Haciendo la calle

Herriko Taberna de la calle Ronda
Hace más de veinte años que hago la calle. Es una profesión como cualquier otra. Ejerzo con el boli y el papel y voy entrando al personal para ver si quiere rollo, es decir, para que me cuente cosas. Alguna gente entra al trapo y otra se mete al burladero y de ahí no le sacas, pero nunca nadie me ha dado puerta. Bueno, hace mucho, en una reyerta entre gitanos en la alhóndiga de Rekalde –con tiroteo y muerto incluido–, el patriarca me dio un garrotazo. Nada grave. Solo me hirió el orgullo.
Pero el jueves por la noche, en la herriko taberna de la calle Ronda, me adentré en territorio comanche. Intentaba conocer la reacción de la parroquia de la izquierda abertzale al final de la violencia. La lidia iba renqueante hasta que una nekane salió desde detrás de la barra para echarme con cajas destempladas. No quería periodistas husmeando.
Esbocé media sonrisa e intenté dialogar. No le interesaba el medio, ni los argumentos, ni el buen rollo. No me ofrecía ninguna salida negociada. Desalojaba sí o sí. Comprendí que aunque se hubiera muerto el perro, no se había acabado la rabia y vi que con esa señora era imposible cualquier atisbo de convivencia, reconciliación o esos términos grandilocuentes que estos días se repiten. Me odiaba porque no pienso como ella y eso ningún comunicado lo va arreglar.
Lo siento. Sé que hoy no es la reflexión más adecuada. Pero está escrito con las tripas. Cuando introduzca la razón ya se me ocurrirá algo más políticamente correcto.

Voto de pobreza

Que nuestros políticos no habían hecho voto de pobreza era sabido, pero la difusión de su patrimonio ha sido carnaza devorada con fruición por el gran público. Tanto que la exposición de sus miserias gananciales sometidas a la curiosidad del populacho colapsó hasta la web del Congreso. El destape patrimonial de sus señorías no ha defraudado y el que más y el que menos tiene el riñón forrado y las espaldas bien cubiertas.
No revelan ningún mérito. Que tuvieran menos significaría que se han pulido la pasta en chorradas o pondría de evidencia que algunos se administran de culo como Tomás Gómez con solo 1.400 euros en la libreta, o que otros, como Alicia Sánchez Camacho, mienten más que hablan ya que dicen deber al banco la friolera de 747.000 euros y ganar 82.593.
Varias conclusiones: No se entiende cómo hay tanto piso por vender si algunos políticos, artífices de la burbuja inmobiliaria, tienen cuatro por cabeza. Otra, cómo no iban a quitar el impuesto de patrimonio si ellos acumulaban alguna de esas riquezas. El problema es que tanto ladrillo no nos deja ver el bosque y sobre todo no nos deja formularnos por qué tienen sueldos de por vida, por qué cobran bien aunque realicen una gestión penosa y cómo pueden compatibilizar tres salarios de forma simultánea. Y eso que sus honorarios de políticos son bastante poquita cosa comparado con lo que luego ganan en los consejos de administración o en los puestos donde son recolocados.