El vuelo de Paloma

 

PalomaGomezBorrero

Todos llevamos prendida una ciudad a nuestro nombre: París, Biarritz, Nueva York, Bilbao, Bakio… Paloma Gómez Borrero era Roma y su minúsculo Estado, el Vaticano. Fue durante decenios la embajadora de facto en la capital italiana y portavoz oficioso de los rectores de la Iglesia pese a ser mujer y pionera -primera corresponsal femenina de TVE- en un mundo de hombres asexuados. Paloma ha muerto sin convencernos de la santidad católica, pero nos proporcionó un relato honesto de lo que ocurría en el núcleo de la Curia y de cómo ese universo, otrora tan temido, se desmoronaba al ritmo en que la gente tomaba las riendas de su conciencia y se liberaba de la tutela de los dogmas pueriles y los curas. Roma debería acoger el cuerpo y el alma de Paloma para siempre, junto a un micrófono y la cruz.

Cuando la tele era en blanco y negro Paloma ya estaba allí con su flema y buen estilo. Se contagió de la parsimonia y la retórica vaticanas para contarnos las verdades, pero no todas. Se hizo adicta a los secretos. Testigo de cinco cónclaves y del pontificado de Juan Pablo II, ahora santo, con el atentado de Ali Agca y las concentraciones humanas que acompañaron sus viajes por el mundo, no acertó a explicar cómo era posible que un jerarca tan retrógrado pudiera tener tal poder de convocatoria. La periodista era muy del Papa polaco, hasta el punto de amparar su tibieza con la pederastia sacerdotal: “Muchos casos no se los creyó porque venía de un régimen comunista, donde la Iglesia era calumniada”. Este mismo argumento se lo escuché cuando coincidí con ella en ETB, el pasado 20 de enero, en La Noche en Jake. También la vimos aquí en Todos los apellidos vascos para conocer sus raíces alavesas.

Paloma rima con Roma, pero no con la televisión de ahora, de formatos grotescos que en nada se asemejan a los ingenuos de décadas atrás. Hace tiempo que perdió la corrección que ella representaba. No es que vayamos a peor, es que lo peor sigue su carrera superlativa hacia lo pésimo. Es viernes y llueve en Roma por Paloma. Arrivederci.

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