Basagoiti, Capitán España

Antonio Basagoiti se ha empeñado en ser el Capitán España; pero al contrario que el héroe de papel -y ahora digital- Capitán América, lo suyo es enfrentarse a sus enemigos en Euskadi con la fuerza de los exabruptos, que es mucho más fácil y exige menos riesgos que la tentativa del valor argumental. Y así, por si la política vasca no estuviera ya suficientemente cargada de agresividad y excesos, el presidente del PP vasco ha querido añadir a la feria de las palabras huecas una constante tormenta de grosería verbal que, si bien le proporcionan notoriedad mediática, le disminuyen como líder de la derecha por lo altisonante de sus ocurrencias y la virulencia oral de sus dichos.

El último disparate ha sido calificar a Martín Garitano, Diputado General de Gipuzkoa, como “proxeneta de los que prostituyen la democracia”. También le ha negado públicamente el saludo al dirigente de Bildu. Entre sus perlas cultivadas para el diccionario de las tonterías se cuentan estas:

“Que sepa la gente que estos que han hecho este terrible atentado no son vascos. No son nada, son mierda”.

“La acusación a Camps es una verdadera gilipollez y además la ha hecho un tipo que pasaba por allí, que dice que le ha llevado unos trajes”.

“ETB ha dado bola a ETA”.

“No me reúno con el embajador de Venezuela porque no tengo detector de metales”.

Estos y otros muchos desahogos confieren a Basagoiti una imagen de charlatán grosero de la que debería huir, no solo porque por la boca muere el pez, sino porque por la boca muere la paz, un tesoro por el que llevamos anhelando muchos años y que ahora no puede aventurarse por la locuacidad de un inexperto líder derechista.

En política, la cuestión no es la cantidad de mensajes que uno emite, ni su calibre de disparo, sino su aportación objetiva a la dialéctica política y al entendimiento entre sectores separados por muy diferentes concepciones de país, obligados a convivir o, al menos, cohabitar. Basagoiti parece uno de esos tipos cínicos a quienes les encanta que hablen de ellos, aunque sea mal. O un desesperado cazador de titulares. O, peor aún, un provocador. Si Basagoiti pretende ser el héroe que pacifique Euskadi, ha elegido las armas de los cobardes: las palabras disparadas como balas, las palabras disparatadas. Los disparates. Las personas excesivas suelen, a veces, tener ideas geniales. Recuerdo que Xabier Azalluz era también un hombre de facundia inmoderada; pero entre sus dichos podía encontrarse alguna pieza sublime que ha quedado para la historia. A Basagoiti no se le conoce en su colmada fonoteca ninguna frase creativa, sólo tonterías.

Tengo varias hipótesis acerca de la incontinencia verbal de Basagoiti y no sé con cuál quedarme como la más ajustada. Tal vez sea una mezcla de estas cinco hipótesis:

Primera hipótesis: Basagoiti es un insensato. Es probable, y lo he constatado personalmente, que el presidente del PP sea un tipo sin freno, impulsivo y vehemente, sobre todo cuando sube al escenario de los medios o a la tribuna política. De hecho, raras veces lleva escritas sus intervenciones. Improvisa o confía en su inspiración o su memoria. Por lo tanto, se deja llevar. Y como no es un hombre de discurso fácil (aunque sí facilón) y no posee una gran capacidad dialéctica y creativa, cae en el disparate, la improvisación y se le escapan las peores ocurrencias. Dentro de esta misma hipótesis, cabe que Basagoiti sea crea un tipo gracioso y que, en su papel de político que cuenta con muy pocas simpatías entre la población vasca, se sienta impelido a soltar las simplezas que alguien le dijo el día anterior en el bar o en las reuniones con su gente. Quiero decir, en definitiva, que es posible que Basagoiti sea un irresponsable mayúsculo, un defecto que los medios de comunicación (particularmente El Correo Español) minimizan u ocultan, pero que constituye el diagnóstico que del líder del PP vasco tienen las élites empresariales, sociales y culturales de Euskadi. Nadie toma en serio a Basagoiti, ese es su drama.

Segunda hipótesis: Basagoiti está mal asesorado en comunicación. Siendo la comunicación el punto donde tiende a naufragar, cabe la posibilidad de que sus asesores estén desacertados en su estrategia y estén primando el objetivo de la notoriedad a cualquier precio sobre otros propósitos más importantes, como la credibilidad, la confianza y la sustancialidad. Si yo fuera su consejero de imagen, ya hubiera presentado mi renuncia a la vista de los efectos negativos de mi trabajo. No habría que descartar, en este ámbito, que Basagoiti sea un indisciplinado y no haga caso a lo que le piden sus consultores y que estos se vean incapaces de corregir los desatinos y precipitaciones verbales y gestos agresivos del líder popular. Creo plausible esta opción. Basagoiti se sobrevalora y no presta la debida atención a las personas que quieren ayudarle a mejorar en sus representaciones públicas. Basagoiti necesita una dosis doble de humildad, esa que te ayuda a escuchar, a autocriticarte, a tener objetivos concretos, a aceptar tus defectos, a incrementar tu nivel de calidad. Basagoiti es un pésimo vendedor de sí mismo. Sin moderación y equilibrio no hay un liderazgo viable. Basagoiti está muy lejos de alcanzar los dos objetivos que más necesita el PP vasco: ocupar una parte del centro político vasco (renunciando a la crispación y la intransigencia ideológica del pasado) y asumir un vasquismo sociológico del que está a años luz.

Tercera hipótesis: Basagoiti padece ansiedad política. Es posible que al presidente del PP le pese como una losa la historia del PP y Alianza Popular, herederas del franquismo sociológico, que ha constituido -y persiste aún hoy- su base electoral. Basagoiti tiene prisa, demasiadas urgencias en cambiar el discurso de su predecesora, María San Gil, fiel representante de la derecha autoritaria vasca. Y esta ansiedad de cambio de apariencia es lo que mueve su verbosidad y provoca en él las improvisaciones, los excesos, las malas maneras y sus precipitaciones. Quizás cree que la derecha españolista ha sido durante años inane y benigna en sus pronunciamientos y que frente a una cierta carencia de personalidad es necesario reforzar la bravura del PP, sacar pecho y entrar en la pelea dialéctica. Puede que así, piensa Basagoiti, que al Partido Popular vasco se le tenga en cuenta y dé muestras de que existe en Euskadi. No quiere ser una anécdota como hasta ahora y por eso habla más fuerte de lo conveniente y sus palabras chirrían y desentonan. Es una manifestación de impotencia, como el grito de protesta del niño a quien nadie presta atención.

Cuarta hipótesis: Basagoiti busca el liderazgo en el país de las palabras. El presidente de la derecha conoce sus debilidades como líder. De alguna manera es consciente de que su acceso al poder en su partido es fruto de las circunstancias y que su valía intelectual y política están sobrevaloradas en su figura de jefe máximo. Conoce las valoraciones que de él se filtran en el Euskobarómetro, un 2,5 en el último estudio, con tendencia al estancamiento. Aún así, Basagoiti tiene la ambición de ser un auténtico líder y que su partido deje de ser irrelevante en la política vasca. Y como los resultados no acompañan, ni él mismo hace una lectura correcta de la situación y de sus méritos políticos, es por lo que busca escalar posiciones en el país de las palabras, allí donde no hace un gran esfuerzo para construir ilusoriamente un liderazgo y un proyecto de sí mismo. Naturalmente, ese impulso es insuficiente y al forzar la capacidad de las palabras para edificar un liderazgo, su locuacidad se muestra impetuosa, radical y ofensiva. Olvida Basagoiti que en política, como en la vida misma, lo esencial son los hechos y no las frases lapidarias. Sus propuestas y sus palabras hace tiempo que están divorciadas.

Quinta hipótesis: Basagoiti es un cínico, seguidor de Pedrojota. Me inclino a pensar que Basagoiti admira a Pedrojota Ramírez, al que considera un triunfador. Veo en Basagoiti a un cínico, más sutil que el periodista, pero menos inteligente y creativo. La baza de Ramírez es que la ideología carece de importancia y que lo esencial es tomar una posición estratégica desde la que sea posible tener éxito, a costa, eso sí, de toda coherencia personal. Basagoiti es de la misma opinión, según parece. ¿Ser de derechas y pactar la lehendakaritza con la izquierda? Qué más da, si lo importante es alcanzar una relevancia política de la que carecíamos. ¿Predicar la paz y poner todos los obstáculos posibles para impedirla? Claro, porque sin ETA gran parte del discurso del PP se vendría abajo. De cinismo están construidas las peores palabras, las más dolientes, las más hirientes, lo que explica la frecuencia de las salidas de tono de Basagoiti y su búsqueda de la utilidad.

Puede que haya otras explicaciones. Hace tiempo que sigo la evolución de Basagoiti y cada día empeora. No resistirá una crisis electoral, porque es un líder de papel. Y el papel, como las palabras, se lo lleva el viento.

Sentimiento de impertinencia: la tristeza de López

EL lehendakari López está deprimido, profundamente contrito. Los demoledores datos del último Euskobarómetro, unidos a los catastróficos resultados del 22-M, le han arrojado para siempre del paraíso de ficción en el que estaba instalado y ya no puede seguir escondiéndose de la realidad. Ahora, como Zapatero, es un dirigente en declive que administra con amargura la última etapa de su gobierno y se limita a resistir pertrechado tras los muros de Ajuria Enea confiando en que escampe. El síntoma perfecto de la decadencia de un proyecto es la negación de la propia discapacidad (la anosognosia) y la imputación del fracaso a las condiciones externas y la incomprensión ajena.

Por eso, la política padece tanto deterioro, porque esquiva su autocrítica y busca a los culpables en todas partes menos en su mismo seno. López y su equipo reflejan como nadie el descalabro democrático de nuestro tiempo al achacar su impopularidad a la coyuntura económica y sus efectos, eludiendo su margen de ilegitimidad original, las contradicciones de sus pactos y su empeño en gobernar contra las urnas y las mayorías.

La dolencia de López, deducible de sus silencios y sus escasas explicaciones, proviene de un sentimiento de impertinencia hacia la mayoría social. Habiendo abandonado la racionalidad, este lehendakari siente que los ciudadanos son injustos, ingratos, crueles e impacientes; en suma, impertinentes, por desconsiderar el esfuerzo realizado por su gobierno y manifestar su descontento y su ansiedad en medio de las graves dificultades que le ha tocado gestionar.

Si entendemos la impertinencia como “importunidad molesta y enfadosa”, López no comprende por qué la gente no aprecia su talento y no percibe su voluntad de servicio. Incluso siente que las encuestas son también una insolencia, ganas de perturbar la delicada misión de liderar Euskadi, un coro de agitadoras que condicionan la opinión y la pervierten. Y así, López está muy enfadado con el 68% que declara su nula o poca confianza en el Gobierno vasco “para sacar adelante los problemas del país” y con el 56% que osa evaluar negativamente el quehacer de un proyecto inédito. Lo dicho: una insoportable impertinencia colectiva.

En su emocional desconsuelo, López cree que todos, incluso los más cercanos, se han vuelto en su contra. Ocurre que el Euskobarómetro, dirigido por un destacado socialista, el profesor Llera, se ha convertido en uno de los principales instrumentos de la oposición nacionalista al surtirla de certezas sociales que refutan al Gobierno españolista y el pacto PSE+PP que lo mantiene. Se engaña si cree que los suyos le traicionan, porque el último Euskobarómetro, como los cuatro anteriores, no ha hecho sino confirmar lo que las urnas dictaminaron el pasado 22-M.

Una aportación singular del estudio dirigido por Llera es la rotunda reprobación de su colega y conmilitón Víctor Urrutia, responsable del Gabinete de Prospección Sociológica del Gobierno vasco, quien en una esperpéntica encuesta oficial pocos días después de las elecciones municipales y forales cifró en 147.000 los ciudadanos que hubiesen cambiado su voto a la vista de los resultados finales. Parece que no se han coordinado bien los mensajes o ha fallado el bucle partido-gobierno, principio del fin de todo desastre estratégico.

La realidad de Euskadi es tan contundente que, a la hora de minimizar los daños del Euskobarómetro, la única caridad que han podido hacer a López sus autores ha sido retrasar lo más posible la presentación del estudio. Si en años precedentes el informe de mayo se hacía público a finales de junio o primeros de julio, esta vez lo han entregado en los umbrales de agosto para que el impacto de los apabullantes datos -con las prioridades ciudadanas puestas en la playa y las vacaciones- fuera el menos perjudicial para el lehendakari. Otra vez la técnica franquista de malversar la verdad con artimañas.

Retratada la situación con un 67% de contrarios a la coalición gobernante y un apoyo del 32% a la actuación del PNV en la oposición, junto con los datos de reprobación al Gobierno López, que han empeorado en el último semestre con tendencia al cataclismo, me pregunto con qué ilusión pueden ir a trabajar los consejeros, viceconsejeros, directores y otros cargos socialistas a sus despachos de Lakua sabiendo que el refrendo a su labor es casi marginal, un 18%.

¿Qué planes, leyes o iniciativas válidas pueden elaborar quienes, a juicio de los ciudadanos, no responden a sus expectativas ni merecen su confianza? ¿Con qué ánimo afrontarán el servicio público quienes son conscientes de su radical interinidad y precariedad social? Solo el cinismo o la ambición personal pueden soportar un gobierno carente de suficientes apoyos legítimos. ¿O quizás lo sostiene una pulsión frentista, construida sobre viejos rencores y revanchas? En estas circunstancias lo lógico es que el abatimiento se contagie y extienda por todos los departamentos y se proyecte en sus mensajes, justificativos, acríticos, delirantes y a la defensiva. Los rostros de tristeza de Aguirre, Bengoa, Ares, Celaá, Arriola, Zabaleta y, específicamente, de la portavoz Mendia son la imagen del sentimiento de derrota que descompone a todo un gobierno, desacreditado por su nulidad gestora y política e impugnado por la democracia y la demoscopia.

El sentimiento de impertinencia de López para con la mayoría contrasta con el estado emocional de Euskadi, esperanzado más que nunca en una paz definitiva y la concordia. Quizás el PSE hubiera deseado que la nueva situación se hubiera producido con un mapa político distinto del actual; pero hay que reconocer, más allá de los anhelos particulares, que las circunstancias son inmejorables: la izquierda abertzale no solo está legalizada, sino que además gobierna en numerosos municipios y la Diputación guipuzcoana; el mapa político se está racionalizando y ningún partido tiene respaldo para imponer proyectos unilaterales, lo que obliga a grandes acuerdos transversales. En este contexto, López y el PSE tienen que identificar el origen de su tristeza mediante una lectura serena de los datos electorales y el Euskobarómetro. La desazón que les aflige tiene su núcleo en el pacto antinacionalista. Esta alianza les ha prestado el poder provisional a cambio de derechización, pérdida de iniciativa política, atrincheramiento ideológico, homologación españolista y degeneración democrática. Ningún consenso alternativo estratégico de país será posible en tanto se mantenga el muro de la vergüenza que divide a los vascos en constitucionales o rebeldes, por sentimientos de pertenencia.

Lo peor que podría hacer López para remediar su desconsuelo, como hacen los fracasados esenciales, es echarle la culpa a la mala suerte porque su llegada a Ajuria Enea ha coincidido, maldita sea, con la crisis económica. Esta píldora calmante puede engañar el dolor por un tiempo; pero solo servirá para aprovisionarse de frustración. La enfermedad requiere cirugía urgente y la extirpación del tumor maligno PSE+PP.

http://www.deia.com/2011/08/06/opinion/tribuna-abierta/sentimiento-de-impertinencia

Manifestantes que aplauden a las autoridades. ¿Es una broma?

Reconozco que las imágenes me han impactado y no por su crudeza, de la que carecen, sino por su arbitrariedad o contradicción conceptual: en la explanada de Loiola, en Azpeitia, uno nutrido grupo manifestantes, supuestamente compuesto por familiares de presos de ETA, o contrarios a la dispersión de los reclusos de la organización terrorista, que portan pancartas alusivas a su (justa) reivindicación, aclaman y aplauden a las autoridades que, en su camino hacia la Basílica, pasan delante de los concentrados. ¿Es una broma? ¿Forma parte de alguna escenificación o performance teatral? ¿Es carnaval? No, es una imagen auténtica, más inverosímil aún si está localizada en Euskadi, paraíso de la agitación y laboratorio del disturbio.

La primera consideración que, tras el aturdimiento provocado por la imagen, uno puede hacerse es que algo está cambiando en Euskadi; pero es solo un espejismo inmediato, un razonamiento falso, de esos que elaboran y propagan ciertos comentaristas (José Luis Zubizarreta, de El Correo Español, por decir uno de sus cínicos) de la prensa servidora del Estado. La manifestación, cuyo ejercicio es un básico derecho democrático, tiene por objeto, en la mayoría de los casos, mostrar una repulsa colectiva a los poderes públicos acompañada de un requerimiento de solución. La manifestación es, en sí misma, una acción sediciosa que deriva en una canalización ordenada de la cólera de un grupo social más o menos numeroso contra las instituciones.

Las manifestaciones democráticas no pueden ser actos para la autoridad, sino acciones contra el autoritarismo. Su perversión se convierte, como recordamos, en ceremonias de adhesión inquebrantable, como los que Franco y sus secuaces llevaban a cabo en la Plaza de Oriente de Madrid para lanzar loas al caudillo y su régimen totalitario. La protesta que ensalza a la autoridad es un oxímoron, una contradicción absoluta, pues su esencia es oponerse a alguna medida de la autoridad. La manifestación se sale del cauce político reglamentario y pone su escenario en la calle. Es un síntoma de alguna enfermedad o mal colectivo, de alguna injusticia. Es una emoción que trasciende de algún sentimiento de pesar o amenaza. De manifestaciones Euskadi sabe más que ningún otro pueblo. Hemos vivido décadas en estado de permanente movilización.

Durante décadas nos acostumbramos a las protestas que la izquierda abertzale organizaba contra las autoridades que acudían a Azpeitia al acto conmemorativo de San Inazio de Loiola. Era un clásico del periplo de protestas estivales. Y aceptábamos como normal (subrayo lo de normal) que el lehendakari, el alcalde y el presidente de las Juntas, generalmente del PNV o, en todo caso, de partidos no pertenecientes a la izquierda nacionalista, tuvieran que soportar estoicamente la increpaciones de los manifestantes abertzales, casi siempre protegidos por los escudos de numerosos efectivos de la Ertzaintza. Era lo normal, porque existía en Euskadi un problema político no resuelto. Y las autoridades, no precisamente las directamente competentes para dar solución al conflicto, aguantaban el chaparrón de las protestas, porque eso formaba parte de la ceremonia política y de los inconvenientes de su cargo y su salario. Y no pasaba nada.

Ahora, no. Ahora, los mismos que insultaban y maldecían a los anteriores mandatarios, porque no eran de su cuerda ideológica, arrojan flores y entonan cantos a las nuevas autoridades, con lo que la manifestación se pervierte en un acto de adhesión inquebrantable. Como Franco y la Falange; pero con Martín Garitano y Bildu en su lugar, no en la Plaza de oriente, sino en la explanada de Loiola. No, las cosas no han cambiado a mejor: se han pervertido. Una de dos. O no celebras esa manifestación laudatoria porque ya están los tuyos en el poder para cumplimentar tus deseos, o si la organizas cargas a las autoridades actuales con similares insultos y desprecios a los que antes dedicabas a los representantes que no pertenecían a tu cuerda. ¿Por qué? Porque las autoridades de ahora tienen exactamente la misma responsabilidad que las anteriores en que los presos de ETA vuelvan a Euskadi. O sea, ninguna.

A estas perversiones o chanzas democráticas nos lleva la contradictoria situación política actual y la posición acomodada de la izquierda abertzale. A que la responsabilidad política se valore por el colectivo de sus votantes con un sesgo mentiroso y manipulador. Como si lo normal fuera esto, que los manifestantes aplaudan a las autoridades en vez de increparlas, pues para eso se hizo el derecho de protesta. No se organiza una revuelta para cantar con los tiranos.

Vean en la imagen cómo Garitano corresponde a las loas saludando, agradecido. Y vean a los manifestantes rendir pleitesía a las autoridades. Vamos a ver muchas cosas como estas en Euskadi próximamente. Los mismos que insultan a las autoridades en un sitio y por unas razones, cien kilómetros más allá increparán a las autoridades con los mismos argumentos. De la alabanza a la protesta hay solo unos kilómetros. La esquizofrenia al poder. La democracia solicita un respiro.

No, eso no es normalidad. Es la expresión de las carencias democráticas de la izquierda abertzale. Mientras los demás hemos transitado -y nos ha costado muchos años y gran esfuerzo- por la universidad de la tolerancia, el respeto a las ideas ajenas y la convivencia plena, ellos todavía no han superado la primaria y, con dos nociones de libertad mal aprendidas, pretenden darnos lecciones políticas y gobernarnos. De momento, lo único que han hecho ha sido revivir las manifestaciones del régimen franquista, que sustituían el derecho a la protesta por la obligación de la adhesión inquebrantable. Qué espectáculo, Dios mío.

Horas de sueño. Adiós a la tele de madrugada

Si los europeos nos pusimos de acuerdo en adelantar una hora los relojes en marzo y retrasarlos en octubre para aprovechar la luz solar y obtener un considerable ahorro energético, ¿por qué no consensuar, por mejores razones, el apagón televisivo de madrugada? La BBC se propone dejar de emitir por las noches con el fin de reducir sus costes y adaptarse a la emergencia económica. El plan británico es que entre la una y las cinco no haya programación y las pantallas acojan la venerable carta de ajuste, como en los años 90, antes de que una desenfrenada competencia entre canales condujera a la ocupación de la totalidad del horario. Recuerdo la arrebatada euforia con que las cadenas comunicaban sus 24 horas de emisión: la llama perenne de la tele era como la conquista del fuego para los hombres primitivos, un hito darwiniano.

La consultora audiovisual Barlovento calcula que entre las dos y media y las seis hay más de un millón de telespectadores, unos 40.000 en Euskadi. Se trata de insomnes, noctámbulos, profesionales de guardia (no pocos médicos y enfermeras), convalecientes y otros que, a falta de amorosa compañía, duermen despiertos con la televisión encendida. Todos los espacios de noche son repeticiones de la víspera y solo en determinadas ocasiones, como eventos deportivos intercontinentales o la gala de los Oscar, se ofrece a esas horas algo digno de mantenernos en vela. Para la ansiedad informativa ya está internet, ladrón de sueños. Pero para remediar la soledad o las noches en blanco dudo que exista mejor alternativa que la amistad de la radio o el misterio de los libros. En ninguna vida dichosa la tele sería motivo para dejar de soñar.

Debería decretarse, por cultura y economía, las noches sin tele y que de una a siete, horas de sueño, todas las imágenes se desvanecieran. Porque no se justifica tanto gasto para tan poca gente. Porque no es sostenible (ya salió la maldita palabra de moda) ni primordial. Porque la ETB de López y Basagoiti sería seis horas menos insufrible. Y porque la tele no es la farmacia.

http://www.deia.com/2011/08/01/ocio-y-cultura/horas-de-sueno

La portavoza

Idoia Mendia es la portavoza del Gobierno vasco, además de consejera de Justicia. En su doble condición -porque transmite los mensajes de una institución y porque gestiona la Administración de Justicia en Euskadi- debe adoptar criterios de prudencia y contención en su tarea, de manera que la dignidad del Gobierno procure estar por encima de la ideología que lo inspira. Un requisito de todo portavoz (o portavoza, en su caso) es, además de conocer las actividades de su organización, la capacidad para proyectar una imagen amable, cercana, abierta, activa y eficiente del organismo al que representa. Antes de salir a la tribuna debe desprenderse de su chaqueta partidista y sus gustos personales. Debe ser responsable, qué  menos.

Obviamente, la Mendia carece de estas virtudes. Es arisca, improvisa constantemente y transmite el rostro más hostil y belicoso del Gobierno López. Es la Miguel Ángel Rodríguez con faldas (y a lo loco) de Euskadi. Es la cara más dura de ese proyecto fallido y fracasado que es el Gobierno presidido por López, impugnado por la democracia en las urnas y por la demoscopia en las encuestas.

La hicieron portavoza a Mendía porque es euskaldun. Pero solo esta condición no le valida como portavoza, pero tan necesitado estaba López de proyectar una cierta referencia vasquista de su Gobierno fieramente españolista, que pensaron que Mendia daba la talla. En esto es el equivalente de Carlos Iturgaiz: nadie quería ser (por desprestigio público y presión terrorista) presidente del PP, por lo que optaron por el acordeonista que, aunque con pocas luces, era euskaldun. Mendia e Iturgaiz son el remedio de algunos males que terminan siendo peor que la enfermedad de sus partidos.

La portavoza dijo el pasado martes que “que el informe policial sobre el ‘caso De Miguel’ de presunta corrupción en Álava “pudiera apuntar a un presunto caso relacionado con el PNV y financiación”. Y ha difundido semejante infundio después de advertir (y advertirse a sí misma) que “hay que ser “prudentes” y “esperar a que los tribunales finalicen su labor y digan en la sentencia qué es lo que hay”. O sea, no digo que seas un ladrón, pero creo que has robado. Y esto manifiesta la portavoza sin separarse de su cargo de Consejera de Justicia, con lo que se salta, además de la prudencia, la presunción de inocencia insinuando con indisumulada vileza que el PNV, como partido, está implicado en la trama de corrupción alavesa.

Estupefacto ante el espectáculo de la portavoza, toca hacer varias preguntas, más o menos retoricas. ¿Qué clase de pedagogía democrática cabe extraer de las palabras de la consejera de Justicia en las que se vulnera la presunción de inocencia? ¿Es digno de representar a la ciudadanía quien desde la tribuna institucional pone el ventilador de la porquería para salpicar a todos? ¿A qué juego partidista juega el PSE al sumarse desde las instituciones a la erosión de un partido rival, careciendo de pruebas y fundamentos para implicarlo? ¿Es la presunta corrupción alavesa un instrumento de presión socialista contra el PNV para someterlo a determinados consensos con la coalición gobernante PSE+PP?

El Partido Nacionalista Vasco debe responder con contundencia al juego repugnante de la portavoza. De entrada, debería solicitar su dimisión por negar la presunción de inocencia al PNV y los implicados siendo consejera de Justicia. ¿O tal vez hay que entrar en otro tipo de respuesta? Quizás haya llegado el momento de hacer público algunas posibles ilegalidades familiares de la portavoza, toda vez que resulta chocante que la responsable de la Administración de Justicia en Euskadi pueda situarse por encima o al borde de la ley.

Tenemos, lo ha dicho el Euskobarómetro, un Gobierno al que solo el 15% le merece confianza. Un Gobierno sin rumbo ni futuro. Un Gobierno interino que ha perdido en las urnas y también la dignidad. Un Gobierno muerto y tramposo con una portavoza no menos tramposa.