Corazones que no se rinden

 

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Como todas las minorías, que viven encerradas en sí mismas, la clase dirigente crea su propio código de comunicación, su jerga particular. No suele ser un lenguaje elaborado, más bien es pobre, una retórica de persuasión muy simple. Lo fundamental es su repetición, porque de otra forma no tendría relevancia. Como los anuncios, su mensaje se basa en su exagerada redundancia más que en su esencia. La clase política es uno de esos grupos con dialecto propio. Podría hacerse un diccionario de términos usados constantemente en los medios de comunicación y en sus discursos. Me detengo en uno de los más frecuentes: normalidad. Por normalidad entendemos aquello que cabe dentro de lo aceptable en la sociedad y no desequilibra la diversidad y el horizonte de una comunidad. Sin embargo, su sentido en política es perverso.

La normalidad es lo que no inquieta. Lo que puede hacerse sin riesgos. O lo que da aparente seguridad; pero es falso. No hay concepto más conservador, al menos en política y gestión, que la normalidad. Se usa cuando no sucede nada. Y eso es lo malo, cuando no ocurre nada diferente a lo conocido y habitual. La normalidad es la oposición de lo nuevo y el cambio. Es una actitud anti innovadora. Es la negación de la utopía, una cierta desesperanza. La normalidad es el mantra de la política previsible, la que se construye sobre el mero sostenimiento del poder. Lo que justifica sus mermas e insuficiencias. La política que presume de normalidad la hacen los mediocres. Porque nada en un mundo tan desigual e injusto y en una sociedad como la vasca, con graves problemas y tantas ilusiones pendientes de cumplimiento, puede aceptarse la política de la normalidad con todos sus límites. Es una aceptación sumisa y cobarde de una realidad vulgar e inexorable.

Para la política actual la normalidad es un concepto positivo; pero no lo es. Es una trinchera. Un virus paralizante. Si aceptamos la situación de Euskadi dentro de la normalidad es que hemos asumido que España es un Estado válido, cuando es básicamente un Estado fallido, con dos hechos nacionales que ponen de manifiesto su fracaso, Catalunya y Euskadi. ¿Cómo puede ser normal que solo con arreglo a la ley, nacida de una Constitución fraudulenta, redactada bajo la presión de los poderes residuales de la dictadura y en un ambiente de miedo e ignorancia social, que España se mantenga en su forzada unidad negando a vascos y catalanes el más elemental ejercicio de la democracia? ¿Qué normalidad puede existir en una realidad ficticia y agresiva? Cada vez que oigo a un político, de aquí y de allí, hablar de normalidad sufro un ataque de indignación y furia. Se burlan de mí y de todos.

La normalidad desenmascarada

Aplicando una ley injusta, porque se opone de raíz al poder de la gente, un tribunal ha condenado al expresident de Catalunya, Artur Mas, a dos años de inhabilitación y multa, lo mismo que a la vicepresidenta de la Generalitat, Joana Ortega, y a la consejera de Enseñanza, Irene Rigau. ¡Ah, es la normalidad! Así lo ha declarado el presidente español, Mariano Rajoy, y así también los medios informativos del Estado han presentado esta sentencia humillante. ¿Pero cómo va a ser normal que se condene a quienes han cumplido con los deseos de la mayoría de su pueblo? ¿La normalidad es ocultar y pudrir los problemas y responder con escarmientos a las demandas de la ciudadanía? ¿Es normalidad judicializar la política? La normalidad española bloquea la democracia con su indecencia. Es lo más absurdo que pueda haber y define una situación surrealista.

La normalidad tiende a cerrar los ojos a la verdad, porque esta es incómoda. Le cuesta mucho reconocer la insuficiencia de los viejos métodos y no se encara con quienes plantean nuevas soluciones. España no puede hablar con Catalunya, porque el diálogo, en esencia, busca el acuerdo, lo que implicaría forzar al Estado a remover el status quo de su caduco modelo unitario. Tampoco se sentará a hablar con Euskadi cuando se le presente un nuevo proyecto de autogobierno en el que esté contenido el derecho a decidir de los vascos. Y aunque se le reconociera, España jamás permitiría la independencia y la tumbaría a sangre y fuego. La escuálida democracia española solo acepta un independentismo teórico, de lírica y papel, aquel que se reivindica, pero no se ejerce. El que amaga, pero permanece quieto. Un nacionalismo de deseos irrealizables. El que tenemos ahora, inmóvil y sin autoestima.

La política de la normalidad también empobrece a Euskadi. Mi percepción es que se ha convencido a los vascos de que la independencia es imposible y para consolidar esta falsedad se ponen como ejemplo los problemas que afectan ahora a Catalunya por su proyecto de desconexión del Estado y la conflictividad social y económica que está acarreando. La tranquilidad política es el ideal, nos dicen. Al mismo tiempo, el Brexit y otras amenazas que se viven en Europa parecen dar sentido a la razón de olvidar, o al menos aparcar, los propósitos de emancipación. Escocia y quizás Irlanda pueden impugnar esa maliciosa tendencia al repliegue nacional y la rendición a los poderes estatales. Nos hemos acomodado, es lo que ocurre. Y es un gran error, porque equivale a nuestra autonegación.

La libertad de Euskadi respecto de España va más allá de la coyuntura europea. Catalunya, lejos de ser un problema, es un ejemplo para nosotros; no por la metodología, que no parece la mejor, ni por el impulso estratégico inicial -por agravio-, sino por su capacidad de resistencia. A Catalunya se la está atacando sin piedad, utilizando incluso el juego sucio de sacar las corruptelas de su clase política para denigrar los deseos nacionales de una sociedad limpia, culta y creativa. Ni el 3 ni el 4%, ni la panda de los Pujol, restan un ápice de legitimidad a los anhelos de libertad de los catalanes. Los pillos españoles jugando a limpiar Catalunya, esa es la normalidad que se predica.

El mundo no es normal

Los optimistas y los ingenuos siempre creímos que el mundo da dos pasos adelante y uno atrás. Que siempre está avanzando, aunque sea poco. Y no, el mundo del siglo XXI camina hacia atrás. Sí, podrá ir hacia adelante en tecnología y en conocimiento; pero ahí está el brutal espectáculo de la destrucción de Siria, los miles de refugiados ahogándose a las puertas de Europa. El Viejo Continente se autodestruye en sus egoísmos y olvida lo que ha sido durante los últimos cincuenta años. El Reino Unido se atrinchera. La ultraderecha se envalentona y mira con ira el presente. Y en Estados Unidos, más de sesenta y dos millones de ciudadanos, han elegido a un demente como líder, quien ha prometido guerras, más armas y destrucción, además de muros y cierre de fronteras. Con este panorama, ¿quién puede hablar con rigor de normalidad, maldita sea?

No puede haber letargo, resignación y normalidad cuando las injusticias crecen, el desempleo empobrece a millones de personas, la gente sobrevive cada vez con menos y nuestros jóvenes tienen un inquietante horizonte de desilusiones por delante. La democracia, ya limitada, está en serio peligro. Con todas estas amenazas y el envilecimiento del mundo, con Trump invocando la guerra, ¿cómo vamos a hacer una política de normalidad? Más bien, hay que salir de la indiferencia y la zona de confort para arriesgar, atreverse a todo y plantarles cara a las nuevas tiranías, disfrazadas de sosiego y tecnología. Y decirle a la clase dirigente: ¿normalidad? no, gracias. Nunca hubo más razones para la desobediencia y la rebeldía, para el no, y menos argumentos para conformarse como ahora. Las oportunidades buscan corazones que no se rinden. Y viceversa.

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Requiém por la misa

Misa

Los que tienen razón son los únicos que la pierden; pero también en ese trance hay que ser dignos. Los dirigentes de Podemos tienen argumentos para pedir la supresión de la misa en TVE: es una incoherencia en un país aconfesional. Sin embargo, la eucaristía en la tele es una tradición y las tradiciones son lo último en morir. Yo lo veo así: quienes siguen este rito en las pantallas son personas mayores, enfermas o discapacitadas que lo viven como un consuelo. Quizás la misa televisada resulta tener algo de obra social. Creo que es mejor dejarla y que ocurra en las cadenas públicas lo que es realidad en las iglesias: que se queden vacías de fieles y curas y se llenen de telarañas. Es un asunto clamorosamente marginal.

Salvo milagro o dictadura, en pocos años no habrá culto los domingos y fiestas de guardar, ni siquiera para bodas y funerales que se han refugiado en ayuntamientos y tanatorios, donde han aprendido a ser solemnes y ceremoniosos. ¿Qué haremos entonces con templos y catedrales, joyas de la arquitectura? Supongo que las convertiremos en museos y salas de conciertos desacralizados. Y un día, sin que nadie la eche en falta y sin mediar el apocalipsis, la misa se habrá acabado, como acontece con todo lo inservible. Y, de paso, ahorraremos recursos. A ETB cada misa le sale por unos 3.000 euros, como la de ayer en Zumárraga. A los gallegos les cuesta 5.400 euros. TVE, que incluye en su presupuesto espacios para evangelistas, judíos y musulmanes, la factura anual por oficios religiosos alcanza los cuatro millones, demasiado para una sociedad empobrecida y, de hecho, laica.

Tenga cuidado Podemos -cuyo líder, irónicamente, se apellida Iglesias- con tentar al diablo, porque sus ansiedades provocaron audiencias históricas el último domingo. En España enseguida se apuntan al desagravio, como lo hacían en la plaza de Oriente con Franco cuando se rebelaban los vascos o los gobiernos europeos retiraban sus embajadores. A Dios lo que es de Dios, que ya es bastante. Hay que ver la cantidad de hipócritas que ha creado.

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Cuando el vecino de arriba arruina tu vida

EL FOCO

Onda Vasca, 16 marzo 2017

Sestao

La vecindad es el termómetro de una sociedad. Ya lo decíamos hace unas semanas a propósito de los proyectos de ciudad a los que se opone, a veces, irreflexiblemente la ciudadanía. No vivimos solos, esa es la cuestión. Compartimos mucho con la gente como nosotros. Y este compartir y vivir en comunidad es lo que define la sociedad. Vivimos juntos porque así vivimos mejor. Y la esencia de vivir mejor, juntos, es que nos ayudamos, estamos cerca de los demás en caso de necesidad. Y simplemente porque no podemos vivir de otra manera. No somos Robinson Crusoe, perdido en una isla.

De lo mejor que nos puede ocurrir es tener una vecindad amable, hombres y mujeres a los que vemos a diario, coincidimos en el ascensor o con quienes nos reunimos para tratar del gobierno de la comunidad de vecinos. Personas con las que incluso hacemos amistad. Es una suerte llevarse bien, convivir en armonía con los vecinos y vecinas.

Pero, al revés, pocas cosas hacen más insufrible la vida que tener un vecino o vecina molesto/a. Es de lo peor. Tanto como tener un trabajo insatisfactorio. Es parte importante de la insatisfacción vital. Son inevitables a veces determinadas molestias. ¿Quién no ha tenido que soportar al bebé de la vecina de al lado que llora desconsoladamente de madrugada? ¿O cuando los niños de arriba patean el piso? ¿O el ruido de una fiesta en el tercero? Esas cosas son aceptables, porque todos hemos tenido niños y todos nos hemos excedido a veces. Alguna bronca hemos tenido que escuchar de la pareja de al lado. O en la nuestra. Esas cosas son normales.

¿Y qué ocurre cuando el vecino/a te ensucia la ropa, mancha la escalera, no paga su cuota de propietario o se enfrenta a sus vecinos por cosas nimias, o el que crea conflictos de convivencia, por su insolidaridad e incapacidad de comportarse de acuerdo con las normas elementales de vecindad? ¿Qué ocurre cuando el vecino te amarga la vida? Entonces, cuando te toca un vecino/a insolidario y molesto, tu vida es una pesadilla. Una tortura. Todos podríamos contar historias de vecinos molestos, a los que incluso tuvimos que denunciar. Vecinos que nos amargan el día a día. O por cuyas molestias vendimos la casa y nos fuimos a otro lugar.

Nadie como los vecinos de la casa número 80 de la Gran Vía de Sestao saben lo que es tener un vecino que te arruina la vida. El domingo pasado, según todos los indicios, el inquilino del piso superior provocó un incendio de enormes proporciones, del cual se ha derivado el desalojo de todo el edificio. 60 familias han tenido que abandonar sus casas por este siniestro. Nadie sabe cuándo podrán regresar. Puede que haya que derribar el edificio y volver a reconstruirlo. No sabemos el tiempo que estarán desplazadas esas familias, instaladas en albergues, casas de acogida o en domicilios de familiares. Las vidas de estos vecinos de Sestao se han ido a la basura por culpa de un solo vecino.

Unos lo han perdido todo, otros no saben qué harán con la carga de sus hipotecas. Les han destrozado la vida.

Según las informaciones iniciales, el vecino incendiario se había escapado del Psiquiátrico de Zamudio, y regresó al hospital el mismo domingo tras el incendio. Hemos sabido también que este mismo individuo protagonizó un incidente en el metro de Bilbao, el pasado enero, cuando en la estación de Deusto dio gritos a favor de Alá y llamando infieles a todos los presentes. Dados los precedentes, el incidente llenó de terror a los que allí estaban, que pensaron lo peor. No es un delito, es cierto, gritar por Alá. Pero provoca miedo. El hombre fue internado en un psiquiátrico. Obviamente, se trata de una persona que tiene deterioradas sus facultades mentales. Como tal, lo respetamos y no vamos a criminalizar a quienes padecen estos trastornos de personalidad.

La cuestión es que él solo, un solo vecino, perturbado y huido del hospital psiquiátrico, incendió la casa en la que estaba alojado y de paso las de 60 familias que vivían en su mismo edificio. Los ha arruinado y destrozado por mucho tiempo. Una auténtica desgracia ante la cual solo podemos lamentarnos de su mala suerte. ¿Pueden prevenirse estos caos? ¿Debió el hospital alertar a la policía de la huida de este enfermo? ¿Debe obligarse a un enfermo grave a permanecer en el psiquiátrico hasta controlar su trastorno?

¿Ha existido negligencia o es un caso imprevisible?

No lo sabemos.

Y quiero obviar el hecho de que se trata de una persona inmigrante, que seguramente recibía ayudas públicas. En Sestao ya saben lo que es tener problemas de convivencia con personas de otras culturas, y no voy a abundar en este tema tan resbaladizo.

Creo que antes de comprar una vivienda nos deberían dar noticias de los vecinos con quienes vamos a compartir el edificio. Va en serio. Sería partidario de crear un certificado de buena conducta vecinal, que se juntaría a otros informes sobre la casa, como la eficiencia energética, año de construcción, el tejado y el mantenimiento general del edificio. Es una de las cosas más importantes. Tenemos que extremar las normas de convivencia.

Un vecino molesto, insolidario, ruidoso, sucio o violento es un vicio oculto. El comprador de una vivienda tiene derecho a saber que puede cargarse con un vecino insufrible. Y si se le oculta este importante dato, la venta podría ser fraudulenta. Es lo que creo que habría que legislar o normativizar.

Quiero enviar mi solidaridad a los vecinos de Sestao afectados por este terrible incendio. El Gobierno Vasco y el Ayuntamiento buscan pisos deshabitados en el pueblo para alojar a las 60 familias damnificadas. Como suele ocurrir en estos casos, se ha desatado una gran solidaridad con estas personas. Y eso demuestra que, más allá de la mala conducta de unos pocos, la gente es buena, respetuosa y amable. Unos pocos arruinan cada día nuestra tranquilidad. Yo les recomiendo que no acepten nunca a un vecino molesto. No es usted quien se tiene que irse, sino que hay que pararle los pies a ese vecino/a molesto. ¡Guerra al vecino canalla!

¡Hasta el próximo jueves!

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Fantasmas en la tele

Iker BErtin

 

Ante casi dos millones y medio de espectadores, el gasteiztarra Iker Jiménez le dijo a Bertín Osborne en Mi casa es la tuya que a Félix Rodríguez de la Fuente le mataron, que no fue un accidente de avioneta en Alaska, sino un sabotaje asesino contra el naturalista y un miembro de su equipo. Ocurrió en 1980 y fue una inmensa desgracia para la televisión y el mundo entero, que perdió al más grande divulgador de la naturaleza, un héroe para los niños de varias generaciones. El cantante y presentador no salía de su asombro ante tan terrible revelación que venía a alimentar antiguas versiones sobre las difusas circunstancias del percance. Iker es coherente con el fondo enigmático de su programa Cuarto milenio, once años en cartel, el único que se atreve a tratar temas paranormales, de ovnis, zombis, presencias fantasmales y todo lo que queda por debajo de la línea de lo racional. Le encanta cultivar la imaginación popular.

Iker es un superviviente que come de los secretos olvidados y los rastros de los viejos mitos, mal avenidos con la ciencia. Y como aún quedan miles de seguidores de lo oculto, crédulos e ingenuos, es por lo que Jiménez ejerce en las noches de los domingos en Cuatro como eficaz vendedor de misterios. De hecho, prepara un episodio sobre la muerte del gran amigo del lobo, apoyado en la teoría del falso siniestro o “que parezca un accidente”. Iker no dice que bastaba con apartar a Félix de sus documentales para aniquilarle.

Jiménez perdería su mercado sin el caldo de cultivo de la paranoia social. Mucha gente acepta la certeza de las más increíbles conspiraciones. Y, sin embargo, margina asuntos tan reales y velados como el espionaje masivo que ha denunciado Julian Assange, el héroe de WikiLeaks. O de la verdad incómoda de Edward Snowden. Nos enteramos de que los sistemas de espionaje de la CIA convierten nuestros smartTV en ventanas de videovigilancia. Ya lo sabe. No se le ocurra pecar delante de su televisor, algo difícil con la pantalla frente a la cama. Apague la luz, a las chicas les gusta en penumbra.

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Esa Patria no es la mía

Parria copia

DEIA me publicó el pasado 28 de febrero, un artículo bajo el título “Oigo, “Patria”, tu manipulación”.http://www.deia.com/2017/02/28/opinion/tribuna-abierta/oigo-patria-tu-manipulacion Mi escrito era crítico con el fenómeno literario -a mi juicio, inflado, artificial e ideológico- que se ha montado alrededor de la novela “Patria”, del escritor donostiarra Fernando Aramburu. Por supuesto, no era una crítica erudita sobre el valor literario de la novela, porque ese no es mi quehacer. Lo de menos, decía, era mi opinión sobre el libro, que a mí me parece reduccionista, mediocre e indigno de tantos elogios que viene recibiendo y con tan poco bagaje como para ser un bestseller. La veo como una novela vulgar que a los poderes del Estado les ha parecido conveniente introducir en la batalla del relato, un fetiche que les ocupa y les preocupa. Se diría que le han utilizado con ese propósito descabellado.

Mi escrito me ha valido respuestas a favor y en contra, que me han llegado a través de mi blog y de Deia.com, además de las que he tenido noticia por otros medios y en la calle. Lo normal. También he recibido otras opiniones solidarias de personalidades importantes del mundo literario, que es mejor ocultar por su propio bien y prudencia. La industria editorial se cebaría en los opositores.

El caso es que El Correo Español publica hoy, 13 de marzo, un artículo de opinión, http://www.elcorreo.com/bizkaia/culturas/libros/201703/13/patria-dedo-llaga-20170312201809.html firmado por Jesús Prieto Mendaza, antropólogo de profesión y habitual colaborador del periódico, el mismo que fue fiel apoyo de la dictadura franquista hasta que llegó el momento de chaquetear. En su artículo Mendaza se refiere al mío, sin mencionarme expresamente, al que califica de “piropos expresados a través de la pluma de un conocido articulista”. Acto seguido recoge frases sueltas de mi escrito sin orden ni concierto, desenfocando el sentido de mi mensaje.

Correo

La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque a lo que era una opinión mía, individual y no representativa más que de quien la firma, otorga una manifestación colectiva del nacionalismo vasco “moderado”, es decir del PNV. Dice Prieto sobre el desacuerdo con el libro de Aramburu: “Se me hace mucho más difícil comprender esa especie de veto no explícito, pero en la práctica poderosamente eficaz, del nacionalismo jeltzale”. Más adelante, añade: “¿A qué obedece esta posición negacionista del nacionalismo moderado a reconocer la contribución sanadora de la obra de Aramburu?”. Omito otras consideraciones que el autor aporta para denostar, por mi causa, al nacionalismo vasco, del que dice le resulta “muy difícil condenar a los miembros del mismo grupo corporativo, la misma tribu”. ¡Ay, vuelta a los tópicos que ya creíamos olvidados y que tanto castigaron a esta sociedad durante años! Prieto regresa con ira al pasado porque algunos no aceptamos “la contribución sanadora” de la superficial historia escrita por Aramburu.

Vamos por partes. Es cansino tener que recordar a Prieto Mendaza y a otros de su misma paranoia intelectual que el contenido y enfoque de los artículos de opinión publicados en un periódico, cualquier periódico, no implican menoscabo ni identificación con la línea editorial del medio en el que se imprimen. Son opiniones individuales e intransferibles. ¿Es tan difícil entender un concepto tan simple? En DEIA, donde vengo escribiendo desde hace más de 30 años firman artículos personas con ideologías y opiniones muy diversas. Pueden leerse escritos, entre otras personalidades, del profesor Ramón Zallo, del conocido dirigente socialista Josu Montalbán y de mi buen amigo y archisocialista José Luis Uriz, nacido en la misma finca de la calle Ferraz que alberga la sede central del PSOE. No por eso, por publicar sus criterios sobre la realidad pública vasca a los colaboradores fijos o esporádicos de DEIA se les ubica en Sabin Etxea, ni abrazan con entusiasmo el legado de Sabino Arana. Sus opiniones son exclusivamente suyas, sin más proyección.

Siguiendo ese mismo principio, las opiniones de alguien identificado con el PNV, como es mi caso, no implica que sean las mismas de la formación jeltzale. El PNV habla a través de sus ponencias, estatutos, congresos, sus dirigentes, órganos colegiados y por sus portavoces autorizados. Yo escribo con mi nombre y apellidos, no lo hago en nombre del PNV. Mis opiniones son exclusivamente mías. ¿Es necesario recordar algo tan elemental? ¿Cuándo se acabarán en Euskadi los prejuicios sobre la disidencia frente a las posiciones ideológicas contrarias a las propias?

De lo dicho por Mendaza en su escrito me ha llegado al alma lo de “la contribución sanadora de la obra de Aramburu”. ¡Santo Dios, contribución sanadora! Pero, ¿qué dice usted? “Patria” es solo una novela y nada más que una novela. Que sea de mejor o peor calidad literaria es un debate que no viene al caso. Una novela que algunos quieren situar como parte del dichoso relato o memoria histórica de Euskadi, la de los últimos cincuenta años. “Patria” no es la biblia, ni palabra sagrada que tenga que sanar a los equivocados de la nación española, ni a los disidentes que no aceptamos, por falsa, la simpleza de que la sociedad vasca es culpable de silencio, equidistancia o complicidad con la violencia de ETA. “Patria” un relato pobre y particular a partir de personajes caricaturescos y situaciones deformadas. Solo nos faltaban los curanderos y hechiceros. ¿Para sanarnos de qué?

Lo plasmé en mi artículo y lo repito ahora. Hace mal Fernando Aramburu en aspirar a ser el Günter Grass vasco. Quizás él se deja. O ha encontrado un yacimiento editorial para su carrera. La cuestión es que el relato tiene que ser una historia coral, de todos y entre todos. Cada ciudadano vasco tiene su propia consideración de lo que ocurrió. Sabe lo que hicieron unos y otros: el Estado con sus crímenes y bajezas, y ETA con su salvaje terrorismo. Aramburu parece más un producto de una campaña de mercadotecnia de su empresa editorial que un novelista libre de ataduras. La campaña es muy inteligente, pero falsa.

Lo que puede querer Mendaza, y no sé si Aramburu, es que la ciudadanía vasca acepte el relato oficial o el olvido de la izquierda abertzale. Y no va a ser ni lo uno ni lo otro. Va a ser lo que queramos hacer entre todos. Yo no creo en la capacidad del simbolismo para crear una memoria honrosa. Esa manía de los monumentos, días de la memoria, instituciones de historia, placas callejeras y ramos de flores se acerca más al género del teatro que a la dignidad social. Demasiado simbolismo. Muchos valles de los caídos. Exceso culpabilidad institucional. Engolamiento. Ya lo he dicho en otros escritos: sería mejor contratar a una compañía de teatro que escenificasen un drama. Es patético ver lo forzado de los gestos compungidos de las autoridades, lo teatral de los eventos programados. Y no, no es eso. Tiene que ser más natural, más auténtico. Y no lo está siendo. Esto de la memoria empieza a ser una industria para algunos.

Mire usted, señor Prieto. La gente quiere olvidar, sin dejar un rastro de silencio. La gente no es culpable. Lo son los partidos políticos, cuyos dirigentes, durante muchos años, salían por la puerta trasera de la iglesia en los funerales de las víctimas. Los que callaban. Los que no hicieron lo que había que hacer para resolver el problema de la violencia. Hubo un Estado que montó con dinero público y en nombre de los ciudadanos españoles una organización terrorista. Es un hecho de tal gravedad que en España tenían que morirse de vergüenza, al mismo tiempo que en sus cunetas yacen los represaliados de la dictadura. Allí siguen penosamente.

La gente no necesita ninguna “contribución sanadora” de nadie. Es lo suficientemente madura e inteligente, es tan éticamente superior como para saber lo que tiene que hacerse. Y lo que no; por ejemplo, dejar de decir lo que tiene que sentir y lo que debe pensar. Ya vale, ya vale de una maldita vez. Ese dirigismo, esa tutela de la prensa y la política institucional me repugna, porque concibe la sociedad de forma totalitaria. No, la paz no se enseña. La historia es mayormente una patraña, siempre lo fue, contada por los ganadores o los pagados por poderes culpables cuyas manos están ensangrentadas. La paz y la verdad están en el corazón libre y limpio de la gente.

Déjele en paz a este país, señor Prieto Mendaza. Es un pueblo feliz, con grandes dificultades. No hay nada más importante que el presente y el futuro. La vida de cada día que tenemos por delante. El pasado son tumbas y tristeza. Déjenos recordar en paz y a nuestro modo, sin tutelas. El pasado no existe: el pasado existió. 

 JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

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