La inmoralidad de los ateos

La gente tiende a pensar que es más fácil que un ateo cometa crímenes abominables a que los cometa una persona con creencias religiosas. Y en general, la mayor parte de la gente cree que los creyentes son mejores personas, con sentimientos morales más arraigados.

Esto no es nuevo. Según cuenta Platón, en el Euthyphro, cuando se le preguntaba a Socrates si la bondad es lo que gusta a los dioses porque es buena o si la bondad es buena porque gusta a los dioses, él, Sócrates, optaba por la primera posibilidad. Pero lo cierto es que desde entonces muchos otros han manifestado opiniones en sentido contrario. John Locke, conocido como el apóstol de la tolerancia y uno de los personajes históricos por quien más aprecio tengo, defendía que a los ateos no debía concedérseles derechos de ciudadanía, porque como quienes no creen en Dios no obedecen normas morales, no se podía confiar en ellos. Y Dostoievski escribió que “si Dios no existe, todo está permitido.” Todavía hoy no son raras afirmaciones tales como que el progreso del secularismo y el declive de las religiones organizadas es lo que hace que retroceda la moralidad en las sociedades contemporáneas.

En los estudios (aquí el último) que se hacen sobre este tema se ha comprobado que aunque los porcentajes varían mucho entre países, en general existe la creencia de que quien no tiene una religión carece de moral, y lo más curioso es que hasta quienes se declaran ateos tienden a pensar de ese modo. Además, quienes atribuyen a la fe el origen de la moral piensan de los religiosos que cometen actos inmorales (abusos sexuales a menores de edad, por ejemplo) que lo hacen porque en realidad no creen en Dios. También es cierto que, en general, cuanto más secularizada está una sociedad, menor prevalencia tiene esa forma de pensar, pero incluso en las sociedades más secularizadas, tiene una aceptación relativamente amplia.

Daré ahora un pequeño rodeo para introducir un elemento nuevo en esta cuestión. Lea esta descripción: “Linda tiene 31 años de edad, es soltera, inteligente y muy brillante; se especializó en filosofía; como estudiante estaba profundamente preocupada por los problemas de discriminación y justicia social y participaba también en manifestaciones anti-nucleares.” Si a continuación le pregunto: “De las dos posibilidades, ¿cuál es más probable, a o b? a: Linda es una cajera de banco. b: Linda es una cajera de banco y es feminista.” ¿Qué me respondería?

No sé qué ha respondido usted, pero lo más frecuente es que la gente responda la opción b. Y sin embargo, es evidente que la b es la opción más improbable. Es este un ejemplo práctico de la llamada “falacia de la conjunción” o “falacia de Linda”. Quienes incurren en ella piensan que es más probable que se cumplan a la vez varias condiciones –alguna de ellas particulares- en vez de una de ellas que es de carácter más general.

Pasa lo mismo con la opinión de la gente sobre los ateos e inmorales. Cuando se describe a alguien como un maltratador de mujeres y a continuación se le pregunta a la gente si creen que el maltratador es un cajero de banco o si creen que es un cajero de banco ateo, la mayoría responden que es un cajero de banco ateo, aunque la opción más probable es la de que es un cajero de banco sin más atributos.

Que la gente, al ser encuestada en esos términos, responda incurriendo en la falacia de Linda indica bien a las claras que creen que los ateos son más inmorales que los creyentes. Pues bien, pasa en muchos países aunque no en todos en la misma medida. Y es curioso, además, que la predisposición negativa para con los ateos también la experimenten los propios ateos.

Según una explicación surgida de los estudios sobre evolución cultural, las religiones cumplen la función de otorgar a los que comparten una misma fe un sentimiento de pertenencia a un grupo. De esa manera, quienes profesan una misma religión estarían más predispuestos a cooperar con el resto de los miembros del grupo. Por esa razón, de acuerdo con esa explicación, la predisposición negativa hacia los ateos se entendería como una actitud contraria hacia quienes no se consideran miembros del mismo grupo y, por lo tanto, no estarían dispuestos a cooperar con el resto en caso necesario. La fe actuaría, bajo ese supuesto, como una señal de pertenencia al grupo.

Sin embargo, dado que incluso los ateos tienden a tener peor opinión moral de ellos mismos, la interpretación anterior no vale. Esto es, esa opinión negativa no obedece a que se considere a los ateos ajenos al grupo al que pertenece uno mismo, sino que refleja una actitud de recelo y rechazo hacia quienes no se sienten vigilados por un dios y, por lo tanto, no temen el castigo divino si se portan mal. De lo contrario, los ateos no tenderían a pensar igual que los creyentes. O sea, la falacia de la conjunción no opera porque se rechace a quienes, por no ser considerados parte del mismo grupo, no se les tenga por posibles cooperadores, en caso de ser necesaria su colaboración, sino que piensan, sin darse cuenta o dándosela, lo mismo que pensaba John Locke: que no son gente de fiar. ¡Ahí es nada!

¿Qué opina usted?

Sin perdón

Cuanto más mayor me hago más disfruto con las cosas sencillas. Me gusta contemplar el mar, ver cómo se suceden las olas en la playa. Me fijo en cosas que antes no veía, como la delicada arquitectura de una tela de araña cubierta de gotas de rocío, de la marea -como dicen en los pueblos de Salamanca- de primera hora de la mañana; me fijo y la admiro. Percibo los detalles de un amanecer hasta el último matiz; o me sumerjo en la melancolía propia de los atardeceres. Me siento en la terraza de nuestro local pub en verano, a la sombra de unos plátanos, y me quedo viendo el ir y venir de la gente. Escucho música cuando tengo la ocasión. Paseo con mi mujer por los parques de nuestro pueblo; reparamos en los cambios que produce el curso de las estaciones, y lo comentamos. Cada vez me gustan más esas cosas y otras similares. Podría decir que disfruto más de la vida, quizás porque cada vez me va quedando menos y soy cada vez más consciente de ello.

Conforme envejezco, también me duele más el dolor ajeno. Más sufrimiento me produce el sufrimiento de los otros, más cuanto más cercanos los percibo, pero en general, cada vez me sienta peor el mal de los demás. Y me producen especial desolación los atentados, porque quienes caen víctimas de un atentado se ven, de repente y sin haber hecho nada para merecerlo, privados de su bienestar, su salud o su vida, y no por accidente. No dejo de pensar en los familiares, personas a las que de repente las llama alguien, quizás un cargo político, quizás un funcionario, para decirles algo que los puede hundir de por vida. No quiero ni imaginar una situación así.

Los atentados, además, se hacen en nombre de una causa, de un bien superior, de una entelequia por tanto. En nombre de alguna causa han matado a mucha gente; en el País Vasco lo sabemos muy bien, durante casi medio siglo centenares de personas fueron asesinadas y miles convertidas en víctimas en nombre de una causa. En la historia de la humanidad ha habido millones de asesinatos y de muertos por diferentes causas: Tierra Santa, la verdadera fe cristiana, la república, la sociedad sin clases, la Jihad u otras.

Puedo quizás entender que alguien dé su vida por una causa, pero no puedo aceptar que alguien asesine en nombre de una causa. En realidad no puedo aceptar que nadie asesine por ninguna razón, salvo una, pero creo que la peor razón de todas es esa, una causa. Nadie, bajo ninguna circunstancia que no sea la defensa de la propia vida puede quitar la vida a nadie; nadie está legitimado para hacerlo; el derecho a vivir es el derecho supremo. Pero además, quien mata por una causa lo hace porque está en posesión de la verdad; la suya no es una causa más, es “la causa”; es tal el desprecio que siente por sus semejantes que, de hecho, para él no lo son, porque se arroga el derecho, la legitimidad, para matarlos, para quitarles su bien más preciado.

Ayer una docena de personas o más murieron y otras ochenta fueron heridas –varias de ellas de extrema gravedad- en un atentado terrorista. Quienes acabaron ayer con la vida de esas personas e intentaron hacer lo propio con decenas más lo hicieron, según todos los indicios, por una causa, por una verdad, por un credo. Ese credo es el Islam. Es cierto que no debemos identificar a todos los musulmanes con los fanáticos islamistas. Pero a mí no me basta con decir eso.

Un atentado como el de ayer no se cometió en nombre de la “religión”, se cometió en nombre de una fe en concreto. Conviene precisar esto, porque si se pide que no atribuyamos a todos los seguidores de Mahoma la misma condición siniestra de los terroristas, con más razón hay que exigir que no se atribuya la responsabilidad a quien no la tiene bajo ninguna otra consideración. Y el resto de quienes profesan alguna otra religión nada tienen que ver con esa barbarie. No, el atentado de ayer NO se cometió en nombre “la religión”.

No debemos pasar por alto que los países en los que el Islam es la religión mayoritaria se han demostrado incapaces de acceder a la modernidad. No han sido capaces de instaurar de forma estable y duradera regímenes en los que el respeto a los derechos humanos sea la condición básica y fundamental de la convivencia política. No vale invocar el colonialismo o el trato dado por occidente en el pasado. Por similares situaciones han pasado muchos otros países y no han evolucionado de la misma forma. Es más, los países que financian el terrorismo son países muy ricos; no se pueden esgrimir la opresión y el sojuzgamiento como motivaciones de una acción liberadora desesperada. Escuchen a Ayaan Hirsi Halí.

Y por último, repetiré algo que no por dicho miles de veces hay que dejar de decir. Los responsables de los atentados son quienes los cometen, los inspiran y los financian. No somos los que, en una tarde de agosto, de visita en Barcelona, queremos disfrutar de esos pequeños placeres de la vida: mirar el mar o fijarnos en una tela de araña, pasear, contemplar el ir y venir de la gente, comprar un helado, salir de copas por la noche o descansar en la Barceloneta al atardecer. No, nadie de quienes disfrutamos de las pequeñas cosas de la vida de esa forma somos culpables de nada. Tenemos derecho a esas pequeñas cosas porque es nuestra vida y hemos de poder hacer con ella lo que más nos plazca si al hacerlo no perjudicamos a los demás. Hablo en primera persona porque soy muy consciente -y creo que deberíamos serlo todos- de que cualquiera de nosotros podría haber sido asesinado ayer. Todos somos sus enemigos, porque todos, disfrutando en paz de nuestros pequeños placeres y sin una causa por la que matar, representamos lo que más odian los fanáticos: la libertad que nos permite disfrutar, entre otras, de esas pequeñas cosas.

Cada vez me afecta más la desgracia ajena; cada vez me duelen más los atentados y los muertos en los atentados. Cuando sé de un atentado como el de ayer me entra una congoja terrible. Debe de ser cierto que la edad ablanda.

Cada vez que pasan cosas como lo que ocurrió ayer en Barcelona me acuerdo de Will Munny, el ex pistolero protagonista de “Sin perdón (Unforgiven, 1992)”, la película de Clint Eastwood, cuando dice que “matar a un hombre es muy duro, le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener”.

 

Mis amigos los berberechos, y los mejillones

Creo que era octubre de 1983 cuando nos dirigimos por primera vez a un arenal en la Ría de Mundaka, Bizkaia, en busca de berberechos. Un año antes había terminado los estudios de biología y por aquella época el Gobierno Vasco me concedió una beca para hacer la tesis. Durante tres años estudié la biología de esos deliciosos moluscos de concha rayada y color de arena. Y me doctoré.

Gracias a esos mismos bivalvos obtuvimos dinero para investigar. Un organismo dependiente del gobierno español que se llamaba CAICyT (Comisión Asesora para la Investigación Científica y Técnica) decidió que merecía la pena dedicar recursos a investigar sobre la alimentación, el metabolismo y el crecimiento de los berberechos. Empezaron a llegar los resultados. Y con ellos, los viajes. A Plymouth, en el sur de Inglaterra, en primer lugar; luego a la Bahía de Marennes-Oléronn, cerca de La Rochelle, en la costa occidental de Francia. Y en el sur de los Países Bajos también recalamos, en la zona de Middelburg. Fuimos a Galicia, aunque allí, en realidad, trabajamos con mejillones, y lo hacíamos en las mismas bateas en las que se cultivan. Estudiábamos su alimentación y su metabolismo. Aprendimos mucho. Y sobre todo, hicimos buenos amigos.

Como muchos otros moluscos, los berberechos y, sobre todo, los mejillones, tienen mucha importancia económica en zonas muy concretas. Las rías bajas gallegas son una de esas zonas. Por eso importaba investigar aquellas cosas. Aunque nosotros no lo hacíamos por eso. Nos interesaban porque los bivalvos, por su modo de alimentación[1] son modelos animales ideales para contrastar ciertas predicciones teóricas. Aunque no lo parezca, casi todo lo que sé sobre evolución y adaptaciones biológicas lo aprendí con estos animalitos. Y también aprendimos que las poblaciones naturales y los cultivos de bivalvos ejercen un efecto impresionante sobre los ecosistemas de los que forman parte. Son agentes biogeoquímicos de primera magnitud.

Investigamos, aprendimos, viajamos, hicimos amigos e hice una carrera académica. Siempre digo que los berberechos y los mejillones me hicieron catedrático. Y me dieron una parcela de felicidad que recuerdo con mucho cariño. Profesionalmente soy lo que soy gracias a ellos. Pero andando el tiempo, empujado seguramente por una propensión a experimentar, decidí cambiar de vida y todo aquello se acabó. No tiene sentido enjuiciar las decisiones del pasado, porque cuando se toman no se dispone de la información con la que se cuenta después, y porque en estas situaciones no hay contrafactuales posibles. No hay forma de saber cómo habrían ido las cosas de haber seguido viajando detrás de los bivalvos por otras latitudes. Así que nunca sabré si obré bien o mal, aunque al respecto tengo alguna sospecha.

Lo que sí sé es que aquellos fueron años maravillosos, intelectual y humanamente muy gratificantes. Guardo un magnífico recuerdo del periodo que va de 1984 a 1999. Y parte de la culpa la tienen esos deliciosos moluscos, esos berberechos y mejillones que vendía Molly Malone, por las calles de Dublín, hasta que murió víctima de la enfermedad.

¡Ah! Y no os perdáis el video.

[1] Bombean y filtran agua de manera permanente y comen las partículas microscópicas que quedan retenidas en sus branquias

No hay especies más antiguas, ni lenguas tampoco

En biología tenemos a veces la debilidad de referirnos a unas especies como antiguas, de considerarlas más antiguas que otras. Decimos, por ejemplo, que las esponjas son muy antiguas. Con las lenguas hacemos algo parecido. Así, decimos del castellano que es una lengua joven, mientras el vasco, por ejemplo, es antigua. Pero lo cierto es que no hay especies antiguas y nuevas, o viejas y jóvenes. Tampoco lenguas. Todas, especies y lenguas, remontan su existencia a los orígenes, a los de la vida en un caso y a los del lenguaje, en el otro.

Todos los seres vivos retrotraemos nuestro linaje hasta las primeras formas de vida que aparecieron sobre la faz de la Tierra y fueron capaces de dejar descendencia tras de sí generación tras generación. Todos somos herederos de aquellas formas y, por lo tanto, todos los linajes, sean del reino que sean, del filo que sean o de la familia o género que sean, tienen la misma antigüedad, tanta como la vida terrestre tiene.

Lo mismo ocurre con las lenguas. Es cierto que la lengua vasca se diferenció de otra u otras lenguas en la noche de los tiempos. No creo que sepamos cuándo ocurrió eso porque desconocemos cuál es su procedencia; su parentesco con otras lenguas o grupos de lenguas es un misterio. Pero eso no la hace más antigua que las demás. El castellano se diferenció hace unos pocos siglos de otras lenguas romances, pero sigue siendo, como ellas, un latín modificado. Y el latín, a su vez, hace algunos milenios se diferenció de otras lenguas preindoeuropeas, pero siguió siendo un preindoeuropeo modificado. Y así podemos seguir hacia atrás, hacia esa noche de los tiempos a la que antes me he referido.

Es cierto que en esta forma de expresarnos subyace una cierta convención. Damos por buena la identificación entre antigüedad y tiempo transcurrido desde que se diferenció de otros linajes, sean biológicos o lingüísticos. Pero aunque sea una convención, en biología no es una práctica recomendable porque contribuye a alimentar equívocos acerca de la evolución. Seres humanos y chimpancés procedemos de un mono que vivió en África hace unos ocho millones de años, pero ninguno de los dos somos más antiguos que el otro; nuestros respectivos linajes se separaron hace unos seis o siete millones de años, pero ambos tienen la misma antigüedad. Ambos linajes han experimentado cambios por deriva genética y por selección natural; quizás uno de los dos ha experimentado más cambios que el otro, pero si así fuera, eso no haría a uno más antiguo que el otro.

En relación con las lenguas tampoco me parece una práctica recomendable esa imputación de antigüedades. No hay jerarquías –no debiera haberlas- entre lenguas. Ninguna lengua es mejor o peor, más o menos útil, más o menos valiosa, más o menos merecedora de cultivo y protección por el hecho de que diferenciara antes o después de otras lenguas. Todas hunden sus raíces en los albores de la humanidad. Todas proceden de los primeros balbuceos de unos homininos que se esforzaron por comunicarse con sus vecinos mediante señales vocálicas. Somos, por ahora, los últimos eslabones de esa cadena. Todos hablamos lenguas que, de una u otra forma, a través de unos u otros vericuetos biológicos, geográficos, sociales y económicos, han llegado hasta aquí transformándose de forma continua, pero procedentes de un mismo código de señales vocálicas; en definitiva, de una misma lengua o protolengua. Todas las lenguas del mundo tienen la misma antigüedad.

Metáforas

John Higgs, en Stranger than We Can Imagine: Making Sense of the Twentieth Century (2015), pone en relación fenómenos aparentemente inconexos. Según su tesis, la Teoría de la Relatividad supuso una revolución intelectual de tal carácter que afectó de manera profunda al conjunto del pensamiento y la creación a lo largo de todo el siglo XX. Vincula de esa forma, ciencia, arte, economía, vida personal, música y otros ámbitos sociales e intelectuales, y lo hace recurriendo a elementos sorprendentes. El pasado siglo se habría caracterizado por ser el del punto de vista del individuo y del individualismo; esa es la idea central del texto. Recomiendo leer el libro, merece la pena.

A lo largo del siglo XX se produjo una curiosa divergencia: mientras la física se fue quedando sin metáforas –salvo, como es normal, las de carácter estrictamente matemático- la literatura ensayaba las más arriesgadas y las artes plásticas se adentraban, más allá de la metáfora incluso (si tal cosa es etimológica y lógicamente posible), por los terrenos de la abstracción. En todos los casos, eso sí, se produjo un alejamiento cada vez más acentuado de la experiencia cotidiana, de la figuración, entendida esta en un sentido muy amplio. La Teoría de la Relatividad y, sobre todo, la mecánica cuántica, en la física, el surrealismo, en todas sus manifestaciones artísticas, y el arte abstracto son, en apariencia al menos, del todo ajenos a la experiencia cotidiana.

Eric Kandel es un neurofisiólogo norteamericano de origen austriaco formado inicialmente como psicólogo. En 2000 le fue concedido el premio Nobel de Fisiología por sus trabajos sobre las bases fisiológicas de la memoria. A Kandel le interesa el psicoanálisis y le apasiona el arte abstracto, y esta afición le ha llevado a publicar dos obras muy interesantes, The Age of Insight (2012) y Reductionism in Art and Brain Science (2016). Por cierto, salvando las distancias, Siri Hustvedt, en su reciente libro de ensayos A Woman Looking at Men Looking at Women (2016), también se ocupa de las relaciones entre ciencia y arte de una forma no muy diferente a como lo hace Kandel.

Una de las conclusiones más interesantes que he extraído de esas obras se refiere al modo en que el cerebro procesa la información que recibe procedente de los órganos receptores. Dado que el observador trata de atribuir un sentido a la información sensorial, al tratar la información y convertirla en una percepción, incorpora el denominado procesamiento top-down (de arriba a abajo), que implica influencias cognitivas y funciones mentales de orden superior tales como la atención, el simbolismo, las expectativas y las asociaciones visuales aprendidas. Recurre no sólo a recuerdos, a experiencias anteriores propias, sino también, y de forma muy intensa, a emociones. La percepción es así un fenómeno complejo, que consiste, de hecho, en un acto creativo por parte del observador.

Lo dicho vale para todos los fenómenos de percepción, dado que la generación de imágenes o de nociones de otro orden es siempre un acto creativo o, si se quiere, re-creativo, pero lo es en mayor medida en el arte abstracto y otras formas artísticas en las que la obra no intenta reflejar la realidad de forma fiel. En esos casos, en el procesamiento de las formas más básicas y los colores se produce una intensa interacción top-down con las áreas encefálicas implicadas de una u otra forma en el gobierno de las emociones: la amígdala, el hipotálamo, y los sistemas moduladores dopaminérgicos. Al reducir las imágenes a formas, líneas, colores o luz, el arte abstracto depende mucho más de las emociones, imaginación y creatividad. Eso es lo que hace que la observación de una obra de arte abstracta pueda resultar muy gratificante.

Y esto me ha conducido a la literatura. Las metáforas empezaron cumpliendo en el lenguaje y en la literatura la función de ayudar a comprender el texto, recurriendo a términos bien conocidos para representar nociones menos conocidas. Sin embargo, ya en el Barroco (es posible que algo parecido ocurriese incluso antes) las metáforas cumplen un papel diferente: dificultan, de hecho, la comprensión, en vez de facilitarla. Exigen un mayor esfuerzo pero, a la vez, suponen un estímulo para que el lector adquiera protagonismo re-creando las nociones o la historia que se quieren expresar. Cumplirían así una función similar a al que juegan los elementos de una obra de arte abstracta, en mayor medida cuanto más se alejan del objeto que quieren representar, cuanto más arriesgadas son, en definitiva. Gran parte de la literatura del siglo XX se ha adentrado por esa vía, y no solo en la poesía. La literatura surrealista alcanza, en ese aspecto, niveles de alejamiento máximos. Y sin llegar a los extremos de la literatura más “difícil”, las mejores obras literarias del siglo XX exigen al lector un importante esfuerzo de re-creación.

Supongo que los mismos fenómenos neurológicos que dan cuenta de la gratificación que proporciona el arte abstracto estarían en la base de la recompensa que produce la literatura que exige un cierto nivel de esfuerzo. Y seguramente el mismo mecanismo es aplicable en el resto de manifestaciones artísticas.

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Por una de esas casualidades de la vida estos días he escuchado bastante a Leonard Cohen, un cantautor y poeta de lenguaje metafórico en grado sumo. Quizás por eso puso música al poema de Lorca Pequeño vals vienés, en una de sus canciones más conocidas: Take this waltz. He escogido esta versión sobrecogedora de Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández para ilustrar esta anotación. Cada vez me interesan más las metáforas.

¿Un proyecto vital?

“¿Cuántos de vosotros tenéis un proyecto vital?” Así lo he leído. Al principio he pensado que era retórica; luego me ha parecido que quien hacía la pregunta la hacía en serio. Echaba de menos un proyecto para su vida. Automáticamente he pensado en la mía: no ha habido un proyecto; si acaso, ha habido varios proyectos, los que surgían, unos más grandes y otros más pequeños. Y más de uno ha surgido casi sin darme cuenta.

No creo que la vida sea para hacer de ella un proyecto. Un proyecto vital implica, hasta cierto punto, un ejercicio de prospectiva. Pero yo tiendo a hacer lo contrario, no suelo mirar hacia delante, sino hacia atrás. A mí me gusta recapitular la vida, repasar lo que he hecho y, sobre todo, por qué lo he hecho. Me resulta estimulante ese ejercicio, e instructivo. Me descubro habiendo tratado de engañarme a mí mismo cambiando las verdaderas razones por las que hice esto o aquello. Cada vez me cuesta menos aceptar que esas razones no fueron siempre igual de honorables o de inocentes, o que en más de una ocasión me hice trampas jugando al solitario. Pero no recapitulo por afán de mortificación. Al contrario, me divierte. Y me interesa, sobre todo, aprender para que en la medida de lo posible lo que haga en adelante sea, al menos, coherente con lo que he hecho hasta ahora. Solo quiero poder reconocerme a mí mismo en lo que haga. Y que cuando hayan pasado algunos años más pueda, al mirar atrás, pensar que soy reconocible en aquello que hice, que fui yo quien lo hizo, alguien en quien me reconozco en cada momento.

Lo malo de los proyectos vitales es que si te empeñas en uno es fácil caer en la más profunda melancolía. He conocido a personas que tenían muy claro lo que querían hacer con su vida. No en todos los casos, pero la mayoría han visto como se derrumbaban su sueños y han tenido que conformarse con deambular con más pena que gloria. Estos días estoy escuchando mucho la balada de Lucy Jordan cantada por Marianne Faithfull. Es una canción conmovedora, habla de una mujer de mediana edad que se da cuenta de que su vida no ha sido como la soñó siendo joven; y pierde el juicio. He escogido, para acompañar esta anotación, la versión ilustrada por la huida de dos mujeres –también, como Lucy Jordan, de mediana edad- de unas vidas decepcionantes y con un destino trágico.

Coherente y grotesco

La concesión por el ayuntamiento de Cádiz de la medalla de oro a la Virgen es incompatible con el laicismo que debería caracterizar la acción política en y de las instituciones democráticas. La religiosa y la político-institucional deberían ser dos esferas independientes, pues esa independencia es la garantía de una separación real de la Iglesia y el Estado y, por lo tanto, de la igualdad efectiva de todos ante la ley.

En su día fue el Ministerio de Interior el que otorgó una medalla a una virgen. Mereció una amplia crítica porque mediante esa decisión una institución se identificaba con una confesión religiosa; pues bien, la misma crítica merece la decisión del Ayuntamiento de Cádiz, y por la misma razón.

En una entrevista concedida a un diario gaditano, Pablo Iglesias dice, para justificar la actitud de su partido, que “los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo.”

Lo que ha hecho Podemos en Cádiz no es ninguna excepción. Otros representantes institucionales toman decisiones similares a la del alcalde gaditano y su grupo municipal. Y no me refiero solo a la otra medalla. Hay otras formas en que los representantes políticos implican a las instituciones públicas en asuntos de carácter religioso. Por ejemplo, la presencia de representantes institucionales en celebraciones religiosas, cuando no es a título personal, constituye una cierta identificación entre la institución a la que representa y la confesión correspondiente. Es normal que un gobernante, si pertenece a una iglesia o profesa esta o aquella religión, participe en sus ceremonias, ejerce así su libertad religiosa. Pero si no lo hace a título estrictamente personal, es la institución a la que representa la que participa. No se me ocurre ninguna buena razón para proceder así.

La postura de Podemos en relación con la concesión de la medalla es populista. Es más, las justificaciones dadas son la misma esencia del populismo. Es tan sencillo como que si “el pueblo” –“la gente”, “los humildes”, “los trabajadores”, “las clases populares” (úsese lo que convenga en cada caso)- quiere algo o los líderes del partido morado tienen la convicción de que un número suficiente de personas lo quiere, las razones dejan de importar y se opta por esa querencia. Pero claro, Podemos es, lo ha sido siempre, un partido populista, por lo que esta decisión es absolutamente coherente con su naturaleza y trayectoria.

Esa forma de actuar –tan del gusto, por otra parte, de bastantes políticos de otros partidos- no tiene límites. Una vez se renuncia a los argumentos, a la razón o a los principios (cuando existen) porque se sacrifican en el altar de la “voluntad popular” o de los “sentimientos populares”, se abre un boquete por el que se puede colar casi cualquier cosa. Hace unos años debatí con Pablo Echenique acerca de la conveniencia de renunciar a defender la racionalidad científica cuando una mayoría se inclinaba a favor de opciones contrarias a ella. Él defendía esa renuncia apelando, precisamente, a la primacía de la voluntad mayoritaria, con independencia de que dicha mayoría estuviese o no equivocada. En el fondo ahora estamos en las mismas, solo que entonces eran opciones de carácter científico y hoy son de carácter cívico, pero las mismas.

Dejo para el final el aspecto -a mi entender- más chusco de este episodio, el de la forma de justificar la decisión del alcalde que ha ofrecido Pablo Iglesias. Al establecer una diferencia entre el grupo de “urbanitas de izquierdas” -al que se sobreentiende que pertenece él- y “el pueblo”, se está colocando automáticamente fuera de ese “pueblo” y, a la vista de lo que dice, no puede entenderse esa posición sino en relación de superioridad intelectual. No sé qué pensarán los gaditanos de esa consideración, pero las palabras del líder de Podemos rezuman paternalismo y condescendencia. Nada extraño en quienes llevan ya unos años dando al resto del mundo lecciones de todo tipo, moral incluída. Nada extraño, pero sí grotesco.

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El enlace no quería funcionar en el texto, así que ahí va la entrevista: http://www.diariodecadiz.es/andalucia/primarias-PSOE-mostrado-Andalucia-clientelar_0_1141986084.html

 

Ayer me levanté solidario y combativo

De los combates callejeros con los grises de los años setenta no me queda sino un vago recuerdo. De las manifestaciones pacíficas de los ochenta por la calle Autonomía solo retengo imágenes parciales, fragmentarias. Durante los años de las décadas del noventa y dos mil sólo las concentraciones contra el terrorismo conseguían apartarme de la lectura o el paseo vespertino pero, desaparecida ETA, las manifestaciones ya no son ni sombra de lo que eran. No tienen épica. Por eso, cuando descubrí change.org un universo de posibilidades se abrió ante mí. Ha resultado providencial; ha venido a rellenar un enorme hueco, uno que me atormentaba, que me hacía sentir vacío, como si me faltase algo verdaderamente esencial. Por fin puedo contribuir a cambiar el mundo. La plataforma de las múltiples causas, grandes y pequeñas, ha cambiado mi vida; ha dado un sentido a mi existencia.

Ahora, las mañanas que me levanto de la cama solidario, combativo, o las dos cosas a la vez, enciendo el portátil nada más desayunar, busco en change.org las causas merecedoras de apoyo y les doy mi voto. Me gusta ese sitio: es fácil, cómodo y, sobre todo, no me ocasiona coste ni esfuerzo alguno. Al contrario, mi conciencia me agradece cada día el apoyo desinteresado que ofrezco a todo tipo de causas justas. He sustituido la intensidad, la épica de las grandes movilizaciones de antaño por la prodigalidad de causas a las que apoyar. Tampoco me parece tan mal cambio: de esta forma puedo multiplicar la militancia.

Ayer fue uno de esos días. Salí de la cama pletórico, con el firme propósito de dar mi apoyo a las causas justas del día. Y encontré una buena causa a la que apoyar, claro que sí. El asunto se refería a la universidad, a la UPV/EHU. No es la primera vez que mi universidad es objeto de alguna campaña en change.org; hace casi un año hubo que pedir que se repitiera un examen de matemáticas de la selectividad, y hace unas semanas se trataba de que los estudiantes de magisterio pudieran cursar sus estudios completos en castellano. Ayer había que protestar contra la decisión de las autoridades universitarias de subir los precios de la matrícula del curso 2017/2018 para poder costear los gastos que ocasiona la limpieza de las numerosas pintadas que “adornan” las paredes de las dependencias universitarias. La he apoyado, por supuesto.

Pues bien, resulta que ahora va el rectorado y lo desmiente: dicen que eso no es así; que no se ha decidido subida ninguna; que las tasas no las decide el rectorado; y que no, que nunca será razón para subir los precios el que haya que borrar unas pintadas. ¡Ya! Claro, ahora que han visto que había una causa abierta en change.org han tenido que rectificar. A buenas horas vienen con esas. Como si no supiéramos cómo se las gastan los mandamases. A nosotros nos van a engañar….

Sobreformación, una noción absurda

Según el INE, un 28,2 % de la población española (mayor de 16 años) ha completado estudios superiores. Si nos circunscribimos a la población activa, quienes cuentan con formación superior representan el 38,6 %; y entre quienes están trabajando, los de nivel de formación superior son el 42,3 %. Lógicamente, eso quiere decir que las personas que cuentan con estudios superiores están menos representadas entre quienes se encuentran en paro: son el 22,4 %.

Si nos circunscribimos a la Comunidad Autónoma Vasca, los correspondientes porcentajes de personas con nivel de formación superior en cada uno de esos colectivos son los siguientes: En población general (mayor de 16 años), el 37 %; en las personas que se encuentran activas, el 53,3 %; entre quienes están ocupados, el 56,1 %, y entre los parados, el 32,6 %.

Que una persona con estudios superiores esté ocupada no quiere decir que lo esté en un puesto cuyo perfil y nivel sea acorde a su formación. Esto es una obviedad, pero la formulo de modo expreso porque estoy seguro de que, en otro caso, sería el primer y más frecuente comentario que se haría a este texto. Pero a pesar de lo anterior, lo que indican esos datos es que es más probable que tengan empleo quienes tienen estudios superiores que quienes no los tienen.

Viene esto a cuenta de una cantinela que oímos y leemos con frecuencia en los medios de comunicación, normalmente a algunos políticos, representantes del mundo empresarial y columnistas de opinión. Me refiero a esa idea de que en el País Vasco la gente tiene un nivel de formación más alto de que se requiere para ocupar los puestos de trabajo disponibles y que el acceso a estudios superiores debería ser menor del que es para no “malgastar” los recursos que invertimos en esos estudios y para no generar frustración en quienes se ven a obligados a trabajar en puestos de perfil formativo inferiores a los de quienes los ocupan. Utilizan el término “sobreformación” para referirse a ese fenómeno.

La primera idea que me viene a la cabeza cada vez que leo u oigo mensajes en ese sentido es que dudo que quienes los expresan estén pensando en sus hijos. Pero dejando al margen esa consideración, lo cierto es que ante datos como los que he presentado al comienzo, y que se repiten una y otra vez, es muy difícil convencer a nadie de que es mejor que no curse estudios superiores.

Por otro lado, si observamos esta cuestión con una perspectiva más amplia, social, sabemos que la productividad tiende a ser más alta en países y regiones con más años de escolarización; esa norma se cumple si comparamos los datos relativos a la Comunidad Autónoma Vasca y la Foral Navarra (las de más alta productividad) con los del resto de comunidades autónomas, por ejemplo.

En otro orden de cosas, hay una consideración de índole práctica que debe tenerse en cuenta, y es que ninguna sociedad se puede permitir el lujo de que no haya gente con niveles de formación superiores a los que demanda en cada momento su tejido productivo; porque si así fuera, no podría responder en tiempos razonables a necesidades de más formación que puedan surgir en plazos cortos de tiempo. Es una pura cuestión de flexibilidad. Si se buscase y consiguiese una ajustada correspondencia entre el número y perfiles de los puestos de trabajo y el número y perfiles de titulados superiores, ¿qué ocurriría si en un periodo relativamente breve de tiempo (unos pocos años) aumenta la necesidad de titulados superiores? ¿cuánto tiempo haría falta para reajustar la oferta y la demanda? De conseguirse, esa correspondencia ajustada sería un muy mal negocio.

Creo que lo dicho hasta aquí es correcto incluso si pensamos algo con lo que no estoy de acuerdo pero que subyace a todas las afirmaciones en el sentido de que hay sobreformación: que el nivel formativo ha de ajustarse a las demandas sociales y/o empresariales. No estoy de acuerdo porque a esa última idea cabe oponer dos argumentos adicionales. El primero es que una población con más formación genera de suyo más actividad económica y más oportunidades. Eso ocurre porque las personas formadas tienen la posibilidad de intentar hacer uso de las competencias adquiridas para ofrecer productos y servicios que no se ofrecen en el momento. Los llaman emprendedores y se supone que queremos que los haya.

Y el segundo es que la formación cumple variadas funciones. No ha de concebirse únicamente como una vía para adquirir y desempeñar un trabajo; sirve también para satisfacer las aspiraciones de desarrollo intelectual o creativo de las personas. Y, en general, las personas mejor formadas son personas más exigentes, más críticas y por esa razón, son verdaderos agentes de progreso.

Hablar de sobreformación no es que sea erróneo, es absurdo, porque la noción de sobreformación es una contradicción en sí misma.

Escepticismo a dedicación parcial

Anteayer se publicó una información extraña sobre un asunto universitario. La universidad de marras es la pública del País Vasco (UPV/EHU), la mía. Según la información en cuestión, un profesor muy querido por sus estudiantes, por dedicarles tiempo y esfuerzo más allá de lo que dictan sus obligaciones, ha renunciado finalmente a esa dedicación añadida porque así se lo han exigido sus compañeros de departamento. El profesor dice haber sucumbido a sus presiones.

En resumidas cuentas, en la historia hay, por un lado, un buen hombre y, por el otro, una cuadrilla de envidiosos (casi todos sus compañeros de departamento) y un monstruo burocrático sin alma: la UPV/EHU. Se dan todos los ingredientes para hacer de la historia un virus en las redes: el Bien (la dedicación del profesor) frente al Mal (la envidia de sus compañeros), Robín Hood (el profesor) en contra de la nobleza abyecta (la mayoría del profesorado de su departamento) y a favor de los más indefensos (los estudiantes), la institución pública alineada con el Mal y, como catalizadora, la tendencia natural del ser humano a simpatizar con los “más desfavorecidos”.

El asunto era demasiado goloso. Y, en efecto, en un largo fin de semana sin apenas noticias, la información en cuestión se ha convertido en tema estrella en las redes sociales de internet. Ha sido la noticia más vista y más compartida en la edición digital del medio que la ha publicado. La inmensa mayoría de los comentarios han sido, por supuesto, para ensalzar al hombre bueno y vilipendiar a los malos y a la universidad pública (en esto de vilipendiar, si hubiera sido privada no habría sido exactamente igual).

Lo desconozco todo acerca de los hechos relatados, así que no puedo opinar sobre ellos. Pero de la misma forma que me pasa con lo que cuentan personajes como Pàmies (sí, ese que recomienda ingerir lejía diluida para curar el cáncer, que sostiene que el virus del VIH no existe y que si tomásemos las plantas que él produce no enfermaríamos o nos curaríamos), lo que se cuenta en la información era tan extraño que hizo que saltaran mis alarmas escépticas. Reconozco que no sonaron enseguida: cuando leí la noticia en la edición en papel pensé que era una historia rara pero no reaccioné con desconfianza. La extrañeza me fue invadiendo poco a poco, y de la sensación de extrañeza pasé al escepticismo.

Porque, bien pensado, aunque no sea imposible, no es normal que CASI TODOS los profesores de un departamento se alineen en contra de OTRO. Es muy raro que CASI TODOS los profesores de un departamento pidan a un compañero que trabaje menos y que no atienda a los estudiantes a deshoras. No conozco ningún caso en que una buena evaluación provoque el rechazo de los demás compañeros; en mi departamento es impensable, desde luego. No es habitual (y tampoco creo que sea buena idea) que un profesor dé su número de teléfono particular a todos los estudiantes que se lo piden; yo, por ejemplo, estoy accesible por correo electrónico casi en todo momento pero no doy mi número particular, y eso mismo puede hacer cualquier otro profesor si lo desea. Es raro que los responsables universitarios (dirección de departamento, de escuela y rectorado de la universidad) no se alineen inmediatamente en defensa del profesor que se desvive por sus estudiantes. Son cosas demasiado raras como para no someterlas al cedazo de la prueba antes de darlas por buenas.

Sin embargo, muchos la han dado por buena sin mayores reservas. Lo que no hubiesen aceptado –y de hecho no aceptan- en la Contra de la Vanguardia lo han aceptado en este caso. Y es que esto del escepticismo va por esferas de la vida. Lo somos a dedicación parcial y dependiendo del asunto de que se trate y de quiénes sean sus protagonistas. Nos pasa a todos –me incluyo, por supuesto- porque como en tantas otras cosas, son factores emocionales los que acaban dictando el margen de lo que creemos y de lo que no. Y entre esos factores, los de carácter ideológico –y, en general, nuestro sistema de creencias- acaban ejerciendo una influencia determinante. ¿Cómo resistirse, por ejemplo, a zurrar a una universidad pública? Al fin y al cabo, todos los que han opinado han pasado por alguna de ellas y saben cómo nos las gastamos los universitarios.

No descarto que la información publicada el jueves tenga altas dosis de verdad, pero tampoco descarto que tenga las suficientes dosis de falsedad o tales carencias como para que las conclusiones que quepa extraer sean algo diferentes de las que se han extraído. Lo cierto es que no lo sé. Lo que sí he podido comprobar es que, ignorando el consejo de David Hume, muchos autodenominados escépticos ya la han dado por buena.

La posverdad era esto.