Cuando el vecino de arriba arruina tu vida

EL FOCO

Onda Vasca, 16 marzo 2017

Sestao

La vecindad es el termómetro de una sociedad. Ya lo decíamos hace unas semanas a propósito de los proyectos de ciudad a los que se opone, a veces, irreflexiblemente la ciudadanía. No vivimos solos, esa es la cuestión. Compartimos mucho con la gente como nosotros. Y este compartir y vivir en comunidad es lo que define la sociedad. Vivimos juntos porque así vivimos mejor. Y la esencia de vivir mejor, juntos, es que nos ayudamos, estamos cerca de los demás en caso de necesidad. Y simplemente porque no podemos vivir de otra manera. No somos Robinson Crusoe, perdido en una isla.

De lo mejor que nos puede ocurrir es tener una vecindad amable, hombres y mujeres a los que vemos a diario, coincidimos en el ascensor o con quienes nos reunimos para tratar del gobierno de la comunidad de vecinos. Personas con las que incluso hacemos amistad. Es una suerte llevarse bien, convivir en armonía con los vecinos y vecinas.

Pero, al revés, pocas cosas hacen más insufrible la vida que tener un vecino o vecina molesto/a. Es de lo peor. Tanto como tener un trabajo insatisfactorio. Es parte importante de la insatisfacción vital. Son inevitables a veces determinadas molestias. ¿Quién no ha tenido que soportar al bebé de la vecina de al lado que llora desconsoladamente de madrugada? ¿O cuando los niños de arriba patean el piso? ¿O el ruido de una fiesta en el tercero? Esas cosas son aceptables, porque todos hemos tenido niños y todos nos hemos excedido a veces. Alguna bronca hemos tenido que escuchar de la pareja de al lado. O en la nuestra. Esas cosas son normales.

¿Y qué ocurre cuando el vecino/a te ensucia la ropa, mancha la escalera, no paga su cuota de propietario o se enfrenta a sus vecinos por cosas nimias, o el que crea conflictos de convivencia, por su insolidaridad e incapacidad de comportarse de acuerdo con las normas elementales de vecindad? ¿Qué ocurre cuando el vecino te amarga la vida? Entonces, cuando te toca un vecino/a insolidario y molesto, tu vida es una pesadilla. Una tortura. Todos podríamos contar historias de vecinos molestos, a los que incluso tuvimos que denunciar. Vecinos que nos amargan el día a día. O por cuyas molestias vendimos la casa y nos fuimos a otro lugar.

Nadie como los vecinos de la casa número 80 de la Gran Vía de Sestao saben lo que es tener un vecino que te arruina la vida. El domingo pasado, según todos los indicios, el inquilino del piso superior provocó un incendio de enormes proporciones, del cual se ha derivado el desalojo de todo el edificio. 60 familias han tenido que abandonar sus casas por este siniestro. Nadie sabe cuándo podrán regresar. Puede que haya que derribar el edificio y volver a reconstruirlo. No sabemos el tiempo que estarán desplazadas esas familias, instaladas en albergues, casas de acogida o en domicilios de familiares. Las vidas de estos vecinos de Sestao se han ido a la basura por culpa de un solo vecino.

Unos lo han perdido todo, otros no saben qué harán con la carga de sus hipotecas. Les han destrozado la vida.

Según las informaciones iniciales, el vecino incendiario se había escapado del Psiquiátrico de Zamudio, y regresó al hospital el mismo domingo tras el incendio. Hemos sabido también que este mismo individuo protagonizó un incidente en el metro de Bilbao, el pasado enero, cuando en la estación de Deusto dio gritos a favor de Alá y llamando infieles a todos los presentes. Dados los precedentes, el incidente llenó de terror a los que allí estaban, que pensaron lo peor. No es un delito, es cierto, gritar por Alá. Pero provoca miedo. El hombre fue internado en un psiquiátrico. Obviamente, se trata de una persona que tiene deterioradas sus facultades mentales. Como tal, lo respetamos y no vamos a criminalizar a quienes padecen estos trastornos de personalidad.

La cuestión es que él solo, un solo vecino, perturbado y huido del hospital psiquiátrico, incendió la casa en la que estaba alojado y de paso las de 60 familias que vivían en su mismo edificio. Los ha arruinado y destrozado por mucho tiempo. Una auténtica desgracia ante la cual solo podemos lamentarnos de su mala suerte. ¿Pueden prevenirse estos caos? ¿Debió el hospital alertar a la policía de la huida de este enfermo? ¿Debe obligarse a un enfermo grave a permanecer en el psiquiátrico hasta controlar su trastorno?

¿Ha existido negligencia o es un caso imprevisible?

No lo sabemos.

Y quiero obviar el hecho de que se trata de una persona inmigrante, que seguramente recibía ayudas públicas. En Sestao ya saben lo que es tener problemas de convivencia con personas de otras culturas, y no voy a abundar en este tema tan resbaladizo.

Creo que antes de comprar una vivienda nos deberían dar noticias de los vecinos con quienes vamos a compartir el edificio. Va en serio. Sería partidario de crear un certificado de buena conducta vecinal, que se juntaría a otros informes sobre la casa, como la eficiencia energética, año de construcción, el tejado y el mantenimiento general del edificio. Es una de las cosas más importantes. Tenemos que extremar las normas de convivencia.

Un vecino molesto, insolidario, ruidoso, sucio o violento es un vicio oculto. El comprador de una vivienda tiene derecho a saber que puede cargarse con un vecino insufrible. Y si se le oculta este importante dato, la venta podría ser fraudulenta. Es lo que creo que habría que legislar o normativizar.

Quiero enviar mi solidaridad a los vecinos de Sestao afectados por este terrible incendio. El Gobierno Vasco y el Ayuntamiento buscan pisos deshabitados en el pueblo para alojar a las 60 familias damnificadas. Como suele ocurrir en estos casos, se ha desatado una gran solidaridad con estas personas. Y eso demuestra que, más allá de la mala conducta de unos pocos, la gente es buena, respetuosa y amable. Unos pocos arruinan cada día nuestra tranquilidad. Yo les recomiendo que no acepten nunca a un vecino molesto. No es usted quien se tiene que irse, sino que hay que pararle los pies a ese vecino/a molesto. ¡Guerra al vecino canalla!

¡Hasta el próximo jueves!

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