Rajoy-Rubalcaba: el debate placebo

La ilusión es el mejor placebo contra la crisis: no sirve de nada, pero calma a las masas de sus penurias. Resulta más fácil ilusionarse que rebelarse. Los candidatos son ilusionistas perfectos y las campañas electorales son sus escenarios favoritos, a pesar de que el modelo quedó obsoleto hace tiempo. El debate-espectáculo, como el que pronto enfrentará a Rajoy con Rubalcaba y que transmitirán casi todas las cadenas estatales, está sobrevalorado, seguramente porque se han celebrado pocos, solo cuatro. Bastaría con organizar algunos debates más para percatarnos de su insignificancia. Y es que tenemos tal fijación por homologarnos con Estados Unidos y otros países avanzados que imitamos sus rituales y hasta su cultura hipócrita, obviando nuestra sabia naturaleza escéptica respecto de la charlatanería.

Olvidamos que la política es un debate continuo en parlamentos, plenos municipales y Juntas Generales, que se prolonga en los medios de comunicación. No hay carencia de debate, sino saturación. ¿Qué pueden decirnos los candidatos en su tête-à-tête que no sepamos ya? La perversidad de este debate previsible y redundante estriba en su propósito de sustituir los hechos por las palabras y la sublimación de lo verbal como realidad absoluta, una habilidad que favorece a los locuaces y perjudica a los parcos. ¿Quién desea una democracia dominada por los virtuosos de la oratoria? Es ridículo afirmar que los debates son decisivos, cuando los ciudadanos votan con arreglo a un balance elaborado día a día. Sucede que el alto poder mediático quiere convertir su interés particular en interés público.

Rubalcaba y Rajoy teatralizarán el ilusionismo de las palabras para eludir el juicio inapelable de los hechos y sus corresponsabilidades. De paso, reducirán todo a una pugna bipartidista: lo malo conocido o lo peor por conocer, el combate de dos púgiles noqueados. Aún así, millones de personas ociosas asistirán, yo también, al espectáculo anecdótico de los gestos, las corbatas, los trajes y otras fruslerías: placebo para todos.

Tengo un candidato vestido de azul

CUANTOS más miedos y ansiedades arrastra un partido ante el examen de las urnas, más erráticas son sus campañas. Una campaña es el reflejo del estado emocional de una candidatura y el síntoma perfecto de sus padecimientos y obsesiones. Da lástima ver a los políticos entregándose al sortilegio de los disfraces y ensimismándose en delirios con los que espantar sus fracasos y dejaciones. La última ocurrencia mágica ha sido el reemplazo del rojo habitual de los socialistas por el azul puro en los escenarios y mensajes visuales y audiovisuales del candidato Pérez Rubalcaba. No es que el PSOE crea que un simple cambio de color vaya a cosechar miles de votos. Cree, todavía peor, que con este gesto condicionará la percepción de los electores y que el retoque cromático ayudará a fijar una diferenciación respecto de los cinco años de demagogia manirrota y los tres de escapismo de la crisis del Gobierno Zapatero.

Por cierto, ya en 1982 el entonces aspirante Felipe González envolvió su imagen en un espiritual azul celeste con el ingenuo propósito de calmar las últimas dudas hacia el socialismo. Ni aquel cielo angelical alteró una tendencia electoral imparable por diversas causas, ni este azul de circunstancias va a amortiguar el estrépito de su derrota segura. ¿Cuál es el error actual de las campañas? Dar más valor al biselado de los dientes caninos de Rubalcaba (como los de Mitterrand en las presidenciales de 1981) o al teñido de la barba a Rajoy que a la autenticidad de lo político y la cercanía popular.

Reitero lo que he escrito en otras ocasiones: las campañas electorales están cautivas de la intermediación de los medios informativos. Es una canalización tiránica, propiciada por los partidos al abandonar la calle y haber roto las vías de diálogo directo. La ausencia de contacto cotidiano con las personas quieren remediarla en dos meses con la gestión de sus apariciones en prensa, todo para demorar ad calendas grecas la regeneración democrática. Así son hoy las campañas: comunicación indirecta y democracia diferida. También en los tres grandes temas de las próximas elecciones -el tiempo post-ETA, la respuesta a la indignación social y la competencia abertzale- se escamotearán a los ciudadanos su insustituible protagonismo y su palabra.

Cambio de discursos

Cambiar sobre la marcha los discursos, forzados por los acontecimientos, es lo que más disgusta a los partidos, que aman lo previsible. Sin embargo, la campaña del 20-N ya está condicionada por el anuncio del cese definitivo de ETA. Y aunque parezca que este suceso histórico vaya a perjudicar a unos y beneficiar a otros, en realidad favorecerá a todos de desigual manera, a excepción de Rosa Díez y su UPyD, a quien el seísmo del 20 de octubre le ha pillado abrazado a Pedrojota y su adictiva intransigencia.

La campaña va a ser una escenificación del reparto del botín de paz. La izquierda aber-tzale, contenida en Amaiur, pedirá al electorado una recompensa por su propiciación pacificadora. No se van a cortar en esta demanda de apoyo extra con el sutil objetivo de transformar en victoria aparente la derrota histórica de su viejo proyecto radical. Al PP, el cese de ETA no le va a quitar votos si Rajoy mantiene su actitud moderada, incluso ambigua, porque sus apoyos proceden de quienes piensan más en clave económica que en la cuestión terrorista, electoralmente amortizada. El PSOE va a requerir también su parte del pastel, personalizando en Rubalcaba el éxito de las arriesgadas apuestas de años anteriores. Entre el miedo a la derecha y el premio de consolación del final de ETA, los socialistas rescatarán votos de la abstención y el recelo, pero no los suficientes como para evitar su debacle. Y el PNV enfatizará su garantía para que los movimientos que se hayan de producir desde Madrid y en Euskadi se realicen con responsabilidad y sin riesgos, equilibrando las contradicciones del nuevo tiempo e impulsando alternativas viables para la convivencia.

Gestión de la indignación

Los partidos llegan a estos comicios desconcertados por la indignación ciudadana tras la quiebra financiera y los lujos de desgobierno que ahora pagan con la ruina, el desahucio y el desempleo millones de familias. Lo peor que pueden hacer los candidatos es evadirse de ese sentimiento o tratarlo de soslayo, como si fuera un fenómeno abstracto o no les incumbiera. Temo que la indignación vaya a ser sofocada por las superficialidades de siempre, los ritos repetidos una y otra vez en campaña, por el empalago complaciente de la imagen, las sonrisas de diseño y la ambición personal que prevalece sobre las súplicas de la ciudadanía.

La presunción de los estrategas para el 20-N es que la esperanza constituye el mejor placebo para aplacar la indignación. Porque siempre se hizo así. Y por eso van a lanzar a los partidos al ceremonial de la ilusión sin contenido y la creación de expectativas volátiles. La gente de Rajoy es la que más cree en que el mensaje conveniente es la esperanza descomprometida, en tanto que la ilusión de Rubalcaba es la épica de la resistencia ante la avalancha conservadora que viene. Ninguno de los dos demuestra valor para gestionar la indignación, que pide no una mera permuta de poder entre partidos, sino el poder real para las personas.

¿A más Amaiur menos PNV?

En Euskadi, donde la indignación tampoco será escuchada, los mensajes se moverán entre la esperanza y la confianza. No es lo mismo. La esperanza es lo que está por ver y la confianza es lo que ya está acreditado. La esperanza se regala, mientras que la confianza se consigue. La esperanza es seductora y la confianza es garantía. Amaiur difunde la esperanza de una izquierda abertzale recién llegada a la democracia, mientras que el PNV proyecta su confianza de muchos años en el desarrollo económico y cultural y las libertades de Euskadi.

Es falso que la disputa abertzale sea como un balancín, en el que si uno sube el otro baja. Esta es una simplificación elaborada por analistas mediáticos. En mi opinión, no está en juego la hegemonía abertzale, sino la consolidación del país en la élite del desarrollo. Una mayoría del electorado ve en el PNV no solo un partido cuya pasión es Euskadi, sino también un liderazgo que gestiona eficazmente y ofrece garantías de futuro y progreso, el punto de ponderación de nuestra pluralidad. Cuando la sociedad ha percibido la categoría equilibradora del PNV, le ha otorgado un plus de representación, al contrario de cuando ha constatado su vacilación o se han amenazado los contrapesos internos de la comunidad. Por eso, el 20-N vamos a ver a un PNV ganador, porque su liderazgo y su aval serán considerados más indispensables que nunca. La sensibilidad pública fijará sus prioridades y, positivamente, neutralizará los riesgos.

Los manipuladores de la opinión no ocultan su apetencia de que el conglomerado de Amaiur se imponga al PNV. Les tienen sin cuidado los destrozos que esto ocasionaría desde las tribunas del Estado. Saben que el constitucionalismo podrá imponerse más adelante a la incultura democrática de la izquierda abertzale, pero que nunca superarán al PNV en identificación socioemocional, responsabilidad política y administración del bienestar de Euskadi. Una eventual victoria de Amaiur sobre el PNV importa más al PSE y PP que sus respectivos resultados. Solo hay que constatar con qué frecuencia se refieren a este tema en sus mensajes. Una perversión más de esta campaña, tan insignificante como frívola.

Pillados por la noticia

http://www.youtube.com/watch?v=zCzpudQckoc

La noticia del fin de ETA cayó el pasado jueves en medio de la programación de tarde, es decir, en el apogeo del cotilleo, los concursos insulsos y las viejas películas de vaqueros. A todas las cadenas les pilló a contrapié, hasta el punto de que fue Paz Padilla, la presentadora eventual de Sálvame, quien ofreció la primicia. ¡Un programa frívolo informando de un acontecimiento trascendental!, esa es la caricatura de la televisión en España con toda la carga descriptiva de una sociedad que embarulla lo serio con lo ordinario. Luego llegó Pedro Piqueras para poner rostro editorial a la noticia previamente trivializada. A ETB le sorprendió en plena Rebelión apache, una historia de casacas azules contra indios, que es toda una metáfora de Euskadi: la paz nos cogió en pie de guerra y con las tribus sublevadas.

¿Por qué la mayoría de los canales no supieron responder a la categoría del suceso? Porque carecen del más elemental criterio informativo, porque son emisoras de entretenimiento, circos digitales. Varias horas después apenas habían reaccionado y solo eran capaces de plantear lo más fácil, la tertulia gárrula y redundante. A pesar de que se presagiaba la inminente declaración de ETA, nadie había previsto una alternativa. La Sexta fue la excepción. Y nuestra cadena pública se conformó con un especial de Plató 2.0 realizado en el mismo escenario y con los rótulos de Arratsaldero, el espacio de debate vespertino de ETB1. Quizás es lo que correspondía a una televisión cuya lejanía social solo es comparable con los más de cinco mil kilómetros que el jueves separaban a Euskadi de López y Surio, missing en Nueva York.

La noche española en la tele fue exponente de los rencores acumulados y el veneno inoculado durante años. El júbilo vasco contrastaba con el pésimo humor de los comentaristas en las cadenas fachas, Intereconomía, Veo7 y 13TV, y también en TVE. ¿Por qué una buena noticia puede causar pena y desatar tanta cólera? Quizás porque entre la alegría y la tristeza hay la misma diferencia que entre Euskadi y España.

20 de octubre. Lo que acaba y lo que empieza

Por fin, ETA, la última organización terrorista de Europa, cierra la persiana, arruinada militar, moral y políticamente. Su comunicado final, menos retórico de lo habitual, expresa la magnitud de su fracaso histórico en una especie de legado y continuidad de su lucha por otros medios, como si estuviera legitimado para señalar a Euskadi el camino de su futuro. El patetismo de su declaración pasa desapercibido solo por la sensación de alivio que deja en los ciudadanos vascos. Euskadi despierta de una larga pesadilla.

No creo que valga la pena dedicar mucho empeño al análisis del mensaje de cese definitivo. No obstante, hay dos aspectos relevantes que, por su cinismo, merecen un comentario. Uno es su olvido de las víctimas provocadas por su acción criminal, lo que contrasta con el recuerdo de los propios caídos y los presos. Ciertamente, otorgar al final un poco de compasión no sería coherente con su inhumana trayectoria. Y otro es la arrogancia de su testamento, expresado en esa frase típica de todo fracasado: “La lucha de largos años ha creado esta oportunidad”, referida al momento político que se avecina una vez que las excusas de la violencia pueden dejar paso al diálogo y los acuerdos democráticos en Euskadi y con el Estado. ETA pretende hacernos creer con semejante exabrupto que su combate ofrece un balance positivo y no décadas perdidas, un terrible sufrimiento y la contaminación terrorista de los anhelos abertzales ante el mundo.

Una puerta se ha cerrado para siempre. Detrás de ella queda una historia que deberá ser interpretada y relatada a medida que los años y el sosiego nos den la justa perspectiva para realizar esa empresa indispensable. Se acabó el miedo y la hiperpresencia policial. Se acabaron las amenazas y su imagen escoltada en nuestras calles. Se acabó la identificación Euskadi con la violencia. Se acabó la cháchara tertuliana. Se terminó nuestra leyenda negra. Se le acabó el chollo a la España cómplice de los pretextos de ETA. Se terminó la coartada  del actual Gobierno PSE+PP, fruto directo de ese discurso intransigente. Pero también se acabaron los impedimentos para que este pueblo pueda pronunciarse legítimamente sobre su futuro institucional.

Y otra puerta se abre, la puerta del futuro, que llevamos tantos años esperando, con todo lo que ETA nos ha robado en términos de paz, libertad, prestigio y progreso. Una esperanza que solo depende de nuestra decisión e inteligencia. Pero por mucho que nos pongamos solemnes, impactados por este suceso trascendente, conviene bajar a la realidad sencilla de las cosas. Hay mucho que gestionar: el dolor y rencor acumulados, la vuelta y reinserción de los presos, los acuerdos políticos transversales, la conformación de un modelo de convivencia democrática que satisfaga a la gran mayoría. Tenemos mucho trabajo de reconstrucción política, económica y moral por delante. Hay que administrar con serenidad y calma el tiempo que ha empezado. Ya no importa lo que acaba, sino lo que empieza.

Y mientras esto ocurre, el lehendakari a 5.000 kilómetros de distancia, lehendakari missing.

25 octubre, San Frontón de Périgeux

El martes, 25 de octubre, es festivo en Bizkaia, Gipuzkoa y Araba por decisión de un parlamento en el que no están representados todos los ciudadanos y que configura una composición ilegítima de la que se deriva un Gobierno PSE+PP igualmente ilegítimo. Por eso, denominar a esta jornada Día de Euskadi/Euskadiko Eguna es tan sumamente artificial que suena a sarcasmo y burla provocadora. La gran mayoría de los ciudadanos vascos tienen poco que celebrar este día, aunque no haya que ir a trabajar (quien tenga trabajo) y por mucho que doren la festividad con recepciones, medallas y discursos de justificación de su deshonra democrática. No tenemos nada que celebrar porque ni es una fiesta con contenido emocional y racional, ni sus organizadores tienen derecho político e histórico para imponer su invención a la ciudadanía vasca.

Recuerdo que la elección del 25 de octubre como día para la ratificación popular del Estatuto se inspiró en que esta misma fecha, pero en 1839, se promulgó la abolición foral, una ley envuelta en una falsa ratificación de los derechos originarios que resultó el primer paso de la asimilación de Bizkaia, Gipuzkoa, Araba y Nafarroa como meras provincias españolas. Y lo que en 1979 fue una esperanza, ha terminado por ser, como en el siglo XIX, un gran engaño político, otra estafa democrática de España que, por la fuerza o la mentira legal, siempre se las ha arreglado para impedir a Euskadi su pleno desarrollo como país singular.

No niego que la efeméride del referéndum que en 1979 aprobó el Estatuto de Gernika carezca de cierta carga de razón festiva. El problema está en la intención y la contradicción de esta festividad artificial:

–          La mala intención. PSE y PP, que sostienen un gobierno frentista, han impuesto esta festividad no tanto por su fervor estatutario, sino por marcar una frontera partidista a los sentimientos abertzales, fijando así los límites de las aspiraciones de estos, un non plus ultra radical. Al final esta fiesta es una especie de 18 de julio del españolismo vasco.

–          La contradicción. El absurdo de que el PP, que votó en contra del Estatuto, se ponga a la cabeza de los más fieles estatutistas, imponiendo a los que más lucharon a favor del autogobierno (PNV) una fiesta cargada de perversidad política y torpeza contra la cohesión social de Euskadi.

Esta fiesta antinatura proyecta las paradojas de la política vasca. La fiesta la proclaman y celebran, con no demasiado entusiasmo, más allá de la escenificación mediática, aquellos que menos trabajaron por el Estatuto: los socialistas hicieron de comparsa y el PP votó en contra porque el pacto estatutario “atentaba contra la unidad de España”, mientras quienes realmente construyeron el Estatuto (los nacionalistas) se sienten defraudados por la ruptura sistemática de aquel acuerdo de 1979.

Treinta y dos años después, con un Estatuto incompleto, que solo ha avanzado cuando el Gobierno central ha necesitado del apoyo del PNV, el autogobierno limitado está en vías de superación y se abre al horizonte de una nueva relación entre Euskadi y el Estado a partir del reconocimiento democrático del derecho a decidir, lo que  nos llevaría a medio plazo a un pacto confederal o una eventual independencia. Hoy, el Estatuto solo tiene validez instrumental para caminar del viejo tiempo del postfranquismo y su transición tramposa a una nueva era democrática en Euskadi, todo a reserva de los sucesivos posicionamientos de la ciudadanía vasca en las consultas a las que sea convocada.

Y si el 25 de octubre no vale como fiesta nacional compartida, ¿cuál es la alternativa que nos pueda reunir a la mayoría de los vascos? Me temo que no hay ninguna. El Aberri Eguna es para los nacionalistas su fiesta colectiva, pero con la que no se identifican los vascos españoles, aunque hubo un tiempo en que los socialistas la celebraban en comandita con los abertzales. El PSE decidió, por conveniencia, ser más español que vasco, al contrario que sus correligionarios catalanes, que celebran la Diada con los nacionalistas, para confirmar que son, antes que nada, catalanes. En todo caso, es preferible, por dignidad, no tener fiesta nacional que admitir una que es un puro embuste y una imposición insultante.

Si no tenemos un día para la fiesta institucional compartida es porque el país está dividido en lo esencial. Es la expresión cuasi anecdótica del conflicto vasco, el verdadero problema vasco, contaminado durante tantos años por la acción criminal del terrorismo revolucionario. Debemos admitir que aún siendo un país muy pequeño somos incapaces de ponernos de acuerdo en lo básico. Estamos desunidos, ciertamente. Solo los valores éticos de la democracia, la libertad y la justicia nos permiten convivir; pero diferimos en la definición de un marco político que satisfaga, sin imposiciones del Estado asimilador ni radicalismos locales, a la gran mayoría. No tiene esta situación de división por qué hacernos un país más infeliz, ni impedir nuestros avances en todos los sentidos; pero tenemos pendientes acuerdos democráticos, precisamente porque se han mermado -desde el Estado y desde la violencia antisistema- las posibilidades de acuerdo.

He mirado, como cada día, el santoral y compruebo que el 25 de octubre es San Frontón de Périgeux (SaintFront de Périgueux) un santo de Aquitania, considerado como el primer anunciador del Evangelio en esa zona vecina. ¡San Frontón, qué magnífico santo para Euskadi! Si hemos adoptado a San Mamés, un santo turco, y a San Sebastián, un santo romano, ¿por qué no adoptar a este San Frontón para ser el patrón de Euskadi, para conformar nuestra fiesta nacional en torno a su rotundo nombre y simbolismo? Ni Día del Estatuto, ni Día de la Raza, ni nada que desuna o incomode a las personas de diferente opinión política. San Frontón, un santo auténtico. No creo que haya mejor emblema que el frontón como elemento de cohesión y unidad entre vascos, al menos mientras el ejercicio de la democracia sin tutelas vaya despejando el camino para que, en pocos años, podamos pactar un punto de encuentro político, sin mermas ni excusas.

¡Vascos todos, viva San Frontón!