Post-hechos

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He leído por ahí más de una crítica a ese término que han acuñado los anglosajones: “postruth” y que en español dice Fundeu que es mejor decir “posverdad”. La oficialización del neologismo es cosa, al parecer, del diccionario Oxford, donde se dice que “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

No soy el Oxford, claro está, pero yo entiendo ese término de otra forma y, es más, es de las pocos neopalabras que encuentro útiles aunque, en realidad, a mí el que me gusta es “postfacts”, o sea, “post-hechos” (y sí, yo prefiero escribirlo con guión).

El problema de “posverdad” o de “post-hechos” es que son agramaticales a más no poder. Porque ni “verdad” ni “hechos” admiten, con el sentido que quiere darse a esos términos, un “post” tan extemporáneo.

La cosa se digiere mejor si en vez de decir posverdad o post-hechos, decimos “era (o época) post-hechos”. Porque el prefijo se refiere en realidad al periodo, época o era posterior a aquella en la que la verdad o, según mi preferencia, los hechos importaban. No se refiere a algo que ocurre después de la verdad o después de los hechos. Por eso no estoy de acuerdo con que haya equivalentes adecuados en español. No vale “tontería”, “falsedad” o similares.

Tal y como yo entiendo esa expresión, indica que durante esta época los hechos han dejado de valer lo que valían. Gracias en gran parte a Internet, los bulos tienen tanta credibilidad como los hechos fehacientes y mucha más difusión, porque lo raro, estrambótico o escandaloso atrae mucho más que la simple y normalmente anodina realidad. Esa es la cuestión. Y eso que, como digo, ha sido muy facilitado por internet y sirve a los propósitos de demagogos, manipuladores y cantamañanas de toda condición es, en realidad, una consecuencia más -una de las peores, quizás- de la nefasta influencia del “pensamiento” (por llamarlo de algún modo) posmoderno. Es el posmodernismo el que, al negar la objetividad (vale, algunos preferiréis intersubjetividad) y en algún caso hasta la misma existencia de la realidad, y al pretender que un buen número de fenómenos, rasgos y hechos de existencia contrastable no son sino construcciones sociales, echa por tierra cualquier pretensión de invocar verdades (entendidas como hechos constatables, no como absolutos metafísicos, por supuesto) y niega el valor de los hechos fehacientes como criterio último a que atenerse.

Sí, post-hechos denota algo nuevo. Aunque reconozco que es un término de difícil digestión.