Paul Ortega
“Si seguimos siendo grotescamente desiguales, perderemos todo sentido de fraternidad”. (Tony Judt, en Algo va mal).
En las últimas semanas se han multiplicado las noticias que alertan sobre la “creciente brecha entre ricos y pobres” y que “la crisis dispara la desigualdad de ingresos”. Destaca el caso del Estado español donde el desequilibrio de ingresos de los hogares se ha incrementado significativamente en los dos últimos años y su disparidad de rentas se sitúa entre las más altas de la Unión Europea (sólo superado por Letonia, Rumanía y Lituania).
Partiendo de los más global a lo más local, conviene recordar que si bien es verdad que la desigualdad económica, la pobreza y la injusticia social han existido siempre, últimamente, sobre todo a partir de la formulación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio en el año 2000, existe una conciencia mayor que la pobreza es un problema mundial y que se debe trabajar conjuntamente para su erradicación.
En los últimos años ha habido una notable reducción de la pobreza a nivel general, pero los avances en realidad se encuentran muy mal distribuidos y muy concentrados geográficamente: Gran parte de esta mejora es atribuible al rápido crecimiento de China e India (las grandes economías emergentes) y otros países asiáticos, mientras otros muchos países africanos están especialmente rezagados en los objetivos de erradicación de la pobreza.
Pero junto al descenso de la pobreza en el mundo, paradójicamente aumentan las desigualdades, tanto a nivel mundial como en la mayoría de los países. La pobreza no es por tanto ajena a la extrema desigualdad que existe en el planeta. A veces nos olvidamos que para acabar con la pobreza no basta con generar más recursos, sino poner en marcha mecanismos de redistribución global de la riqueza. Esta aspiración de justicia e igualdad choca con las lógicas y estructuras de poder e intereses que imperan en el mundo y en los países.
En nuestros días, la mayoría de los ingresos de una persona están determinados significativamente por el país donde ha nacido y habita (y en menor medida por la clase social). Las desigualdades de rentas cada vez son más grandes y se deben principalmente a las grandes diferencias entre las rentas medias de los países. Además, la distancia que separa a los ricos de los pobres es mayor que nunca y sigue aumentando: el 2% más rico de la humanidad posee el 50% de la riqueza mundial; y el 50% más pobre tan solo el 1%. La riqueza está sumamente concentrada en Norteamérica, Europa y los países de altos ingresos en el área de Asia-Pacífico. La población de estos países posee colectivamente 90% de la riqueza total global.
Sin duda, la pobreza y la desigualdad global son cuestiones éticas; la suerte de cualquier individuo del mundo nos afecta, pero además estas situaciones generan un incremento de las tensiones en el mundo. Las personas no sólo se preocupan por sus ingresos absolutos en dólares sino también por su posición en la pirámide social y en si consideran que esa posición es justa. Esta inmensa brecha, entre otras consecuencias, aboca a la migración. La gente hoy sabe mucho más sobre las condiciones en diferentes países que en el pasado, y si cruzar una frontera implica que su ingreso puede multiplicarse varias veces, intentará hacerlo. Además, en este contexto las categorías de pobreza se alteran. No será extremadamente pobre (sólo) quien viva con menos de 1,25 dólares diarios, sino también cualquiera que por comparación se perciba en la base de la pirámide. Las consecuencias de las desigualdades tendrían por tanto que ser vistas como negativas desde todos los puntos de vista, incluso también desde la estabilidad de los países ricos.
También las desigualdades nacionales están aumentando de un modo especial tanto en los países emergentes como China, Sudáfrica, India y Brasil (que dejan en los márgenes, en la pobreza, a la abrumadora mayoría de sus poblaciones), como en algunos países ricos, Estados Unidos, especialmente (pero también Reino Unido, Australia y otros).
La OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, que agrupa a los 34 países más avanzados) en su reciente estudio titulado Divided We Stand (Nos mantenemos divididos) explica por qué la desigualdad continúa aumentando. En la mayoría de estos países la brecha entre ricos y pobres ha seguido ensanchándose, incluso en el periodo de crecimiento económico antes de la Gran Recesión iniciada en 2008, en gran parte porque los impuestos paulatinamente se han hechos menos redistributivos desde los años 90 y por la creciente dispersión de los salarios (entre otros factores, la diferencia de salarios entre los trabajadores mejor y peor remunerados ha ido incrementándose y el adelanto tecnológico ha generado mayores diferencias salariales beneficiando a los trabajadores con niveles superiores de cualificación).
En el caso español la desigualdad se ha disparado en los 2-3 últimos años y la situación social es dramática por la altísima tasa de desempleo y porque las prestaciones se van acabando (la tasa de riesgo de pobreza ha alcanzado ya al 21,8% de los hogares españoles). Además, al igual que la inmensa mayoría de países, persiste también la desigualdad de ingresos por razón de género.
La Comunidad Autónoma Vasca (y en menor medida Navarra), tradicionalmente se ha mantenido siempre entre las CCAA con menores niveles de desigualdad, en donde las diferencias de ingresos se situaban por debajo de la media europea (UE-15) y en donde, además, se daba una cierta tendencia de reducción de desequilibrios. Respecto a los niveles de pobreza, en la comparativa de CCAA, en este caso primero Navarra y en segundo lugar la Comunidad Autónoma Vasca, han liderado también los índices de menores tasas de pobreza entre sus poblaciones.
En nuestro País, más allá del mito del “igualitarismo vasco”, además de una reseñable trayectoria en políticas sociales, destaca el ejemplo cooperativo de Mondragón, que es un caso de éxito empresarial e industrial internacional manteniendo una escala reducida de diferencia salarial. Con nuestros instrumentos de autogobierno y una decidida visión, tenemos todas las capacidades para apostar por una sociedad cohesionada, que nos haría estar en mejores condiciones para afrontar de manera conjunta la actual crisis y poder ofrecer un futuro a nuestros jóvenes. La desigualdad no es una tendencia irremisible y debemos trabajar por una Euskadi más igualitaria: Junto a los profundos cambios que necesitamos acometer para incrementar nuestra competitividad económica a través de la inversión en ciencia, tecnología e innovación, tenemos la oportunidad de ahondar tanto en las políticas de fiscalidad y de redistribución, como en la transformación del modelo de gestión empresarial, basado en el conocimiento y la participación. Demostraríamos una gran inteligencia colectiva si, trabajando con este enfoque, lográsemos ser reconocidos no sólo como un País innovador y competitivo, sino también como un País capaz de reducir las desigualdades en medio de la crisis.
Paul Ortega, Director de Programas de Innobasque
