Descartes no vota

¿POR qué hasta las personas más racionales deciden por influencia de sus sentimientos y no por criterios elaborados? Desde el bendito día en que Descartes quedó superado tras el reconocimiento de la naturaleza emocional de los seres humanos, la comunicación intuye que el camino más corto entre el emisor de un mensaje y su receptor es la línea sinuosa que llega al corazón. No es que ahora, con la afirmación de la inteligencia emocional, llevemos una existencia sentimentalizada y entregada a los impulsos.

Simplemente, percibimos nuestra realidad dual -pasión y pensamiento- y asumimos el complicado propósito de comprender y controlar la mutua interferencia de ambas dimensiones en nuestra conducta a fin de garantizarnos una vida fértil y satisfactoria. Por eso, la esencia de las campañas electorales no son tanto los argumentos ideológicos y la literatura espesa de los programas, sino la gestión de las emociones colectivas y su equilibrio con las necesidades de los ciudadanos. ¿Acaso podemos separar los sueños y deseos imaginados de nuestras urgencias reales? ¿Es que la indignación no es un instinto que brota de la conciencia de libertad y justicia?

Lo más evidente de esta campaña es su bajo perfil emocional, expresado en los eslóganes. Cuando el PP dice Súmate al cambio, está apelando a una ambición partidista y no tanto a la solución de las angustias de la gente provocadas por la crisis. Por el contrario, el PNV al proclamar que Euskadi puede está estimulando resortes emocionales de orgullo y autoestima del país, lo que explica cómo solo dos palabras pueden contener tantas motivaciones. También el lema del PSOE, Pelea por lo que quieres (verso de una conocida canción de Serrat) tiene una fuerte carga sentimental, pero de pura resistencia ante la inminente catástrofe. ¿Ignoran los socialistas que la resignación devora toda ilusión?

Sí, movilizar la ilusión es la gran baza electoral, una poderosa emoción surtida de anhelos y frustraciones. ¿Y cómo conseguir que la ciudadanía se entusiasme? Solo es factible con tres compromisos: la épica del sacrificio, la ejemplaridad política y la unidad de acción. Y con la redención de las tres maldiciones históricas del Estado: el desastre educativo, la lentitud de la justicia y la baja productividad. Es imposible fabricar esperanza si no hay un proyecto de transformación. Convencerán en las urnas quienes se arriesguen con una gran renovación sin aventurar a la sociedad. ¿Una emoción arrolladora, una razón convincente? Decir toda la verdad.

A por el voto fronterizo

TODA campaña electoral se convierte en un ejercicio de equilibrismo entre la acción de asegurar los votos fijos y la aventura de captar nuevos apoyos, lo que puede producir incoherencias. De este esfuerzo casi siempre contradictorio -pues los partidos tienen sus límites- nace tanto la ambigüedad de los mensajes, como la radicalización calculada de las estrategias políticas.

La ambigüedad es conservadora, mientras que la radicalización es transgresora. Por eso, en los comités de campaña, como en toda empresa humana, deben convivir consejeros arriesgados y asesores cautelosos: entre unos y otros se determinará la medida de la osadía y la porción de seguridad.

El éxito y el fracaso en estas elecciones se juegan en la gestión del votante fronterizo, el que no tiene destino previo, el voto inestable. Todos los partidos tienen votos fronterizos. El PNV los tiene en el sector abertzale y también entre los electores más templados del PSE y PP, que unas veces le dan el voto y otras se lo quitan. El conglomerado de Amaiur tiene sufragios solapados en la muga de la izquierda y en territorio nacionalista; pero lo suyo ahora es conservar la gran cosecha de mayo. Nunca he visto a la izquierda abertzale más segurola que en esta campaña. Por su parte, socialistas y populares comparten votos en el centro y su decantación dependerá de la percepción de las prioridades, porque transitar de la izquierda a la derecha, o viceversa, no constituye para este grupo una mutación ideológica, sino una cuestión de puro pragmatismo. Las urgencias económicas barren toda ideología. Hablamos, en total, del 50% del censo, casi nada.

En esta táctica de ganar votos fronterizos, el PNV debería resaltar su solvencia gestora, su realismo abertzale y la vigencia de su liderazgo del país, enfatizando el riesgo que para Euskadi supone la aventura empobrecedora de los recién llegados a la democracia. Hay que dar a escoger entre el avance o el retroceso, más allá de la prórroga del victimismo. Al mismo tiempo, el clamor jeltzale debería escucharse también entre los votantes del PP y PSE que se identifican con el esfuerzo tenaz del PNV por arrancar en Madrid mejoras y beneficios para todos los ciudadanos, una política que se valora por su coherencia.

Pero mucho más importante que captar estos votos fronterizos es conseguir la máxima asistencia de los ciudadanos a las urnas. Un alto índice de la abstención, entre indignada y desesperada, sería, sin duda alguna, una colosal advertencia dirigida a toda la clase política. Comiencen por entender el significado profundo del no-voto: el voto de la desilusión.

¿Estamos en paz?

No lo entiendo: más de treinta años esperando el fin de la violencia en Euskadi y, cuando llega, hay poderes interesados en que el acontecimiento nos deje indiferentes. Parece que EITB, en sintonía con el pacto PSE+PP, gestiona estos días la conveniencia de una percepción pública que rebaje la trascendencia del cese definitivo de ETA. Contener la ilusión de la gente, estimular la incredulidad y priorizar el pasado sobre el futuro son los propósitos de este plan pasivo. Es lo que se deduce de la pobre respuesta que nuestra radiotelevisión está ofreciendo del cierre de la etapa terrorista. Primero, le pilla la noticia con una película de indios y, después, cuando cabía esperar que proyectara como se merece la explosión de alegría y optimismo que reinaba en nuestro país, se limita a un especial de Plató 2.0, tertulia desangelada y triste que captó la atención del 9% de la audiencia. Una televisión con auténtica alma popular se hubiera volcado en información y opinión para estar a la altura de la historia y lideraría los sentimientos colectivos.

Peor fue el día después. El nuevo espacio Plaza Euskadi careció de fuerza emocional y ensimismado en la estética apenas llegó a un 5% de los espectadores. El Agur del lunes siguiente, producto improvisado y tedioso, fue otra decepción. Y así hasta reducir el impacto del hito más importante de las últimas décadas al interés de poco más de 30.000 ciudadanos en las sucesivas ediciones de Plaza Euskadi. ETB ha perdido la oportunidad de identificase con la sociedad vasca y ha escapado cobardemente de la gestión de la paz en lo que le atañe como medio público. Si no fuera tan sectaria, ETB sería hoy en nuestra mejor mediadora para favorecer la convivencia democrática y una gran aliada para la reconciliación. Pero ha envilecido su razón de ser.

Hay demasiado Vocento en ETB como para que Euskadi se vea reflejada en ese espejo. Su influyente presencia determina el mensaje resentido de estos días en la tele, la advertencia feroz de que por mucho que haya paz, no estamos en paz.

Rajoy-Rubalcaba: el debate placebo

La ilusión es el mejor placebo contra la crisis: no sirve de nada, pero calma a las masas de sus penurias. Resulta más fácil ilusionarse que rebelarse. Los candidatos son ilusionistas perfectos y las campañas electorales son sus escenarios favoritos, a pesar de que el modelo quedó obsoleto hace tiempo. El debate-espectáculo, como el que pronto enfrentará a Rajoy con Rubalcaba y que transmitirán casi todas las cadenas estatales, está sobrevalorado, seguramente porque se han celebrado pocos, solo cuatro. Bastaría con organizar algunos debates más para percatarnos de su insignificancia. Y es que tenemos tal fijación por homologarnos con Estados Unidos y otros países avanzados que imitamos sus rituales y hasta su cultura hipócrita, obviando nuestra sabia naturaleza escéptica respecto de la charlatanería.

Olvidamos que la política es un debate continuo en parlamentos, plenos municipales y Juntas Generales, que se prolonga en los medios de comunicación. No hay carencia de debate, sino saturación. ¿Qué pueden decirnos los candidatos en su tête-à-tête que no sepamos ya? La perversidad de este debate previsible y redundante estriba en su propósito de sustituir los hechos por las palabras y la sublimación de lo verbal como realidad absoluta, una habilidad que favorece a los locuaces y perjudica a los parcos. ¿Quién desea una democracia dominada por los virtuosos de la oratoria? Es ridículo afirmar que los debates son decisivos, cuando los ciudadanos votan con arreglo a un balance elaborado día a día. Sucede que el alto poder mediático quiere convertir su interés particular en interés público.

Rubalcaba y Rajoy teatralizarán el ilusionismo de las palabras para eludir el juicio inapelable de los hechos y sus corresponsabilidades. De paso, reducirán todo a una pugna bipartidista: lo malo conocido o lo peor por conocer, el combate de dos púgiles noqueados. Aún así, millones de personas ociosas asistirán, yo también, al espectáculo anecdótico de los gestos, las corbatas, los trajes y otras fruslerías: placebo para todos.

Tengo un candidato vestido de azul

CUANTOS más miedos y ansiedades arrastra un partido ante el examen de las urnas, más erráticas son sus campañas. Una campaña es el reflejo del estado emocional de una candidatura y el síntoma perfecto de sus padecimientos y obsesiones. Da lástima ver a los políticos entregándose al sortilegio de los disfraces y ensimismándose en delirios con los que espantar sus fracasos y dejaciones. La última ocurrencia mágica ha sido el reemplazo del rojo habitual de los socialistas por el azul puro en los escenarios y mensajes visuales y audiovisuales del candidato Pérez Rubalcaba. No es que el PSOE crea que un simple cambio de color vaya a cosechar miles de votos. Cree, todavía peor, que con este gesto condicionará la percepción de los electores y que el retoque cromático ayudará a fijar una diferenciación respecto de los cinco años de demagogia manirrota y los tres de escapismo de la crisis del Gobierno Zapatero.

Por cierto, ya en 1982 el entonces aspirante Felipe González envolvió su imagen en un espiritual azul celeste con el ingenuo propósito de calmar las últimas dudas hacia el socialismo. Ni aquel cielo angelical alteró una tendencia electoral imparable por diversas causas, ni este azul de circunstancias va a amortiguar el estrépito de su derrota segura. ¿Cuál es el error actual de las campañas? Dar más valor al biselado de los dientes caninos de Rubalcaba (como los de Mitterrand en las presidenciales de 1981) o al teñido de la barba a Rajoy que a la autenticidad de lo político y la cercanía popular.

Reitero lo que he escrito en otras ocasiones: las campañas electorales están cautivas de la intermediación de los medios informativos. Es una canalización tiránica, propiciada por los partidos al abandonar la calle y haber roto las vías de diálogo directo. La ausencia de contacto cotidiano con las personas quieren remediarla en dos meses con la gestión de sus apariciones en prensa, todo para demorar ad calendas grecas la regeneración democrática. Así son hoy las campañas: comunicación indirecta y democracia diferida. También en los tres grandes temas de las próximas elecciones -el tiempo post-ETA, la respuesta a la indignación social y la competencia abertzale- se escamotearán a los ciudadanos su insustituible protagonismo y su palabra.

Cambio de discursos

Cambiar sobre la marcha los discursos, forzados por los acontecimientos, es lo que más disgusta a los partidos, que aman lo previsible. Sin embargo, la campaña del 20-N ya está condicionada por el anuncio del cese definitivo de ETA. Y aunque parezca que este suceso histórico vaya a perjudicar a unos y beneficiar a otros, en realidad favorecerá a todos de desigual manera, a excepción de Rosa Díez y su UPyD, a quien el seísmo del 20 de octubre le ha pillado abrazado a Pedrojota y su adictiva intransigencia.

La campaña va a ser una escenificación del reparto del botín de paz. La izquierda aber-tzale, contenida en Amaiur, pedirá al electorado una recompensa por su propiciación pacificadora. No se van a cortar en esta demanda de apoyo extra con el sutil objetivo de transformar en victoria aparente la derrota histórica de su viejo proyecto radical. Al PP, el cese de ETA no le va a quitar votos si Rajoy mantiene su actitud moderada, incluso ambigua, porque sus apoyos proceden de quienes piensan más en clave económica que en la cuestión terrorista, electoralmente amortizada. El PSOE va a requerir también su parte del pastel, personalizando en Rubalcaba el éxito de las arriesgadas apuestas de años anteriores. Entre el miedo a la derecha y el premio de consolación del final de ETA, los socialistas rescatarán votos de la abstención y el recelo, pero no los suficientes como para evitar su debacle. Y el PNV enfatizará su garantía para que los movimientos que se hayan de producir desde Madrid y en Euskadi se realicen con responsabilidad y sin riesgos, equilibrando las contradicciones del nuevo tiempo e impulsando alternativas viables para la convivencia.

Gestión de la indignación

Los partidos llegan a estos comicios desconcertados por la indignación ciudadana tras la quiebra financiera y los lujos de desgobierno que ahora pagan con la ruina, el desahucio y el desempleo millones de familias. Lo peor que pueden hacer los candidatos es evadirse de ese sentimiento o tratarlo de soslayo, como si fuera un fenómeno abstracto o no les incumbiera. Temo que la indignación vaya a ser sofocada por las superficialidades de siempre, los ritos repetidos una y otra vez en campaña, por el empalago complaciente de la imagen, las sonrisas de diseño y la ambición personal que prevalece sobre las súplicas de la ciudadanía.

La presunción de los estrategas para el 20-N es que la esperanza constituye el mejor placebo para aplacar la indignación. Porque siempre se hizo así. Y por eso van a lanzar a los partidos al ceremonial de la ilusión sin contenido y la creación de expectativas volátiles. La gente de Rajoy es la que más cree en que el mensaje conveniente es la esperanza descomprometida, en tanto que la ilusión de Rubalcaba es la épica de la resistencia ante la avalancha conservadora que viene. Ninguno de los dos demuestra valor para gestionar la indignación, que pide no una mera permuta de poder entre partidos, sino el poder real para las personas.

¿A más Amaiur menos PNV?

En Euskadi, donde la indignación tampoco será escuchada, los mensajes se moverán entre la esperanza y la confianza. No es lo mismo. La esperanza es lo que está por ver y la confianza es lo que ya está acreditado. La esperanza se regala, mientras que la confianza se consigue. La esperanza es seductora y la confianza es garantía. Amaiur difunde la esperanza de una izquierda abertzale recién llegada a la democracia, mientras que el PNV proyecta su confianza de muchos años en el desarrollo económico y cultural y las libertades de Euskadi.

Es falso que la disputa abertzale sea como un balancín, en el que si uno sube el otro baja. Esta es una simplificación elaborada por analistas mediáticos. En mi opinión, no está en juego la hegemonía abertzale, sino la consolidación del país en la élite del desarrollo. Una mayoría del electorado ve en el PNV no solo un partido cuya pasión es Euskadi, sino también un liderazgo que gestiona eficazmente y ofrece garantías de futuro y progreso, el punto de ponderación de nuestra pluralidad. Cuando la sociedad ha percibido la categoría equilibradora del PNV, le ha otorgado un plus de representación, al contrario de cuando ha constatado su vacilación o se han amenazado los contrapesos internos de la comunidad. Por eso, el 20-N vamos a ver a un PNV ganador, porque su liderazgo y su aval serán considerados más indispensables que nunca. La sensibilidad pública fijará sus prioridades y, positivamente, neutralizará los riesgos.

Los manipuladores de la opinión no ocultan su apetencia de que el conglomerado de Amaiur se imponga al PNV. Les tienen sin cuidado los destrozos que esto ocasionaría desde las tribunas del Estado. Saben que el constitucionalismo podrá imponerse más adelante a la incultura democrática de la izquierda abertzale, pero que nunca superarán al PNV en identificación socioemocional, responsabilidad política y administración del bienestar de Euskadi. Una eventual victoria de Amaiur sobre el PNV importa más al PSE y PP que sus respectivos resultados. Solo hay que constatar con qué frecuencia se refieren a este tema en sus mensajes. Una perversión más de esta campaña, tan insignificante como frívola.