Fraga, hijo de Franco

El último dinosaurio se extingue. Manuel Fraga Iribarne, ministro de la dictadura, fundador del PP y causante político de numerosos crímenes, ha anunciado su retirada y que no repetirá en las listas de la derecha en las próximas elecciones del 20-N. Y lo hace a los 89 años, a la edad en que las personas llevan ya retiradas más de dos décadas. Solo los dictadores y los Papas, y allí donde reina la gerontocracia, se resisten a la jubilación y aguantan en sus cargos hasta que la muerte los retire. Ni siquiera la edad ablanda algunos corazones: de jóvenes autoritarios transitan a viejos maniáticos. Cuando sea anciano, quisiera ser eso, un viejo que juega con sus nietos y lee junto al fuego, mirando el pasado compasivamente, sin tristeza y sin ira.

Fraga representaba el vínculo directo entre el franquismo y el PP, entre la dictadura y la derecha, una sucesión que quedó impune de sus numerosos delitos mediante una transición tramposa e ilegítima de la que la democracia española seguirá siendo subsidiaria hasta una segunda y definitiva transición. Las dificultades esenciales del PP para condenar la dictadura tienen que ver con estas ataduras y certezas de la historia.

A los actuales dirigentes del PP les disgusta que les recuerden el dramático currículo de don Manuel (así le llaman todos, servilmente, en su partido). De ahí, la fijación de la derecha en el argumento falaz de que la memoria histórica significa abrir viejas heridas; pero aunque se retire de la política activa, nadie podrá negar la verdad de que el PP ha sido, es y será franquismo reconvertido. “Franquismo con votos”, lo llamó Xabier Arzalluz.

Los suyos -desde El Correo al ABC, Intereconomía y demás medios fachas- harán estos días enfáticos panegíricos y rememorarán sus palabras, sus gestos y su trayectoria, formando un coro de empalagosos halagos. No hablarán de sus crímenes, porque en España haber sido ministro de Franco es un mérito. Fraga tiene calles a su nombre y bustos de homenaje sin que nadie apele a la fiscalía por enaltecimiento del terror. Fraga es más que la expresión perfecta de la contradicción democrática del Estado español. Fraga y democracia forman un oxímoron.

Conocí a Fraga y le traté profesionalmente durante años. Algunos de sus escritos y discursos de campaña salieron de mi pluma. Fue en aquellos años de la transición, del 80 al 89, en los inicios de mi carrera en comunicación. Formé parte de los equipos de campaña de AP y PP. Es difícil explicar cómo se lleva una experiencia así, tan paradójica, pero debo decir que fueron años de trabajo muy interesantes y productivos que me permitieron conocer a buena parte de los políticos de la época. Las técnicas de imagen, por entonces, tenían más que ver con el verbo que con la estética. Y lo mío fue siempre componer palabras para mover a la gente hacia ideas, productos y marcas.

Puedo reconocer que me impresionó la inteligencia de Fraga, su brillantez y su capacidad de trabajo; pero detesté siempre su vileza moral, su carácter insoportable y su proceder mesiánico. Presencié en numerosas ocasiones su terrible genio y el trato humillante que dispensaba a los suyos. Su ambición era desmedida porque se creía investido de un discernimiento superior, al mismo tiempo que pensaba que a la gente hay que dirigirla como un rebaño. Y él se creía hecho para mandar y salvar a España de la izquierda y los separatistas. Su mayor éxito fue ser presidente de Galicia, hasta que lo retiró la unión de socialistas y nacionalistas. Y su mayor fracaso es no haber pronunciado jamás una condena del franquismo. Porque era como negarse a sí mismo. En este sentido, ejercía la coherencia de los tiranos: canallas que no se niegan.

Fraga se retira de la política y se morirá sin haber pasado por taquilla, dejando pendientes sus deudas morales y creyéndose un gigante de la derecha. Fraga es un poco como España y otro poco como Franco, no por gallegos, sino por canallas que escapan del veredicto del presente al señalarse como líderes excepcionales a los que solo puede enjuiciar. Dejan su testamento para el veredicto de la historia. Como los grandes criminales.

Euskadi ha sufrido mucho con este tipo, particularmente en los primeros años de la transición. El Partido Popular es heredero de su agresividad y su intolerancia, como es evidente al escuchar a Mayor Oreja y Basagoiti. Por cierto, Rajoy es directamente su hijo político. Solo una persona, entre todas las que le padecieron, fue capaz de liberarse de él y salir vivo: Jorge Verstringe, el hombre que quiso democratizar de verdad a la derecha y fue devorado por tan ilusorio propósito. El darwinismo político no existe: la derecha española es y será siempre, más allá de sus disfraces, un proyecto totalitario. De Franco a Rajoy, pasando por Fraga y Aznar, no se aprecia evolución.

ETA y el sentimiento de culpa

Adoro el sentimiento de culpa, el bueno, opuesto al freudiano y sus patológicas angustias. Me refiero al que evalúa tus actos y exige a tu conciencia ética el reproche y rectificación de tus errores. Gran compañero para transitar por la vida honrosa y felizmente y que te lleva de la culpa a la disculpa. El progreso humano espera mucho de este sentimiento para la liquidación de la injusticia, ese mal corrosivo presente en las peores contiendas sociales. También en nuestra Euskadi que, al borde de la paz, tiene la obligación -y la necesidad- de enfrentarse a las secuelas de violencia y odio de décadas de conflicto. Pienso que no se trata tanto de que unos señalen las responsabilidades de otros como de facilitar a sus autores y copartícipes morales el reconocimiento del daño ocasionado, sin que por ello estén obligados a renunciar a propósitos aceptables en la sociedad democrática. No se le puede requerir a nadie que por causa de sus equivocaciones se inmole para siempre en la hoguera con toda su historia y bagaje.

Hay una presión excesiva y una ansiedad desmesurada que dificultan la promoción del sentimiento de culpa en el entorno social de ETA. En la propicia situación política actual determinados agentes mediáticos y partidistas están entorpeciendo el proceso de reconciliación, incluso lo boicotean para eternizar el enfrentamiento. Las invocaciones del PP a una próxima ilegalización de Bildu, más allá de su oportunismo electoral, forman parte de esa estrategia obstruccionista. ¿Es efectiva tanta presión sobre la izquierda abertzale para que acepte su deuda histórica? Creo que es excesiva y sirve de argumento para que aquellos que quieren viajar de puntillas al futuro sin zanjar el pasado contagien a todos su objetivo de impunidad. La presión sobre el mundo radical tiene sus límites en la eficacia y en sus intenciones.

Debe haber exigencia, claro que sí, para que se produzca la retractación del terror; pero esta interpelación debe tener base social y no provenir de los partidos. Hay que ser exigentes, pero más aún inteligentes para que la ansiedad por ganar un poco de tiempo no nos haga perder esta nueva oportunidad. Ciertas cosas necesitan paciencia y algunas, como la reconciliación, mucho más. Que un concejal del PP en Donostia se vea obligado a excusarse por brindar festivamente con su alcalde, de Bildu, indica hasta qué punto se retroalimentan los enemigos de la convivencia. Y que Martín Garitano, máxima autoridad de Gipuzkoa, declare que “habrá un día en que todos tengamos que reflexionar sobre el daño que cada cual ha podido padecer y cometer”, pero que “aún no estamos en ese tiempo”, refleja su cobardía moral; pero también los dilemas del mundo intransigente para ponerse al día en derechos humanos y empatía. De momento, selectivamente, ha calificado de “más que error” los atentados de ETA en Catalunya.

Vértigo al pasado

¿Qué impide a los intolerantes experimentar un sentimiento de culpa por la devastación del terrorismo? El vértigo, el miedo a que aceptar la amargura causada condicione su futuro y, habituados al patrocinio de la violencia y su poder de coacción, no se vean capaces de construir un proyecto político autónomo. Miedo a que la asimilación del sistema les deje inermes por carencia de cultura institucional. Abrirse a un pasado que contradice del todo la nueva apuesta democrática les produce un vértigo insuperable. En mi opinión, es mejor ayudarles a que se asomen a ese abismo poco a poco que apresurarles a que se encaren con sus fantasmas. Algún día tendrán que hacerlo, pero todavía no están ética y políticamente preparados.

Conviene practicar el realismo para no generar frustración: a la reconciliación le quedan años de rodaje y caminará paralela a la normalización democrática. Hay que entender que la ideología radical es obstinada y no se prestará a la exhibición de su fracaso. Para un sector social la lucha militar tuvo sentido y motivo en el contexto de una acción revolucionaria contra el fraude del postfranquismo. Hay mucha épica y abundante retórica sosteniendo este balance, según el cual así como antes la opción pertinente eran las armas, ahora -por evolución- toca el compromiso institucional. Una reemplaza a la otra en secuencia natural para eludir la sensación de derrota.

Este es su discurso justificativo: al igual que España pasó de la dictadura a la democracia mediante una transición dirigida por líderes franquistas cuyos crímenes quedaron impunes, la izquierda abertzale y ETA hacen su propia reconversión y viajan de la lucha armada a la acción política sin que deban rendir cuentas que a otros no se exigieron. Es un diagnóstico retorcido, pero en las contradicciones de la democracia española encuentra su amparo dialéctico. Añado por mi parte que su vacilación para renegar de su ayer y empatizar con sus víctimas es equivalente a la de ciertos estratos sociales -asimilados electoralmente al PP- para condenar el franquismo y reparar la dignidad de los represaliados. No creo que esa España esté moralmente autorizada para pedir descargos de conciencia ajenos. La sociedad vasca sí puede hacerlo.

El lento perdón

“Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie”, advirtió Concepción Arenal. De esta dispersión de responsabilidades se vale la izquierda abertzale para eludir o aplazar sus deberes éticos. Paradójicamente, este análisis coincide con la culpabilización genérica que algunos partidos vierten sobre nuestra sociedad, acusándonos de complicidad, por omisión, en  los años de terror. Si esos grupos tildan a los ciudadanos de cobardes frente al terrorismo por “mirar hacia otro lado” y por no compadecernos de las víctimas, el mundo de ETA nos atribuye haber tenido arte y parte en la vulneración de sus derechos, la tortura y la ilegalización. Ambas incriminaciones son perversas, una por adjudicarnos sus crímenes y otra por endosarnos su dejación institucional y disfrazar su incompetencia ante el problema político de fondo.

La historia es lenta, como el motor de la conciencia. La percepción de la izquierda abertzale es que el perdón y la memoria de las víctimas no son una urgencia ética ni estratégica, porque tienen la mirada refugiada en el futuro. También el victimismo partidista es un escollo, como lo es que Arnaldo Otegi esté en la cárcel y no liderando el cambio. Conviene que España no enrede y se ocupe de su propio relato: han transcurrido más de treinta años y los españoles aún no tienen una narración compartida de lo que fue y significó la dictadura. ¿Se puede pedir a Euskadi que escriba ya la crónica de una época de terror, mientras España, con miles de muertos en las cunetas y un ignominioso Valle de los Caídos donde yace el tirano al pie del altar mayor, titubean en la gestión del recuerdo de cuatro décadas de horror? Es incongruente.

Tal vez la tradición hipócrita española se conforme con que la izquierda abertzale muestre un dolor fingido y que acuda protocolariamente a los homenajes de las víctimas de ETA, por imperativo formal, como cuando se jura de mentira la Constitución o la bandera ¿Gestos? No, hoy demandamos autenticidad, certezas y transformaciones veraces. Queremos tener la seguridad de la paz y alcanzar el punto sin retorno. Esperaremos el tiempo que haga falta a que la derrota moral e ideológica de la violencia se haga pública por sus autores y cómplices con una sincera admisión de la tragedia. Si hoy ya es demasiado tarde, mañana todavía es pronto.

http://www.deia.com/2011/08/29/opinion/tribuna-abierta/eta-y-el-sentimiento-de-culpa

Sinceramente, ¿a quién le importa el viaje del Papa?

Si esperáramos a tener una opinión bien fundada, nunca llegaríamos a emitir juicios, de forma que la mayor parte nuestras evaluaciones son impresiones precipitadas o criterios temerarios inducidos por insuficiencia de datos. Por eso se cambia tanto de parecer, porque hoy sabemos lo que ayer desconocíamos. Una opinión es, a lo más, una razón en grado de tentativa. Casi todo es inoportuno, volátil e imperfecto, por lo que, aún a riesgo de equivocarse, hay que atreverse a mirar la realidad sin miedo, honestamente, y enfrentarnos a las dudas que nos plantea. Contemplo todo lo que sucede -protestas, movilización de recursos, ilusiones, actitudes, mensajes, fenómeno de masas- alrededor del viaje del Papa a Madrid, donde acude con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), y me siento increpado como ciudadano observador y como católico libre a no callar lo que el corazón me pide compartir y a proyectar mis recelos y perplejidades ante este acontecimiento social y religioso.

Conviene, antes que nada, separar lo importante de lo superficial para evitar que el ruido interfiera en la melodía. El Jefe de la Iglesia de Roma se presenta en medio de un doble barullo: el de los críticos, para quienes la pompa escénica y el mensaje doctrinal  constituyen una provocación en una sociedad aconfesional y empobrecida por la crisis económica y ética; y el de los activistas católicos, que hacen uso de su libertad de culto para difundir los valores de la fe en una comunidad contradictoria, mayoritariamente cristiana pero atravesada por el relativismo. Este choque de estridencias, una hostil y la otra ostentosa, es expresión del ejercicio en precario de un pluralismo democrático que ponen en peligro los extremistas de uno u otro signo, los que no quieren nada y los que lo quieren todo. Entre unos y otros, excluyentes y antagonistas, la sociedad asiste indiferente a lo que más parece un espectáculo -un concierto de conciencias- que un singular encuentro de creyentes.

En efecto, ¿a quién le importa la visita del Papa? La indolencia pagana y las ocupaciones vacacionales de los ciudadanos son la verdadera oposición de la convocatoria del Papa y los prelados. La economía y el ocio prevalecen sobre lo trascendente. ¿De verdad la JMJ muestra la fortaleza de la Iglesia o más bien proyecta la  debilidad de un empeño de preservación de unas creencias que pierden adeptos año tras año? ¿Qué grado de culpa tiene nuestra religión en su paulatina decadencia? Más que nunca, la Iglesia no es de este mundo escéptico y autosuficiente. Y se equivoca cuando achaca las causas del desapego cristiano al acoso de agentes externos, sin percibir a sus auténticos adversarios dentro y fuera de su propio sistema, cerrado e invariable.

El laicismo no es el enemigo

El cristianismo actual padece una crisis de identidad. Si no dudara de sí mismo no mostraría tantos temores y le valdrían para subsistir la potencia y la seguridad de sus profundas convicciones. En la confusión y el miedo a la soledad los seguidores de Cristo muestran su fragilidad. ¿Por qué temer o recelar de los que piensan diferente sobre el origen y destino de la vida humana? ¿Cómo se entiende ese aire de superioridad moral de los católicos en sus celebraciones y su contraste con el complejo de inferioridad ante la sociedad laica? Bien es cierto que la comunidad democrática sufre por su parte una terrible crisis de identidad y sus despistes y  angustias la están llevando por los peligrosos derroteros que preceden a las peores catástrofes históricas. Frente a esta realidad es inaceptable que la Iglesia de la piedad culpe al laicismo -el nuevo Satanás- de los males del mundo y llame a la conversión como salida y esperanza frente a nuestros problemas sin insertarse en su complejidad. Ese concepto de temor salvífico no solo es anticristiano, sino que además como argumento resulta contraproducente por irracional. No se persuade a la gente por tiempo duradero por la vía dogmática pura: hay que ejercer una labor que libere el innato sentimiento religioso y este defina una idea menos mágica de Dios, pero a la vez más grande y superior.

¿Y en qué consiste realmente la amenaza laicista? En un lento movimiento equilibrador que transita de una sociedad intensamente cristiana a una colectividad de nuevos valores posreligiosos. Como este recorrido no se ha producido en el Estado español en los niveles institucionales, pero sí en la realidad social básica, el laicismo más agresivo es el síntoma de esta contradicción, en la que lo real (la decadencia católica) cruje frente a las prerrogativas de la Iglesia. Dicho en términos de sociología política, el laicismo racional es una propuesta de normalización, aunque sus manifestaciones públicas asumen a veces la misma intransigencia de la Iglesia histórica y se decantan por el enfrentamiento y la derrota religiosa. La protesta laicista contra el JMJ obedece a esas tensiones internas no resueltas en la comunidad y también al grado de intolerancia de los más radicales. Las actitudes fanáticas de Rouco Varela y los activistas del 15-M son de igual naturaleza.

El laicismo no es responsable de la diferencia existente entre el 71,7% que se declara católico (encuesta del CIS de julio) y el 74,4% que manifiesta no asistir a misa casi nunca o solo algunas veces al año. Semejante incoherencia es fruto de los males internos de la institución religiosa y herencia del inflado catolicismo de otras épocas. La tradición no hace que la gente crea por inercia al no traspasar su cultura. Más le vale a la Iglesia cuidar un talante de humildad frente a la contracepción, el aborto, la sexualidad, las mujeres y la familia, recuperando el sentido caritativo cristiano y relegando sus furores de condena y sus maldiciones contra la sociedad democrática. Convencer es más difícil, pero más eficaz que la excomunión y el mito del infierno.

La respuesta exhibicionista

Los fastos del JMJ son una réplica desproporcionada a las necesidades espirituales. Un exceso de esplendor y una movilización desaforada. Desde la perspectiva de la mercadotecnia constituye una campaña de marketing global que se centra en el target más endeble, los jóvenes, los potenciales clientes del futuro. La debilidad católica ha optado por el exhibicionismo piadoso y no por la sobriedad y profundidad de la fe. Ha elegido el espectáculo, seducido quizás por las modas de la sociedad posmoderna. Pero el JMJ pasará y el germen cristiano apenas dará frutos, me temo, porque no hay contenidos nuevos. No es al millón de convencidos concurrentes a los que hay que conquistar, sino a la gran mayoría de creyentes desilusionados que, perplejos, contemplan un despliegue descomunal que, poco a poco y día a día, con mensajes de compasión y comprensión, resultaría más convincente que este aparatoso derroche de solemnidad. Dios nunca decepciona, pero la Iglesia es decepcionante.

El mayor enemigo de la Iglesia no es el laicismo, sino la indiferencia, siendo esta producto de la frustración del proyecto cristiano original y el cómodo refugio de los desencantados que un día creyeron y dejaron de creer porque el Dios de la predicación se oponía al Dios de las realidades concretas. Millones de personas buscan la verdad, yo también. Es posible que la falta de sinceridad colectiva de los católicos haya sido el mayor estorbo para la exploración de la verdad. Y si la verdad no está la ciencia, sino en la intuición de un más allá y en la bondad de una vida compasiva, nuestra Iglesia debería ocuparse de convertir a los buscadores en encontradores.

http://www.deia.com/2011/08/18/opinion/tribuna-abierta/a-quien-le-importa-el-viaje-del-papa

Las horas locas del fútbol

Este partido lo vamos a perder. Y no uno, sino los 380 que se jugarán la próxima temporada. Huelgas aparte, la Liga de Fútbol Profesional y la televisión han decidido, sin requerir la opinión de aficionados y telespectadores, que los encuentros se disputen en nueve horarios distintos, entre doce de mediodía y diez de la noche, en sábado, domingo y lunes, sin contar las cuatro jornadas de miércoles y la Copa. Nueve horarios diferentes para diez partidos semanales que reventarán los hábitos familiares, soliviantarán a otros sectores (comercio, transporte, prensa) y pondrán a prueba la capacidad de resignación o insurrección de los clientes -los que llenan los estadios y los abonados a la televisión de pago- contra esta demencia programadora.

La revolución horaria es una medida desesperada para remediar la quiebra financiera del fútbol y la televisión, dos mundos interdependientes y socios de una inmensa burbuja de precios inflados (derechos de emisión y contratos de jugadores) cuyo estallido pretenden aplazar con ilusorias fuentes de ingresos. Su cálculo es que la dispersión de la contienda en franjas horarias diversas puede incrementar el consumo de televisión de pago, incluyendo la demanda procedente de Asia, porque el fútbol es global. ¿Cuántos partidos es capaz de digerir una persona por semana? ¿Ha aumentado la tasa de saturación telefutbolística? Pero aunque el apetito popular de balompié sea mayor, ¿acatará el auténtico aficionado, el que acude al campo para apoyar a su equipo, la ocurrencia del futbol matiné?

Roures (La Sexta) y Astiazaran (LFP), coautores de esta fechoría, ocuparán un lugar de honor en el museo de la extravagancia, junto a Julio Rodríguez, ministro franquista que impuso el curso escolar de enero a diciembre, y los creadores de la jornada intensiva, pretexto veraniego español para trabajar menos y escapar a la playa. Claro que a un país que almuerza a las tres y cena a las diez no puede extrañarle que la élite del fútbol ocupe la hora reservada por los niños en el cole.

http://www.deia.com/2011/08/15/ocio-y-cultura/horas-locasos para jugar sus torneos.

Rajoy tiene miedo

Mariano Rajoy, a quien conocí hace 30 años cuando él empezaba su carrera en política y yo la mía en comunicación, es un gallego típico: inteligente, táctico y tenaz; pero tiene miedo, muchos miedos. ¿A qué? Primero, al fracaso, a no ser capaz de vencer en ocasión tan propicia y pasar a la historia como el hombre que no supo ganar. O a ganar mal, en precario, como quien se impone a su enemigo más por la caducidad de este que por merecimiento. Incapaz de generar ilusión, tiene miedo a ser la última y triste alternativa en unas circunstancias en la que todo juega a su favor frente a un adversario que sale derrotado de antemano con la única misión de perder sin estrépito.

Rajoy tiene miedo a que los sucesos del pasado se repitan y el 20-N sea su tumba política. Las elecciones de otoño serán las terceras como candidato del PP y en esta tentativa final se las tendrá que ver con Rubalcaba, no menos listo, táctico, tenaz que él, pero con más capacidad dialéctica, lo que en política, donde la palabra es la herramienta de trabajo, es decisivo. No es que Mariano sea menos brillante que Alfredo: es que tiene enormes dificultades para expresarse en público y convencer. Se diría que sufre cada vez que sube al estrado, por lo que rehuirá el cuerpo a cuerpo de los debates.

Rajoy tiene miedo de sus propias limitaciones. Su imagen no se corresponde con la de un líder carismático, sino con la de un probo registrador al que espantan las cámaras y los micrófonos. Las encuestas (el CIS de julio, la última) le retratan como un hombre poco confiable y superado por su oponente en eficacia, visión de futuro y capacidad para el diálogo. A Rajoy se le percibe indolente y frágil ante los retos. Parece de esas personas que se hunden en las crisis. Rajoy sería un excelente jefe de negociado, incluso un buen ministro; pero es un pésimo candidato, al que hay que llevar a rastras de lugar en lugar e inventarle las ideas y las ocurrencias para no que flaquee ante la gente. No emociona ni seduce. Dios no le hizo líder.

Miedo a la mala suerte

Rajoy tiene miedo a que ocurra algo inesperado, como el 11-M en 2004, que le impida alcanzar una victoria segura en noviembre. Miedo a que algo falle en sus pronósticos, siendo él tan previsible. Miedo a la confabulación de los elementos y que el fantasma de la mala fortuna se cierna sobre sus ambiciones. Porque Mariano, como buen gallego, es supersticioso. Y cree en las meigas porque, también para él, haberlas haylas. De hecho, asume que la mala suerte ya se la ha jugado al regalarle la presidencia en la peor coyuntura económica desde hace un siglo.

Rajoy tiene miedo a que ETA le haga un favor a Rubalcaba anticipando algún tipo de comunicado sobre su próxima disolución y que la baza de la política antiterrorista (¡qué gran filón para los canallas!) facilite las expectativas del candidato socialista. Preferiría que los asuntos relacionados con la violencia no sobresaltaran la campaña, porque llega con un discurso crispado e ilegalizador. Es cierto, Rajoy es poco populista a fuerza de ser un tipo serio. Es sobrio, directo y parco, de manera que lo suyo no es la sorpresa, el ruido de las propuestas rompedoras o el marketing de moda. Es una certeza que el aspirante popular desprecia la propaganda y la afectación y que las teorías de la imagen pública son para él sutilezas de un sistema encubridor para huir de la simplicidad de las cosas.

Rajoy tiene miedo a la euforia, a que los pronósticos unánimes que auguran su triunfo sea un incentivo para la movilización de sus rivales y no tanto un factor de ilusión para sus seguidores. Tiene terror a las encuestas y a quedar siempre por debajo de la potencia de las siglas de su partido. Cree más en sí mismo y en su paciencia que en los demás y sus ansiedades. Lo suyo no es pereza, sino parsimonia. Teme a las palabras más que a los hechos y tiembla ante el entusiasmo desbordado de sus hooligans que se prometen un paseo feliz hasta La Moncloa.

Rajoy tiene miedo a muchos de los suyos. Aborrece a los aduladores tanto como el pavor que le provocan Aznar, Mayor Oreja y Esperanza Aguirre, esos notables del PP que pueden condicionarle la campaña con exabruptos y radicalismos ultras. En realidad, tiene miedo al pasado del que es heredero, terror a que le ordenen más que sugieran lo que debe hacer y deshacer. No es un hombre de tutelas, pero sabe que un partido como el suyo es un cóctel en el que los distintos ingredientes no quieren mezclarse. Rajoy es un desconfiado nato y esta desmesura convierte su pequeño círculo de fieles en guardia pretoriana, siempre alerta para impedir que algún traidor le envenene estratégicamente.

Rajoy tiene un miedo atroz a la prensa y específicamente a la caverna mediática. Su temor a Pedrojota es reverencial y le asustan las interferencias de Intereconomía y la Cope, sus devotos neofranquistas. Como no permite que nadie ocupe su espacio, le quita el sueño que los extremados posicionamientos de ciertos sectores sociales -la patronal, la banca y la Iglesia- pretendan escribirle el programa y el discurso: reducción de impuestos, abolición del aborto, reforma del matrimonio gay, cambios constitucionales y esos temas inquietantes para todo acomplejado. Rajoy es un acérrimo de la moderación en el amplio sentido del término, más por tibieza que por táctica.

Rajoy tiene mucho miedo a la calle. El movimiento 15-M ha espoleado sus turbaciones y constata que los indignados son más enemigos suyos que de Rubalcaba. Los observa como una articulación preventiva contra el gobierno de la derecha y que los nuevos rebeldes van a ser, más que los demás partidos, la auténtica oposición contra la que no le servirá la policía para aplastarlos. Con el precedente del Nunca mais tras el desastre del Prestige, que al hundirse hundió a Rajoy, lo lógico es que le tenga pánico a las protestas multitudinarias.

Miedo de Euskadi y Catalunya

Rajoy tiene miedo de su propia timidez y sus derivaciones de mal comunicador. Es consciente de su levedad gravitatoria sobre las masas sociales. Se ha dicho de él, halagadoramente, que no le gusta aparentar lo que no es. Es una gran falacia, porque toda persona que reconoce sus defectos se ocupa de ocultarlos externamente, resultando así que esconder las carencias y deficiencias propias es una forma de transformación, una apariencia falsa de uno mismo, una simulación fabricada.  Precisamente, minimizar las debilidades del candidato constituye un objetivo prioritario de las campañas de imagen, complementario de la proyección de sus fortalezas. Rajoy arrastra ese complejo de mal candidato, cuyo origen está en sus dificultades en el habla, muy acusadas cuando yo le conocí y que todavía son notables.

Rajoy tiene miedo a un resultado marginal en Euskadi y Catalunya y que el discurso antinacionalista del PP le cueste un alto precio en ambas comunidades. Rajoy tiene miedo a no estar a la altura del momento histórico y ser incapaz de concitar la unidad de acción y los acuerdos -económicos, de valores, reforma del sistema y una nueva transición- que el Estado español requiere con urgencia y en los que no debería relegar a las fuerzas nacionalistas. Rajoy teme que los suyos le inciten a la revancha y la imposición. Tiene más miedo a la mayoría absoluta que a quedar en minoría, porque de la hegemonía puede resurgir el alma intransigente y antipática de Aznar, su mentor. El diálogo es mucho más sencillo cuando la necesidad es más fuerte que el poder.

Rajoy tiene miedo. Y yo también tengo miedo, pero de él.

http://www.deia.com/2011/08/14/opinion/tribuna-abierta/rajoy-tiene-miedo