materno, para ir perdiendo poco a poco esa protección. Y si acaso, ser nosotros los que se la proporcionamos a otras personas.

Vivir es, pues, caminar hacia el desamparo. El instante anterior a la muerte es, seguramente, el máximo que se puede experimentar.