En un pequeño país que construía en las laderas

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EL FOCO

ONDA VASCA, 19 enero 2017

Pues verán ustedes: Euskadi es como es. Tenemos montes y llueve mucho, bendito sea. Y como hay montes, hay desniveles y no tenemos más remedio que construir las casas y los caseríos en sus laderas, dejando por encima de ellas o tras ellas bosques de árboles, que tenemos muchos y que son parte de nuestra riqueza natural, que disfrutamos y presumimos. Y esto ocurre en casi todos los pueblos de Bizkaia y Gipuzkoa, Navarra y en menor medida en Álava. Podríamos no construir en plano inclinado, para no tener que talar árboles y no edificar tanto. Podemos, pero en los valles no cabríamos todos, por lo que el hormigón y los ladrillos han de escalar los montes. Es así, fue así y tendrá que seguir siendo así.

Euskadi no es zona sísmica, como en el centro de Italia, o Japón. Pero hay derrumbes, porque las laderas de los montes delante de las que hemos construido nuestras casas y carreteras, se caen, y arrojan sobre los edificios y los caminos grandes piedras, árboles, tierras y maleza. Y se produce una gran catástrofe que, si bien no arroja generalmente víctimas humanas, provoca desgracias a muchas familias, muchas personas, muchos pueblos.

Cuando todavía no nos hemos recuperado de los derrumbes de las laderas de Kamiñalde, en Ondarroa, ocurridos en marzo del pasado año, con más de cien familias aún fuera de sus casas y sin fecha de regreso, cuando todavía ni siquiera hay un plan financiero de cómo y quién va a pagar estos destrozos, divididas las administraciones en querellas, informes geológicos y planes alternativos que incluso pasan por el derribo de una parte de los edificios, cuando aún estamos en estas, llegan las lluvias de este extraño invierno y tumba las laderas en Bergara, donde el monte le ha dado un abrazo de piedras al barrio de Bolu, lo que ha provocado que 21 familias hayan tenido que ser desalojadas de sus casas ante los riesgos de nuevos desprendimientos.

El alud de piedras, árboles y tierra ha producido un enorme surco a través del cual empezó a correr el agua que iba directamente hasta las casas. No sabemos cuál es la situación actual, si los derrumbes han dañado los edificios o se trata de algo que puede corregirse mediante el apuntalamiento de la ladera o alguna actuación de este tipo que garantice la seguridad de las personas. Además, en Ugao-Miraballes, en un tramo de la autopista A-8, se han desprendido rocas de la ladera, taponando dos carriles que dificultan el tráfico. Y por supuesto, de nuevo en la carretera de costa entre Zumaia y Getaria, todo un clásico, el monte ha lanzado su regalo de piedras sobre el camino, que una vez más ha tenido que cerrarse para el enésimo arreglo. Creo que hay que incluir esta carretera entre los atractivos turísticos vascos, donde los visitantes podrían contemplar cómo caen pedruscos de la ladera y tapan el camino. Es una idea.

Junto a la tragedia de las familias y los quebrantos que supone para las instituciones acometer estas catástrofes, quiero poner el foco en los rituales que acompañan estos hechos dramáticos. Hay tres fases: la primera es la que corresponde a esos héroes del salvamento, bomberos, ambulancias, personal sanitario y brigadas de desescombro, que han de realizar su trabajo en el momento de la desgracias, para los desalojos, el traslado y atención de personas, la limpieza inicial, lo imprescindible y urgente. Es la fase del impacto. Ocurre durante las primeras horas. La segunda es la fase de la solidaridad, cuando todo el pueblo, con su Ayuntamiento a la cabeza, se vuelca con los afectados. Y viene el apoyo a las familias y su realojo en hoteles, casas rurales o en domicilios de allegados. Todo esto ocurre en el siguiente día. Es la orgía de la solidaridad y también de las promesas de solución. Y la tercera, es la fase de la confusión y la soledad, cuando con el paso de los días, mientras los geólogos y los técnicos analizan la situación de las laderas y del estado de los edificios, se entabla la discusión de quién paga los destrozos y los gastos que generan las familias realojadas. Las víctimas se quedan solas.

No queremos que en Bergara ocurra lo que en Ondárroa, con un lío monumental sobre quién y cómo se van a pagar los muchos millones que cuesta toda la avería. ¿Les corresponde a los vecinos, a los seguros, a las constructoras, al Ayuntamiento, al Diputación, al Gobierno Vasco, al central? ¿A todos? ¿Y en qué medida? Sé que es un asunto complicado, pero la larga experiencia que estamos acumulando en los destrozos por las laderas derrumbadas y las lluvias caídas, deberíamos ser al menos un país serio. Y establecer un protocolo, incluso a nivel de ley, que contemple cómo prevenir y resolver esta situación.

Me imagino que tendremos que ser más exigentes en las condiciones técnicas de construcción en laderas. Y que los ayuntamientos deberían tener respaldo técnico suficiente para establecer criterios en cuanto a permisos de edificación junto a taludes. Y que se deberá establecer una previsión financiera para los casos extremos. Quizás haya que crear un fondo de catástrofes para que los vecinos, que son los menos culpables no tengan que sufrir el ping-pong institucional que les deje sin solución clara y solos, muy solos.

Somos en este país muy de solidaridad en caliente y poca efectividad en frío. Muy poco previsores. A mí me produce vergüenza el desconcierto cuando unos y otros no saben qué hacer ante un imprevisto. Somos un pueblo de montes, lluvias, viviendas en las laderas y carreteras de montaña. Necesitamos una actuación integral en esta materia y menos espectáculo de solidaridad sin solución. Tenemos que hablar de esto. Y no esperar a que las próximas lluvias nos dejen otra vez en evidencia. Por favor, la culpa no la tienen nuestros divinos montes, nuestros adorables árboles y la lluvia que nos baña. No es una maldición. Carecemos de una visión general de país en medio de tanta administración y tan poco entendimiento.

¡Hasta el próximo jueves!

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La pederastia y la ley del silencio

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Se creía impune. Como todos quienes han vivido amparados por poderes absolutos como la Iglesia católica, Juan Kruz Mendizabal, el cura pederasta puesto al descubierto en la diócesis de San Sebastián, pensaba que sus acciones de depredador sexual permanecerían ocultas. Por eso, encadenó varias, tres, de las que de momento se tienen noticia cierta. Se sabe que los tipos como él, con conciencia de su inmunidad, no tienen freno. Son insaciables, mienten, manipulan y suelen ser encantadores en su entorno. Y lo peor de todo, carecen de empatía y dejan un rastro de sufrimiento infinito en las vidas de sus víctimas, a quienes considera objetos de su deseo. Bajo la sotana de este sujeto había una historia desconocida de maldades infringidas a los seres humanos más indefensos, los niños, y la vieja ley del silencio que, finalmente, le ha dado patente de corso para sus fechorías, envuelto en una leyenda de carisma y admiración popular. Ese silencio cómplice hizo que Mendizabal llegara a ser el número dos en el escalafón del obispado.

¿Qué nos enseña este suceso? Incontables lecciones. La primera es la perenne ingenuidad de la sociedad vasca. La sensación de sorpresa con que los medios de comunicación locales han narrado este brutal episodio pone de manifiesto una enorme carencia de información sobre la naturaleza de la pederastia y hasta qué punto el sector profesional de la fe está atravesado por su práctica. ¿Qué tiene de raro un cura que abusa sexualmente de los niños en Euskadi? Contándose por miles los hombres y las mujeres que siendo menores fueron violentados por sacerdotes, ¿cómo se entiende la enfurecida extrañeza de la gente? ¿Tan potente es el olvido y tan indigna es la justificación de lo que ocurrió durante décadas en parroquias, colegios, seminarios e instituciones benéficas?

El caso Mendizabal pone en evidencia que el miedo reverencial que suscita la Iglesia sigue instalado entre nosotros, a pesar de la marginalidad del catolicismo real en Euskadi. Es una herencia cultural, y no sé si genética, para cuya superación necesitaríamos mucho más que el conocimiento de escándalos como este y la valentía de examinar lo que fue aquí la tragedia de la pederastia eclesiástica y sus devastadores efectos. Es como si haber sido creyentes alguna vez nos hubiera proporcionado la negación de la verdad humana a cambio de la divina. No comprendo esta flojera moral en una Euskadi crítica.

La estrategia Munilla

El espectáculo de la prelatura de San Sebastián en este asunto, coherente con la personalidad de Munilla, es digno de análisis. Tenemos al obispo oficial, el indignado y justiciero, que castiga al depredador y dice apartarlo de la comunidad cristiana, obligándole a “un proceso terapéutico psicológico y espiritual, colaborando en la reparación de lo ocurrido”. Y tenemos al obispo real, el auténtico Munilla, desde cuyo despacho se comunicó que Mendizabal, una vez destituido como vicario general y párroco de San Vicente, se tomaba “un año sabático”. Munilla mintió. Lo de menos es el octavo mandamiento y su quebranto; lo que importa es la falsa estrategia del prelado, que consiste en aparentar una cosa -la indignación, el perdón y el castigo- y hacer otra, dejando a Mendizabal seguir ejerciendo como sacerdote, casi sin control, hasta que se conoció el tercer caso de pederastia de quien fuera su mano derecha. Lejos de ser un obispo identificado con el Papa Francisco, Munilla está tratando de apagar el incendio de su diócesis con mentiras y una actuación permisiva con el depredador sexual, bajo el disfraz de la contundencia verbal y el semblante sombrío. En ningún caso, el sacerdote abusador de niños debería haber seguido como cura ni un día más después de conocerse tan miserables hechos.

Lo peor no han sido las mentiras de Munilla y sus dobleces. Es que se ha hurtado a la justicia civil lo que le corresponde. Amparado en la ley de enjuiciamiento criminal español, que data de 1882, ¡aún vigente!, el año en que nacieron Igor Stravinski y James Joyce, que excluye de la obligación de la denuncia de delitos cometidos por eclesiásticos que hubieran sido revelados en el ejercicio de sus funciones. Este privilegio, absolutamente inconstitucional, es en el que se ha amparado Munilla para no cumplir su obligación de acudir a la justicia ordinaria en cuanto conoció estos delitos, ni siquiera presuntos, puesto que han sido reconocidos por su mismo autor.

Por mucho que los chicos, víctimas de Mendizabal, hubieran decidido no comunicar a la Ertzaintza o al juzgado los abusos sexuales a los que fueron sometidos y que optaran por la vía eclesiástica, no le quita a Munilla su responsabilidad por haber ocultado a la justicia civil estos delitos. ¿Cuál era el propósito del obispo? Aplicar la ley del silencio y negar la verdad a la sociedad conforme a la creencia de que la Iglesia no es de este mundo. ¿Qué grado de libertad real dispusieron las víctimas para que el cura fuera juzgado exclusivamente en el ámbito de la comunidad religiosa? ¿Por qué han tenido que transcurrir más de veinte años en un caso y más de diez en los otros dos para que se denunciaran los hechos? Por el mismo motivo que miles de adultos ocultan hoy la humillación sufrida en colegios y parroquias: por vergüenza y sentimiento de culpa, poderosas emociones, aliadas de los pederastas para encubrir su carrera delictiva. Cuando se entienda que la vergüenza y la culpabilidad son formas de cobardía quizás podamos emprender una regeneración histórica, largamente aplazada.

Victimismo sin compasión 

Cualquiera que haya leído Instrumental, del pianista y escritor británico James Rhodes, violado por su profesor de boxeo entre los cinco y diez años en un colegio de élite, y quien visitó Bilbao en septiembre pasado y volverá en junio al Arriaga, puede hacerse una idea de las secuelas psicológicas y emocionales, prácticamente incurables, que dejan los abusos sexuales sufridos en la infancia. Si la sociedad tuviera conciencia de esta tragedia no la escondería bajo un manto de silencio y, por qué no decirlo también, envuelta en la disculpa tácita hacia los sacerdotes católicos. Es mucho más grave si el autor es un cura, porque su delito aumenta por su posición de confianza y autoridad sobre los menores.

No, Euskadi tampoco hace justicia a las víctimas de la pederastia. Aquí somos mucho de callar y sentir vergüenza de lo que nos han hecho. Somos muy de sentimientos de culpa. El peso específico de la Iglesia en nuestras vidas ha sido demoledor, con su prédica de la resignación y su perverso sentido del perdón universal. En medio del escándalo Mendizabal hemos oído que la información sobre el caso está inspirada y motivada por la irreligiosidad y el odio a la Iglesia. La intocabilidad de esta institución antes estaba garantizada por el silencio impuesto por su rígido sistema de valores y su vínculo con la autoridad civil, por dos miedos que se complementaban. Y ahora, cuando una gran parte de la sociedad se ha liberado del yugo de la fe y la tutela eclesiástica, el argumento de defensa es el victimismo. Vuelve la persecución religiosa, dicen.

¿Y quién ha pensado en las víctimas de verdad, esos niños, todos los niños cuya inocencia fue profanada? ¿Quién se ha preocupado de cómo se encuentran, cuáles son sus necesidades, qué se puede hacer por ellas? Sí, el fiscal de Gipuzkoa va a intervenir ahora, una vez que los hechos han transcendido a los medios. Dicen desde la fiscalía que se ha iniciado una investigación contra Mendizabal, aun sabiendo que los delitos han prescrito. Una justicia que prescribe en una organización lenta y perezosa: esa es la justicia en España. La Iglesia exhibe su victimismo para salir impune. Sin compasión. La compasión es el mínimo ético que cabe en una sociedad humana digna de tal nombre. Sí, la compasión, el último vestigio de Dios en el mundo.  

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ 

Consultor de comunicación

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Pederastia o el silencio como arma de destrucción masiva

EL FOCO

12 enero 2017

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Esta es una mirada implacable sobre un asunto delicado, precisamente uno de esos casos en los que hay ser especialmente valientes, abandonando prejuicios y miedos heredados de otros tiempos. Es casi un tema tabú: la pederastia de los sacerdotes católicos. El suceso ya lo conocéis: por primera vez, la diócesis de San Sebastián, regida por el simpar obispo Munilla, ha condenado en procedimiento eclesiástico a quien fuera vicario general de la diócesis, Juan Kruz Mendizábal, sobre quien recaía la acusación de dos casos de abusos sexuales a menores, hechos ocurridos entre 2001 y 205, es decir, hace más de una década. Los hechos están probados y aceptados por el pederasta y ocurrieron en el entorno de la parroquia de San Vicente, en la parte vieja de Donostia, dentro de las actividades del grupo de tiempo libre “Xirimiri Gazte Taldea”. Es la historia de siempre: las excursiones de los niños se convierten en el perfecto escenario para los delitos sexuales y la violencia contra los menores, entre juegos y risas los canallas afloran sus maldades.

El caso no ha tenido escenario judicial, solo eclesiástico, lo que constituye el primer escándalo. Los niños denunciaron al cura el pasado año (después de más de diez años) en el ámbito parroquial, sin trascender a los juzgados. Como consecuencia del procedimiento de régimen interior, el cura pederasta fue destituido de los cargos de vicario general y de párroco de San Vicente, siendo excluido también de la parroquia de San Ignacio de Gros. Cuando se realizó la destitución, se comunicó que la salida del sacerdote abusador de niños obedecía a que éste se tomaba “un año sabático”. Según creo, el octavo mandamiento católico es “no mentirás”. Y aquí se ha mentido descaradamente a la gente, a católicos y no católicos.

Pese a los graves delitos que pesan sobre Mendizábal, éste sigue de sacerdote y hace sus misas en un convento de monjas y también en la iglesia de Gros. Nos han contado que las víctimas no quisieron denunciar los hechos en los juzgados. Eso parece, pero hay que aclararlo. Aún así, el obispo, ante el conocimiento de un delito de semejante gravedad, debió personarse en los juzgados o en la comisaría de la Ertzaintza, porque, según el Código penal, toda persona que tenga conocimiento de que se ha cometido un delito tiene la obligación, sin opción, de denunciarlo. Y Munilla no lo hizo, lo que implica el presunto delito de obstrucción a la justicia y la ocultación de una grave responsabilidad. Ya vamos tres escándalos en uno: el caso se ventila solo en el reducto religioso, se miente a la población y se encubre el delito ante la justicia civil.

¿Y por qué no se denunció el caso en los juzgados? El obispado se esconde tras la voluntad de las víctimas de callar ante la justicia. Y de que finalmente hicieron públicos los hechos porque apareció una tercera víctima y, según dicen, pensaron que era el momento para que otras víctimas pudieran salir a la luz. A mí esto de eludir la responsabilidad del obispado y cargarla sobre las víctimas no me gusta nada. Se parece a la cobardía. O a eso tan típico de la Iglesia, durante siglos, de echar una manta de silencio sobre los pecados de los curas.

No es menos grave que la diócesis se decidiera a relatar los hechos tras saber que los afectados habían decidido hacerlo público. O sea, que Munilla no se hubiera movido si los chicos no salen de su silencio. Esto es muy grave. La Diócesis de San Sebastián cree que su reino no es de este mundo, y que los pecados de sus curas, nada menos que de pederastia, deben estar al margen de lo que acontece más allá de los muros de los templos y también de lo que queda debajo de las sotanas. Nos cuenta el obispado que el cura pederasta ha expresado su “profundo arrepentimiento por los hechos cometidos”, y que “ha acogido con espíritu sacerdotal la pena impuesta” y que sigue “un proceso terapéutico psicológico y espiritual, colaborando en la reparación de lo ocurrido”. ¿Y qué nos importa a la sociedad su arrepentimiento y su proceso terapéutico? Usted, señor cura, es un delincuente, un sujeto peligroso que debe estar lejos de la gente y específicamente de los niños. Y debe responder ante los tribunales por su grave delito. Se ha dicho, esta misma tarde, que ha sido desterrado fuera de Euskadi y que se le obliga a ir acompañado por otro cura como parte de la penitencia. ¿Y para qué se le destierra? ¿Para que vaya a violar a niños en otros lugares?

Difundido el suceso en prensa, la fiscalía de Gipuzkoa ha anunciado diligencias de investigación. Supongo que, al menos, se tendrán en cuenta dos posibles delitos: los abusos a menores y la ocultación de los hechos ante los tribunales, el primero contra el pederasta Mendizábal y el segundo contra Munilla. Estamos ante dos delitos públicos ante lo cual no hace falta que exista denuncia previa, sino la iniciativa, de oficio, por parte de la fiscalía. Ya nos amenazan con la posibilidad de que los delitos de pederastia, cometidos hace más de una década hayan prescrito. ¡Ya salió la injusticia de la prescripción! Me pregunto cuándo los legisladores, es decir, nuestros políticos, van a declarar que los delitos de violencia machista y los de abusos sexuales a menores, dada su profunda gravedad, no prescriban, como no prescriben los de terrorismo o los de lesa humanidad. ¿Qué hay más grave que matar en vida a un niño abusando sexualmente de él en sus años de inocencia? No os imagináis las profundas huellas, para toda la vida, que dejan los abusos y violaciones a niños. Es una tragedia humanitaria.

Los abusos sexuales a menores, la pederastia, es el gran secreto de la Iglesia católica y su peor pesadilla. Son siglos y, más recientemente, décadas de silencio y miles los niños violentados. En Euskadi necesitamos nuestro Spotlight, nuestra historia de investigación y verdad, aunque hayan transcurrido muchos años, para que se haga honor a tantos pobres niños humillados, ultrajados y violentados por sacerdotes. ¿Memoria histórica? Esta es mucho más importante. La retórica argentina del Papa Francisco ha quedado en evidencia: mucho hablar, poco hacer. El silencio como arma de destrucción masiva, niño a niño, inocencia a inocencia. Sin piedad.

 ¡Hasta el próximo jueves!

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¿Quién es ese mendigo? Un guionista.

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Estafados y enfurecidos por la mezquindad de la industria audiovisual, el jueves se reúnen en Madrid los guionistas europeos para hablar de sus cosas, es decir, del poco respeto que se tiene a su trabajo, lo mal pagados que están en un sector que gana millones y el absoluto pirateo de las ideas. El peor enemigo de un guionista es otro guionista, que copia a sus colegas y acepta un salario más bajo por crear las historias que vemos en las pantallas. Algo parecido a lo que ocurre en otras profesiones creativas, como la publicidad, el periodismo y el mundo editorial, también entre diseñadores y arquitectos. Nadie se despelleja con más saña que en estos oficios de conspiraciones y celos. Hay mucho narcisista entre ellos y demasiadas frustraciones insuperables, algún que otro pirado y oportunistas por doquier soñando con dar el pelotazo que los saque de la inopia.

La realidad es que unos pocos libretistas triunfan, mientras el resto malvive en el segundo o tercer nivel de las productoras haciendo una labor rutinaria. Tendríamos que contar un día cómo las fábricas de televisión explotan a sus trabajadores, más intensamente a los creadores de diálogos, textos y relatos. Al final, cualquiera podría redactar un guión, tan fácil como se compone un soneto enamorado. ¿Y qué ocurre después? Que un ejército de excelentes escritores, con mucho oficio, han de adaptarlo al lenguaje audiovisual, que es otro idioma. Solo puede ser libretista alguien que sabe lo elemental: que ni se habla como se escribe, ni se escribe como se habla. Por ejemplo, la actriz y guionista Emma Thompson, que ya tiene dos acusaciones de plagio, una por el peliculón Effie Gray. Por su participación en el argumento de Bridget Jones Baby tendría que haberla multado el ayuntamiento.

En Madrid no estarán los speechwritters, que escriben los discursos de los líderes, negros de primera vendiendo su talento a políticos con poder de persuasión. La maldición de los guionistas es que ponen en boca de otros maravillas y pasiones que no tienen para ellos. Pobres.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

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Cuando las decisiones más inteligentes las toma el corazón

 

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“El populismo va directo al corazón y votar es un acto fundamentalmente racional”, declaró a DEIA Javier Solana el pasado 9 de noviembre. Confieso que la frase, situada en un contexto más amplio, me causó perplejidad, no tanto por la intención despectiva del ex ministro socialista, como por su falsedad en lo referente al impulso racional del voto. ¡Y lo decía un político clásico! Cualquier candidato sabe que toda elección democrática está sujeta a las emociones, pues seres humanos son los votantes, y no máquinas, y nada en sus decisiones, de la menor a la mayor en rango de importancia para su vida, puede escapar de la condición sentimental. Y yo creía que la cuestión de la dualidad razón-emoción estaba asumida y superada en el debate social. No parece, quizás porque los fenómenos de Donald Trump, el Brexit y los llamados populismos de izquierda radical y derecha neofascistas, así como los referendos perdidos en Colombia e Italia, han señalado a las emociones como culpables de un inquietante horizonte democrático. ¡Las malditas emociones de la gente!

No importa el fracaso del sistema tradicional de libertades. El deterioro de la democracia, sus corruptelas, su ineficacia y su lejanía de la sociedad no tienen ninguna responsabilidad. ¡No, señor! Las emociones son las malhechoras, porque de ellas deviene la irracionalidad. Esta identificación esconde el blanqueo de la inacabable historia de fracasos de modelo tradicional de representación, que apenas se ha reformado en cincuenta años a pesar de los cambios que han acontecido en la humanidad, ni siquiera cuando llegó la crisis económica sobre cuyos escombros malviven millones de personas. El fracaso del canon político actual ha encontrado su justificación en la rebelión emocional de las personas. La gente ha enloquecido, vienen a decir los dirigentes, los puristas intelectuales y no pocos medios de comunicación y sociólogos.

El dogma de los “hechos objetivos”

Y de repente, llega un nuevo concepto: la posverdad. Se trata de una palabra de moda que, según el Diccionario Oxford, se refiere a “las circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. Vamos por partes. ¿A qué le llamamos hechos objetivos y a qué emociones y creencias personales? Los hechos objetivos son una formulación clásica de lo que puede entenderse por la verdad desprendida de toda valoración. Vienen a ser algo así como la verdad indiscutida y desnuda. La verdad informativa, la verdad oficial, la verdad digna de todo crédito. El dogma.

Pues no. No hay hechos objetivos como dogma, porque todo hecho humano, social, político o económico se enfrenta a su valoración e interpretación. E incluso a su aceptación. Es nuestro derecho de ciudadanos escarmentados. Las sociedades democráticas han sido tan permeables que se han agotado de creer lo que tantas veces se ha demostrado falso total o parcialmente. Hoy tenemos la conciencia de que la política, las clases dirigentes y los medios nos han engañado. Esta actitud no es una respuesta emocional a un enfado colectivo: es sobre todo una posición racional, consciente, muy matizada y controlada, que no implica, como se apunta en círculos intelectuales, tan puristas ellos, que la gente se haya dejado llevar sólo por sus sentimientos. ¿Acaso no hay motivos para desconfiar? Los hechos objetivos resultan no serlo tanto.

Me desagrada intelectualmente la definición del problema que plantea la posverdad como un choque entre verdad y emociones, entre conocimiento e ignorancia, entre lo objetivo y lo subjetivo, una primacía cartesiana. No existe tal oposición. Lo que hay es un claro deterioro del crédito político y otros liderazgos en la opinión pública. Y no por enfado o pataleo infantil, sino por indispensable necesidad de limpieza mental en este momento de la historia. A esta respuesta, más o menos desorganizada, le llaman ahora, despectivamente, populismo. Al margen de cómo se esté articulando en diferentes movimientos electorales o de opinión, me parece que procede tomárselo en serio y no negar su motivación. Y mucho menos, poner como gran canalla de todas las catástrofes de hoy a las emociones. ¿Pero seríamos razonablemente felices si no hubiésemos liberado, desde Spinoza hasta hoy, nuestra inteligencia emocional? ¿A qué viene esta criminalización de nuestro software innato? ¡Ah, es que las emociones estaban hechas solo para la vida afectiva y la escenificación romántica! Pues no, están para ocupar por lo menos la mitad del espacio de nuestro sistema de relación y conducta. Y no son la loca de la casa, sino una dimensión fundamental de las personas.

En la proclamación de la posverdad como nueva moda, que seguramente será tan perecedera como tantas otras, por inconsistente, se resume su significado como mentira, el engaño del populismo esencialmente emocional que pone en cuestión la democracia. No basta con criminalizar las emociones. Había que reducirlas a la categoría de creadoras de mentiras. He ahí su perfecta categoría de muñeco de pimpampum y consuelo del fracaso de la jerarquía. Hay que llevar la posverdad a la hoguera y, de paso, a todos los que hagan valer sus emociones en la configuración de sus actos y decisiones. Hay un nuevo racionalismo.

 Corazón e inteligencia

La definición implícita de posverdad señala su extrañeza de que las emociones y creencias personales tengan más influencia en la opinión pública que eso que, etéreamente, denominan “hechos objetivos”. ¿Y por qué merecerían tener menos influencia? ¿Se les supone a las emociones y creencias particulares una menor categoría? Que yo sepa la opinión pública es una suma total de evaluaciones, de una abstracción de millones de seres humanos. Y las personas no anteponen lo que piensan a lo que sienten, si es que ambas cosas son separables. Pensar no es más que sentir, no comprendo esta estúpida dicotomía. La gestión equilibrada de ambos espacios marca el éxito de nuestro proyecto individual y colectivo. ¿Existe hoy, de verdad, esa mayor influencia de las emociones? No lo creo. Que las sociedades estén enfadadas (y decimos que se enfadan con razón) no implica que hayan renunciado a sus criterios y se muevan solo por sentimientos. La indignación es un estado tanto racional como emocional, como consecuencia del análisis de los hechos acaecidos y su valoración. ¿Cuánto de racional tiene la realidad del dolor provocado por una decepción? Uno se enfada más por lo que le hagan que por lo que le digan. O sea, por “hechos objetivos” que, en forma de crisis, estafas, mentiras, abusos, corrupción, injusticias, impunidades y negación de la transparencia debida, han devenido en llamarse artificialmente posverdad. La culpa de la agresión es de la herida, nos dicen; la responsabilidad del sufrimiento son de las lágrimas. La causante del fracaso democrático es la posverdad. La culpa de la rebeldía la tienen las emociones. Y así.

Creo que la posverdad no va en serio, porque es el síntoma de un dolor de tripas mal curado. Nuestra cultura no está dispuesta a que se impugne la capacidad emocional en la conformación de las opiniones y la gestión vital. La inteligencia emocional tiene más vigencia que nunca. La gente no ha enloquecido. Ha sido la política y la economía, y en general los líderes, los que nos han llevado a esta situación. Trump no es producto de la posverdad, sino del infarto ético de la clase dirigente norteamericana, con la señora Clinton al frente. Francia se la juega en primavera con Marine Le Pen, que no es el resultado de ninguna posverdad. La inteligencia se pasea por las venas de los franceses, eso me tranquiliza. Y está muy claro, a ver si lo entienden dueños del mundo: las decisiones más inteligentes las toma el corazón.

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