Una ruidosa discoteca de amor otoñal.

EL FOCO

Onda Vasca, 18 mayo 2017

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Toda ciudad tiene dos almas: la que trabaja y vive de día y la que vive y se esconde en la noche. Las dos palpitan y son necesarias, pero no tienen el mismo poder. Una es más fuerte que la otra. Una hace su guerra de cara y la otra vive en la guerrilla y hace trampas. Una cumple y la otra no. Digamos que una y otra ciudad, de la que casi todos somos partes, son el exponente de las contradicciones personales, sociales y educaciones de los ciudadanos. Todas las ciudades del mundo tienen el mismo problema. Pero no todo es posible, aunque quisiéramos: la cuadratura del círculo del ruido y el descanso, del civismo y la juerga, de los excesos y los defectos, lo blanco y lo negro no pueden convivir como queremos o como afirmamos, a veces con demasiada ingenuidad y poca profundidad.

Nos vamos a situar en Bilbao, en el centro, a pocos metros de San Mames y el Palacio de congresos Euskalduna. Pero podríamos hacerlo en cualquier otro punto de Euskadi. O en muchos pueblos. O en otros lugares del mundo donde hay personas con ganas de diversión y personas con necesidad de descanso. En ese punto céntrico de Bilbao se inauguró hace cosa de un año una discoteca, de nombre Moma, cuya principal singularidad es que se dirige a un público adulto, de más de 40 años. No es una discoteca juvenil, aunque allí también se han organizado fiestas de Erasmus y otras juergas menos añosas.

Como no podía ser de otra forma, los vecinos y vecinas de esta zona céntrica de Bilbao se han quejado reiteradamente de las molestias generadas en el exterior del local, y también del sonido excesivo y vibraciones en los locales y pisos anexos, en concreto el Hotel allí existente. Es un conflicto clásico y previsible. No hay por qué dudar de que la licencia de actividad concedida por el ayuntamiento de Bilbao se hizo con arreglo a la ley. Sin embargo, los problemas de la licencia fueron inmediatos. ¿Cómo es que habiendo a pocos metros un colegio de enseñanza se dio esa licencia? ¿Cómo es que la ley no se ha modificado para que no existan discotecas en los edificios donde hay viviendas? ¿Cómo es que predomina la actividad empresarial, tan legítima, sobre la prioridad vecinal?

Me llama la atención que un local de música y baile de público adulto genere los mismos problemas, o parecidos, que las discotecas juveniles, de por sí excesivas en todo. Resulta que los buscadores de amor otoñal son también muy ruidosos. Luego parece que el problema no son los jóvenes, sino las personas en general, los adultos. El problema se sitúa sobre el respeto, o su ausencia, de unas personas sobre otras. El problema no es la hostelería, sino la desfachatez de la gente cuando deja de ser gente cabal. No entiendo el molestar como parte de la juerga. No entiendo a ese gamberro que llevamos los adultos en el interior.

Nuestra sociedad es poco innovadora. Cambia poco, tarde y mal. Las discotecas son un viejo producto, probablemente caduco. La ciudad se contradice cuando acepta que la fiesta es ruido. Hay mucha gente feliz y divertida que se lo pasa en grande reunida con amigos y familiares sin el menor ruido. Hay mucha fiesta que no molesta. El ruido no es solo un problema de la fiesta. Es un mal de nuestro tiempo, una plaga moderna.

El tópico y su falsedad es que la fiesta es de personas felices y divertidas, y el descanso de la gente aburrida y fúnebre. No es así. Hay locales en nuestra ciudad donde se ofrecen cosas diferentes: cafeterías de jazz en vivo, locales donde actúan músico amateur determinados días, pocos locales donde se recitan versos, se hace magia y donde los artistas van naciendo. ¿Por qué no hay entre nosotros sitios donde se ofrezcan monólogos, al estilo del Club de la Comedia? Conozco ciudades donde existen y forman parte del ocio creativo de la gente. En el mundo anglosajón son muy frecuentes. Quizás es que vamos a lo fácil: disco y marcha. Otras alternativas de ocio y arte se consideran poco atractivas. Y es un tremendo error, fruto de nuestra mente conservadora. Hay que ver lo profundamente conservadores que somos, bajo la excusa de la tradición y otras pesadas losas.

El caso es que la discoteca Moma, en Bilbao, ya ha generado unas 200 quejas de vecinos y otros locales. Relacionadas con el exceso de ruido y las situaciones de violencia y civismo que noche tras noche se producen en las inmediaciones. Hay testimonios fotográficos y en vídeo que acreditan tales hechos. La zona está en estado de guerra y no quieren esa discoteca allí. Para mediar entre las partes, concejales y técnicos del ayuntamiento se han reunido con los afectados. No hay necesidad de mediación, porque ya hay diálogo, pero de sordos. Hay dos ciudades irreconciliables, porque una de ellas no se comporta como es debido.

En este contexto, hemos conocido la celebración del seminario “Gaztetalk ocio”, ayer en Bilborock, en el que estuvo el alcalde de Bilbao, Juan Maria Aburto, junto con vecinos, jóvenes, hosteleros, representantes institucionales vinculados a la cultura, la juventud y el ocio. Entre ellos estuvo a quien denominan “el alcalde de la noche de Amsterdam”Se llama Mirik Milan y es un dinamizador social, de 37 años, un dj, que media entre las fuerzas municipales, los vecinos y los empresarios de los clubes nocturnos de la ciudad holandesa. Es el hombre bueno del jolgorio. Quien pide respeto, a la vez que defiende el derecho a divertirse. Su misión es fomentar la creatividad hostelera y ayudar a la cohesión social, el impacto económico y la diversidad cultural. Antes de Bilbao, Mirik ha estado en Nueva York, Sidney, Londres, Berlín y Moscú para asesorarles sobre cómo mejorar la gestión de su economía nocturna. Me parece muy bien la labor de este singular alcalde. Pero temo que la noche tiene más propietarios. La noche es sueño, descanso y amor. Y van mal con el ruido. Bilbao tiene que elegir y pienso que ya ha elegido. Como en otras cosas, la opción es la creatividad, la innovación y la calidad de vida. No creo que las discotecas, tan antiguas, tengas sitio en ese futuro. Vayan dándoles el pésame.

            ¡Hasta el próximo jueves!

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Un comentario sobre “Una ruidosa discoteca de amor otoñal.”

  1. Quiero señalar: 1.- que esa sala ya estaba funcionando antes que se instalaran el colegio y la gran mayoría de los vecinos actuales. 2- lo del descanso del ser humano es algo muy relativo, porque somos animales de costumbres, tal es así que quienes viven cerca de las vías del tren, de los aeropuertos, de las autopistas, del mar (soportando el romper de las olas) o simplemente quienes tienen que escuchar el kikiriki de los gallos o los aullidos de los lobos podrían también exigir mayor tranquilidad…puesto que nadie les pidió permiso para la construcción de esas obras pero eran conscientes de que se trataba de una cuestión de progreso y beneficio público…o que para tener esos animalitos “ruidosos” en el vecindario sus propietarios tuvieran que sacar un permiso especial por estar en pleno siglo XXI…así que quienes habitan en sus alrededores no tuvieron otra alternativa que adaptarse a ese “jolgorio campestre”. 3.- Bilbo tiene derecho a ser una ciudad cosmopolita donde quepan todas las posibilidades…incluida la diversión nocturna…y considero acertadísimo que “alcaldes nocturnos” de otros países, con conocimientos de sus causas y efectos, participen para resolver nuestros problemas. 4.- La noche es sueño, descanso y amor…para unos y no para otros… solo dependiendo dónde vivas? 5.- El inri de “vayan dándoles el pésame a las discotecas” es muy imparcial y lamentable.

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