Ellos han vuelto

Lo que importa es cómo juguemos nosotros…

Si jugamos al noventa y cinco por ciento no les ganamos; tenemos que jugar al ciento veinte por ciento…

Nos vamos a dejar la piel en el campo…

Vamos a poner toda la carne en el asador…

El fútbol es así…

Fútbol es fútbol…

Sí, bueno no…

Lo importante es ir partido a partido…

Hasta que pita el árbitro todo es posible…

En este deporte juegan once contra once…

Es la magia del fútbol…

Cuando la pelota no quiere entrar…

No hay enemigo pequeño…

Los partidos duran 90 minutos…

Esta afición se lo merece todo…

Lo voy a dar todo por esta camiseta…

Es que el …. es más que un club…

Hoy no hemos andado finos…

 

 

Han vuelto…   si es que alguna vez llegaron a irse.

Eskerrik asko, EiTB!

A veces me quejo del poco caso que hacen los grandes medios de comunicación a lo que hacemos quienes nos dedicamos a las ciencias, las actividades relacionadas con ellas, ya sean hallazgos, congresos, o divulgación. Con algunas honrosas excepciones, “nuestras cosas”, esas sin cuyo conocimiento todo lo que nos rodea sería incomprensible, no merecen la atención de los grandes medios.

Por eso, porque a veces me quejo, sería imperdonable que no reconociese y agradeciese la gran apuesta que siempre ha hecho el grupo EiTB, la radiotelevisión pública vasca, por las actividades desarrolladas por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Y no me refiero solo a la atención, que siempre he agradecido, que nos prestan los programas de ciencia en sus emisoras de radio.

Me refiero a otra cosa. Desde que existe EiTB a la carta, su canal Kosmos emite por internet en directo prácticamente todas las conferencias y actos que organizamos. Nuestras actividades, tanto en euskera como en castellano, pueden ser seguidas desde cualquier lugar del Planeta. Y además, como las deposita en su canal a la carta, quien lo desee las puede ver cuando mejor le convenga, y las puede insertar en los medios digitales para ofrecerlas a sus lectores habituales. Esto ha sido así desde que nació la Cátedra.

Pero este año EiTB se ha superado. No solamente ha retransmitido y grabado las muchas sesiones de divulgación que hemos organizado (Zientziateka, Arte y Ciencia, Las pruebas de la educación y Ciencia a presión), sino que con Bizkaia Zientzia Plaza ha echado el resto. ETB incluyó reportajes dedicados a #Naukas17 en sus informativos habituales de fin de semana, tanto el sábado por la noche como el domingo al mediodía. En el lugar preferente de su web figura un banner de Bizkaia Zientzia Plaza que conduce directamente a un sitio específico con las charlas grabadas desde que empezó esta secuencia de actos de divulgación: Naukas, Scenio y el especial de Eva Caballero en La mecánica del caracol.

Sin el apoyo constante de EiTB, la Cátedra de Cultura Científica que coordino no habría alcanzado la proyección internacional de que hoy goza; y sin su compromiso en favor de la difusión de actividades como Naukas Bilbao y, este año, Bizkaia Zientzia Plaza, estas no tendrían el éxito y repercusión social que han conseguido.

Esto es SERVICIO PÚBLICO y es de justicia decirlo, proclamarlo y agradecerlo.

Eskerrik asko, EiTB!

La inmoralidad de los ateos

La gente tiende a pensar que es más fácil que un ateo cometa crímenes abominables a que los cometa una persona con creencias religiosas. Y en general, la mayor parte de la gente cree que los creyentes son mejores personas, con sentimientos morales más arraigados.

Esto no es nuevo. Según cuenta Platón, en el Euthyphro, cuando se le preguntaba a Socrates si la bondad es lo que gusta a los dioses porque es buena o si la bondad es buena porque gusta a los dioses, él, Sócrates, optaba por la primera posibilidad. Pero lo cierto es que desde entonces muchos otros han manifestado opiniones en sentido contrario. John Locke, conocido como el apóstol de la tolerancia y uno de los personajes históricos por quien más aprecio tengo, defendía que a los ateos no debía concedérseles derechos de ciudadanía, porque como quienes no creen en Dios no obedecen normas morales, no se podía confiar en ellos. Y Dostoievski escribió que “si Dios no existe, todo está permitido.” Todavía hoy no son raras afirmaciones tales como que el progreso del secularismo y el declive de las religiones organizadas es lo que hace que retroceda la moralidad en las sociedades contemporáneas.

En los estudios (aquí el último) que se hacen sobre este tema se ha comprobado que aunque los porcentajes varían mucho entre países, en general existe la creencia de que quien no tiene una religión carece de moral, y lo más curioso es que hasta quienes se declaran ateos tienden a pensar de ese modo. Además, quienes atribuyen a la fe el origen de la moral piensan de los religiosos que cometen actos inmorales (abusos sexuales a menores de edad, por ejemplo) que lo hacen porque en realidad no creen en Dios. También es cierto que, en general, cuanto más secularizada está una sociedad, menor prevalencia tiene esa forma de pensar, pero incluso en las sociedades más secularizadas, tiene una aceptación relativamente amplia.

Daré ahora un pequeño rodeo para introducir un elemento nuevo en esta cuestión. Lea esta descripción: “Linda tiene 31 años de edad, es soltera, inteligente y muy brillante; se especializó en filosofía; como estudiante estaba profundamente preocupada por los problemas de discriminación y justicia social y participaba también en manifestaciones anti-nucleares.” Si a continuación le pregunto: “De las dos posibilidades, ¿cuál es más probable, a o b? a: Linda es una cajera de banco. b: Linda es una cajera de banco y es feminista.” ¿Qué me respondería?

No sé qué ha respondido usted, pero lo más frecuente es que la gente responda la opción b. Y sin embargo, es evidente que la b es la opción más improbable. Es este un ejemplo práctico de la llamada “falacia de la conjunción” o “falacia de Linda”. Quienes incurren en ella piensan que es más probable que se cumplan a la vez varias condiciones –alguna de ellas particulares- en vez de una de ellas que es de carácter más general.

Pasa lo mismo con la opinión de la gente sobre los ateos e inmorales. Cuando se describe a alguien como un maltratador de mujeres y a continuación se le pregunta a la gente si creen que el maltratador es un cajero de banco o si creen que es un cajero de banco ateo, la mayoría responden que es un cajero de banco ateo, aunque la opción más probable es la de que es un cajero de banco sin más atributos.

Que la gente, al ser encuestada en esos términos, responda incurriendo en la falacia de Linda indica bien a las claras que creen que los ateos son más inmorales que los creyentes. Pues bien, pasa en muchos países aunque no en todos en la misma medida. Y es curioso, además, que la predisposición negativa para con los ateos también la experimenten los propios ateos.

Según una explicación surgida de los estudios sobre evolución cultural, las religiones cumplen la función de otorgar a los que comparten una misma fe un sentimiento de pertenencia a un grupo. De esa manera, quienes profesan una misma religión estarían más predispuestos a cooperar con el resto de los miembros del grupo. Por esa razón, de acuerdo con esa explicación, la predisposición negativa hacia los ateos se entendería como una actitud contraria hacia quienes no se consideran miembros del mismo grupo y, por lo tanto, no estarían dispuestos a cooperar con el resto en caso necesario. La fe actuaría, bajo ese supuesto, como una señal de pertenencia al grupo.

Sin embargo, dado que incluso los ateos tienden a tener peor opinión moral de ellos mismos, la interpretación anterior no vale. Esto es, esa opinión negativa no obedece a que se considere a los ateos ajenos al grupo al que pertenece uno mismo, sino que refleja una actitud de recelo y rechazo hacia quienes no se sienten vigilados por un dios y, por lo tanto, no temen el castigo divino si se portan mal. De lo contrario, los ateos no tenderían a pensar igual que los creyentes. O sea, la falacia de la conjunción no opera porque se rechace a quienes, por no ser considerados parte del mismo grupo, no se les tenga por posibles cooperadores, en caso de ser necesaria su colaboración, sino que piensan, sin darse cuenta o dándosela, lo mismo que pensaba John Locke: que no son gente de fiar. ¡Ahí es nada!

¿Qué opina usted?

Coherente y grotesco

La concesión por el ayuntamiento de Cádiz de la medalla de oro a la Virgen es incompatible con el laicismo que debería caracterizar la acción política en y de las instituciones democráticas. La religiosa y la político-institucional deberían ser dos esferas independientes, pues esa independencia es la garantía de una separación real de la Iglesia y el Estado y, por lo tanto, de la igualdad efectiva de todos ante la ley.

En su día fue el Ministerio de Interior el que otorgó una medalla a una virgen. Mereció una amplia crítica porque mediante esa decisión una institución se identificaba con una confesión religiosa; pues bien, la misma crítica merece la decisión del Ayuntamiento de Cádiz, y por la misma razón.

En una entrevista concedida a un diario gaditano, Pablo Iglesias dice, para justificar la actitud de su partido, que “los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo.”

Lo que ha hecho Podemos en Cádiz no es ninguna excepción. Otros representantes institucionales toman decisiones similares a la del alcalde gaditano y su grupo municipal. Y no me refiero solo a la otra medalla. Hay otras formas en que los representantes políticos implican a las instituciones públicas en asuntos de carácter religioso. Por ejemplo, la presencia de representantes institucionales en celebraciones religiosas, cuando no es a título personal, constituye una cierta identificación entre la institución a la que representa y la confesión correspondiente. Es normal que un gobernante, si pertenece a una iglesia o profesa esta o aquella religión, participe en sus ceremonias, ejerce así su libertad religiosa. Pero si no lo hace a título estrictamente personal, es la institución a la que representa la que participa. No se me ocurre ninguna buena razón para proceder así.

La postura de Podemos en relación con la concesión de la medalla es populista. Es más, las justificaciones dadas son la misma esencia del populismo. Es tan sencillo como que si “el pueblo” –“la gente”, “los humildes”, “los trabajadores”, “las clases populares” (úsese lo que convenga en cada caso)- quiere algo o los líderes del partido morado tienen la convicción de que un número suficiente de personas lo quiere, las razones dejan de importar y se opta por esa querencia. Pero claro, Podemos es, lo ha sido siempre, un partido populista, por lo que esta decisión es absolutamente coherente con su naturaleza y trayectoria.

Esa forma de actuar –tan del gusto, por otra parte, de bastantes políticos de otros partidos- no tiene límites. Una vez se renuncia a los argumentos, a la razón o a los principios (cuando existen) porque se sacrifican en el altar de la “voluntad popular” o de los “sentimientos populares”, se abre un boquete por el que se puede colar casi cualquier cosa. Hace unos años debatí con Pablo Echenique acerca de la conveniencia de renunciar a defender la racionalidad científica cuando una mayoría se inclinaba a favor de opciones contrarias a ella. Él defendía esa renuncia apelando, precisamente, a la primacía de la voluntad mayoritaria, con independencia de que dicha mayoría estuviese o no equivocada. En el fondo ahora estamos en las mismas, solo que entonces eran opciones de carácter científico y hoy son de carácter cívico, pero las mismas.

Dejo para el final el aspecto -a mi entender- más chusco de este episodio, el de la forma de justificar la decisión del alcalde que ha ofrecido Pablo Iglesias. Al establecer una diferencia entre el grupo de “urbanitas de izquierdas” -al que se sobreentiende que pertenece él- y “el pueblo”, se está colocando automáticamente fuera de ese “pueblo” y, a la vista de lo que dice, no puede entenderse esa posición sino en relación de superioridad intelectual. No sé qué pensarán los gaditanos de esa consideración, pero las palabras del líder de Podemos rezuman paternalismo y condescendencia. Nada extraño en quienes llevan ya unos años dando al resto del mundo lecciones de todo tipo, moral incluída. Nada extraño, pero sí grotesco.

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El enlace no quería funcionar en el texto, así que ahí va la entrevista: http://www.diariodecadiz.es/andalucia/primarias-PSOE-mostrado-Andalucia-clientelar_0_1141986084.html

 

Ayer me levanté solidario y combativo

De los combates callejeros con los grises de los años setenta no me queda sino un vago recuerdo. De las manifestaciones pacíficas de los ochenta por la calle Autonomía solo retengo imágenes parciales, fragmentarias. Durante los años de las décadas del noventa y dos mil sólo las concentraciones contra el terrorismo conseguían apartarme de la lectura o el paseo vespertino pero, desaparecida ETA, las manifestaciones ya no son ni sombra de lo que eran. No tienen épica. Por eso, cuando descubrí change.org un universo de posibilidades se abrió ante mí. Ha resultado providencial; ha venido a rellenar un enorme hueco, uno que me atormentaba, que me hacía sentir vacío, como si me faltase algo verdaderamente esencial. Por fin puedo contribuir a cambiar el mundo. La plataforma de las múltiples causas, grandes y pequeñas, ha cambiado mi vida; ha dado un sentido a mi existencia.

Ahora, las mañanas que me levanto de la cama solidario, combativo, o las dos cosas a la vez, enciendo el portátil nada más desayunar, busco en change.org las causas merecedoras de apoyo y les doy mi voto. Me gusta ese sitio: es fácil, cómodo y, sobre todo, no me ocasiona coste ni esfuerzo alguno. Al contrario, mi conciencia me agradece cada día el apoyo desinteresado que ofrezco a todo tipo de causas justas. He sustituido la intensidad, la épica de las grandes movilizaciones de antaño por la prodigalidad de causas a las que apoyar. Tampoco me parece tan mal cambio: de esta forma puedo multiplicar la militancia.

Ayer fue uno de esos días. Salí de la cama pletórico, con el firme propósito de dar mi apoyo a las causas justas del día. Y encontré una buena causa a la que apoyar, claro que sí. El asunto se refería a la universidad, a la UPV/EHU. No es la primera vez que mi universidad es objeto de alguna campaña en change.org; hace casi un año hubo que pedir que se repitiera un examen de matemáticas de la selectividad, y hace unas semanas se trataba de que los estudiantes de magisterio pudieran cursar sus estudios completos en castellano. Ayer había que protestar contra la decisión de las autoridades universitarias de subir los precios de la matrícula del curso 2017/2018 para poder costear los gastos que ocasiona la limpieza de las numerosas pintadas que “adornan” las paredes de las dependencias universitarias. La he apoyado, por supuesto.

Pues bien, resulta que ahora va el rectorado y lo desmiente: dicen que eso no es así; que no se ha decidido subida ninguna; que las tasas no las decide el rectorado; y que no, que nunca será razón para subir los precios el que haya que borrar unas pintadas. ¡Ya! Claro, ahora que han visto que había una causa abierta en change.org han tenido que rectificar. A buenas horas vienen con esas. Como si no supiéramos cómo se las gastan los mandamases. A nosotros nos van a engañar….

Escepticismo a dedicación parcial

Anteayer se publicó una información extraña sobre un asunto universitario. La universidad de marras es la pública del País Vasco (UPV/EHU), la mía. Según la información en cuestión, un profesor muy querido por sus estudiantes, por dedicarles tiempo y esfuerzo más allá de lo que dictan sus obligaciones, ha renunciado finalmente a esa dedicación añadida porque así se lo han exigido sus compañeros de departamento. El profesor dice haber sucumbido a sus presiones.

En resumidas cuentas, en la historia hay, por un lado, un buen hombre y, por el otro, una cuadrilla de envidiosos (casi todos sus compañeros de departamento) y un monstruo burocrático sin alma: la UPV/EHU. Se dan todos los ingredientes para hacer de la historia un virus en las redes: el Bien (la dedicación del profesor) frente al Mal (la envidia de sus compañeros), Robín Hood (el profesor) en contra de la nobleza abyecta (la mayoría del profesorado de su departamento) y a favor de los más indefensos (los estudiantes), la institución pública alineada con el Mal y, como catalizadora, la tendencia natural del ser humano a simpatizar con los “más desfavorecidos”.

El asunto era demasiado goloso. Y, en efecto, en un largo fin de semana sin apenas noticias, la información en cuestión se ha convertido en tema estrella en las redes sociales de internet. Ha sido la noticia más vista y más compartida en la edición digital del medio que la ha publicado. La inmensa mayoría de los comentarios han sido, por supuesto, para ensalzar al hombre bueno y vilipendiar a los malos y a la universidad pública (en esto de vilipendiar, si hubiera sido privada no habría sido exactamente igual).

Lo desconozco todo acerca de los hechos relatados, así que no puedo opinar sobre ellos. Pero de la misma forma que me pasa con lo que cuentan personajes como Pàmies (sí, ese que recomienda ingerir lejía diluida para curar el cáncer, que sostiene que el virus del VIH no existe y que si tomásemos las plantas que él produce no enfermaríamos o nos curaríamos), lo que se cuenta en la información era tan extraño que hizo que saltaran mis alarmas escépticas. Reconozco que no sonaron enseguida: cuando leí la noticia en la edición en papel pensé que era una historia rara pero no reaccioné con desconfianza. La extrañeza me fue invadiendo poco a poco, y de la sensación de extrañeza pasé al escepticismo.

Porque, bien pensado, aunque no sea imposible, no es normal que CASI TODOS los profesores de un departamento se alineen en contra de OTRO. Es muy raro que CASI TODOS los profesores de un departamento pidan a un compañero que trabaje menos y que no atienda a los estudiantes a deshoras. No conozco ningún caso en que una buena evaluación provoque el rechazo de los demás compañeros; en mi departamento es impensable, desde luego. No es habitual (y tampoco creo que sea buena idea) que un profesor dé su número de teléfono particular a todos los estudiantes que se lo piden; yo, por ejemplo, estoy accesible por correo electrónico casi en todo momento pero no doy mi número particular, y eso mismo puede hacer cualquier otro profesor si lo desea. Es raro que los responsables universitarios (dirección de departamento, de escuela y rectorado de la universidad) no se alineen inmediatamente en defensa del profesor que se desvive por sus estudiantes. Son cosas demasiado raras como para no someterlas al cedazo de la prueba antes de darlas por buenas.

Sin embargo, muchos la han dado por buena sin mayores reservas. Lo que no hubiesen aceptado –y de hecho no aceptan- en la Contra de la Vanguardia lo han aceptado en este caso. Y es que esto del escepticismo va por esferas de la vida. Lo somos a dedicación parcial y dependiendo del asunto de que se trate y de quiénes sean sus protagonistas. Nos pasa a todos –me incluyo, por supuesto- porque como en tantas otras cosas, son factores emocionales los que acaban dictando el margen de lo que creemos y de lo que no. Y entre esos factores, los de carácter ideológico –y, en general, nuestro sistema de creencias- acaban ejerciendo una influencia determinante. ¿Cómo resistirse, por ejemplo, a zurrar a una universidad pública? Al fin y al cabo, todos los que han opinado han pasado por alguna de ellas y saben cómo nos las gastamos los universitarios.

No descarto que la información publicada el jueves tenga altas dosis de verdad, pero tampoco descarto que tenga las suficientes dosis de falsedad o tales carencias como para que las conclusiones que quepa extraer sean algo diferentes de las que se han extraído. Lo cierto es que no lo sé. Lo que sí he podido comprobar es que, ignorando el consejo de David Hume, muchos autodenominados escépticos ya la han dado por buena.

La posverdad era esto.

El imposible retorno

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El remedio no reside en la detención de las transformaciones políticas, pues esa no puede procurarnos la felicidad. Jamás podremos retornar a la presunta inocencia y belleza de la sociedad cerrada; nuestro sueño celestial no puede realizarse en la Tierra. Una vez que comenzamos a confiar en nuestra razón y a utilizar las facultades de la crítica, una vez que experimentamos el llamado de la responsabilidad personal y, con ella, la responsabilidad de contribuir a aumentar nuestros conocimientos, no podemos admitir la regresión a un Estado basado en el sometimiento implícito a la magia tribal. Para que aquellos que se han nutrido del árbol de la sabiduría se ha perdido el paraíso. Cuanto más tratemos de regresar a la heroica edad del tribalismo, tanto mayor será la seguridad de arribar a la Inquisición, a la Policía Secreta y al gangsterismo idealizado. Si comenzamos por la supresión de la razón y la verdad, deberemos concluir con la más brutal y violenta destrucción de todo lo que es humano. No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias.
Es este un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la responsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces solo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inevitable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a que aspiramos.

Pg. 216 (y última del I volumen) de “La sociedad abierta y sus enemigos”, de Karl Popper

 

Campus de batalla

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La Universidad del País Vasco ha vuelto a ser atacada. Encapuchados destrozan patrimonio universitario. Amedrentan a quienes trabajan y estudian en ella. Provocan lesiones a quienes se encuentran cerca o, si es el caso, intentan convencerlos de que desistan de su actitud. Dicen protestar por algo, pero a nadie queda claro qué es ese algo, a qué se oponen, qué demandan. Menos claras son las razones por las que recurren a la intimidación, a los destrozos y a las agresiones. Porque sea cual sea su demanda, es del todo evidente que esas mismas reclamaciones, peticiones o exigencias podrían formularse de forma pacífica. Las autoridades universitarias intentan desde hace meses reconducir la situación, ofreciendo espacios de diálogo y de contraste de ideas. Pero no han tenido éxito, porque los agresores afirman sin rubor que nada que los responsables universitarios puedan ofrecerles servirá para que depongan su actitud. Y a pesar de todo, lo siguen intentando.

Es hora de que asumamos la verdadera naturaleza del problema. Ninguno de los atacantes pretende obtener nada en concreto. Lo que buscan, lo único que realmente desean es desencadenar la famosa espiral de la violencia. Pretenden que la institución universitaria responda recurriendo a las herramientas legales de que dispone para, a continuación, utilizar esa respuesta para recabar el apoyo y la simpatía de otras personas y ampliar el círculo de la violencia, extenderla. El único objetivo que persiguen es el de envenenar la convivencia en los campus, hacer que los universitarios nos sintamos inseguros, amenazados, que tengamos miedo para, de esa forma, provocar reacciones cada vez más contundentes. Pretenden envilecer el ambiente, intentando demostrar que la UPV/EHU es una institución represora, y que es cómplice de otros poderes igualmente represores. Supuestamente conseguirían “desenmascarar” su “verdadera naturaleza” y atraer con ese señuelo a otros a su campo. No pretenden otra cosa; solo les interesa convertir los campus universitarios en campus de batalla.

En las sociedades abiertas florece la libertad, la tolerancia, el respeto, el contraste civilizado de ideas; existen discrepancias, que se manifiestan sin restricciones y se gestionan democráticamente. Las sociedades abiertas ofrecen múltiples e imprevisibles oportunidades a sus miembros. En ellas, cada día que amanece es un nuevo día lleno de posibilidades. Cuando una sociedad abierta se ve amenazada por la violencia política, por el terrorismo, la pretensión real de los atacantes es la de provocar una respuesta tal por parte de las instituciones democráticas que ocasione la pérdida o sustitución por otros de los valores y los rasgos que le son propios. Las sociedades abiertas tienden a responder al terror cerrándose. Cada ataque, cada agresión, cada altercado o cada atentado dispara el resorte del miedo. El miedo conduce a la demanda de mayor seguridad, y ésta conlleva, necesariamente, una cierta pérdida de libertad. Los enemigos de la sociedad abierta consiguen, de ese modo, que retroceda, que se cierre, que cada nuevo día sea un día que ofrezca menos posibilidades, que tenga un desenlace más previsible, que sepamos cada mañana lo qué nos deparará ese día porque otros lo habrán decidido por nosotros. Los agresores consiguen así pequeñas, o no tan pequeñas, victorias.

A la Universidad le ocurre lo que a las sociedades abiertas, pero en un grado más intenso. La Universidad, al menos la institución universitaria tal y como la conocemos, es un organismo débil. Sus principales misiones son generar y transmitir conocimiento. Y sus principios inspiradores, la libre circulación y el contraste de ideas que requieren las actividades creativas, y el respeto a quienes piensan y se expresan de forma diferente. Por eso, porque esas son sus credenciales y porque los valores que las inspiran son la libertad, la primacía del saber, el respeto a los discrepantes y, en general, los que iluminan a las sociedades abiertas, le resulta sumamente difícil recurrir a la fuerza y a la represión para atajar los ataques que sufre y garantizar la seguridad de sus integrantes y la integridad de su patrimonio, que lo es del conjunto de la sociedad. Porque cada vez que lo hace, sus adversarios ganan una batalla.

La UPV/EHU es una pequeña “sociedad abierta” y quienes la atacan quieren que deje de serlo. Es responsabilidad de toda la comunidad universitaria, y no solo de las autoridades, reaccionar ante los ataques oponiéndonos con contundencia y claridad. Y debemos tener muy claro que si bien la universidad debe preservar ciertos bienes, entre ellos también hay jerarquías. No vale exigir diálogo al equipo rectoral cuando los agresores no quieren dialogar y responden con más violencia; no vale exigir diálogo cuando la carga de su imposibilidad recae sobre las espaldas de otros; no vale exigir diálogo cuando lo que está en juego es el patrimonio universitario y, sobre todo, la integridad física, dignidad y libertad de las personas. No vale exigir diálogo, cuando el equipo rectoral viene ofreciéndolo inútilmente desde hace meses. Eso no vale.

Soy vasco ¿y tú?

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Llegué a Bilbao en septiembre de 1970, próximo a a cumplir mi primera década de vida. Procedentes de una ciudad luminosa, Salamanca, en la que la arenisca de Villamayor en los edificios realza la hermosura de los atardeceres del verano y comienzo del otoño, bajamos del autobús en una calle gris, oscura, no solo por el color del cielo, también por la tonalidad de las fachadas. Llegamos mareados del viaje tras descender el puerto de Orduña. Y nos dirigimos andando a Rekalde arrastrando maletas, con todo lo que una familia de cuatro miembros necesitaba para instalarse y empezar una nueva vida.  Nuestro nuevo hogar estaba en la calle Larraskitu; todavía recuerdo el número: era el 11 de aquella época. Enseguida empecé en el instituto del barrio, recién estrenado, a cursar primero de bachillerato elemental. Creo que ahora sería quinto de primaria. Pronto hice amigos. Salamanca empezó entonces a ser el lugar donde vivía parte de nuestra familia y a donde íbamos a pasar las vacaciones.

Ya antes de hacerme mayor decidí aprender vasco. No quería vivir en un país en el que no pudiera entender a parte de sus paisanos cuando hablaban entre ellos. Reafirmé ese propósito, aunque con motivos adicionales, en la universidad. Allí me encontré a muchos compañeros, la mayoría procedentes de otras zonas del País Vasco, que utilizaban esa lengua habitualmente. Tuve suerte. Un amigo de entonces y de ahora, más que nadie, y algunos otros compañeros me ayudaron mucho, hicieron fácil lo difícil. Aprendí euskera. Escribí y defendí mi tesis de licenciatura en esa lengua; era 1982. Y también la de doctorado; en 1986. La mía fue la primer tesis de biología escrita y defendida en lengua vasca.

Soy ciudadano vasco. Lo soy a efectos políticos, por supuesto. Y también lo soy a efectos sentimentales. Pertenezco a este país. Vivo en él, trabajo en él y, además, siempre he pensado que lo que hacía era bueno para sus gentes. También he hecho mías algunas tradiciones vascas, musicales y folclóricas sobre todo. Y de vez en cuando disfruto leyendo a autores que escriben en euskera.

También soy ciudadano español. Lo soy a efectos políticos. Voto en las elecciones españolas; y tengo pasaporte español. Pertenezco a ese país. En lo que a mí respecta, trabajo en él. Y por supuesto, pienso que lo que hago también es bueno para los demás españoles. La cultura española es mi cultura. Siento que su literatura, sobre todo, pero también su música, su arte, en fin, cualesquiera manifestaciones producto de los creadores españoles que en la historia han sido, me pertenecen en cierto grado. Así pues, también soy español a esos efectos, y a otros, como el gastronómico, por ejemplo. Además, la mayoría de mis familiares, mi gente, son españoles.

Pienso que eso a lo que me dedico, y que creo que es bueno para vascos y españoles, es también bueno para el resto de ciudadanos del mundo. Me gustaría que todos gozasen de los derechos básicos y las oportunidades de los que disfrutan nuestros conciudadanos. Y quiero pensar que, siquiera sea en una ínfima medida, mi trabajo ayudará a que eso sea así. Me tengo por cosmopolita, aunque nunca digo de mí mismo que soy ciudadano del mundo, porque no lo soy.

Entiendo, y me parece bien, que haya quienes viven estas cosas de forma diferente. Los de pertenencia, como el resto de sentimientos, forman parte de una esfera –la emocional- en la que la razón poco o nada tienen que decir. Por eso no me parece mal que haya quien se considere sólo vasco o solo español. Y me parece del todo legítima la aspiración a conseguir que los sentimientos de pertenencia tengan consecuencias políticas bajo la fórmula que se desee, incluida la del estado independiente. Como también me parece normal que esa aspiración tenga una base estrictamente racional.

A punto de cumplir 11 años nos trasladamos al barrio de Cabieces, en Santurce -hoy Santurtzi-, a la periferia de la periferia. Allí una chiquilla de mi edad, compañera del instituto, me llamó “maketo” por primera vez en mi vida; esa era la forma despectiva de llamar a los que veníamos de fuera. Me lo han llamado en alguna otra ocasión, pero muy pocas, porque lo cierto es que, en general, me he sentido bien tratado y acogido por los naturales del país. Pero también es cierto que, en sintonía con quienes descalifican a los de fuera por el hecho de serlo, también he conocido a personas –algunas con altas responsabilidades- que sostienen en privado (quizás también en público) que “los vascos hacemos las cosas mejor que los españoles”. Nunca reacciono bien cuando oigo eso o cosa parecida.

Por eso tampoco me ha gustado lo que he visto del programa “Euskalduna naiz. Eta zu?” (“Soy vasco, ¿y tú?”[1]) que tanto revuelo ha generado. Acepto que tratándose de un programa de humor no es fácil emitir juicios si ese de quien se ríen resulta que eres tú. Entiendo que al tratar de reírse de los estereotipos, también de los que tenemos acerca de nosotros mismos, es fácil que alguna de las risas se interprete con demasiado rigor. Y doy por hecho que –como afirma la dirección de EiTB- el vídeo que se ha difundido se ha montado con el propósito de causar escándalo, y que la visión del programa completo, con las secuencias en su contexto, daría una impresión menos escandalosa.

Pero entendiendo todo eso, mi yo español no ha podido sustraerse al sentimiento de ofensa motivado por algunas expresiones. Sí, de sobra sé que no tengo derecho a no sentirme ofendido. Pero es que no se trata de eso, no de invocar derechos, al menos. Defiendo la libertad de expresión a ultranza. Defiendo el derecho a que se me ofenda. Y entiendo que los únicos límites que ha de haber son los que impone el Código Penal. Por eso no me ha gustado que la dirección de EiTB haya retirado el vídeo sin que mediase sentencia judicial alguna.

El sentimiento de ofensa, por menosprecio o puro desprecio, que denotan algunas intervenciones en el programa de ETB1 no es nuevo. Lo experimento cada vez que alguien dice eso de que “los vascos hacemos las cosas mejor” o, más raramente, cuando alguien utiliza la palabra maketo. Es lo que he sentido al ver reflejados esos estereotipos en el programa de televisión. No tengo ningún aprecio por banderas, himnos y demás símbolos patrióticos, pero creo que si quieres que respeten los tuyos no es mala idea empezar respetando los de los demás, también cuando no hay reciprocidad. Lo que no me da igual es que se asuman con normalidad estereotipos según los cuales los españoles sean –seamos- paletos, fachas, chonis o progres. Por cierto, me gustaría saber a qué grupo pertenezco, porque no acabo de ubicarme en ninguno de ellos. Tampoco me da igual que se afirme, entre otras cosas y entre risas, que los españoles son –somos- incultos o un poco retrasados culturalmente.

Al ver el vídeo del programa me he visto a mí mismo en Cabieces, en la periferia de la periferia, mientras Josune –así se llamaba la compañera del “insti”- me llamaba maketo como si tal cosa; también me he visto camino de Larraskitu arrastrando maletas, todavía presa del mareo del viaje. No. No ha sido buena idea retirar el vídeo. De haberlo mantenido, habría colocado a muchos vascos ante un espejo. Porque lo malo, lo que me disgusta, no es que salgan esas cosas en un programa de televisión; sino que salen porque reflejan unas ideas no tan minoritarias. Es lo que tienen muchos estereotipos. Al haber retirado el vídeo no lo podremos ver cuando se dicte alguna condena por corrupción en este pequeño y modélico país. O cuando, en las próximas evaluaciones educativas, vuelva a salir detrás de muchas comunidades autónomas españolas.

[1] Aunque en rigor quiere decir “Soy vascohablante, ¿y tú?”

 

Post scriptum: Aquí he hablado de mis circunstancias. Cada uno tiene las suyas. Y no hace falta haber vivido las mismas experiencias para sentirse molesto u ofendido por los estereotipos. Ni tampoco tiene por que sentirse ofendido o molesto alguien que haya tenido experiencias similares. No pretendo generalizar.

Addendum:

Ikusi nahi duenarentzat, hemen ikus daiteke programa osoa. Ikusi ondoren ez dut iritzia aldatu.

 

Ciencia vs. Política

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La llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, sus primeras medidas y gestos, y algunas declaraciones desconcertantes de alguno de sus colaboradores han puesto sobre el tapete, con inusitada intensidad, la cuestión de las extrañas relaciones entre ciencia y política. ¿Deben ciencia y política mantenerse en esferas independientes de la experiencia humana? Mi respuesta es que sí, pero sin perderse de vista mutuamente. Trataré de extender esa respuesta, de forma muy esquemática, en unos pocos puntos:

(1) La actividad científica genera conocimiento sobre la base del contraste de diferentes modelos, puntos de vista e ideas sobre la naturaleza (el universo, lo que nos rodea y nosotros mismos), y la aceptación por la comunidad científica de aquellos que mejor se acomoden a las observaciones, den cuenta del mayor número de hechos posibles y pasen el cedazo de la prueba.

(2) El ejercicio de la política debe obedecer a su propia lógica, que consiste en el debate y contraste de propuestas alternativas y la opción por aquellas que, siendo respetuosas con los derechos fundamentales y demás derechos reconocidos en las legislaciones nacionales, sean preferidas por la mayoría.

(3) Pero ambos están relacionados entre sí, porque la ciencia ha de desarrollarse en el marco que se decida democráticamente y la política debería basar sus decisiones en hechos y pruebas.

(4) Ambos tienen necesidades comunes porque la actividad científica y el ejercicio de la política necesitan libertad, contraste de ideas, y una ciudadanía bien formada.

(5) Y además, ciencia y política han de basarse en la aceptación de la falibilidad humana y, por ello, en la disposición a rectificar y corregirse.

(6) La política no puede imponer el hecho ni la verdad científica, ni las decisiones políticas han de obedecer a dictados científicos. Hay puntos de vista diferentes, interpretaciones distintas de los mismos fenómenos, pero no hay hechos alternativos. No existe tal cosa.