15
may 12

Patrocina que algo queda

Corren tiempos regulares para TVE. Su situación se discute día sí, día también. Sea por quienes sospechan que el  gobierno de Rajoy está al quite para controlar la línea editorial y los contenidos de carácter crítico de sus informativos, sea por los artificios contables con los que nos ha sorprendido desde que sus responsables se pusieron, en serio, a apretarse el cinturón. Como por ejemplo no estrenar series de ficción aunque ya estén terminadas e incluso publicitadas para que su coste no se impute durante este ejercicio contable. Y aunque esto suponga arriesgarse a perder espectadores por el desagüe.

 El jueves, 17, el Congreso aprobará el decreto ley propuesto por el rodillo pepero para cambiar la forma de elección del presidente de RTVE, vacante desde que en julio de 2011 Alberto Oliart dijera adiósmuybuenas sin esperar siquiera a que le respondiesen. Esta medida permitirá, igualmente, renovar  a los miembros del Consejo de Administración por mayoría absoluta -actualmente se necesitan dos tercios-, y reduce el número de consejeros de doce a nueve, lo cual implica un ahorro que el PP -ese mismo con mayoría absoluta- ha cifrado en 114.000 euros para el 2012. Economía de guerra. Entre otras cosas.

Desde que el 1 de enero de 2010 TVE se convirtió en una especie de oasis libre de anuncios, los espectadores nos hemos acostumbrado a ver películas y series de un tirón, sin pausas siquiera para la saludable visita al baño. Al mismo tiempo que quienes cuadran las cuentas de la pública se tiraban de los pelos, porque sin publicidad los ingresos adelgazan y los medios flaquean, la audiencia saludaba una televisión en mode videoclub. Los únicos estímulos comerciales a los que atendimos desde entonces eran los obligados por la retransmisión única de la Champions League, las autopromociones, y los anuncios del CD doble con todos los éxitos de Cuéntame. O la novela de Amar en tiempos revueltos. Ya saben, la explotación de los productos RTVE para alimentar ingresos atípicos. Ni seguros de automóvil ni galletas ricas en fibra. Ni la primavera llegando a El Corte Inglés.

En los últimos tiempos, sin embargo, habrán caído en la cuenta de cómo cada vez más espacios están siendo patrocinados por Telefónica. La cuña de la empresa no rompe el programa, y gracias a ella se cubren los costes. Españoles en el mundo, el vespertino ¿Conoces España? presentado por Ramón García, o la Entrevista a la carta que prepara Julia Otero. Pero el primero fue Saber y ganar, el programa más longevo de la televisión. La idea de abrir el grifo a la publicidad fue una propuesta del PP antes incluso de alcanzar la Moncloa, y a su propuesta, la careta de Movistar acompaña a la de Saber y Ganar, contribuyendo, probablemente, a financiar el medio millón de euros que se dice que cobra el incombustible Jordi  Hurtado.

De las bondades contables de esta operación para Saber y Ganar no hace falta hablar. Al fin y al cabo, ni siquiera se trata de que los concursantes se enfrenten a preguntas relacionadas con las tarifas de ADSL de Telefónica, sino de discretas caretas de entrada y salida. Con respecto al anunciante, las ventajas de esta forma de publicidad son incontables: consigue visibilidad regular donde el resto de competidores tienen vedado el acceso, notoriedad porque es la única marca que puede anunciarse en una TVE que a estas alturas es sinónimo de calidad -o así…-, y además un retorno en forma de valores positivos que no resulta desdeñable en absoluto y vincula a la marca con un programa cuyos seguidores son entusiasta legión.

Con la liberalización de la telefonía Movistar/Telefónica no es una empresa institucional, pero a través de estrategias como esta, casi casi lo parece… Otra cosa es que por comer chorizo Campofrío servido por Santiago Segura, este estado de ánimo de alerta perenne y colectiva vaya a esfumarse a golpe de chiste de doña Rogelia y Los Morancos Marianico el corto.


19
abr 12

Sálvame se salva

Sálvame es criticable desde muchos puntos de vista. Pero estos días me ha sorprendido ¿para bien? el enfoque con el que está retratando la “crisis del elefante”. Buena parte de los medios de comunicación convencionales han intentado apaciguar, calmar, retener, e informar con mesura y condescendencia sobre los reales incidentes. Lo más “incendiario” que he visto en televisión ha sido una triste imitación de Froilán en el estreno del programa de Buenafuente en la noche del domingo. Y a estas alturas, el chiste del Frigopie con el que terminaba el sketch ya está más que desgastado a base de compartirse en Facebook. Pero Sálvame ha aplicado a los borbones la misma medicina que reparte, a turnos, a los jurados, los pantojas o los dúrcales.

Con las disculpas que el campechano pidió ayer, parte de la prensa española da casi por zanjado el asunto. Pero a pie de calle no hay tanta indulgencia. Y no me refiero únicamente al cuestionamiento de la caza del elefante a través de montajes de Photoshop, sino a un estado de opinión cada vez más contrario a la monarquía como institución anacrónica y antidemocrática. Recuerde lo que pensó usted cuando se enteró del accidente del nieto del rey, que a sus 13 años jugaba con una escopeta en la finca familiar como cualquier otro niño, o en cómo se recibe la noticia de que los jubilados tendrán que pagar el 10% del precio de sus medicamentos -y el 100% de los del rey, como acertadamente se apuntaba ayer en Twitter-.

Los estudios sociológicos dan cuenta del despeñamiento en la opinión pública de la monarquía, y el velo opaco que durante décadas ha arropado amorosa y complacientemente las actividades de una familia nada ejemplar ya no consigue contener a la ciudadanía. Hace meses que Urdangarin se pone a caldo en los bares, y días que el apellido de Corinna se intenta pronunciar en las sobremesas. Lo sorprendente es que todavía haya espacios de televisión que intenten salpicar de almíbar algunas informaciones. Quizá por eso el colmillo largamente afilado de los colaboradores de Sálvame reluzca más todavía, ajustándose astuto a lo que es probable que los espectadores quieren ver convertido en carne de hiena. Y oigan, tiene su gracia asistir -les aseguro que sin pizca de Síndrome de Estocolmo- a discursos que casi reclaman el advenimiento de la tercera república de la misma boca que el mes pasado sabía, de muy buena fuente, que fulanito se enrolló con fulanita en el Rocío de 2003. Si fuman, beben, son infieles; si roban, mienten y encima son pasto de Sálvame, ¿qué les queda ya a los borbones?

Actualización: El Jueves ha tenido acceso a la filtración del verdadero discurso de “perdón” que preparaba el monarca. Aquí.


13
abr 12

Chicas monas

La verdad es que le tenía ganas al tema y el Gran Hermano de ayer me sirvió la oportunidad en bandeja: Sara Carbonero fue la encargada de comunicar a los concursantes cuál era la prueba semanal. ¿Que cuál era? Eso es lo de menos. Dudo de que el 20,3% del programa (3.135.000 espectadores) -el mejor share de la edición tras la gala de estreno- se deba tanto a la presencia de la guapa presentadora como al devenir del concurso que, por cierto, en lo que va de semana ya ha ocupado dos prime times en Telecinco. Pero lo cierto es que la guapa presentadora suma otra aparición estelar más a su larga lista de apariciones estelares de todo tipo y formato.

Hace unas semanas discutía con un amigo sobre la presión que las periodistas sufren en televisión: cuenten con los dedos de una mano, y probablemente les falten, a las profesionales al frente de un informativo que sobrepasan los 40 y a las que no se les intuyan cuerpo y cutis de modelo. Desde la guapísima Isabel Jiménez hasta la bella Sara Gandara, pasando por Lara Álvarez, joven rostro al frente del equipo que retransmite el mundial de Motociclismo para Mediaset. La respuesta a Antonio Lobato, para entendernos.

Esa presión de la que históricamente se han quejado las atrices de mediana edad se ha trasladado a las pantallas de televisión. María Escario cae de baja por enfermedad y la sustituyen los ojos verdes, la sonrisa fresca y el rostro angelical de Marta Solano. Mi amigo decía que eso ocurre en todos los órdenes de la vida y del trabajo, y que era de aplicación no sólo a mujeres sino también a hombres. Preferimos a personas atractivas a nuestro alrededor. Pues sí, y no, oigan.

Porque el “atractivo televisivo masculino” se mide en diferentes parámetros: rostro, carisma, entonación, mirada, y eso tan inaprensible del encanto. Pero casi todas las presentadoras de informativos están cortadas por un mismo e inexorable patrón: juventud y belleza de manual.

¿Es esto injusto para las periodistas? ¿O es injusto para las mujeres en su conjunto, que no encuentran en la televisión modelos realmente diversos, que reciben el mensaje de que, salvo excepciones, sólo las jóvenes y particularmente hermosas están autorizadas ante la cámara?

Por supuesto, las guapas tienen más posibilidades que las que no lo son de estar en cualquier escaparate. Hace 50 años, cuando se rodó El hombre tranquilo que anoche emitía La1 -por cierto, 11,9% de share, 2.156.000 espectadores- Maureen O’Hara fue elegida protagonista por su extraordinaria belleza mientras John Wayne hacía de galán sin ser precisamente un adonis.

Pero una periodista no es una actriz. Y para mí no es lo mismo que en el anuncio del champú aparezca Penélope Cruz a que lo haga quien se encarga del relato diario de la actualidad. No son pocas las presentadoras tentadas por la publicidad: Mónica Carrillo, Marta Fernández, Susana Griso, Carme Chaparro…  Siendo cuestionable poner la credibilidad acumulada en el periodismo al servicio de una marca comercial, más reprochable aún me parece que se confunda a la profesional de la información con la it girl. Gana la Carbonero -elevada a categoría-, ganan las empresas -que a veces alientan y alimentan su propio star system-. ¿Quién pierde? Tanto la mujer como el periodismo. ¿Recuerdan el revuelo que levantaron las palabras de Rosa María Calaf?


03
abr 12

Jorge Javier Vázquez en prácticas

Ayer por la tarde estuve viendo el primer tramo de Sálvame. En lugar del habitual patio de vecinos respondones me encontré con un ama de casa desesperada -de las de verdad, no de las de Wisteria Lane- contándole a JJ que su hija, una niña maravillosa y muy querida por todo el pueblo, tiene parálisis cerebral y necesita de una operación para recuperar la movilidad y caminar. Alerta. Primer plano, lloroso, de una madre sin duda, dispuesta a cualquier cosa para conseguir la felicidad de su pequeña.

Hace unas semanas se anunció que Jorge Javier Vázquez preparaba un programa “de sentimientos” para el prime time. No había sabido más del tema, pero en ese momento lo recordé. Impreso en pantalla, el llamamiento solidario a usted, querida amiga, querido amigo, que probablemente esté tan conmovido como el equipo de Sálvame. Providencial llamada telefónica: un instituto médico, ojo avizor, ofrece a Teresa la atención médica precisa para ayudar a la niña -en la página web de la cadena encontrarán no sólo el fragmento, sino también y por escrito el nombre de la clínica-. Aplausos. Se va una madre y llega otra: la de Laura, que presenta en el plató a la pequeña, con síndrome de Down, camiseta rosa y un muñeco en la mano. Laura tiene glaucoma congénito. Mano afectuosa de Jorge Javier, el amigo que cualquiera querría tener, sobre la mano de la madre de Laura, que se emociona al hablar de lo mucho que el hermanito de la nena la protege. Entre bambalinas, Belén Esteban abraza a la abuela, que tanto ha sufrido. Sufridoras en casa se identifican con el dolor… Y ¡bingo!… también hay en esta ocasión una llamada telefónica de un oftalmólogo, buen samaritano dispuesto a estudiar el caso. Aplausos. Cambio de tercio.

Sálvame llama a esta sección -no sé si nueva en el programa- Sálvame social. Yo lo llamo prácticas en directo. Necesitan rodarse en un terreno diferente: el del interés fariseo por la desgracia del desesperado que recurre a la televisión como quizá antes o después irá a Lourdes. Su esperanza: resolver problemas tan crudos como recreables ante las cámaras, en primera persona y sin anestesia. Y Jorge Javier Vázquez tiene que pasar de domador de jaguares a paño de lágrimas, abrazo aquí, pañuelo en mano allá.

El germen del nuevo programa, producido por Magnolia -Acorralados, Mujeres y hombres y viceversa, Supervivientes…-, sigue adelante y su estreno se espera para este mes. “Entretenimiento blanco y familiar”, lo llaman, ahora que Antena 3 parece estar consiguiéndolo -El Nº1 tuvo anoche más audiencia de Gran Hermano-, y hasta se dice que Vasile está tentando a José Mota. Personas de la calle contando sus tribulaciones, ajustando cuentas, reencontrándose con familiares, llorando de emoción, arrepentimiento o dolor, pero “sincero”. El diario de Patricia en prime time y con plató king size. Probablemente se llamará Hay una cosa que te quiero decir. Ya suenan en mi cabeza coros pastelones versionando la canción de Tequila. No es nuevo: lo vimos hace años, con otras presentadoras. Y todo vuelve. Quizá la época sea propicia para poner el foco en dramas de clase media-baja. Para sustituir a freaks por desesperados. Para cambiar de tercio. Pero cuando ya conocemos los mimbres, nos va a costar el doble intuir un mínimo de humanidad tras la pausa publicitaria.


13
mar 12

Tele – emociones

La entrevista a Errapel Netxes fue ayer una de las piezas más leídas de la edición digital de Deia. Netxes hablaba en ella de su periplo por un montón de concursos televisivos: debutó en un espacio de ETB y a partir de ahí parece haber quedado enganchado. Repasar sus intervenciones es hacer un ejercicio de memoria histórico-televisiva. Ha concursado en No te rías que es peor, en El precio justo, en ¿Qué apostamos?, en La ruleta de la fortuna y, más recientemente, en Date el bote. Es evidente que estos concursos no son de los que premian el conocimiento. Ni siquiera la culturilla general. Pero me llama la atención que este habitual del género ponga el foco sobre la llave de todo espacio televisivo. Él lo llama “dar bien en la tele”, y lo asimila al desparpajo y la espontaneidad. Para superar el casting de un concurso “no tienes que tener mucha cultura ni poca”. Bingo. Tienes que tener telegenia.

Los concursos televisivos, incluidos los quiz-shows, basados en preguntas y respuestas, giran cada vez más alrededor del concursante y del juego que puedan dar sus tribulaciones, sus nervios, su desesperación o su alegría desbordada. De que guste a la audiencia y dé juego. De la tensión que se estira ad infinitum para conseguir suspense y emoción, y con ello, la atención del televidente. Porque las emociones venden. Para bien o para mal. Recuerden aquel rival más débil -cuya versión española se estrenó en 2002- que parecía humillar a los perdedores, y piensen en el actual Ahora caigo. La tendencia no ha hecho más que acentuarse.

Perseguir el favor del público y que la audiencia se identifique con quien concursa siempre ha sido un elemento clave para los concursos. Pero, cada vez más, lo que prima es el espectáculo que se pueda generar por el camino. Y contar con castings de concursantes que no tienen que ser quienes más saben, sino quienes más expresan sus emociones o quienes menos reparos tienen para compartirlas.

Igualito, por cierto, que Mayte Zaldívar, grabada/pagada anoche por Telecinco mientras veía, entre gritos y llantos, la recreación en forma de telefilm del idilio entre Isabel Pantoja y Julián Muñoz, su marido. Lo importante no es ser una mujer despechada: lo importante es reaccionar sin tapujos… La televisión lleva años contribuyendo a que las barreras entre lo íntimo y lo público se desdibujen a marchas forzadas. Y si el corazoneo y la telerrealidad están construidos precisamente sobre esos cimientos, no piensen que, a su manera, el resto de contenidos se quedan atrás.