La memoria es amiga de la creatividad

La memoria tiene mala prensa; me refiero a la memoria con minúscula, o sea, a la capacidad para recordar ideas, informaciones, situaciones, experiencias, lecturas, etc. Pero es una mala prensa completamente injustificada.

Es habitual encontrarse con argumentos en los que se desprecia la capacidad memorística porque ese es un rasgo que, supuestamente, ha perdido toda utilidad. En ese argumento está implícita la idea de que antes hacía falta buena memoria para poder recordar muchas cosas, ya que no había dispositivos que permitieran acceder con facilidad al conocimiento acumulado. Pero ahora, con las enormes facilidades de almacenamiento de información y de acceso a ella, se supone que ya no es preciso que utilicemos nuestro cerebro como almacén.

Como cada vez más se considera la creatividad el rasgo cognitivo más valioso, se insiste en la idea de que lo que hay que estimular o cultivar es esta y no tanto aquella. En nuestro mundo y, sobre todo, el mundo hacia el que parecemos dirigirnos –se dice- la creatividad es fundamental, pues solo personas creativas son capaces de idear las nuevas soluciones, los nuevos productos, las nuevas creaciones artísticas o culturales, o de generar el nuevo conocimiento que servirá para alimentar la actividad económica que permita crear riqueza y bienestar.

Discrepo.

No es sólo que la creatividad no se haya de ver comprometida por un cultivo excesivo de la memoria. Es que, al menos en el terreno científico, la capacidad memorística es un ingrediente muy valioso de la creatividad. Las nuevas ideas surgen en muchas ocasiones de las relaciones espontáneas, y a veces fugaces, que establece nuestra mente entre piezas de conocimiento o informaciones diferentes. Las nuevas ideas no surgen porque uno vaya en su búsqueda de forma activa y consciente. Si así fuera, casi cualquiera podría dar con ellas. Si supiésemos en qué van a consistir, sabríamos en qué archivo, qué documento, qué base de datos deberíamos buscar las piezas de información, los pedazos de conocimiento con los que construir la novedad.

En ciencia, al menos, muchas ideas nuevas surgen cuando, dando vueltas a elementos aparentemente inconexos, establecemos de repente una relación donde nadie antes lo había hecho. Es posible que eso ocurra mientras leemos un artículo o un libro, pero entonces el conocimiento codificado en forma impresa no suele ser suficiente, ha de cruzarse en su camino algún pasaje que habíamos leído en otra ocasión, o un fragmento de conversación que tuvimos hace un mes con un colega. O, incluso, puede surgir al contemplar una obra de arte o leer una novela. Es del todo azaroso el modo en que surge la idea nueva. En ocasiones lo hace durante el sueño o en estado de duermevela. Pero rara vez surge de confrontar dos o más elementos a los que accedemos directamente en el soporte en que se encuentran almacenados.

Para que esa chispa, ese momento “eureka”, ese “¡ahá!”, ese “¡qué curioso!” o “¡qué raro!” se produzca, hemos debido confrontar alguna observación o idea con elementos almacenados en la memoria.

Por eso sostengo que cultivar la memoria, más que compatible, es necesario para promover la creatividad. La memoria no es enemiga de la creatividad; al contrario, es una de sus mejores amigas.

Los inconvenientes de ser pequeño

Ferdinando Galiani
Ferdinando Galiani

Los altos a veces se quejan de que su condición les perjudica. Se les ve más, lo que les hace ser más conspicuos y eso, sobre todo si se quiere pasar desapercibido, es efectivamente un problema. También lo es para viajar en avión, por ejemplo, porque a partir de cierta estatura no hay forma de acomodar las rodillas. Y, si me apuran, sufren el hándicap de tener que lidiar con las consecuencias de una (para ellos) desafortunada circunstancia anatómica, con no muy deseables consecuencias fisiológicas: en sus organismos la información que circula entre el cerebro y el resto del cuerpo necesita recorrer distancias más largas. Sin embargo, tengo para mí que ser pequeño tiene bastantes más desventajas que lo contrario.

Mido 169 cm. Hace bastantes años, en la parte del mundo en la que vivo, mi estatura se acercaba, desde abajo, a la media poblacional. Pero últimamente esa talla media se va alejando irremediablemente. Me basta con entrar en un bar frecuentado por gente más joven o, de forma más contundente, en un aula universitaria para comprobarlo. Asistir a según qué conciertos o espectáculos al aire libre sin asientos es toda una experiencia. Y a la vez que crece la gente, el mundo físico a mi alrededor va ganando también altura. Taburetes, aparadores, estanterías, urinarios, toda clase de objetos se alejan irremediablemente del suelo, con las consiguientes complicaciones para quienes, como un servidor, desarrollamos humildemente las extremidades inferiores en nuestra adolescencia y primera juventud.

Me ha tocado compartir pose fotográfica con grupos de personas de mayor estatura (física)  -mandatarios mayormente-, situación que no recomiendo a nadie, francamente. No solo son más altos. Ocupan, además, una mayor porción del universo físico; desplazan un mayor volumen de aire y, en ocasiones, no sólo de aire, también de objetos semi-líquidos de menor tamaño. Ni siquiera se dan cuenta cuando desalojan a los pequeños de la posición que con tantas dificultades habían alcanzado.

La cosa no se queda en lo meramente físico. Fíjense en las autoridades. Son, con muy escasas excepciones, altas o, al menos, no son bajas. Presidentas de países, de gobiernos o de clubs de fútbol, líderes políticos en general, alcaldes, rectores, o presidentas de asociaciones de padres y madres tienden a ser de mayor talla (física) que la media poblacional. En resumen: la gente prefiere a personas altas para que les representen o para mandar. ¿Está la gente alta más capacitada  para el liderazgo? Podría ser; al fin y al cabo, se les ve más y, sobre todo, desde más lejos.

El hecho de vivir en un mundo poblado por gentes más altas es por lo que tengo gran simpatía por un personaje no muy conocido: Ferdinando Galiani (1728-1787). Fue secretario de la embajada de Nápoles en París. Pero no encajaba bien en la vida diplomática, en parte, precisamente, porque era de tan corta estatura que debía esforzarse continuamente para que reparasen en él; su esfuerzo se dirigía a intentar ser más ingenioso que las personas con quienes había de lidiar. En 1759, durante su presentación al rey, se enfrentó a las risas ahogadas de los cortesanos con estas palabras: “Majestad, lo que veis ante vos es meramente una muestra del secretario; el verdadero secretario vendrá más tarde.”

Vivir es caminar hacia el desamparo

Botas de minero (Imagen: National Post)
Botas de minero (Imagen: National Post)

Adelante John, los días de la escuela quedaron atrás.

Ha llegado la hora de que te pongas tus botas de minero,

cojas tu zurrón y vistas tus pantalones de moleskin.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo de minero,

y de que ganes la paga de minero.

Vamos entonces, Jim; es hora de ir,

hora de que trabajes abajo,

hora de manejar un pico y una pala.

Empiezas en los pozos hoy.

Es hora de aprender el trabajo de minero,

y de ganar el sueldo del minero.

Vamos entonces, Dai; ya casi ha amanecido.

Es hora de ir a sacar la antracita.

La niebla de la mañana cubre el valle.

Es hora de que te pongas en camino,

hora de que aprendas el trabajo del minero,

y de que ganes la paga de minero.

Esos versos son mi traducción (bastante libre) de una canción irlandesa que cantan diferentes intérpretes pero cuya mejor versión (para mí, por supuesto) es la de Mary Black.

Desde el primer día que la oí me ha emocionado esta canción. La letra hace alusión a los chiquillos a quienes llega el momento de bajar a la mina. Pero para quienes vivimos ahora y en esta parte del planeta habla, en realidad, de la entrada en la edad adulta. Algunos parecen poder estar toda una vida sin hacerlo. Otros no se lo pueden permitir.

Dejar la escuela y empezar a trabajar es un hito que representa muy bien el tránsito hacia una vida en la que uno ha de hacerse cargo de su propio destino. En la vida hay pocos hitos así. Para quienes lo hemos hecho, suscribir una hipoteca es otro de esos hitos; o tener hijos. Es asumir cada vez mayores responsabilidades. La vida consiste en eso, aunque no venga jalonada por hitos concretos que nos sirvan de referencia. Al hacernos mayores, primero, y viejos, después, vamos estando cada vez más solos con nuestras responsabilidades; nos dirigimos a estados de un mayor desamparo. La vida consiste en eso, en abandonar el grado máximo de cobijo, de protección, que nos proporciona el útero, primero, y luego el regazo materno, para ir perdiendo poco a poco esa protección. Y si acaso, ser nosotros los que se la proporcionamos a otras personas.

Vivir es, pues, caminar hacia el desamparo. El instante anterior a la muerte es, seguramente, el máximo que se puede experimentar.