Mira quién habla

 

maxresdefault

“¿Por qué vuelve Salvados si no hay crisis?”, preguntaba retóricamente Joaquín Sabina a Jordi Évole en la promo de su temporada de regreso a La Sexta. Si, como dicen, hemos salido de la recesión y todo va de maravilla, ¿qué sentido tendría la vuelta de un programa cuya función fue, según se le atribuye, hacer pedagogía sobre los fraudes del sistema y canalizar el cabreo social derivado de la corrupción y los recortes públicos? La realidad no ha cambiado: la han desenfocado. Desde que Évole estrenó, en 2008, Salvados (mal título por usar el mismo verbo que el degradante Sálvame) lo que ha ocurrido es que la gente se ha rendido, cuya prueba es el dominio del PP y la mediocridad imperante. Sí, podríamos estar peor.

Se supone que El Follonero debería adaptarse a las sutiles circunstancias actuales, variar de estrategia y discurso; pero bastante tiene con mantenerse en la tele, en día y hora preferentes, bajo la amenaza de su patrón, Antena 3, de enviarle al desempleo si persiste en apretar las tuercas a grandes empresas y partidos más allá de lo que el equilibrio del modelo político y económico puede soportar sin riesgo de derrumbe. Todo consiste en asumir las contradicciones en aras de un cinismo informativo superviviente, encarnado en Jordi y Wyoming, junto con otros muchos comunicadores y medios, finalmente asimilados.

En vez de con Sabina, que está de campaña de su próximo disco y su gira, Évole retornó ayer con una propuesta alarmista sobre los peligros de los smartphones como droga adictiva y enemigos de la privacidad. El enfoque es exagerado, pues toda novedad poderosa conlleva un reto humano, superable tras un tiempo de empacho y despiste. La noche de los domingos, con la presencia de Risto en Cuatro, será muy competitiva. Chester in love perderá algo de su millón y medio de seguidores y Évole no bajará de tres millones. A la misma hora, en ETB2, Todos los apellidos vascos languidece por agotamiento. La televisión pública vasca tiene miedo a cambiar, quizás porque todo miedo es por algo que no tiene sentido.

Firma

 

El muro provinciano

final

EL FOCO

Onda Vasca, 16 febrero 2017

 Vitoria-Gasteiz es estos días el epicentro del baloncesto español. Desde hoy hasta el domingo acoge los partidos de la Copa del Rey de baloncesto, una competición de élite. No es la primera vez que es sede de este tipo de acontecimiento, lo que añade una gran euforia deportiva a la ciudad, en vísperas de que su equipo de fútbol dispute la final de Copa, algo inédito en su historia de casi cien años. La ciudad está hecho un lío y repleta de emociones.

Los medios de comunicación hacen hincapié estos días los efectos que esta fase final de la copa de Baloncesto tendrá sobre la ciudad. Se calcula que llegarán unos 5.000 visitantes y que el torneo dejará unos 30 millones de euros, que no está nada mal. Nadie ha hablado de que pueda hablar conflictos entre los aficionados de los diferentes equipos, ni que se vayan a producir otros problemas de convivencia. Puede que se produzcan algún incidente de tipo políticos, a propósito de los himnos o que haya pitos al rey de España, si éste acude, que dada la situación política en Euskadi no tendrán mayor trascendencia y que en todo se recibirán con normalidad democrática, sin más, con respeto al derecho a la rechifla y el derecho al aplauso. Son hechos simbólicos, que tienen su importancia, pero no trascendentales.

Lo esencial es que parece que en Euskadi está dejando de ser noticia la celebración de determinados eventos y acontecimientos. Y creo que eso es bueno. Quiero decir que la discusión de si Vitoria, o cualquiera de las capitales vascas, debe o no acoger determinados acontecimientos, de tipo que sea, es una discusión provinciana. Vamos a ver. Nuestras capitales tienen una vocación cosmopolita y abiertas. Y reciben cada año importantes reuniones, congresos y eventos de todo tipo, científicos, profesionales, de comunicación (como el Festival de Publicidad El Sol, en Bilbao), conciertos masivos y espectáculos culturales de primera entidad. Tenemos recintos importantes para ello, entre ellos el Palacio Euskalduna, declarado el mejor palacio de congresos del mundo. Así que, en principio, no hay ningún motivo para poner frontera a la celebración de determinados eventos. Tenemos que tener como bueno que en nuestro país se celebren los mejores y más grandes acontecimientos. No podemos ser tan provincianos y alborozarnos como papanatas que lleguen hasta nosotros eventos estatales o internacionales. Es lo normal para un gran país y abierto como Euskadi. ¿Quién podría negar lo bueno que hubiera sido que la final de Copa de fútbol se hubiera celebrado en San Mamés, si no llega a ser porque el concierto de Guns&Roses lo ha impedido?

Sin ir más lejos, Bilbao será sede de la Eurocopa 2020, entre otras trece ciudades europeos, como Copenhague, Ámsterdam, Dublín, Bruselas, Glasgow, Roma y San Petersburgo, entre otras. Somos una gran ciudad, puntera, que compite con las grandes ciudades europeas y del mundo. Y con un estadio, San Mamés, que es una maravilla.

No creo que las instituciones deban poner trabas a la celebración en Euskadi actos y eventos de gran rango mediática y entrar, como digo, en una discusión provinciana. Y que los partidos políticos conviertan cualquier posibilidad en arma política, en un sentido u otro. No vale que se pida la celebración, por ejemplo, de un partido de la selección española de fútbol en San Mamés motivados por una intención asimiladora y humillante para determinados sentimientos políticos, como suele hacer el PP, ni que se niegue tal partido si el propósito es meramente deportivo. Cuidado con los debates simbólicos, los más estériles y agresivos. Dejemos que la sociedad vasca, madura y abierta, decida estas cosas con inteligencia y sin ruido. Creo que estamos en este horizonte.

Aun así, creo que debemos echar las cuentas de forma correcta. No vale hacer trampas. Cuando se dice que Vitoria va a ganar 30 millones de euros con la final de Copa de Baloncesto también hay que contar lo que hay que gastar y algunos efectos, no tan positivos, que pueden traer consigo los cinco mil visitantes que se prevén que visiten la capital de Euskadi. Hay que contar también los gastos de seguridad, las molestias sobre los vecinos, los incidentes de convivencia, la inversión que tiene que realizar las instituciones. Tenemos que contarlo todo, el haber y el deber. Y luego hacer la resta y calcular el saldo.

Quizás podría ser que un partido de la selección española de fútbol en San Mamés podría darnos un saldo negativo, entre lo bueno y lo malo. Esta sería la forma correcta de decidir. Ver hasta qué punto nos interesa, no vaya a ser que nos estén ofreciendo un regalo envenenado. Por comparación: ¿Es bueno para la ciudad, su economía y bienestar, la llegada de tantas marcas comerciales, por medio de franquicias o instalación propias, que devoran el comercio local y homogeneiza nuestra cultura, perdiendo identidad? ¿Es bueno, o hasta qué punto lo es, esta colonización comercial? Es un debate complejo. Ocurre lo mismo con los eventos y acontecimientos: quizás no todos nos interesen.

En todo caso, como ciudad, nos conviene tener una actitud aún más abierta. Recordemos que la revolución urbanística de Bilbao tuvo como símbolo referencial un museo internacional, el Guggenheim. Aparquemos las discusiones simbólicas y, siendo abiertos en la recepción de acontecimientos, calculemos bien los pros y contras de lo que aceptemos. Nuestros ejecutivos del Euskalduna, de Bilbao; el Kursaal, de Donostia, y el Palacio Europa, de Vitoria, viajan por el mundo a la caza y captura de congresos, conciertos y espectáculos de todas clases. Y compiten entre sí para captar estas celebraciones que contribuyen al posicionamiento de nuestras ciudades en el marco global de la economía, las empresas, las marca y el turismo.

Hay un exceso de interés turístico en estas convocatorias. Siendo importantes en gastronomía y turismo, somos un país industrial. Euskadi no es una nación de bares, camareros y terrazas. Somos un país más completo y complejo. Así que apuremos nuestras contradicciones, las económicas, las políticas y las simbólicas. Y no perdamos ninguna, ninguna oportunidad de vivir mejor. ¡Abajo el muro que levantan los provincianos!

 ¡Hasta el próximo jueves!

Firma

Podemos remata el debate

sexta2 copia

El símbolo del debate en declive es Podemos, formación que nació y creció al pairo de las tertulias de televisión y que este fin de semana se ha desangrado por olvidar lo principal: que hablar es solo un instrumento para escuchar, entenderse y mejorar la realidad. Los de Iglesias y Errejón han pasado del diálogo a la algarada, de la razón al dogma. Un fracaso comunicativo y democrático. Los debates en la tele se están apagando lentamente. A La Sexta noche, de Iñaki López, cada vez le cuesta más sostener a un millón de espectadores. En ETB, la tertulia de Klaudio Landa, emparedado entre el frívolo Aramendi y la dispersa Adela, pierde interés porque en Euskadi nos encantan las polémicas. También “La Noche en Jake” se muere de baja audiencia. El recurso de los tertulianos feroces ya no es suficiente para despertar a una sociedad sin otras novedades que el miedo al histriónico líder del país más poderoso del planeta. Y todo es muy confuso.

Ocurre en política y entre parejas: cuando no hay palabras hay aburrimiento. En la tele no se comunica, este es el problema de fondo. No se trata de exponer un criterio o juicio; además, hay que humanizarlo, otorgarle marca emocional y ubicarlo en la realidad tangible. Se dialoga con el corazón, no con la boca. Las tertulias se mueren porque no generan temáticas nuevas y por su modelo tiranizado por los presentadores y sus malditos pinganillos, directores de una orquesta caótica. Hay que liberarse del seguidismo del calendario partidista. Hay que encontrar un acomodo versátil en las profundidades de la gente. La tele sigue creyendo que los espectadores son gilipollas; pero estos solo esperan que les emocionen y conmocionen, todo en uno.

¿Quedan tertulianos dispuestos a inmolarse y, sin miedo a represalias, decir lo que incomoda a los jefes de prensa de los partidos? ¿Quedan interlocutores rompedores? Si los debates se mantienen como repetidores de tópicos, su declive será mortal. Los que dialogan deberían entender dos conceptos: que la primera verdad es que hay verdades absolutas; y que solo se tiene razón cuando no se causa daño.

Firma

Cuando los vecinos se equivocan

Leioandi

EL FOCO

Onda Vasca, 9 febrero 2017

 

Dime cómo funciona tu comunidad de propietarios y te diré cuál es la salud democrática de tu país. Me fascina observar cómo convive el vecindario en el edificio donde están sus casas. Es la expresión de muchas cosas, buenas y malas. Puede ser que la relación entre las personas sea como el comic “13 rue del Percebe” o puede ser mucho mejor y menos divertido. Ahí es donde se ve cómo es de tolerante, participativa y respetuosa la gente. Y ahí es donde se aprecia también la mezquindad, la falta de civismo y las rarezas vecinales. Nada hay peor que tener un vecino, arriba, al lado o abajo, ruidoso, sucio e insolidario.

Vecinos y vecinas somos todos. Y además de la salud de nuestras viviendas, nos preocupa el equipamiento de nuestro barrio o pueblo, los servicios públicos, la limpieza, los impuestos y tasas que pagamos, tráfico y aparcamientos, el estado de nuestros jardines, calles y el esmero con que se mantienen y mejoran. La gente se preocupa por eso y valora el trabajo de sus ayuntamientos electos. Las conversaciones vecinales giran en torno a lo que ocurre en sus calles y plazas, para bien o para mal. Todo vecino es un alcalde en potencia. Y por eso, los vecinos se organizan a veces en asociaciones o en plataformas para conseguir tal o cual cosas o para ser interlocutores de los concejales y los alcaldes/as.

Quisiera enfocar hoy sobre los movimientos vecinales que se crean contra algo o a favor de algún proyecto concreto. En Euskadi, que nos hemos movilizado por todo, tenemos experiencias para todos los gustos, con resultados positivos y también con resultados catastróficos. La evolución de estos movimientos vecinales, más o menos espontáneos, es que se solicite un referéndum a favor o en contra de algún proyecto de su ayuntamiento o de otras instituciones. Estamos en la era de la democracia participativa, directa, y no hemos hecho más que dar unos tímidos pasos. La herramienta de internet permitirá, en muy poco tiempo, que los vecinos podamos votar sin salir de casa Sí o No sobre tal obra, presupuesto o mejoras en nuestras calles. Es una gran cosa la democracia participativa a nivel municipal.

Pero como ocurre en nuestra comunidad de vecinos, que es el microcosmos de una sociedad, hay opiniones interesados o particulares. Me voy a referir a lo que ahora ocurre en Leioa, municipio de más de 30.000 habitantes cuya virtud es estar en medio de todo: en medio de Bilbao y Getxo, en medio de la carretera más transitada de Bizkaia, que lo parte por la mitad, el pueblo con más centros escolares, una universidad inmensa, con la suerte de tener Metro, pero alejado de los núcleos más poblados, pueblo que no se sabe si pertenece al Txorierri o a Uribe Kosta. Leioa me inspira ternura por todo eso. Y merece más de lo que tiene. Si tendríamos que poner un título a la película de Leioa, diría que es la ciudad de los proyectos perdidos. Recordemos que Leioa pide a gritos, y se le ha prometido, soterrar la carretera de la Avanzada, vía que le parte el alma en dos.

El caso es que un grupo de vecinos se ha organizado en contra del proyecto de tranvía, un viejo asunto que tenía como propósito unir la estación de metro con las instalaciones de la universidad, macrocosmos que acuden a diario unas 15.000 personas, casi nada. El proyecto se archivó con la llegada de la crisis, como tantas otras obras. Y ahora se ha reactivado, aunque no tiene presupuesto ni un trazado determinado. Ye entonces se ha movilizado la opinión. Un grupo de 260 vecinos y algunos comerciantes se oponen a la llegada del tranvía. 260 de 30.000 habitantes. Poca cosa, al menos por ahora, ya veremos. Solicitan información y una consulta vecinal que determine su construcción o no.

Y entonces, en esta furia democrática de los vecinos, que es estupenda, nos acordamos de todo lo que hemos conocido en situaciones parecidas en otras épocas. ¿Hubiésemos edificado el museo Guggenheim si el museo se hubiera sometido a referéndum? ¿Tendríamos Metro si hubiéramos preguntado? ¿Cuántas actuaciones se habrían malogrado por el rechazo de los descontentos? Pongamos un caso concreto como ejemplo: Vitoria-Gasteiz. El Gobierno vasco de 1996 proyecto la construcción del tranvía en la capital, con una inversión en varios años de 3.000 millones de pesetas, de entonces. Sin embargo, el ayuntamiento lo rechazó y tuvo detrás a muchos vecinos airados. Y Vitoria se quedó sin tranvía. El Gobierno vasco fue entonces a Bilbao y le ofreció construir el tranvía. Y se hizo. Tres años después, Vitoria cambió de opinión. Y el tranvía se hizo y comenzó su andadura en 2008. Hoy no hay nadie, ni los que se revolvieron contra él, que niegue lo mucho de bueno que ha incorporado el tranvía a Vitoria-Gasteiz, un medio de transporte, además, sostenible y ecológico en una ciudad que es ejemplar en este tipo de políticas. Años perdidos por una tozudez vecinal.

También podemos contar el caso de Rekalde, barrio insigne de Bilbao. Hace unos ocho años se movilizaron para que el metro llegase hasta allí, un barrio alto. Las instituciones respondieron que había otras prioridades y había que esperar. A cambio el alcalde Azkuna ofreció una línea de tranvía. Y los vecinos, no pocos, se movilizaron contra el tranvía: Metro sí, tranvía no, gritaban. La crisis llegó y Rekalde se quedó sin proyecto de metro y sin tranvía. Una operación frustrante en la que faltó sentido común y una visión realista de las cosas.

Temo que a Leioa le ocurra lo que a Rekalde o a Vitoria, si el movimiento vecinal, muy minoritario, contra el tranvía prospera. Estoy a favor de los referéndums y la democracia participativa a todos los niveles, comenzado por el municipio. Pero hay que saber quién y por qué, con qué intereses particulares, plantea su oposición a los proyectos institucionales. Me da miedo la opinión sin cauce y la oposición irreflexiva. Los referéndums los carga el diablo. Esos movimientos en contra llevan a los desastres continentales como el Brexit. A veces, el vecino del cuarto quiere un ascensor y el del primero no paga porque no le interesa. A veces, solo pensamos en nosotros y no en el beneficio de la comunidad. A veces, simplemente, estamos cabreados y nos oponemos a todo, sin pensar. Pero la democracia es eso: el impulso de mejorar contando con todos.

¡Hasta el próximo jueves!

Firma

 

Salomón y los premios Goya

goya

Fue la noche de los monstruos. Nueve monstruos, que debieron ser diez si la Academia, injusta y salomónica, no hubiera otorgado a Tarde de ira el Goya a la mejor película, en vez de a Un monstruo viene a verme, historia apabullante y conmovedora. La diferencia entre una y otra cinta es que la segunda puede exhibirse en cualquier cine del mundo, mientras la primera no entra ni en el circuito de las salas marginales. El monstruo de Jota Bayona, responsable de esa maravilla, es un monstruo bueno: el de la humanidad que debe encontrar su razón entre la aceptación de la verdad y el amor sin límites. Es un monstruo terrible pero íntegro.

La gala fue más solvente de lo esperado. Sobria en su desarrollo, previsible en su ausencia de glamur y lastrada por la crisis de un sector que sobrevive merced al presupuesto público, pero que, sin contradicción, vive confiado en el heroísmo de su gente. El cine español pasa hambre y tiene miedo, quizás por eso no hubo rebelión contra Rajoy, el triste que nunca va al cine. El sábado vimos cómo los Goya nos han traicionado, como el desertor de la clásica película.

Dani Rovira lo hizo mejor que otras veces, quizás porque el guion le proporcionó mayor libertad y menos chistes malos. Lo ridículo es que la presidenta del tinglado, nacida británica, hablase peor castellano que Toshack. Lo más brillante de la noche nos lo regaló Ana Belén, que supo contar cómo se convierte a una niña humilde en estrella. Su vestido era horrible, con un rosetón pavoroso sobre el pecho; pero su dulzura inundó la pantalla. Y fue estupendo que el getxotarra Fernando Velázquez obtuviera una estatuilla por la música genial -interpretada por la Orquesta Sinfónica de Euskadi y el Orfeón Donostiarra- de la peli triunfadora.

Se esperaba el reproche del cine español a Donald Trump. Hubo silencio y cobardía. Dentro de veinte días, en el acontecimiento de los Oscar, al cine americano, en nombre de la compasión y el escarmiento de la historia, le corresponde clamar contra la amenaza de una época, esta sí, monstruosa.

 

Firma