Maldito buen tiempo

 

EL puerto de Bilbao rellenará dos hectáreas de la dársena de Udondo en Erandio para que la empresa Navacel fabricante de grandes componentes eólicos pueda expandirse. De Bilbao a Santurce, en las marismas de ambas márgenes de la ría se acumulan asentamientos industriales y urbanos, muchos hoy en desuso, abandonados o casi, de modo que me pregunto por qué y para qué cegar esta padura donde confluyen el río Gobela y el Udondo con la ría del Nerbio-Ibaizabal.

Pensando en positivo, tendrán donde verter los restos excavados de Zorrozaurre y de paso ampliar el tránsito para bicis y/o peatones; pero, ¿es necesario un gasto público para que lo use una empresa privada? Con tantas zonas de las márgenes de la ría en desuso (enfrente mismo), ¿no podrían utilizarse zonas ya rellenadas y degradadas? Porque ante nuevas inundaciones, ¿a quién reclamaremos? ¿Habrán pensado también en rellenar la dársena de Portu, la de Galdames o incluso urbanizar la de Lamiako? Ya puestos, ¿por qué no cubrir la ría y hacer carretera y aparcamientos? En fin, todo sea por el desarrollo… insostenible por supuesto. Bueno, hasta cegar el cauce del todo todavía hay margen.

Hemos sobrevivido al fin apocalíptico del mundo anunciado para el pasado 22/9 y ahora nos debemos seguir enfrentando a los pequeños apocalipsis de cada día con la frustración y penurias habituales; nada nuevo bajo el sol. No me refería al hipotético apocalipsis catalán, sino al “maldito buen tiempo” que nos está dejando más secos que el gaznate de un abstemio en Atacama. Pero cuando no llueve seguimos diciendo que hace buen tiempo.

Aunque por estos lares la sequía no sea preocupante, no conviene olvidar que el actual curso pluviométrico arroja 551 litros/m2/año, un 15% menos que la media de 1981-2010. Frente a los 1.600 litros que mojaron las calles del Botxo en 2013 puede que éste no llore ni 1.000 litros. No estamos en alerta de reserva de agua, pero nuestro reservorio es manifiestamente mejorable con la sequía llamando a nuestras puertas. Llueve menos y sacamos santos en rogativas quizá porque pensamos que cae del cielo sin que tengamos que ver ni que hacer para prevenirlo. Huracanes de potencia y frecuencia nunca vistos, lluvias torrenciales e inundaciones catastróficas alternadas con sequías arrasadoras… Cierto, el cambio climático es global, pero no lo es menos el despilfarro evidente de agua, por ejemplo en piscinas privadas por doquier; o la habitual sobreexplotación de acuíferos en un país de pícaros; el golf es un buen negocio (¡privado!) turístico, aunque con el agua que necesita una hectárea de hoyos se podrían regar al menos cuatro de alfalfa… Sumémosle una nefasta política del agua, de auténticos hijos del dios de la lluvia y daremos la impresión de ser incapaces de relacionar nuestras agresivas acciones sobre la naturaleza con sus consecuencias.

La tierra no es herencia de nuestros padres, sino préstamo de nuestros hijos. Pero nada importa mientras podamos rellenar marismas y disfrutar de este maldito buen tiempo.

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