Campus de batalla

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La Universidad del País Vasco ha vuelto a ser atacada. Encapuchados destrozan patrimonio universitario. Amedrentan a quienes trabajan y estudian en ella. Provocan lesiones a quienes se encuentran cerca o, si es el caso, intentan convencerlos de que desistan de su actitud. Dicen protestar por algo, pero a nadie queda claro qué es ese algo, a qué se oponen, qué demandan. Menos claras son las razones por las que recurren a la intimidación, a los destrozos y a las agresiones. Porque sea cual sea su demanda, es del todo evidente que esas mismas reclamaciones, peticiones o exigencias podrían formularse de forma pacífica. Las autoridades universitarias intentan desde hace meses reconducir la situación, ofreciendo espacios de diálogo y de contraste de ideas. Pero no han tenido éxito, porque los agresores afirman sin rubor que nada que los responsables universitarios puedan ofrecerles servirá para que depongan su actitud. Y a pesar de todo, lo siguen intentando.

Es hora de que asumamos la verdadera naturaleza del problema. Ninguno de los atacantes pretende obtener nada en concreto. Lo que buscan, lo único que realmente desean es desencadenar la famosa espiral de la violencia. Pretenden que la institución universitaria responda recurriendo a las herramientas legales de que dispone para, a continuación, utilizar esa respuesta para recabar el apoyo y la simpatía de otras personas y ampliar el círculo de la violencia, extenderla. El único objetivo que persiguen es el de envenenar la convivencia en los campus, hacer que los universitarios nos sintamos inseguros, amenazados, que tengamos miedo para, de esa forma, provocar reacciones cada vez más contundentes. Pretenden envilecer el ambiente, intentando demostrar que la UPV/EHU es una institución represora, y que es cómplice de otros poderes igualmente represores. Supuestamente conseguirían “desenmascarar” su “verdadera naturaleza” y atraer con ese señuelo a otros a su campo. No pretenden otra cosa; solo les interesa convertir los campus universitarios en campus de batalla.

En las sociedades abiertas florece la libertad, la tolerancia, el respeto, el contraste civilizado de ideas; existen discrepancias, que se manifiestan sin restricciones y se gestionan democráticamente. Las sociedades abiertas ofrecen múltiples e imprevisibles oportunidades a sus miembros. En ellas, cada día que amanece es un nuevo día lleno de posibilidades. Cuando una sociedad abierta se ve amenazada por la violencia política, por el terrorismo, la pretensión real de los atacantes es la de provocar una respuesta tal por parte de las instituciones democráticas que ocasione la pérdida o sustitución por otros de los valores y los rasgos que le son propios. Las sociedades abiertas tienden a responder al terror cerrándose. Cada ataque, cada agresión, cada altercado o cada atentado dispara el resorte del miedo. El miedo conduce a la demanda de mayor seguridad, y ésta conlleva, necesariamente, una cierta pérdida de libertad. Los enemigos de la sociedad abierta consiguen, de ese modo, que retroceda, que se cierre, que cada nuevo día sea un día que ofrezca menos posibilidades, que tenga un desenlace más previsible, que sepamos cada mañana lo qué nos deparará ese día porque otros lo habrán decidido por nosotros. Los agresores consiguen así pequeñas, o no tan pequeñas, victorias.

A la Universidad le ocurre lo que a las sociedades abiertas, pero en un grado más intenso. La Universidad, al menos la institución universitaria tal y como la conocemos, es un organismo débil. Sus principales misiones son generar y transmitir conocimiento. Y sus principios inspiradores, la libre circulación y el contraste de ideas que requieren las actividades creativas, y el respeto a quienes piensan y se expresan de forma diferente. Por eso, porque esas son sus credenciales y porque los valores que las inspiran son la libertad, la primacía del saber, el respeto a los discrepantes y, en general, los que iluminan a las sociedades abiertas, le resulta sumamente difícil recurrir a la fuerza y a la represión para atajar los ataques que sufre y garantizar la seguridad de sus integrantes y la integridad de su patrimonio, que lo es del conjunto de la sociedad. Porque cada vez que lo hace, sus adversarios ganan una batalla.

La UPV/EHU es una pequeña “sociedad abierta” y quienes la atacan quieren que deje de serlo. Es responsabilidad de toda la comunidad universitaria, y no solo de las autoridades, reaccionar ante los ataques oponiéndonos con contundencia y claridad. Y debemos tener muy claro que si bien la universidad debe preservar ciertos bienes, entre ellos también hay jerarquías. No vale exigir diálogo al equipo rectoral cuando los agresores no quieren dialogar y responden con más violencia; no vale exigir diálogo cuando la carga de su imposibilidad recae sobre las espaldas de otros; no vale exigir diálogo cuando lo que está en juego es el patrimonio universitario y, sobre todo, la integridad física, dignidad y libertad de las personas. No vale exigir diálogo, cuando el equipo rectoral viene ofreciéndolo inútilmente desde hace meses. Eso no vale.

Soy vasco ¿y tú?

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Llegué a Bilbao en septiembre de 1970, próximo a a cumplir mi primera década de vida. Procedentes de una ciudad luminosa, Salamanca, en la que la arenisca de Villamayor en los edificios realza la hermosura de los atardeceres del verano y comienzo del otoño, bajamos del autobús en una calle gris, oscura, no solo por el color del cielo, también por la tonalidad de las fachadas. Llegamos mareados del viaje tras descender el puerto de Orduña. Y nos dirigimos andando a Rekalde arrastrando maletas, con todo lo que una familia de cuatro miembros necesitaba para instalarse y empezar una nueva vida.  Nuestro nuevo hogar estaba en la calle Larraskitu; todavía recuerdo el número: era el 11 de aquella época. Enseguida empecé en el instituto del barrio, recién estrenado, a cursar primero de bachillerato elemental. Creo que ahora sería quinto de primaria. Pronto hice amigos. Salamanca empezó entonces a ser el lugar donde vivía parte de nuestra familia y a donde íbamos a pasar las vacaciones.

Ya antes de hacerme mayor decidí aprender vasco. No quería vivir en un país en el que no pudiera entender a parte de sus paisanos cuando hablaban entre ellos. Reafirmé ese propósito, aunque con motivos adicionales, en la universidad. Allí me encontré a muchos compañeros, la mayoría procedentes de otras zonas del País Vasco, que utilizaban esa lengua habitualmente. Tuve suerte. Un amigo de entonces y de ahora, más que nadie, y algunos otros compañeros me ayudaron mucho, hicieron fácil lo difícil. Aprendí euskera. Escribí y defendí mi tesis de licenciatura en esa lengua; era 1982. Y también la de doctorado; en 1986. La mía fue la primer tesis de biología escrita y defendida en lengua vasca.

Soy ciudadano vasco. Lo soy a efectos políticos, por supuesto. Y también lo soy a efectos sentimentales. Pertenezco a este país. Vivo en él, trabajo en él y, además, siempre he pensado que lo que hacía era bueno para sus gentes. También he hecho mías algunas tradiciones vascas, musicales y folclóricas sobre todo. Y de vez en cuando disfruto leyendo a autores que escriben en euskera.

También soy ciudadano español. Lo soy a efectos políticos. Voto en las elecciones españolas; y tengo pasaporte español. Pertenezco a ese país. En lo que a mí respecta, trabajo en él. Y por supuesto, pienso que lo que hago también es bueno para los demás españoles. La cultura española es mi cultura. Siento que su literatura, sobre todo, pero también su música, su arte, en fin, cualesquiera manifestaciones producto de los creadores españoles que en la historia han sido, me pertenecen en cierto grado. Así pues, también soy español a esos efectos, y a otros, como el gastronómico, por ejemplo. Además, la mayoría de mis familiares, mi gente, son españoles.

Pienso que eso a lo que me dedico, y que creo que es bueno para vascos y españoles, es también bueno para el resto de ciudadanos del mundo. Me gustaría que todos gozasen de los derechos básicos y las oportunidades de los que disfrutan nuestros conciudadanos. Y quiero pensar que, siquiera sea en una ínfima medida, mi trabajo ayudará a que eso sea así. Me tengo por cosmopolita, aunque nunca digo de mí mismo que soy ciudadano del mundo, porque no lo soy.

Entiendo, y me parece bien, que haya quienes viven estas cosas de forma diferente. Los de pertenencia, como el resto de sentimientos, forman parte de una esfera –la emocional- en la que la razón poco o nada tienen que decir. Por eso no me parece mal que haya quien se considere sólo vasco o solo español. Y me parece del todo legítima la aspiración a conseguir que los sentimientos de pertenencia tengan consecuencias políticas bajo la fórmula que se desee, incluida la del estado independiente. Como también me parece normal que esa aspiración tenga una base estrictamente racional.

A punto de cumplir 11 años nos trasladamos al barrio de Cabieces, en Santurce -hoy Santurtzi-, a la periferia de la periferia. Allí una chiquilla de mi edad, compañera del instituto, me llamó “maketo” por primera vez en mi vida; esa era la forma despectiva de llamar a los que veníamos de fuera. Me lo han llamado en alguna otra ocasión, pero muy pocas, porque lo cierto es que, en general, me he sentido bien tratado y acogido por los naturales del país. Pero también es cierto que, en sintonía con quienes descalifican a los de fuera por el hecho de serlo, también he conocido a personas –algunas con altas responsabilidades- que sostienen en privado (quizás también en público) que “los vascos hacemos las cosas mejor que los españoles”. Nunca reacciono bien cuando oigo eso o cosa parecida.

Por eso tampoco me ha gustado lo que he visto del programa “Euskalduna naiz. Eta zu?” (“Soy vasco, ¿y tú?”[1]) que tanto revuelo ha generado. Acepto que tratándose de un programa de humor no es fácil emitir juicios si ese de quien se ríen resulta que eres tú. Entiendo que al tratar de reírse de los estereotipos, también de los que tenemos acerca de nosotros mismos, es fácil que alguna de las risas se interprete con demasiado rigor. Y doy por hecho que –como afirma la dirección de EiTB- el vídeo que se ha difundido se ha montado con el propósito de causar escándalo, y que la visión del programa completo, con las secuencias en su contexto, daría una impresión menos escandalosa.

Pero entendiendo todo eso, mi yo español no ha podido sustraerse al sentimiento de ofensa motivado por algunas expresiones. Sí, de sobra sé que no tengo derecho a no sentirme ofendido. Pero es que no se trata de eso, no de invocar derechos, al menos. Defiendo la libertad de expresión a ultranza. Defiendo el derecho a que se me ofenda. Y entiendo que los únicos límites que ha de haber son los que impone el Código Penal. Por eso no me ha gustado que la dirección de EiTB haya retirado el vídeo sin que mediase sentencia judicial alguna.

El sentimiento de ofensa, por menosprecio o puro desprecio, que denotan algunas intervenciones en el programa de ETB1 no es nuevo. Lo experimento cada vez que alguien dice eso de que “los vascos hacemos las cosas mejor” o, más raramente, cuando alguien utiliza la palabra maketo. Es lo que he sentido al ver reflejados esos estereotipos en el programa de televisión. No tengo ningún aprecio por banderas, himnos y demás símbolos patrióticos, pero creo que si quieres que respeten los tuyos no es mala idea empezar respetando los de los demás, también cuando no hay reciprocidad. Lo que no me da igual es que se asuman con normalidad estereotipos según los cuales los españoles sean –seamos- paletos, fachas, chonis o progres. Por cierto, me gustaría saber a qué grupo pertenezco, porque no acabo de ubicarme en ninguno de ellos. Tampoco me da igual que se afirme, entre otras cosas y entre risas, que los españoles son –somos- incultos o un poco retrasados culturalmente.

Al ver el vídeo del programa me he visto a mí mismo en Cabieces, en la periferia de la periferia, mientras Josune –así se llamaba la compañera del “insti”- me llamaba maketo como si tal cosa; también me he visto camino de Larraskitu arrastrando maletas, todavía presa del mareo del viaje. No. No ha sido buena idea retirar el vídeo. De haberlo mantenido, habría colocado a muchos vascos ante un espejo. Porque lo malo, lo que me disgusta, no es que salgan esas cosas en un programa de televisión; sino que salen porque reflejan unas ideas no tan minoritarias. Es lo que tienen muchos estereotipos. Al haber retirado el vídeo no lo podremos ver cuando se dicte alguna condena por corrupción en este pequeño y modélico país. O cuando, en las próximas evaluaciones educativas, vuelva a salir detrás de muchas comunidades autónomas españolas.

[1] Aunque en rigor quiere decir “Soy vascohablante, ¿y tú?”

 

Post scriptum: Aquí he hablado de mis circunstancias. Cada uno tiene las suyas. Y no hace falta haber vivido las mismas experiencias para sentirse molesto u ofendido por los estereotipos. Ni tampoco tiene por que sentirse ofendido o molesto alguien que haya tenido experiencias similares. No pretendo generalizar.

Addendum:

Ikusi nahi duenarentzat, hemen ikus daiteke programa osoa. Ikusi ondoren ez dut iritzia aldatu.

 

Ciencia vs. Política

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La llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, sus primeras medidas y gestos, y algunas declaraciones desconcertantes de alguno de sus colaboradores han puesto sobre el tapete, con inusitada intensidad, la cuestión de las extrañas relaciones entre ciencia y política. ¿Deben ciencia y política mantenerse en esferas independientes de la experiencia humana? Mi respuesta es que sí, pero sin perderse de vista mutuamente. Trataré de extender esa respuesta, de forma muy esquemática, en unos pocos puntos:

(1) La actividad científica genera conocimiento sobre la base del contraste de diferentes modelos, puntos de vista e ideas sobre la naturaleza (el universo, lo que nos rodea y nosotros mismos), y la aceptación por la comunidad científica de aquellos que mejor se acomoden a las observaciones, den cuenta del mayor número de hechos posibles y pasen el cedazo de la prueba.

(2) El ejercicio de la política debe obedecer a su propia lógica, que consiste en el debate y contraste de propuestas alternativas y la opción por aquellas que, siendo respetuosas con los derechos fundamentales y demás derechos reconocidos en las legislaciones nacionales, sean preferidas por la mayoría.

(3) Pero ambos están relacionados entre sí, porque la ciencia ha de desarrollarse en el marco que se decida democráticamente y la política debería basar sus decisiones en hechos y pruebas.

(4) Ambos tienen necesidades comunes porque la actividad científica y el ejercicio de la política necesitan libertad, contraste de ideas, y una ciudadanía bien formada.

(5) Y además, ciencia y política han de basarse en la aceptación de la falibilidad humana y, por ello, en la disposición a rectificar y corregirse.

(6) La política no puede imponer el hecho ni la verdad científica, ni las decisiones políticas han de obedecer a dictados científicos. Hay puntos de vista diferentes, interpretaciones distintas de los mismos fenómenos, pero no hay hechos alternativos. No existe tal cosa.

El vino es del color del vino

Imagen: BBC mundo
Imagen: BBC mundo

A alguien se le ocurrió un día que tenía que resultar chocante y, a la vez, divertido encontrarte con una copa de vino en la mano y que el vino de la copa fuera azul. Se lo contó a unos amigos y así, imagino que entre bromas y veras, alguien lanzó el reto final: “a que no hacemos vino azul; seguro que mucha gente lo compra…   por la curiosidad y por la novedad”. Y ni cortos ni perezosos, se instalaron en el vivero de empresas de la UPV/EHU de la Escuela de Náutica en Portugalete y empezaron a producir botellas de vino azul. El vino lo elaboran con uvas de distintas bodegas españolas, a partir de una mezcla de distintos tipos de mosto fermentado hasta alcanzar una graduación de 11’5 vol%.

Pero el caso es que aunque lo vengo llamando vino desde el principio, porque sí, porque me da la real gana, sus productores no pueden. Lo tienen prohibido. Cuando menos se lo esperaban recibieron la visita de un inspector en sus instalaciones de Portugalete y tras las debidas comprobaciones, se les prohibió proseguir con la actividad en tanto no le cambiaran el nombre a aquella bebida alcohólica de color índigo. Al parecer alguien había puesto una denuncia con el argumento de que aquel líquido azul no podía ser vendido como vino. Resulta que para que algo se pueda comercializar bajo la denominación de vino, ese algo debe reunir una serie de características y entre ellas se encuentra el color. Ha de ser de color de vino. Alguien se preguntará que qué color es ese, el del vino. La respuesta, formulada legalmente quizás con otra expresión, seguro que es “color de vino”. Pero sea como fuere, no puede ser azul. Aclararé que el azul de marras se lo proporcionan mediante una serie de colorantes orgánicos absolutamente inocuos.

Así que suspendieron la actividad y después de estar unos meses (desde el verano) sin producir, vuelven a la carga, aunque ya no pueden llamar vino al zumo de uva fermentado que producen. Creo que se llama Gik, su nombre comercial, y supongo que, de momento al menos, así se seguirá llamando. Espero que la denuncia y todo lo que ha venido después no frustre la aventura, que me parece fantástica. Venden las botellas por internet al precio de 8€, y lo envían a 25 países, desde Alemania o Francia hasta Estados Unidos o Malasia.

Traigo este asunto aquí porque ilustra a la perfección alguna de nuestras taras más odiosas. La administración dice estar muy interesada en que surjan emprendedores (o sea, empresarios con nombre vergonzante), aunque a la hora de la verdad resulta que montar una empresa es una tarea heróica. Y por si eso fuera poco, nos dotamos de normas, como esa del vino, que sirven, por lo visto en este caso, para que quienes están cómodamente asentados en sus negocios dispongan de la herramienta adecuada para cercenar un proyecto empresarial innovador. La denuncia que condujo al inspector al vivero portugalujo fue anónima, claro, pero nadie concibe que el denunciante no fuera algún empresario o asociación de empresarios del sector vitivinícola muy interesado en que el mercado no experimente ninguna convulsión. No vaya a ser que…. Sí, se que se me va a decir que es importante que esté claro qué es cada producto y qué condiciones ha de cumplir, que si el intrusismo, que si la competencia desleal (concepto irónico donde los haya), que si el bien para los consumidores. Muy gracioso todo ello.

La conjetura hoy es que, en realidad, a nuestra sociedad no interesa que haya empresas nuevas, no al menos si esas nuevas empresas suponen algún riesgo para las que ya hay. Y si no les gusta esa conjetura, tengo otra: el vino es del color del vino.

 

Post scriptum: Lo probé en uno de esos actos donde sirven pinchos y bebidas refrescantes y no me gusta el vino azul; es dulzón. Y me siento raro bebiendo algo azul. Pero me gusta que a alguien se le haya ocurrido que se podía ganar dinero haciendo vino azul.

Todos los niños nacen científicos…. ¿sí? ¿seguro?

Michio Kaku
Michio Kaku

El afamado físico y divulgador Michio Kaku dice en una entrevista que los niños “nacen científicos”, pero que algo pasa después. Según él la escuela primaria y la secundaria aplastan todo eso. Para fundamentar su afirmación utiliza el ejemplo de su hija, a la que examinaban de una asignatura en la que debía aprender de memoria, de un libro de geología, una serie de fechas y de nombres de cristales y minerales, y que ese examen estaba aplastando directamente la curiosidad de la siguiente generación.

En una línea argumental similar, el astrofísico y divulgador Neil deGrasse Tyson sostiene que los niños “nacen como científicos”, que un científico adulto es un niño que no creció nunca, y repudia la tendencia de los padres a reprimir la actitud inquisitiva de sus hijos cuando se ponen a jugar con objetos que se pueden romper, por ejemplo, o cuando causan desorden y hacen ruido. Según él esos padres están abortando experimentos de física, de biología, de acústica, etc… Y de esa forma se mata su interés por la ciencia.

En una reciente entrevista en el programa de la 2 de TVE Órbita Laika (3ª temporada), el mismo deGrasse Tyson culpa al sistema educativo, ya que el niño “debería aprender que la ciencia es una forma de entender el mundo, una forma de plantear una pregunta y después de encontrar una respuesta”.

No me interesa entrar aquí en la sustancia del problema (si es que existe tal problema, por cierto) porque no tengo suficiente criterio en relación con estos temas. Pero tengo algunas objeciones a ese discurso:

(1) Consideran que la curiosidad es la esencia de la naturaleza del científico. Y sí, la curiosidad es un ingrediente importante, quizás fundamental del científico, pero la práctica de la ciencia exige otros rasgos, además. La capacidad de trabajo, la perseverencia, la creatividad, la memoria para recordar datos diferentes y poderlos relacionar entre sí, y otras habilidades, a veces incluso técnicas, son también necesarias. ¿También esos son rasgos que adornan a los infantes?

(2) Atribuyen al científico características que, en realidad, podrían valer para casi cualquier otra actividad en la que la curiosidad u otras virtudes sean necesarias. ¿O es que un historiador no necesita ser curioso? ¿Nacen todos los niños historiadores, acaso? Picasso dijo que todos los niños nacen artistas. ¿Y los escritores? Hay un grado de engreimiento implícito en opiniones como estas ¿no es cierto? O quizás no es engreimiento, sino solo ensimismamiento.

(3) Sospecho que ignoran casi todo acerca de cómo es y cómo evoluciona la psicología infantil en los primeros años de vida. ¿Son de verdad curiosos todos los niños? ¿Lo son en la misma medida? La disminución de la curiosidad conforme crecen ¿no será un fenómeno natural e, incluso, útil?

(4) La educación proporciona muchos conocimientos necesarios. No es cierto que en la era de la wikipedia no haya que proporcionar conocimientos, por no hablar de las herramientas de comunicación (lengua y matemáticas). Y es perfectamente posible que la adquisición de esos conocimientos y capacidades imprescindibles sea incompatible con el mantenimiento (si ese fuese el caso alternativo) de una actitud inquisitiva máxima. ¿Quién se arriesgaría a no proporcionar a los niños esas herramientas básicas en aras de conservar su supuesta curiosidad innata? ¿Hay alternativa?

(5) Y por último y más importante dada la condición de científicos de ambos: ninguno de los dos aporta pruebas que apoyen lo que sostienen. En el caso de Kaku, el examen de su hija tuvo un efecto iluminador, por lo visto. No sé qué datos maneja deGrasse Tyson, pero me da la impresión de que sus opiniones están basadas en meras observaciones personales.

Todo lo anterior me lleva a la conclusión con la que quisiera terminar: en relación con la educación hay múltiples interrogantes (algunas ya dichas antes) cuyas respuestas no sabemos. No las conocemos porque en este campo es dificilísimo contar con pruebas fehacientes de casi todo lo que se afirma. Y es eso lo que se debería hacer: desarrollar estudios científicos bien diseñados (cumpliendo los requisitos de cualquier investigación científica rigurosa) para dar con las respuestas adecuadas a esas y otras preguntas. En tanto no avancemos en esa dirección, habrá Kakus y deGrasses profiriendo verdaderas ocurrencias, y otros más iluminados, u oportunistas de toda condición vendiendo humo, a veces a precio de oro.

Mi conjetura, hoy, es que carecemos de suficientes elementos de juicio acerca de aspectos fundamentales de la educación. Y sin los elementos que nos faltan es muy difícil proponer métodos pedagógicos más eficaces que los que hemos conocido. No olvidemos que los que conocemos son, al fin y al cabo, el resultado de varios decenios de desarrollo y sucesivas series de ensayo/error.

 

Post scriptum:

Me ha venido esta conjetura a la cabeza a cuenta del vídeo de Kaku. Al calor del debate suscitado, alguien (gracias por ello) me ha proporcionado un enlace a una charla TED de Sir Ken Robinson, un especialista en educación. Las opiniones de Robinson me merecen más respeto que las de los dos físicos divulgadores a que me he referido antes porque, al fin y al cabo, la educación es el ámbito de estudio de éste.

Él sostiene que desperdiciamos los talentos infantiles por la filosofía (orientada a satisfacer ciertas necesidades productivas o académicas) que inspira todos los sistemas educativos del mundo. Pero cree que para hacer frente a los retos que nos presenta el futuro será muy importante cultivar la creatividad de los chavales, al menos tanto como la alfabetización. Y para eso hay que tratar de combatir el miedo a equivocarse, hay que evitar estigmatizar el error, porque el miedo a equivocarse anula la capacidad creativa, la inhibe.

Estando de acuerdo con la idea de Robinson de que estaría bien promover la creatividad, también en relación con este asunto se necesitan pruebas. Haría falta poner en marcha planes experimentales de educación con ese objetivo. Pero se me ocurren dos problemas. Uno es que no sé cuántos padres estarían dispuestos a que sus hijos sean los conejillos de indias. Y el otro es que el miedo a equivocarse, que es el factor al que Robinson atribuye el origen de una (supuesta) baja creatividad, ha tenido, seguramente, un gran valor adaptativo para nuestra especie: es posible que los adultos que no tenían miedo a equivocarse hace 200.000 años no tuvieran mucha descendencia; pertenecemos al linaje de los que quizás no mucho, pero sí tenían algo de miedo.

Post-hechos

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He leído por ahí más de una crítica a ese término que han acuñado los anglosajones: “postruth” y que en español dice Fundeu que es mejor decir “posverdad”. La oficialización del neologismo es cosa, al parecer, del diccionario Oxford, donde se dice que “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

No soy el Oxford, claro está, pero yo entiendo ese término de otra forma y, es más, es de las pocos neopalabras que encuentro útiles aunque, en realidad, a mí el que me gusta es “postfacts”, o sea, “post-hechos” (y sí, yo prefiero escribirlo con guión).

El problema de “posverdad” o de “post-hechos” es que son agramaticales a más no poder. Porque ni “verdad” ni “hechos” admiten, con el sentido que quiere darse a esos términos, un “post” tan extemporáneo.

La cosa se digiere mejor si en vez de decir posverdad o post-hechos, decimos “era (o época) post-hechos”. Porque el prefijo se refiere en realidad al periodo, época o era posterior a aquella en la que la verdad o, según mi preferencia, los hechos importaban. No se refiere a algo que ocurre después de la verdad o después de los hechos. Por eso no estoy de acuerdo con que haya equivalentes adecuados en español. No vale “tontería”, “falsedad” o similares.

Tal y como yo entiendo esa expresión, indica que durante esta época los hechos han dejado de valer lo que valían. Gracias en gran parte a Internet, los bulos tienen tanta credibilidad como los hechos fehacientes y mucha más difusión, porque lo raro, estrambótico o escandaloso atrae mucho más que la simple y normalmente anodina realidad. Esa es la cuestión. Y eso que, como digo, ha sido muy facilitado por internet y sirve a los propósitos de demagogos, manipuladores y cantamañanas de toda condición es, en realidad, una consecuencia más -una de las peores, quizás- de la nefasta influencia del “pensamiento” (por llamarlo de algún modo) posmoderno. Es el posmodernismo el que, al negar la objetividad (vale, algunos preferiréis intersubjetividad) y en algún caso hasta la misma existencia de la realidad, y al pretender que un buen número de fenómenos, rasgos y hechos de existencia contrastable no son sino construcciones sociales, echa por tierra cualquier pretensión de invocar verdades (entendidas como hechos constatables, no como absolutos metafísicos, por supuesto) y niega el valor de los hechos fehacientes como criterio último a que atenerse.

Sí, post-hechos denota algo nuevo. Aunque reconozco que es un término de difícil digestión.